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¡Nos hemos cambiado a Ducati!

Como ya habéis podido comprobar muchos de vosotros, tanto Belén como yo hemos cambiado de marca en una operación conjunta casi sin precedentes. En mi caso, después de más de 12 años, 3 motos y casi 500.000 kilómetros hemos dejado BMW para pasarnos a Ducati. No considero la marca el «lado oscuro» (que lo dejo para KTM), pero la verdad es que el salto, en un primer momento me producía vértigo.

¿Y por qué el cambio? Bueno, estaba claro que con una GS-Adventure del 2014, con 8 años y casi 240.000 kilómetros a sus espaldas, la Merkel no podía ofrecerme la fiabilidad que exijo a mis motos cuando nos enfrentamos a uno de nuestros viajes de verano de esos de 10.000 kilómetros. Y eso que no sufre de ningún achaque… Pero la vejez a veces asusta. En el caso de la GS de Belén, la moto tiene más de 70.000 kilómetros y más de 10 años a sus espaldas. A pesar de algunos problemillas en algún viaje, todos se han podido solucionar con solvencia. Entonces… ¿era necesario?

Pues qué queréis que os diga… posiblemente no. Pero ya sabéis que estas cosas del corazón a veces no son razonables. La moto es un objeto lúdico en el que la razón tiene poco que decir. Nos apetecía un cambio. Y las opciones dentro de BMW no nos seducían mucho: las estéticas no han cambiado mucho en los últimos años.

Barajábamos varias opciones: Yamaha MT-09 Tracer GT, Honda NT1100, Honda AfricaTwin, Triumph Tiger, BMW F900XR… y éstas Ducati Multistrada 950. Las premisas a la hora de elegir moto eran claras: quería dos motos iguales (no tenía sentido ir con una más potente que la de Belén si siempre rodamos juntos), que nos entraran por los ojos y que tuvieran potencia suficiente para que yo no echara de menos mi Adventure. Y ojo, teniendo en cuenta que más de 100CV es completamente innecesario en el 99% de las ocasiones.

Y nos decidimos por estas dos Ducati Multistrada 950 y 950S (yo sí o sí quería faros LED, cruise control y a poder ser suspensiones electrónicas). Y de segunda mano (con 10.000 en un caso y 3.500 km en otro), ya que cuando te vas a dedicar a hacerles más de 50.000 km por año, eso de tenerlas nuevas es un poco tontería.

Una vez explicado todo el proceso, vamos a lo que me vais preguntando tan a menudo: ¿y qué tal el cambio?

Pues la mar de bien. Quizá vayamos punto por punto, mejor.

La potencia… Más que suficiente. Belén gana unos cuantos caballos (le tendríais que ver la cara cuando acelera para adelantar…) y yo… pierdo 12CV pero tengo 40kg menos de peso. En definitiva, tengo mejor relación peso-potencia que con la Adventure. Aunque la Multistrada da mucha potencia en cualquier régimen, pierdo algo de bajos comparado con la Adventure, ya que la Ducati requiere ir algo más alto de vueltas para ir cómodo (fundamentalmente porque entre 2000 y 3000rpm vibra un poco… carácter, le llamo). Pero a medio régimen la Ducati está mucho más llena. Y se estira hasta el infinito, cosa que con la BMW llegaba un punto que a más revoluciones solamente tenías más ruido… Así que en este apartado, de hecho diremos que salimos ganando.

La posición de conducción: pues prácticamente igual. Muy buena posición del cuerpo y de los brazos en la Multistrada, quizá con el manillar algo más cerca. Y sí, las estriberas están algo más retrasadas y elevadas, lo que te hace flexionar algo más las rodillas,… pero sigue siendo en un rango muy cómodo. El asiento además, bastante confortable, diría que más que el de la Adventure (y mucho más que el de la F650GS Twin de Belén). Empatados.

Los mandos retroiluminados de la Ducati lo hacen todo más fácil, aunque el cambio de modos de conducción se me hace algo complicado con guantes de invierno. Un punto a mejorar. Y la cancelación del control de crucero es bastante peor que en la BMW: solía cancelar con un toque de embrague imperceptible, cosa que es imposible en la Ducati a menos que no muevas la mitad de recorrido de la maneta. Y además tampoco dispone de la cancelación en el puño del gas como la alemana. Del quick shift tampoco voy a hablar mucho, porque no he probado el de BMW, pero para el uso que le voy a dar lo veo algo innecesario. Un poco brusco hasta 3ª, y una maravilla a partir de ahí.

La protección aerodinámica pensaba que iba a ser un factor en el que saldría perdiendo, pero no. Sorprende la gran protección que ofrece la pantalla, que también es regulable (y de forma más sencilla que en la BMW). En algunas pruebas se quejaban de la protección en los hombros, pero la verdad es que yo no tengo queja. Las piernas están también muy protegidas. Seguimos empatados.

La manejabilidad… Con 40 kilos menos ya me diréis. En parado es una delicia maniobrar. En marcha, la Adventure sorprende. De hecho me cuesta menos meterla en curvas que la GSita de Belén. Es muy ágil y fácil de llevar (ya sabéis, el telelever hace que cualquiera pueda hacer virguerías en curvas con la GS…). Pues la Multistrada no se queda atrás. El carácter deportivo de la marca italiana queda bien patente en esta moto. Es una maravilla curvear. Empate en marcha, ganamos por goleada en parado.

La capacidad de carga: tenemos las maletas originales de Ducati. Que se integran de fábula en la moto, no sobresalen, no se mueven, no se notan y quedan chulísimas… Pero no cabe prácticamente nada. Y no, no cambiaremos las maletas, sino que seguramente para los grandes viajes adaptaremos un rulo impermeable en el asiento trasero. Para el fin de semana, nos podemos apañar. Aquí, obviamente, salimos perdiendo.

El sonido del escape… ¡BUF! ¿Habéis oído una Multistrada? Es que gana hasta al ralentí.

La estética: Otro ¡Buf! Y eso que el diseño de la Multistrada tiene ya más de 10 años. Pero qué queréis que os diga… A mí me tenía enamorado desde que salió. Y a pesar de que las mejoras estéticas son más bien pocas, y que la contundencia de la 1200-1260-Enduro (o V4, como se llame ahora) me atrae mucho más, la 950 guarda las mismas líneas quizá de una forma mucho más equilibrada. Quizá pierdo un poco al verla desde la posición de conducción, acostumbrado a esas formas masivas y anguladas de la BMW… Se me queda algo «pequeña» desde el asiento, pero se soluciona en cuanto me bajo y la veo desde fuera. Y ojo, que la Adventure me sigue pareciendo una moto preciosa. Pero es que llevo mucho tiempo viéndola!

La fiabilidad… Aish! Tema peliagudo. Que si BMW es un seguro de vida, que si la Truñati petará enseguida… ¡Pues vete a saber! Yo creo que hoy en día la fiabilidad de las motos modernas es bastante parecida. Por lo pronto, revisión cada 15.000 (en lugar de 10.000 de BMW), aunque la de cada 30.000 km, con ajuste de las válvulas desmodrómicas me va a salir por un ojo de la cara… Un punto negativo es que el cuentakilómetros de la Ducati solo llega a 199.999… cosa que me da un poco de miedo… Ya os contaré.

¿Y lo de la cadena? Pues sí… Los que nos hemos acostumbrado al cardan nos fastidia eso de agacharte para engrasarla… Pero es que yo ya lo tenía que hacer con la de Belén, asi que… ¿qué más da hacerlo en una que en dos motos? Además, es un elemento que se cambia y lo tienes como nuevo… yo ya empezaba a temblar por mi cardan de 240.000km…

En definitiva, esa es mi valoración después de un fin de semana y 1.500 kilómetros encima de las italianas. Ya os iremos contando cómo van estas motos. Ah, y para los que estéis sufriendo por mi Merkel, estad tranquilos. Esa moto pasó de ser «La Merkel» a ser «Merkel, la renacida» cuando la recuperamos tras el robo en Sicilia. Ahora es, a semejanza de la excanciller alemana, «Merkel, la jubilada». Se queda conmigo y me acompañará al trabajo y saliditas cortas. Y yo le acompañaré a ver las obras y a tirarle migas a las palomas. Se lo merece.

La Ruta Turca. De Karaman a Göreme. 18JUL2019

Y por fin llegamos. La Capadocia era el destino final del viaje. El punto más alejado suele coincidir con el lugar más exótico y diferente a lo que es tu hogar y tu zona de confort. Y en este caso así es. Porque lo que hemos visto hoy es sin duda algunas de las cosas más alejadas a nuestro pequeño mundo que conozco. Y todo empezó con el desayuno de la mañana en Karaman.

Porque ya es extraño que de todos los -pocos- huéspedes que nos alojábamos en ese hotel con pretensiones (Nadir Business, le habían puesto de nombre), todos excepto Belén eran hombres. Turcos, de esos que se echan eructos sonoros en la habitación con paredes de papel de fumar. Extraño cuanto menos.

Y a cuarenta kilómetros, entre nubes negras amenazadoras que luego no lo fueron tanto y asfalto malo tirando a pésimo, nos encontramos con las casas excavadas de Manazan**. Sorprendentes, más que espectaculares. Pero sin duda, únicas. Puedes subir por unas pasarelas de madera y visitarlas por dentro, e incluso subir algunos niveles si la linterna del móvil y las agallas te son suficientes para compensar la oscuridad y lo desconocido.

Pero a escasos cuatro kilómetros de ahí, el pueblo de Taskale*** me pareció casi surrealista. En el lateral de la montaña comenzamos a ver puertas y paredes de ladrillos que tapiaban cuevas habitadas. Hasta que aparece la gran pared repleta de pequeños ventanucos formando un rascacielos irreal. La roca muestra pequeñas hendiduras estratégicamente situadas para poder encaramarse a los ventanucos más elevados. Y el resto del pueblo estaba igualmente sumido en el siglo XVII. Pero vivo, con habitantes que iban y venían con sus rebaños o con sus aperos de labranza. Parece que hemos viajado tanto en el espacio como en el tiempo.

Y ya tras unos cuantos kilómetros anodinos, mezclando carreteras desdobladas y alguna que otra autopista (esta vez sonaron las alarmas en el peaje, tendremos que solucionar el tema entre mañana y pasado si no queremos tener problemas), llegamos a la ciudad subterránea de Derinkuyu**. No voy a decir que es espectacular, porque no lo es. Pero si excepcionalmente asombrosa. Porque comienzas a bajar por unos túneles minúsculos y vas viendo niveles laberínticos llenos de pequeñas habitaciones, y sigues bajando niveles y niveles… Dicen que hay más de 8 niveles y que se baja a más de 85 metros de profundidad. Lo dicho, no es espectacular, pero no había visto nada igual.

Y poco después, saliendo de una curva, nos encontramos a la Capadocia*** en su máxima expresión. El castillo excavado de Uçhistar aparecía ante nosotros, rodeado ya de las típicas rocas cónicas excavadas con pequeñas ventanitas. Y si seguíamos cuatrocientos metros más allá, desde el mirador veías Göreme y todas sus formaciones rocosas en una imagen que me explotó la cabeza. Sin duda, ya guardada en la memoria como el reciente amanecer con globos en Pamukkale. Capadocia está ya (sin verla en profundidad, que a eso dedicaremos el día mañana) en uno de los top5 mejores lugares que he visto.

Y a partir de ahora, estaremos cada vez más cerca de casa. Más cerca del trabajo, de las rutinas y de los problemas cotidianos. Pero por supuesto no será un retorno en línea recta. Seguiremos viendo cosas sorprendentes. Seguiremos intentando llenar esa estantería de recuerdos imborrables. Y lo más importante, afrontaremos los problemas cotidianos con otro talante, después de haber superado la cantidad de aventuras y vivencias que nos ha deparado (y posiblemente nos siga deparando) este viaje. Vivir para viajar o viajar para vivir. En este caso el orden de factores no altera el producto.

La Ruta Turca. De Pamukkale a Karaman. 17JUL2019

Quizá la noticia del día es que no ha pasado nada extraño. Que ya es mucho decir, teniendo en cuenta lo que llevamos pasado en este viajecito. Hoy el sol me ha despertado a las 6:30, justo para ver cómo se elevaban los globos sobre la blanca silueta de Pamukkale. Imagen que quedará en mi mente, como la del amanecer en el desierto de Erg Chebbi en Marruecos o las auroras boreales de Islandia.

Pamukkale** y su travertino era uno de los objetivos principales del viaje. Así que le teníamos muchas ganas. Y el día, con esas vistas desde la ventana comenzaba pero que muy bien. Pero como suele pasar cuando le tienes muchas ganas a algo, luego te acaba decepcionando un poco. Porque te imaginas pozas y pozas de agua azulada sobre fondo blanco, y allí agua solo hay en las que llenan para las fotos. Fotos que es imposible hacer de la cantidad de gente que hay chapoteando… En fin, cosas del siglo XXI.

Lo que sí que fue una gran sorpresa fueron las ruinas de Hierápolis*** que se encuentran justo al lado. De hecho la entrada a los dos lugares es combinada. Además de ser bastante grande y conservar algunos edificios bastante imponentes, lo que verdaderamente imponía era su teatro. Y mira que de lejos me parecía otro más, incluso de bastante menor tamaño que el de Pérgamo. Pero al entrar y ver todas sus gradas intactas, y el frontal del escenario con todas sus columnas, te da un subidón. Valió la pena la caminata hasta lo más alto de la colina para verlo. Sí señor. Me deja un buen sabor de boca.

Y luego, carretera y manta. Mucha carretera y poca manta, a pesar de que hoy el día ha estado más fresco e incluso nos ha llovido algo. Por enésima vez en lo que llevamos de viaje, nos hemos vuelto a saltar la planificación para recuperar un par de días de los tres perdidos. Hemos prescindido de la zona de Anatolia, en el sur de Turquía para ir llegando más directos a la Capadocia, destino principal del viaje. Y por eso hoy no han habido más visitas turísticas. Al menos la carretera durante un tiempo ha dejado de ser desdoblada y presentaba algunas curvas y buen asfalto. Y los paisajes han comenzado a ser dignos de lo que se espera de ellos: algún salar, algún lago y algunas montañas. Esto ya es otra cosa.

Hemos llegado a Karaman, una ciudad nada turística donde ni en la recepción del hotel ni en el restaurante hablan inglés. Pero nos hemos entendido, como suele suceder. Es curiosa la doble sensación de inquietud, al no saber si te van a entender, y de satisfacción, al encontrar ese punto exótico que busca cualquier viajero. Y mañana llegaremos a la Capadocia pero antes pasaremos por un par o tres sitios que creo que nos van a sorprender. Pero eso será mañana.

La Ruta Turca. De Alexandropolis a Bergama. 15JUL2019

—¿Y este tío de qué trabaja? —se ve que le preguntó el vendedor de billetes del ferry al turco afincado en Holanda que me hacía de traductor.

—Dice que es médico —contestó tras preguntármelo a mi. El vendedor de tickets puso una cara de incredulidad.

—¡Pero si se lía hasta con el cambio! —dijo aludiendo a mi primera transacción en liras turcas. —Pregúntale por mi prótesis de rodilla. Hace diez años que me la pusieron y no sé si me la voy a tener que cambiar pronto.

Y así fue cómo me vi envuelto en una conversación médica esperando el ferry a Çanakkale, atravesando el estrecho de Dardanelos entre Europa y Asia. Muy surrealista todo.

Pero lo surrealista comenzó al entrar en Turquía. Bueno, más que surrealista, realidad esperada. Kilómetros y kilómetros de caravana de gente que parecía casi haber pasado la noche en los camiones y los coches que esperaban. Tras preguntarle a un policía, procedimos a avanzar como podíamos entre las filas interminables de vehículos. Las maletas nuevas de Belén no nos hicieron ningún favor esta vez. Pero conseguimos pasar la frontera en un par de horas tras pasar tres garitas. POR FIN ESTAMOS EN TURQUÍA! Objetivo conseguido! Y mira que ha costado! Hace una semana nadie hubiera apostado que llegaríamos a Turquía con las dos motos!

La primera parada fue para sacar liras turcas en un cajero de vete a saber qué población. Avanzábamos rápidamente por autovías con buen asfalto, y aunque no es lo que más me apetecía, el hecho de recuperar el tiempo perdido en la frontera no me parecía nada mal. La segunda parada fue en un puesto de carretera, comprando unas pavías (que yo siempre he llamado nectarinas, pero la influencia aragonesa me está pudiendo) y un tomate para comer más adelante. Y la tercera parada fue para atravesar a Asia en ferry. Y tras responder a la consulta médica y unos quince minutos de ferry (el séptimo y último del viaje), llegamos a Asia.

Y en Asia todo seguía igual… pero con más atascos. Se ve que hoy es el día de la Democracia y de la Unidad del País, y hay juerga por todos lados. Nos las vimos y deseamos para poder ver el caballo de Troya de la película Troya que está en Çacakkale*. Y a partir de ahí, la autovía retrocedía treinta años en el tiempo. Se convirtió en una trampa mortal de esas que tiene pasos de cebra, cruces y semáforos cada dos por tres. Difícilmente podías estar más de un kilómetro circulando a 110 km/h. De hecho era especialmente peligroso hacerlo.

Y a cada paso por una población costera, atascazo! Y así una tras otra. El tiempo se nos iba consumiendo y las posibilidades de ver las ruinas de Pérgamo antes de instalarnos en el hotel se iban diluyendo kilómetro a kilómetro. En realidad no soy muy de ruinas. A ver, soy de piedras, pero no de ruinas. Arquitectura con su tejado y todas sus piedras. Y ver Pérgamo, Éfeso, Afrodisias,… y tantos y tantos enclaves arqueológicos como que se me hace bola. Por lo tanto, y debido a que tenemos que recuperar tres días perdidos por un asuntillo de un robo de una moto -recordáis?-, pues como que vamos a limitar bastante las vistas pedrestres.

Paramos a dar una vuelta por Ayvalik**, un pequeño pueblo a orillas del Egeo muy turístico, con una zona antigua donde las callejuelas se hacen estrechas y están llenos de puestecitos y pequeños restaurantes. Allí intimo con la policía, que pensaba que nos iba a decir que no podíamos dejar las motos encima de la acera… pero no. Se han acercado a alabar nuestras BMW. El pobre tenía que patrullar con una Varadero, no como sus colegas de Estambul, que van con GS!

Llegamos a Bergama a nuestro maravilloso hotel con parking privado. La verdad es que por fuera da miedo. Y por dentro, al menos hasta que entras en la habitación. Al menos el parking es seguro: nada menos que el restaurante del hotel. Se apartan unas cuantas mesas y listo! En definitiva, que todo da miedo. Menos la Wifi, que no puede dar miedo porque casi ni la olemos.

La cena… espectacular. Belén es una crack cuando llega a lugares exóticos: coge la carta, le dice al camarero que quiere lo que sale en la foto, y hemos comido de miedo por 5€ cada uno. Y de momento hemos podido prescindir del comodín del kebab. Aunque estando en Turquía… todo se andará.

La Ruta Turca. De Tesalónica a Tesalónica pasando por Estambul, Catania y Corfú. 11-14JUL2019

—Le llamamos desde la comisaría de policía de Lentini, en Sicilia —dijo una voz en italiano —Hemos encontrado su moto.

A partir de ahí, el viaje debe cambiar de nuevo. ¡Ya me dirás! Emociones a parte, en mi cabeza explotaban los datos y las posibilidades. Pero… ¡habíamos recuperado a La Merkel! El único problema es que ya estábamos a más de mil kilómetros de distancia, a dos ferrys, en otro país y a cuatro días de camino en moto. Esta es la historia de la recuperación de mi GS 1200 Adventure, antes conocida como “La Merkel” y desde ahora mismo como “Merkel, la Renacida”.

Todo empezó unos días atrás, el 7 de Julio (San Fermín) en Catania, Sicilia, cuando Belén se dio cuenta mirando por la ventana del hotel, durante el desayuno, que donde habíamos dejado las motos la noche anterior, ahora solamente parecía haber una. Y efectivamente así era. La reconstrucción de los hechos -según los datos de los que dispongo- es aproximadamente ésta:

Entre las doce de la noche y las nueve de la mañana uno o más individuos (ahora sé que uno de ellos era de origen ghanés y tenía 41 años) se acerca a la moto con no muy buenas intenciones. Lo primero que hace es romper la tapa que cubre la batería para comprobar que no tenga ningún cable extra conectado. Por si fuera una alarma. Cuando ve que no, procede a cortar con una sierra radial de mano el candado del disco delantero. Al forzar el manillar para romper el clausor, se percata de que hay unos cables extraños en la zona, y procede a comprobarlos. Finalmente respira tranquilo al ver que solamente son los cables de alimentación del GPS. Una vez liberada, y con ayuda de alguien, se dispone a meter la moto en la furgoneta que espera en doble fila.

Una GS Adventure con el depósito lleno y tres maletas pesa como un muerto. Y así lo comprueban al meterla en la furgoneta, ya que se les vence a la derecha, rozando la maleta de aluminio izquierda y destrozando el intermitente delantero del mismo lado. Intentando enderezarla, se les cae hacia la izquierda rompiendo el cubremanetas derecho. Pero finalmente la tienen dentro de la furgoneta -presumiblemente también robada.

Luego comprobarían qué había dentro de las maletas laterales: nada. En el topcase encuentran un GPS Garmin Montana, que desprecian, y una batería externa de 16.000 mA que se ve que les hace gracia. Les vendrá bien para cargar el móvil, que a esas horas de la noche ya estaba algo tieso de batería. “La próxima vez robaré una furgoneta con un cargador de mechero”, pensó. Intenta descubrir qué hay en la bolsa impermeable que está asegurada con una malla metálica en el asiento trasero. “Parece que solo es comida”. Ni se molestó en romper la malla con la radial. Y se fue.

Lo que no supuso nunca es que días después unos policías que habían detectado la furgoneta le siguieran hasta Lentini, una población a unos 25 kilómetros de Catania y le detuvieran, como ya habían hecho otras veces. Al abrir la furgoneta, la Polizia Statale descubre a La Merkel dentro. Doble win.

Cuando llamó la policía, nos encontrábamos a unos sesenta kilómetros más allá de Tesalónica, en Grecia. Rápidamente paramos en una gasolinera y comenzamos a intentar encajar las piezas del puzzle para poder seguir viaje. Había múltiples posibilidades y había que explorarlas todas.

La primera que se me ocurrió fue seguir viaje con la moto de Belén y cambiar la vuelta para recoger mi moto. Era lo más lógico, estando tan lejos de Sicilia. Pero cambiar el retorno suponía perder casi cinco días de viaje. De hecho, más o menos los que perderíamos si volvíamos a Sicilia en avión a por la 1200 y luego continuábamos viaje con las dos motos. Y así además podríamos seguir haciendo la mayor parte del viaje con las dos motos. Decidido. Había que buscar billetes de avión.

Tesalónica-Estambul esa tarde, pasar la noche en el aeropuerto y Estambul-Catania a primera hora de la mañana del viernes. Un taxi hasta Lentini y tendríamos toda la mañana para el papeleo en la policía y arreglar imprevistos. Pensamos que el ferry de Bríndisi a Igumenitsa era el mejor y nos daría tiempo a cogerlo al día siguiente, si avanzábamos lo suficiente con La Merkel a pesar de no haber dormido. Y así fue. Aunque fueron los kilómetros más agónicos -por el cansancio- de todo el viaje. Parábamos en cada gasolinera a tomar un espresso, un red bull o lo que fuera. Pero llegamos.

Ahora estamos atravesando nuevamente el Adriático, esta vez con la 1200. Si todo va bien mañana al mediodía recogeremos la moto de Belén del aeropuerto de Tesalónica y seguiremos camino. Habremos perdido en total tres días en todo el proceso. Un éxito planificando, creo. El domingo seguiremos viaje hacia Turquía, y ya nos encargaremos de recuperar esos tres días en el regreso por Europa. Habrá palizones de kilómetros y deberemos prescindir de unos cuantos lugares a visitar, pero eso no quitará que este viaje sea, sin duda, uno de los que más recordemos para siempre. Sobre todo Merkel, la Renacida.

La Ruta Turca. De Catania a Matera. 08JUL2019

Si la aventura es que te vayan surgiendo imprevistos y los vayas solucionando uno a uno, hoy hemos tenido un día repleto.

Después de planificar durante el domingo qué iba a ser de nuestro viaje, todo comenzaba en ponerle unas maletas a la moto de Belén para poder meter todo el equipaje que iba en la 1200. Teníamos hasta los puntos de venta Givi localizados, ya que la 650 ya llevaba los anclajes instalados de esa marca. Al llegar a la primera tienda, resulta que solo tienen una maleta compatible. Una. Y nos hacían falta dos. Así que fuimos a la segunda tienda de nuestra lista. Y allí… no tenían ninguna. Primer problema.

La solución? Bueno, intentaríamos ir con la maleta que tenemos más la que había en la primera tienda. Unas cinchas y podremos llevar también la comida. Pero… segundo problema: falta un tetón en los soporte de maleta, imprescindible para poder llevarlas. Esperemos que en la tienda nos lo solucionen.

Al llegar nuevamente a la primera tienda nos llevamos la sorpresa de que el chico, que parecía un soso, se había tomado la molestia de buscar otras maletas compatibles. Y había encontrado unas Kappa que tenían en stock. Y como se había dado cuenta de que faltaba el tetón, ya había encontrado un recambio. Para que veas que las primeras impresiones no suelen ser buenas.

Además de las maletas, compramos unos guantes que se quedaron con mi GS, un soporte para el móvil y un adaptador de mechero para enchufarlo: todo lo necesario para seguir ruta.

Segundo problema: el cargador de mechero no va. Y el GPS va gastando la. Avería del móvil a marchas forzadas. Me aprendo las instrucciones más importantes mientras salimos de Sicilia en el ferry, degustando in extremos una Aranciana, el plato típico (una bola de arroz rellena de carne y rebozada).

A medio camino, paramos en un pueblo a la búsqueda de un chino o algo parecido donde comprar una batería externa para poder cargar el móvil: ya no nos queda batería y aún no hemos reservado alojamiento. Y tampoco sé cómo seguir la ruta. Finalmente encontramos uno, aunque de poca capacidad, que me da para cargar medianamente el iPhone. Pero conseguimos reservar y usar el GPS de momento.

Otro problema surge en una parada para descansar en un área de la autovía mientras tomamos lo que aquí entienden por un café con hielo: tiene los ojos azules, algo mióticos y se acerca mucho a mi cara para decirme que los napolitanos y sicilianos en realidad descienden de españoles. Lo decía con una seguridad pasmosa y un aliento a alcohol importante. No los lo pudimos sacar de encima en los 15 minutos que estuvimos descansando. No sé ni de dónde salió y mucho menos dónde fue. Pero estar, estuvo.

Así, sin comerlo ni beberlo, hemos llegado a Matera***, recuperando el día perdido en Catania. La verdad es que nos hemos saltado unas cuantas cosas pendientes de ver, pero lo que hemos visto las pocas horas que llevamos en Matera es simplemente espectacular. Mañana nos daremos un garbeo de día, pero promete ser lo mejor que hemos visto hasta la fecha. De momento me quedo con la puesta de sol que hemos podido observar desde la ventana. Y es que así es la aventura: cuando consigues dominarla, te proporciona momentos increíbles.

30JUL2017. LaRutaDeLasGaitas. Zaragoza

A ver, que vamos algo retrasados con esto de las crónicas. Lo habíamos dejado en Eastbourne, a los pies del muelle ese rancio que tan fotogénico queda en las fotos. Desde allí, traslado al Eurotunnel para volver a tierra firme y dejar las islas británicas tras más de veinticinco días. Y en Francia, el destino era Mont Saint-Michel. Habíamos pasado por ahí un par de veces en viajes anteriores pero nunca habíamos planificado una visita. Así que ese era el momento. 

¿Consejo? Visitadlo. Si puede ser, a primera hora del día. Porque a partir de las once de la mañana eso se pone a petar de gente. Nosotros llegamos prontito y lo agradecimos. Las vistas de la roca con el pueblo y la abadía, sobre todo si te pilla marea alta como a nosotros, es especial. Y entrar en el recinto amurallado también te sorprende, rodeado de casas de piedra que confirman la estrecha calle. A ver, que si has visto Carcassonne la impresión inicial es similar. Y también es verdad que en esas casas solo hay tiendas de souvenirs y restaurantes. Pero sigo aconsejándolo. La abadía (que es lo que se tiene que pagar, además del parking) es sorprendentemente grande, con estancias amplísimas que no sabes de dónde las han sacado visto el recinto desde fuera. Lo dicho, muy aconsejable. Aunque sé que no estoy descubriendo nada. 

Otro consejo: en Francia, si queréis ahorrar un poco en las comidas, no pidáis bebida, ya que en todos los restaurantes te ponen agua del grifo en una botella. Si no ponen nada, decir simplemente «deló». A ver, que seguro que se escribe de otra manera, pero vosotros decidlo así. Porque si pedís «eau», «ó», «water» o lo que queráis, os enchufarán una botella de agua mineral por 2 euros. Nosotros que estamos bregados ya de viajar por Francia así lo hicimos, en una crepería para turistas con vistas al Mont Saint-Michel. Pero el camarero se hacía el longuis (muchísimo más bregado de tratar con turistas). 

Deló! Deló!– grité insistentemente señalando las cuatro o cinco botellas que tenía preparadas, seguramente para clientes franceses. Al final nos salimos con la nuestra.

Desde el Mont Saint-Michel teníamos dos días para llegar a Zaragoza, lo que hacen unos 500 kilómetros por día. Así que la instrucción al GPS fue «evitar peajes», y todo para delante hacia Bergerac. Sí, la de Cyrano. Bergerac es uno de los pueblos con encanto del Perigord, zona a la que le tengo ganas y espero poder profundizar más próximamente. A orillas del Dordoña, el pueblo antiguo se concentra en unas cuantas calles con antiguas casas con las vigas de madera vista en su fachada. Tras una última cena con vistas al río, despedimos el capítulo de «comidas por el mundo» con un pollo a la brasa con patatas. No muy exótico pero rico. 

El último día de viaje amaneció tronando y con una amenaza real de caer la de Dios en cualquier momento. Así que abortamos la misión de seguir explorando pueblos cercanos y enfilamos rumbo sur hacia casa. Algo de lluvia en algún momento, pero poco más. Bueno, el calor, que se fue acrecentando hasta pasar la frontera por el túnel de Somport. Y a la salida… el infierno en vida. Calorazo! Y no nos ha abandonado hasta ahora, ya en Zaragoza

Y una vez ya con la colada hecha y con los recuerdos algo más asentados, vamos a las preguntas importantes: ¿Escocia o Irlanda? Pues no sé contestar… Es como eso de «¿a quién quieres más a tu padre o a tu madre?» Pues los dos molan. Quizá Escocia es más salvaje. O sea, que el simple hecho de recorrer determinadas carreteras ya sea alucinante, e Irlanda tiene grandes puntos de visita ineludible, como Moher o la Calzada de los Gigantes, y el resto es menos espectacular. Pero tampoco, porque el recorrido por el Ring of Beara es también sublime. En definitiva, te gustará más aquel sitio donde mejor tiempo te haga. Porque esos paisajes molan mucho, cuando las nubes plomizas se medio retiran dejando entrever un precioso cielo azul y el sol refulgiendo sobre los verdes prados y los extasiantes acantilados. Y esta última frase puede aplicarse tanto a Escocia como a Irlanda. 

El tema mecánico este año nos ha dado un poco de trabajo. La bomba del agua de la F650 petó -fallo endémico en esta moto- e intentamos solucionarlo en Cork. No pudieron hacerlo convenientemente en el tiempo que tuvimos, así que los últimos 4000 kilómetros los hemos hecho con un «¡Ay!» en el cuerpo. Pero la BMW se ha portado como una campeona. Los cambios de aceite ya sabíamos que nos íbamos a pasar unos kilómetros. Mi Adventure lleva 15.000 kilómetros y la F650 10.000 con el mismo aceite. Pero los neumáticos también nos han hecho sufrir. Y es que los rugosos y rotos asfaltos británico-irlandeses no perdonan. Los míos ya sabía que iban a llegar justos, pero no tanto. Y los de Belén… han llegado también al límite. Pero sea como fuera, y a falta de 300 kilómetros para llevar a La Merkel a su sesión de spa y masaje en MotorMunich de Terrassa, ambas motos han llegado sanas y salvas. 

Y la planificación… pues me doy otra medalla, como cada año. A mí me gusta viajar con todo planificado. Con los puntos a visitar, y con una estimación de los días bastante precisos. Y un año más lo he bordado. Los días de contingencia que teníamos para imprevistos los hemos gastado en la reparación de la moto de Belén, y a pesar de ello, hemos visitado prácticamente todos los 127 puntos de interés que tenía planificado. Ya sé que otros viajeros prefieren improvisar. Y eso no es ni bueno ni malo, sino diferente. 

Y fin. Un año más, se acabó la ruta del verano. Aproximadamente, suele pasar cada año. Y pensar que hasta el próximo quedan 12 meses da un poco de vértigo. Pero para eso están los fines de semana. Y seguiremos contándolos como hasta ahora. Muchísimas gracias por vuestra atención. Ha sido un placer contároslo y leer vuestros comentarios. Abrazo a todos. Click.

25JUL2017. LaRutaDeLasGaitas. Eastbourne

Para ser un blog de viajes en moto, hoy de viaje en moto, poco. O mucho, según se mire. Porque han sido 380 kilómetros de viaje, que para lo que vamos haciendo a diario ya son. A partir de ahora, incluso aumentaremos esa cifra. Que agosto se nos echa encima. Pero a lo que iba, que me disperso: viaje en moto no es que hoy haya habido. Más bien «desplazamiento entre dos puntos montados en una motocicleta». O sea, mucha autopista. Y cuando no, caravanas. O caravana en la autopista, que de todo hemos tenido. Y es que es lo que tiene acercarse a Londres. Aunque sea a más de 60 kilómetros, tienen todo colapsado estos ingleses.

Pero también nos ha dado tiempo de hacer algo de turismo. Bibury, el típico pueblito donde vivían 4 ingleses mal contados bien a gusto en sus casitas de piedra y sus jardines bien cuidados hasta que a alguno se le ocurrió nombrarlos en un blog como uno de los pueblos con más encanto de Inglaterra. Desde entonces, huestes de japoneses invaden el pueblo cada día. ¡Hasta los carteles de «jardín privado» o «prohibido el paso» los han puesto en japonés! Lo cierto es que si quitas a los japoneses de la foto, el pueblo mola. 

Y a poco menos de una hora de allí, Oxford. Si habíamos pasado por Cambridge a la ida, y el Trinity de Dublín durante el viaje, no podíamos dejar de ver el otro baluarte universitario británico. ¡Qué cantidad de edificios señoriales! ¡Colleges a punta pala! Solo con pasear por sus estancias debería convalidar un máster entero. 

Y eso ha sido todo el día. Caravana, más caravana, y eso. Al final hemos acabado en Eastbourne, un pueblo decadente a orillas del Canal de La Mancha con un pier, uno de estos muelles de madera que se adentran en el mar, donde aún persisten locales con vetustas máquinas recreativas. De hecho, todo el frente marítimo es muy rancio. Hoteles que debían ser muy chics en los años cincuenta, con clientela a juego. Pero viajar es lo que tiene, que a veces lo haces en la distancia y otras veces en el tiempo. Bona nit. Click.