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De Orvieto a Perugia. La Ruta Adriática. 18

Que sí, que hoy volvía a tener el día cruzado. Daban mucho calor, la cadena de la Ducati parece que se tensa sola, no hay manera de dejarla bien tensada (igual es que es que llevo más de una década con cardan…). Pero teníamos unas cuantas cosas que ver, acabábamos en una ciudad que tenía muchas ganas de descubrir… así que no había razón para el cruzamiento… Hasta que comenzó a diluviar.

Nos dio para ver (de lejos) la fortaleza de Radicofani y la de Castiglione d’Orcia. Pero al llegar a Bagno Vinoni empezó a caer la del pulpo. Y con rachas importantes de viento que hacía que la rueda delantera de la Ducati tomara vida propia. Belén dice que no es el día de los que más viento hemos cogido, y que ella con su Ducati roja iba muy bien. Como tengo casi la certeza que el color no influye en eso, he de entender que el peso de la BMW (o su telelever, o vete tú a saber) me daba más aplomo. Por lo que fuera, iba a 30 bajo la lluvia e intentando no comerme los baches y los grandes charcos -en algún momento casi inundación- que nos íbamos encontrando.

Y es que habíamos suspendido la mitad de la ruta (no era plan de no ver absolutamente nada y de ir para arriba y para abajo con los chubasqueros) y decidimos ir directamente a Perugia, que era el punto final en el que teníamos bastantes cosas a descubrir.

Y en Perugia descubrimos varias cosas, entre ellas que tiene unas cuestas de aúpa. Y callejuelas estrechas con giros imposibles que hacen que la mejor moto para circular por ella sea una moto aparcada. Mejor a pata, a escalar. Pero una vez llegas a su plaza del IV de Novembre… la brutalidad te abruma. Palacios, catedrales, fuentes… Opulencia medieval.

Y por si eso fuera poco, unas callejuelas anexas repletas de callejones, escaleras minúsculas, arcadas, balcones suspendidos… Y si fuera eso poco, una verdadera ciudad medieval en el subsuelo, con más callejones, arcadas, bóvedas… En definitiva, una maravilla.

Y después de un Spritz Aperol al que también le tenía ganas (no os flipéis los fans, que tampoco es para tanto…) y de una cena en condiciones a ritmo de jazz, dejamos que las neuronas se empapen de los recuerdos de Perugia para no olvidarla nunca más. Buona notte.

De Roma a Orvieto. La Ruta Adriática. 17

¿350 euros por un hotel cerca de Saturnia? ¿Tamos locos, o qué? Tocaba cambiar de plantes y alterar la ruta prevista. ¿Para eso tanta preparación pre-viaje? Siendo yo tan cuadriculado y obteniendo un placer difícil de explicar cuando “los planes me salen bien”, este inconveniente podría resultar en una malhumoración constante durante todo el día. Pero no. Y es que me gusta poder saltarme lo planificado siempre “que los nuevos planes salgan también bien”.

A ver, que la cosa tampoco era para tanto: cambiar el lugar de dormir, alterar el orden de la ruta, eliminar algún punto poco atractivo y hacer algunos kilómetros de más que se compensarán mañana. Así cualquiera cambia planes…

Salimos de Roma algo tensos, al tener que lidiar con el tráfico matutino de la gran ciudad. Poco a poco las carreteras se fueron estrechando hasta que llegamos al centro. Al mismísimo centro de Italia: Rieti. Y tampoco tiene mucho más que el monumento conmemorativo a esta rareza geográfica. Un paseo por las calles, visita a la catedral, que ni fu ni fa, y visita a una librería localizada,… en una antigua iglesia. Quizá haya sido lo más interesante.

Luego, vagamos por las carreteras en busca del siguiente punto, que estaba algo más lejos. Parada en un pueblo random porque tenía una bonita muralla, a la búsqueda de un supermercado donde comprar algo de fruta y… ¡bingo! Uno de esos pueblos con encanto que te encuentras por el camino sin comerlo ni beberlo. Vitorchiano, se llama. Un agradable paseo por sus callejuelas y unas sorprendentes vistas de sus casas encaramadas al precipicio rocoso.

El plato fuerte del día era la Cività di Bagnoregio: un pueblo encaramado a un peñasco donde solamente se puede acceder por un puente. Euro por moto en el parking, bonitas vistas al pueblo desde el inicio de la excursión hacia el puente, y… 5€ por persona que te avisan cuando ya llevas un buen trozo andado a pleno sol. Valoramos, y decidimos dar media vuelta: lo que veníamos buscando era la vista desde fuera, y esa ya la teníamos.

Pitigliano era el siguiente punto fuerte. Otro pueblo encaramado a la roca, pero esta vez sabíamos a qué veníamos. Este tiene fama. Y se nota en la gente que nos encontramos, nada masificado, pero infinitamente más que en Vitorchiano. Otro paseo por el pueblo y andando.

Las termas de Saturnia fueron el gran fiasco del día: además de que con la nueva ruta quedaban muy a desmano, luego nos encontramos lo que ya esperábamos: una masificación importante, que se veía ya en la carretera, en los pocos puntos donde se podía tener una visión en conjunto. Fue difícil hasta parar con la moto. Fue un punto evitable de la ruta. Igual en otra época del año hubiera sido mejor.

A todo esto, las carreteras desde hacía unas cuantas decenas de kilómetros eran de lo más entretenidas, tanto por el trazado, como por las vistas o… por los baches que tenías que evitar. A pesar de esto último, eran muy disfrutonas. Lo malo es que a esas alturas de la tarde y soportando los calores durante todo el día, estábamos ya para pocas curvas. Así que paramos en Sorano, otro pueblo colgado de la roca y de lo más atractivo. Pero solo para la foto, que aún nos quedaba una hora de curvas hasta el hotel en Orvieto (que por cierto también está encaramado a la roca). Sorano lo apuntamos en “pendientes de volver a visitar”.

La cena, al lado del hotel (no en el propio Orvieto, sino en la carretera) fue una delicia. Y es que ya llevábamos demasiados días de pizza al corte o comida rápida. Ravioli de espinaca, ternera con parmesano y de entrante un bacon sobre una tostada, que se ve que se lleva mucho por Orvieto eso. Ale, voy a metabolizar las cervezas.

De Campobasso a Roma. La Ruta del Adriático. 16

En un puerto italiano al pie de las montañas nos tomamos un helado tras subir unas empinadas rampas para ver las vistas desde arriba. Se llama Gaeta y vale la pena ir a visitarlo. Pero para ello teníamos que atravesar los Apeninos. Menos mal que no tenemos que llegar hasta los Andes.

Salir de Campobasso y saltarnos el primer punto era una declaración de intenciones: teníamos ganas de Roma y queríamos llegar con tiempo de patearla por enésima vez. Así que fuimos directos a Isernia. Un chasco. A pesar de lo que había leído en diferentes blogs, la zona antigua solo tiene de interés una pequeña callejuela central y una fuente de seis caños que es mucho más bonita en las fotos de instagram que al natural. Tenía dos estrellas pero le quito una.

Seguimos hasta Venafro buscando una rareza: el antigua anfiteatro romano ahora es una plazuela hecha de pequeños graneros y dominada por dos enormes chopos. Pero se merecía una visita y además callejeamos un poco por las empinadas rampas del pueblo.

Y tras atravesar los Apeninos (que fue mucho menos épico de lo que parece) llegamos a Gaeta, el pueblo italiano al borde del Tirreno que reposa al pie de elevadas montañas. Vale la visita, no por las vistas desde arriba sino por la visión de la bahía circundada por esas altas montañas. Y por la bajada por un laberinto de escaleras.

Y finalmente Roma, tras perdernos dos veces hasta encontrar la entrada al hotel de las afueras. 20.000 pasos y recorrimos  el Panteón, el templo de Adriano, la Piazza Navona, el Castel Sant’Angelo, San Pedro del Vaticano, la Fontana di Trevi… en fin, todos nuestros rincones preferidos de la ciudad. Bueno, casi todos. Porque de Roma siempre te despides con un arrivederci sabiendo que tarde o temprano volverás.

De Durrës a Campobasso. La Ruta del Adriático. 15

La travesía en ferry desde Durrës a Bari fue muy placentera, exceptuando los ruidosos motores que parecía teníamos al otro lado del tabique. La salida del barco, algo caótica, como corresponde a un ferry entre Albania e Italia. La primera parada la hacemos en el propio Bari, y paseamos por las callejuelas del centro, visitando tanto la basílica de San Nicola como la Catedral de San Sabino. Ambas de una piedra blanca, blanquísima, y con una estructura románica muy similar, como también veremos en otras poblaciones costeras. Un desayuno con un capuchino bien hecho y un bote de Nutella rodeado de croissant y ya habíamos cargado pilas.

Molfetta era el siguiente punto. Calco estructural de Bari, con un centro histórico lleno de callejuelas y el Duomo de San Corrado junto a la playa, también románico, algo más coqueto que los de su vecina Bari.

Desde ahí, nos trasladamos algo al interior, hasta Castel del Monte, que sorprendentemente es un castillo que está en lo alto de un monte. ¿Casualidad? ¡No lo creo!. Así, redondo y rotundo. Pero con un parking de pago que además se encontraba bastante lejos del propio castillo. Así que abortamos misión, parada para foto lejana y para la costa de nuevo.

Trani y Barletta tienen iglesias casi calcadas también con piedra blanca (que se ve que es piedra de Trani). De todas ellas, quizá me quedo con la de Trani, con ese campanario con el arco abajo, rodeada de una despejada plaza y al lado del Adriático.

Hacia Foggia las carreteras son estúpidamente rectas. Más bien autovías, de dos carriles, desiertas y tremendamente bacheadas. Y con unos límites de velocidad caprichosos y ridículos que nadie en su sano juicio respetaría. Y en Foggia… ni un alma por la calle. Lunes festivo… Pasamos hacia su catedral, también blanca pero ya de otro estilo más neoclásico. Y es que fue restaurada tras un terremoto.

Y después de la noche del ferry, traslado al hotel en Campobasso. Las carreteras siguieron rectas, desiertas y bacheadas hasta los últimos 20 kilómetros, donde nos desperezamos un poco y disfrutamos de las Multistrada, que ya se estaban quejando de tanto bache.

Hoy nos despedimos temporalmente del Adriático y nos vamos hacia el Tirreno, pero en unos días volveremos a verlo. Buenas noches.

Del Lago Ohrid a Durrës. La Ruta Adriática. 14

Bueno, tercera vez que atravesamos Albania y siempre demasiado de puntillas. Desde el 2011 hasta ahora han pasado años y el progreso ha ido llegando al país. De todas formas sigue siendo habitual ver algún que otro carro tirado por burros y los niños sueltos en el asiento trasero del coche sacando todo el cuerpo por la ventanilla. Pero sin duda mucho menos que antes.

Lo primero que teníamos que hacer al pasar la frontera era buscar una gasolinera, ya que los dos íbamos secos. Y no una cualquiera, sino una en la que pudieras pagar con tarjeta de crédito. En nuestros viajes anteriores ya sabíamos que había que tener cuidado con eso. Pues hasta en eso el país ha progresado: a la segunda, pudimos llenar los depósitos de las Ducati.

La primera parada fue en Elbasan, para descansar un poco y comenzar a cogerle el pulso al país. Es domingo por la mañana, y las calles están muy animadas. La gente ocupa las terrazas y las familias pasean por los bulevares. Nosotros encontramos rápidamente dónde comprar la pegatina y el imán de rigor, por lo que tenemos una preocupación menos.

La parada para comer tuvo su miga: nada más apagar el hornillo con los teriyaqui a punto comenzó a caer una tormenta del copón. Intentamos recogerlo todo y comer rápido, pero estaba demasiado caliente y al coger la cacerola se nos ha caído casi todo… Un desastre, vamos. Así que decidimos ponernos los chubasqueros (que total, no sé para qué) y seguir hacia Berat.

La zona antigua de Berat es digna de visitar, con sus casas blancas repletas de ventanas que parecen mirarte desde todos lados. Dimos un agradable paseo, ya con sol -es la tónica de todos los días, tormentas fuertes estilo Noé y su arca pero de pocos minutos de duración- y seguimos hacia la capital.

En Tirana es donde más hemos notado el progreso del país: en 2011 rodeamos una plaza con calles levantadas, mucho tráfico y algún edificio de corte soviético. En 2019 la cosa ya estaba mejor, al menos sin obras. Pero en 2022 ya no hay tráfico, han peatonalizado toda la zona y hay enormes rascacielos en construcción. Supongo que todo progreso es bueno, y que yo como turista quiero ver contrastes, pero en realidad ahora el centro de la capital no es mucho más diferente a cualquier otra ciudad europea. Si transitas por las afueras, la cosa cambia, pero sin duda ya no es como hace 11 años.

Ya casi de noche, seguimos ruta hacia Durrës, de donde sale el ferry que cogeremos esta noche hasta Bari. Nada recomendable viajar por esas autovías peligrosas ya con luz, así que a oscuras no te digo nada: el coche que se mete sin avisar, los perros en el arcén la bicicleta en contradirección y los Q8 a toda pastilla por el carril izquierdo. De locos.

Tras un buen rato de espera para cruzar la aduana, finalmente nos acomodamos en nuestro camarote, situado en el subsuelo del ferry, al más puro estilo DiCaprio en Titanic. Mientras la clase alta baila  en las cubiertas superiores, nosotros intentaremos dormir seguramente por debajo de la línea de flotación del barco. Afortunadamente he visto una puerta donde creo que cabríamos flotando los dos.

De Skopje al Lago Ohrid. La Ruta Adriática. 13

A ver, que llevo 3 meses planificando este viaje y va y resulta que desayunando hoy decidimos cambiar todo el itinerario de hoy. Eso antes me asustaba, necesito llevarlo todo planificado. Pero cuando el resultado de la improvisación es bueno, la satisfacción es mayor. Y es que me encanta que los planes salgan bien, sobre todo cuando son improvisados.

Comenzábamos el día en Skopje lloviendo. Que si nos ponemos los chubasqueros, que si no… Que si vamos a buscarlos a la moto, que si patatín patatán… Pasó lo que suele pasar: que cuando al final te subes en la moto ya no llueve más. Y tiramos hacia Tetovo para volver a visitar su mezquita de los naipes. Ya la vimos en un viaje anterior, de hecho en lugar de hacia el oeste lo planificado era ir hacia el este… pero al final decidimos que no, que volvíamos a verla y a intentar entrar. Pero que si velo por aquí, que si quitarnos las botas por allá,… habíamos dejado todo en las motos sin atar,… que si entraba un grupo con mucha gente con lo pequeño que es la mezquita… Que la hemos dejado para otro viaje, vamos.

Seguimos por una concurrida carretera que llega hasta Ohrid, pero nos desviamos por la R1305 hacia Bitola. Pedazo de carretera, con un buen puñado de kilómetros recién asfaltados donde hemos disfrutado de lo lindo con las Ducati. Un nuevo desvío, una carretera de montaña y llegamos a Krushevo, colgado de las montañas y con medio Macedonia a sus pies. Allí tienen un monumento conmemorativo a la lucha por la independencia del país del imperio Otomano, y por extensión a los caídos en todas las guerras: el Makedonium. Parece una maza de guerra o una bomba que explota… pero a mi me sigue pareciendo un COVID…

Volvemos sobre nuestros pasos volviendo a circular por la R1305, pero ahora con algo más de precaución porque comienza a llover. Paramos en un remoto pueblo, Zeleznec y Belén se come unas cuantas ciruelas de un árbol… En ese momento soy consciente que será feliz el resto del día.

Ohrid nos depara un bonito paseo por sus empinadas callejuelas de la ciudad antigua hasta llegar a una preciosa vista de la Iglesia de San Juan de Kaneo sobre el precioso lago Ohrid.

Después, bordeamos el lago hasta llegar a Sveti Naum, en cuyo monasterio tenemos hoy hotel. Tras algo de nervios para encontrar la entrada al hotel cargados con todo el equipaje y disfrutar de un raro arcoíris triple, conseguimos cenar en un pequeño restaurante junto al lago donde ya estuvimos en otro viaje y donde parece que del lago sale permanentemente un intrigante humo misterioso. Mañana entraremos en Albania y la recorreremos durante todo el día hasta embarcarnos en Dürres rumbo a Bari. Así que puede que no podamos subir la crónica. De todas formas, hasta mañana.

De Berane a Skopje. La Ruta del Adriático. 12

Kosovo, ese país que España no reconoce y sigue sigue sonando a guerra cercana. Donde tu seguro no cubre tu vehículo y donde mejor no te sellen el pasaporte si piensas entrar en Serbia… Mola, no?

Salimos de Berane, aún en Montenegro con escasos 17ºC. Comenzamos a subiré el puerto de montaña que nos llevaría hasta los 1700 metros de altitud mientras ardillas y corzos se nos van cruzando por la carretera. De pronto, el control de pasaportes montenegrino. Y unos cuantos kilómetros más allá, la frontera con Kosovo. Si eres avispado te darás cuenta del pequeño chiringuito que hay antes, donde te harán un seguro para la moto por 10 euros. Y luego… retorno al pasado.

Porque Kosovo es retoceder 40 años atrás, como pasa con Albania (aunque cada vez menos). Coches sin matrícula, conductores sin cinturón, motoristas sin casco… Bodas formando caravanas de coches engalanados y con banderas albano-kosovares y pitando como si no hubiera un mañana. Caos circulatorio, muchos coches con matrículas alemanas, austríacas o suecas. Y no cualquier coche. Audi A6, Mercedes AMG, Mustangs… Todos de alta gama circulando con unas normas de circulación particulares… Especial cuanto menos.

Las primeras paradas son en la iglesia ortodoxa serbia de Pejan y en el Monasterio de Visoki Dechani. Como era de esperar, unos interiores profusamente decorados al más puro estilo ortodoxo. Pero por fuera… fuerzas de la KFOR, con su vehículo militar y con necesidad de enseñar los DNI para entrar. Es una pena que se tenga que utilizar fuerza bruta militar para proteger la cultura… pero el mundo es así.

Luego, y tras una laaaaarga y agónica entrada en Pristina, llegamos a la Biblioteca Nacional de Kosovo. Me hizo gracia que digan que es el edificio más feo de todo Kosovo. Una fusión de ideas albano-kosovares y serbias, en lo que fue un intento de la antigua Yugoslavia de unificar pueblos. El resultado bien lo puedes valorar tú. A mi, personalmente, me gusta.

Y tras la lluvia vespertina de costumbre, y tras una laaaarga cola en la frontera, entramos en Macedonia. Esta noche la pasaremos en Skopje. Su centro, megalómano. Grandes banderas macedonias, enormes estatuas ecuestres y no ecuestres, edificios gigantescos de dudoso gusto neoclásico… Y finalmente, un agradable paseo por el antiguo bazar, que nos recuerda su pasado otomano.

En definitiva, un día de contrastes, que es lo que en general buscamos en nuestros viajes. Por lo tanto, objetivo cumplido. Buenas noches.

De Kotor a Berane. La Ruta del Adriático. 11

Mira que cuando recorrí la Transfaragasan rumana por primera vez pensé que era la carretera asfaltada más dura que había recorrido. Y lo de asfaltada era un decir, porque por aquella época estaba toda desconchada, con tramos de tierra y millones de baches por su cara sur. Pero la P19 y la M9 desde Podgorica hasta Andrijevica han sido mil veces peor. 100 kilómetros sin más de 30 metros rectos. Curvas de 1ª o 2ª, llenas de baches, pésimo asfalto y estrechísimo. Habíamos venido a jugar, no?

Salimos de Kotor sin rastros de los incendios de ayer, afortunadamente. El primer punto era subir por la carretera llena de tornantis para ver la bahía de Kotor desde lo alto, cosa que en realidad ya hicimos ayer desde otro punto. Cuando vi el inicio de la subida (que en realidad no era la carretera, sino caminos de acceso para llegar hasta ella), pensé en Belén y decidí ahorrarle el mal trago (y más lo hubiera hecho sabiendo lo que le espararía después…). Así que tiramos directamente hacia Budva, que se encuentra a pocos kilómetros.

Desde Kotor hasta Budva puedes disfrutar, si el tráfico no te lo impide, de magníficas vistas del Adriático. Todo es maravilloso hasta que entras en la ciudad, 100% turística y volcada en el turismo de playa, que es peor. Pero la ciudad vieja, completamente amurallada al estilo Kotor me llamaba la atención. Tras dejar la moto algo lejos, y no como los italianos que se pasaron impunemente la barrera que impedía el acceso a los no autorizados (tengo que pensar en ser más latino y menos noruego…), paseamos por las estrechas callejuelas. Y sí, es un sucedáneo de Kotor,… pero no le llega ni a la suela de los zapatos.

A pocos kilómetros se encuentra la exclusiva Sveti Stefan, una isla solo conectada con la costa por un estrecho puente. En un viaje anterior habíamos llegado hasta la mismísima barrera de acceso, pero la foto no me decía mucho. Esta vez nos paramos en el mirador que hay en la carretera, y las vistas son mucho mejores para hacerse una idea de conjunto.

Un consejo: si no queréis que os pase como a los moteros húngaros que llevábamos delante, cerramos todas las cremalleras donde llevéis objetos de valor, no vaya a ser que se os desparramen por la carretera billetes, documentación y tarjetas de crédito. Aún deben estar buscando la VISA.

Después de eso, ascendimos los más de 500 metros de la montaña costera y nos adentramos en el interior, hasta Podgorica. Tras una breve visita a la catedral ortodoxa, moderna pero con estilo antiguo y profusamente ilustrada con sus frescos en el interior, repusimos fuerzas con cuatro pavías (AKA nectarinas) y enfilamos hacia el norte por la fatídica (pero muy recomendable si tienes ganas de curvas y baches) P19 y M9.

Belén me seguía a pocos metros en todo momento, portándose como una campeona a pesar de la migraña que llevaba encima; si a mi me hiciera la mitad de daño que a ella, estaría llamando al RACC para una repatriación express. Pero ella se comió con patatas los 100 kilómetros de curvas sin rechistar (o rechistando muy poquito y en voz baja).

Y llegamos a Berane con fresco, y disfrutamos de una buena cena a base de pollo con salsa espectacular y un rollo rebozado también de pollo pero con cecina y queso. Y hasta (casi) supimos pedir un cortado! Ahora a reponer fuerzas que mañana tocan dos países y dos fronteras.

De Trebinje a Kotor. La Ruta del Adriático. 10

Mira que de Trebinje a Kotor hay algo menos de 40 kilómetros, pero nos ha dado para echar el día… y al final han salido unos 400. Porque eso ya tan manido de que lo importante no es el destino sino el camino, es una verdad como un templo.

La cosa era tirar por Bosnia hacia el norte buscando el paso a Montenegro por el Cañón de Piva. Para ello, hemos pasado por el parque natural de Tjentiste, con unas montañas de altura considerable y desfiladeros de angostura más considerable aún. Poco después, el monumento recuerdo de la batalla de Tjentiste, una burrada de esas que hacían los socialistas de Tito.

Las últimas carreteras de Bosnia y Herzegovina nos han despedido con desprendimientos y tramos de tierra, mientras excavadoras intentaban arreglar el desaguisado. Finalmente, la frontera con Montenegro en un viejo puente metálico de piso de madera.

Montenegro es fiel a su nombre, y lo que no falta son sus montes. Desgraciadamente negros muchos de ellos por culpa de los incendios que lo están asolando. De hecho, ahora desde Kotor se puede contemplar el triste espectáculo de las llamas que rasgan la negrura de la noche. Desolador.

Pero lo primero que nos hemos encontrado al entrar al país es el Piva Canyon. Sin duda la zona previa a la presa es la mejor, y te coge por sorpresa. Decenas de túneles excavados en la roca viva hacen que la carretera pueda discurrir por las escarpadísimas laderas del cañón. Pero una vez pasas la presa, te encuentras con las aguas esmeraldas del embalse, que hoy además tenían un bajísimo nivel de agua. Esmeralda, eso sí.

Comimos en el parking del Pivski Manastir después de admirar sus preciosos frescos que lo cubren completamente, columnas, techos, paredes… como debe ser en un monasterio ortodoxo que se precie.

La siguiente parada era otro monasterio, el de Ostrog, que se encuentra encaramado en la roca, a casi 1000 metros de altura sobre el fondo del valle. Para llegar allí debes sufrir la penitencia de una estrecha carretera repleta de tornantis de los más retorcidos que he hecho en mi vida, incluidos los de la bajada a Chiavenna del Splugenpass. Con este son ya tres los edificios religiosos incrustados en la roca que  visitamos en este viaje, junto con la Madonna della Corona y el Dervish House de ayer.

Seguimos ya con la tormenta vespertina de turno a nuestras espaldas que finalmente solo nos mojó unos 10 minutos, y avanzamos hacia la bahía de Kotor. Previamente, un accidente grave cortaba la carretera. Es intrigante que con lo agresivo que conducen en estos países siempre sea en Montenegro donde veamos los accidentes, ya nos pasó en uno de nuestros viajes previos.

Y con Kotor en la lejanía, el protagonismo lo robaba el incendio que asolaba las enormes paredes boscosas de los montes que rodean la bahía. En varios puntos salían columnas de humo, mientras un par de helicópteros intentaban sofocarlos inútilmente. Un intenso olor a leña quemada nos ha acompañado hasta prácticamente dentro de la habitación del hotel.

Kotor… ¡Qué decir de esta maravilla! Es la primera vez en el viaje que repito una visita y me parece 100 veces más impresionante que el recuerdo que tenía. Callejear por sus angostas callejuelas, encontrarte agradables placitas donde te sorprende una vieja iglesia o un cuarteto de cuerda,… A pesar del gentío el pasear por su laberinto de calles es de lo más amable. Sin duda, Kotor ha pasado a ser, en su segundo intento, uno de mis lugares favoritos de este planeta. Si el fuego se apiada de él.

De Mostar a Trebinje. La Ruta del Adriático. 9

Desgraciadamente en cada viaje tengo algún día cruzado. Pues en este, ha sido hoy. Y la mala leche se va acumulando a lo largo del día por pequeñas cositas que me van pasando, como que no se me haya cargado el móvil por la noche o que se me haya roto el candado que asegura la bolsa impermeable. Son chorradas pero que si me pillan en uno de esos días cruzados yo las interpreto como verdaderas afrentas del destino. Así que agarrémonos que vienen curvas y el día es muy largo. ¿Qué más puede pasar?

Salimos de Mostar con el móvil cargando de la batería externa y mi bolsa impermeable asegurada con otro candado que llevo. A pocos kilómetros se encuentra Dervish House, un monasterio sufí que parece incrustado en la roca. Muy al estilo de la Madonna della Corona de hace unos días. Allí me enfrento al señor del parking que me quería hacer pagar 2€ por las motos… cuando a pocos metros podíamos aparcarlas gratis en la calle. No sabía el pobre aparcacoches que yo tenía el día cruzado.

Pocos kilómetros después paramos en Pocitelj, un pequeño pueblo encaramado a la montaña con infinidad de escalones y unas cuantas calles de piedra, una torre, una fortaleza y una mezquita, todo bastante diseminado. Ya lo tenía catalogado como de 1 estrella (sobre un máximo de 3)… y así se quedará. Pasable.

Seguimos por la M6 dirección Trebinje, donde tenemos el hotel. Es pronto, pero nos dejan ya la habitación por lo que nos cambiamos y nos ponemos cómodos para pasar la frontera con Croacia y visitar Dubrovnik. La carretera con curvas chulas, y una vez en Croacia se despeña hacia el Adriático regalándonos unas vistas de la Perla del Adriático de lo más motivadoras (por cierto, mi cabreo ya estaba solucionado a esas horas).

Una vez en Dubrovnik y de aparcar la moto como campeones a escasos 20 metros de una de las puertas de entrada de la ciudad antigua, sobreviene el agobio: riadas y riadas de personas inundan la ciudad por todos los rincones. Ya recordaba lo más interesante de la ciudad, pero notaba que esta vez no me estaba gustando tanto. ¿Sería que cuando vuelves a un sitio que ya conoces nunca lo disfrutas como la primera vez? Puede ser, pero mira que he estado veces en Venecia y es cierto que la emoción es diferente, pero la disfruté mucho hace unos días. Posiblemente era la gente. O el tipo de turismo al que va encaminado: turismo de crucero, mucho souvenir, mucho terraceo, nada auténtico… Al final disfruto más de la pequeña carretera que tiene unas vistas espectaculares o de la pequeña iglesia ortodoxa en cualquier pequeño pueblo.

Sea como fuere, después de dos o tres horas en Dubrovnik decidimos largarnos a cenar a Trebinje: los precios en Bosnia están mucho más ajustados y la comida es mucho más “auténtica” que en una terraza para turistas. Cordero y ternera asados con patatitas y cebolla. Ni tan mal. Mañana seguiremos explorando Bosnia hacia el norte, para entrar en Montenegro por el Cañón del Piva y en teoría intentaremos llegar a Kotor. A ver cómo se da el día. Buenas noches.