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La Ruta Germánica – El vídeo

Este verano nuestro viaje ha sido corto, de menos de diez días. Pero no por eso hemos dejado de visitar cosas muy recomendables. Viaje intenso y variado, pasando por Alsacia, la Selva Negra, el oeste de Alemania, Holanda, Bélgica y algunos pueblos del Perigord francés. Completito, vamos. Al ser la ruta corta no he querido hacer crónica diaria (para eso tenéis las de Belén en su blog super fresco y espontáneo). Pero aquí tenéis el vídeo de nuestro viaje. Nosotros nos echamos unas cuantas risas, así que espero que os guste.

 

Por cierto, en nada tendréis el track de la ruta y el cuaderno de viaje (que esta vez está saliendo espectacular). Así que atentos!

La Ruta de los Pirineos. Agosto 2018

IMG_1568Ya no sé cuántas rutas de los Pirineos llevamos, unas cuantas. Pero es un destino donde puedes encontrar paisajes que quitan el hipo, pueblos de montaña con encanto, y sobre todo -y eso era lo que buscábamos esta vez- temperaturas agradables en verano.

Pero el viernes fue día de tormenta veraniega, y tuvimos que anular algunos de las visitas previstas para no exponernos mucho a la lluvia. Incluso tuvimos que pasar unos minutos en un bar de Torà esperando que pasara el frente fuerte de tormenta. Pero finalmente llegamos a Andorra incluso con tiempo de realizar algunas compras moteras. Y por la noche, la tradicional -para nosotros- cena en una pequeña pizzería donde hacen unas sopas de cebolla de muerte.

Por la mañana, y ya pasando frío en el Pas de la Casa, bajamos por la vertiente francesa con una copiosa niebla (no habíamos venido a por el fresquito? Pues TOMA DOS TAZAS!). El primer destino eran las grottes de Mas d’Azil, una cueva enorme -pasa la carretera y un río por dentro- muy similar a la Cuevona de Asturias, quizá algo más grande, pero con menos encanto. De todas formas, destino curioso.

IMG_1552Luego la idea era recorrer diferentes puertos de montaña del Pirineo francés, así que enfilamos el Portet d’Aspet, el Peyresourde y el Col d’Aspin. Pero lo más destacable fueron los pequeños pueblos en los que paramos o a descansar o a tomar un café, que nos sorprendieron sin esperarlo, como deben ser las sorpresas: Saint-Girons, con su relajante río, su mercadillo y bullicio, o luego Bordères-Louron, por citar alguno.

Nos saltamos el Tourmalet, ya algo cansados, para llegar a Lourdes a una hora decente. ¡Qué cantidad de gente! De todos los países imaginables. Peregrinos MUY entraditos en años que paseaban entre las callejuelas repletas de tiendas de merchandising católico con sus sillas de ruedas… Cenamos estupendamente unas galettes bretonas en L’Epi d’Or y luego nos acercamos a la basílica para ver a cientos de fieles con sus velas rezando a la caída del sol…

IMG_1561Y el domingo, de vuelta. El Portalet siempre reconforta, con sus espectaculares vistas, sobre todo por su lado francés. Y después, dos pequeñas perlas, la iglesia de San Juan de Busa, una peculiar iglesia románica, y el monasterio de Santa María de Obarra, que a pesar de ser más grande, no me pareció una visita recomendable.

Y así acabó el día, esperando ya al próximo fin de semana, donde nos adentraremos ya más a las profundidades de Europa. De momento, ya sabéis que en el apartado Libros de Ruta de este mismo blogtenéis disponibles el track de esta ruta y el pdf de nuestro cuaderno de viaje.

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La Ruta de la Camarga, 2018

IMG_1473Siempre que podemos, volvemos a la Camarga. No es más -ni menos- que la desembocadura del Ródano, cerca de Marsella. Para el que no lo conozca, es un espacio natural con multitud de lagunas, aguarales, salinas y fauna salvaje donde abundan hasta flamencos. Y también lugares de interés artístico. Un todo en uno.

La sorpresa de esta nueva visita fue Montpellier. Habíamos dormido ya en algunas ocasiones, pero nunca nos habíamos adentrado en el casco antiguo. Y es espectacular. Callejones pintorescos con infinidad de restaurantes y terrazas repletas -al menos en verano- de gente. Bullicio y alegría por las calles. Un acierto.

El recorrido de esta ruta une los principales lugares de la Camarga, como fueron Le Grau-du-Roi, con su puerto prácticamente integrado en el pueblo que lucía un interesante mercadillo, la siempre interesante ciudad amurallada de Aigues-Mortes, la costera población de Saintes-Maries-de-la-Mer, los enormes estanques de Vaccarès o Fangassier o los tranquilos y delicados canales de Martigues.

IMG_1486Ya por la noche, Arles y su fantástico circo romano, o los lugares inmortalizados por Van Gogh como son la Place du Forum o el puente de Langlois no decepcionan.

IMG_1524Os dejo, en la página de Roadbooks el track de la ruta y nuestro cuaderno de viaje, con impresiones y dibujos rápidos de lo que vimos en esta ruta.

Toulouse, Concorde y Zaragoza. Retorno al Este. Cap. 26 y final.

Hemos pasado nuestro última mañana de viaje viendo aviones. Mira, soy así de friki. El museo Aeroscopia de Toulouse abrió sus puertas hace algo más de un año, y tenía muchas ganas de verlo. Sobre todo para admirar al Concorde, y los otros aviones que allí se exponen. Pero de eso ya hablaremos más adelante en otro blog.

Pues no, al final no hemos pillado el Concorde para volver a Zaragoza. Hemos ido por carretera y tal. Por cierto, menudo calorazo solo pasar el túnel de Bielsa! Hemos batido el récord del viaje, con 37,5ºC!! Y yo que temía por las temperaturas balcánicas!

Lo que sí me ha parecido supersónico es cómo se han pasado de rápidas estas cuatro semanas. Ha sido un viaje intenso y muy variado, casi día a día. Casi 10.000 kilómetros de ruta, catorce países y muchos recuerdos. Como el romanticismo de la Piazza San Marcos de Venecia, desde ahora siempre muy especial para nosotros. O el silencio incómodo en la base aérea abandonada de Zeljava, en Croacia. Me quedo con el encanto de Mostar y su puente, en Bosnia y Herzegovina. O la grandiosidad del Piva Canyon en Montenegro, el encanto de la puesta de sol en el lago Ohrid de Macedonia, o las montañas de Belogradchik de Bulgaria. Recordaré siempre los monasterios pintados de Rumanía y las vistas de la ribera del Danubio en Budapest, Hungría. O el paseo a media tarde por Bratislava en Eslovaquia, y la majestuosa plaza de Oloumoc. Y como no, Hallstatt, el pueblo de postal de Austria, los imponentes Dolomitas y el Passo San Boldo de Italia, o las imperdibles Gorges del Tarn en Francia. 

Hemos atravesado los Cárpatos dos veces, los Alpes, los Dolomitas y los Pirineos, y las motos no han dado ni una sola queja. Y por supuesto he de acordarme de la valentía de Belén, que como en otras ocasiones se ha lanzado a la aventura por países complicados para conducir como Albania, Bosnia o Rumanía. Además, ha tenido que aguantarme 28 días, y eso es de mucho mérito ya de normal. Así que imagínate lo que ha sido en mi estado. Porque no lo he dicho en ningún momento, pero una hernia discal me ha hecho la pascua durante todo el viaje, dejándome como un auténtico inválido en cuanto me bajaba de la moto. Por todo ello, gracias, Belén.


Y gracias a vosotros, que me habéis aguantado las crónicas, las fotos desde la habitación del hotel o los restaurantes al aire libre. De verdad, es duro ponerse a escribir a las once de la noche, pero es impresionante la fuerza que dáis para hacerlo y compartir lo que ha sido nuestro viaje. Gracias de verdad. 


Y ahora qué? Pues a hacer coladas. Que la lavadora ya está pidiendo que le saquemos la primera tanda de ropa sucia. Y en un par de días, el resumen estadístico y de gastos del viaje. En unos días, los vídeos del viaje. Y durante los próximos meses, toda la información turística que he recopilado la iré desgranando en el blog El Rutómetro de Jaus. Estáis invitados.

Y como decía aquél, vámonos a la cama que esta gente querrá irse a casa. Buenas noches!

Las gargantas del Tarn. Retorno al Este. Cap. 25.

Que no habéis ido nunca a las gargantas del Tarn? O mejor dicho, las Gorges du Tarn, que ahora ya he adoptado el francés como segunda lengua nativa. De hecho, he comprobado que el francés es idéntico al castellano pero hablado despacito. Así lo he hecho en el hotel y en la crepería y me han entendido perfectamente. Ye suis fransuas de la frans.


Pues a lo que iba, que me disperso. Las Gorges du Tarn son unos 70 kilómetros que no te puedes perder a poco que salgas de España. Que qué ofrecen? Pues a nivel de carretera, curvas suaves y buen asfalto. Y a nivel paisajístico, de todo: gargantas estrechas, paredes rocosas que llegan hasta donde la vista no te alcanza, un río de un color verde esmeralda que lo flipas, pueblitos de piedra que parecen estar en equilibrio precario sobre el abismo… Claro que todo eso es un gran inconveniente si vienes a disfrutar de la carretera, porque la vista no para quieta mirando de un lado para otro.


El momentazo del día? Pues la súper idea de Belén de irnos a comer al río. A la sombrita, con el agua fresca a tus pies (no, yo no me he quitado las botas, pero Belén no podía dejar de hacerlo) y una paz increíble a pesar de estar rodeados de gente. Porque esta zona está sorprendentemente poco transitada, pero la de piraguas que van bajando por el río! En definitiva, que había gente pero no agobiaba en absoluto. Por cierto, comprando la ración de tomates del día he visto que vendían bombonas para el hornillo. Adivináis de qué marca? CAMPINGAZZ!!!! Guillotine pour le vendedour del Decathlon!!


Y finalmente, Toulouse, tras doscientos kilómetros donde hemos combinado carreterita de curvas divertidas y bastante autovía, que nunca viene mal cuando estás deseando llegar y el termómetro está nuevamente en 36ºC. Curiosamente yo le tenía mucho miedo al calor balcánico que ya hemos sufrido en otros viajes y las mayores temperaturas las hemos sufrido en Francia, tanto a la ida como a la vuelta. Se la ví, mon amí.

La cena, a base de crêpes, como solemos hacer al menos una vez siempre que estamos por Francia. Y los de hoy estaban de muerte, en serio. No me preguntes qué llevaban, porque mi nivel de francés no ha llegado hasta ese punto, pero estaban de repetir. Y así lo habría hecho si no hubieran sido tan lentos. Porque a las 11 de la noche me cerraban la puerta del parking del hotel. Y las perfectas indicaciones del recepcionista no me convencían:

–No tienes más que marcar tu número de habitación y tu apellido– dijo el conserje pelirrojo con barba de hipster.

–¿Lo marco en el panel de al lado de la puerta?– repliqué.

–Sí, si. Ahí mismo.

Pero vamos a ver, Zanahorio: el panel de al lado de la puerta solamente tiene los números del 0 al 9. A ver cómo leches le meto ahí mi apellido. Esto último lo pensé, pero no se lo dije. Era extremadamente seguro que llegáramos antes de las 11… excepto en el improbable caso de que el de la crepería tardara lo indecible con los platos. Total, que hemos llegado a las 23:06. Afortunadamente, la puerta estaba abierta. Esto ya me suele pasar a menudo, que me preocupo de problemas que aún no son problemas y que la mayoría de las veces nunca llegan a serlo. Ye suí así, mon petit lector.

Y ya vale de interioridades que yo soy muy celoso de mi vida privada, por eso casi no cuelgo nada en redes sociales (ejem). Ale, circulen. Nosotros a descansar, que mañana toca un pequeño museo y un nuevo (o no tan nuevo) país. Buenas noches.

Lulú? Se mua. En Francia! Retorno al Este. Cap. 24.

A ver, que hoy estoy reivindicativo. Se me ha pegado algo de la revolución francesa y hoy van a rodar cabezas. Pero comencemos por el principio. Y el principio no es otro que pasar a Francia desde Italia, rodeados por montañacas de esas que te quitan el aliento. Como vienen siendo los Alpes, vamos. 


Y a eso que sigues la carretera y te encuentras el desvío hacia el Galibier. Pues para allí que nos hemos ido, rodeados de glaciares con nieves perpetuas por carreteritas estrechas con un desnivel muy importante y sin quitamiedos. De esas que molan, vamos. 


Hemos seguido a Grenoble con algún que otro temor a que la carretera estuviera cortada, porque llevaba varios kilómetros viendo el cartel de Grenoble tachado. Al final solamente era un corte para los camiones y autocaravanas. Nosotros pasamos sin problemas. Y después a comer ensalada de tomate, que con el calor apetece más que los fideos esos de sobre. Además, se nos ha acabado el gas del hornillo. Y aquí rueda la primera cabeza: señor del Decathlon que me vendió la moto de que los hornillos Primus los encontraría más fácilmente en Europa que los de la marca CampinGaz, NO TIENE NI IDEA! En Austria e Italia me cansé de preguntar por los recambios de bombonas Primus, Y NI UNO TENÍA. En cambio de CampinGaz… A patadas! Menos mal que me gusta la ensalada de tomate. 


Tenía pensado pasar por las Gorges de la Bourne. De hecho hemos pasado por allí. Pero ha sido un lapsus mío, porque lo que realmente buscaba era Combe Laval. Y por mucho que seguía la ruta del GPS, el espectacular cañón no aparecía. He tenido que buscar y buscar para encontrarlo finalmente. Y es que pasar por ahí vale la pena.


La cosa ha sido que tras desviarnos unos míseros 18 kilómetros, los 120 que faltaban para destino se han convertido… en 200! A ver, señor Garmin: Si desde el punto A faltan 120 kilómetros, desde A+18 no pueden faltar 200km. Si hace falta, me hace usted dar la vuelta y vuelvo por donde he venido. Además, me ha calculado una hora de llegada que ni yendo en bicicleta. Guillotina también hoy para el GPS.


Y luego ha llegado la cena en Alès, que así se llama el pueblo donde estamos. Debe ser que nuestro idioma nativo italiano nos ha confundido, pero de 4 platos que hemos pedido (la carta estaba en francés, evidentment) NO HEMOS ACERTADO NI UNO! Eso sí, buenos estaban todos. Así que voy a pasarme la noche practicando. Lulú? Se mua.

NK23. Chateauroux-Villeneuve sur Lot. Calor!!

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Vamos con brío que dentro de 8 hora nos tenemos que levantar. Levantar por última vez en el viaje. Porque se supone que mañana llegamos a Zaragoza. Que qué ha pasado hoy? Que le hemos comprado una cadenita nueva a la Derbi. Así tendremos únicamente la dosis justa de aventura, que tener que sufrir por si se rompe otra vez es un coñazo monumental. Ahora al menos en cuestión de transmisiones, estamos contentos.

El desayuno, en la casa de Chateauroux se hace en comuna. Me refiero que los dueños de la casa ponen todo en una gran mesa ovalada y todos los huéspedes se sientan -nos sentamos- alrededor. Para fomentar la charla y eso. Todos franceses. Los dueños también. Pero no franceses normales, no. Franceses de esos que hablan francés con acento francés. O sea, de los que no pillas ni una palabra. No es tan cerrado como el acento de Phillippe, pero lo entiendo igual de mal. Y venga a darme conversación. Y yo ahí disimulando que entiendo algo. Quería salir de ahí cuanto antes. En cambio Belén estaba en su salsa. No creo que entendiera la mitad de las cosas, pero mira, como le encanta hablar y escuchar, se lo pasa bien. Aunque sea en francés del bueno.

Y tras el desayuno y el cambio de cadena de la Derbi, hemos comenzado ruta. Y nos hemos puesto en modo aventura asfáltica. Sí, es cuando pones en el GPS “la ruta más corta”. Te mete por carreteras secundarias en una ruta supuestamente de más duración. Supuestamente, si no vas a ritmo de 125cc, que entonces te da igual que la carretera sea secundaria que general. Y así hemos descubierto muchos pueblecitos encantadores. Aunque la verdad es que hasta Montignac no había mucho que contar ni que encantar. En Montignac hemos comido. Pero eso no es lo más importante. Ni tampoco que tiene un río y un puente encantadores (ya os había avisado que desde aquí la ruta encantaba). Lo más importante es… QUE HACÍA CALOR! Un calor que te mueres. 28ºC. Una temperatura que ya tenía olvidada y arrinconada en las neuronas más escondidas de mi cerebro. Y entonces me he acordado de Noruega. Y de su fresquito… Mmmmmmhh.

La ruta pasaba por Les Eyzies de Tallac-Sireuil, un pueblo encastrado en una roca. Majo, sí. Y luego por el Chateau de Puymartin. Desde el parking ni se ve el castillo, así que no lo intentéis. Ahora, desde carreteras cercanas, sí que se puede ver una buena panorámica. Pero lo mejor ha sido Beynac, el pueblo que se creía cabra montés. Encaramado al peñasco, sus rampas eran irreales. Irreales e insufribles. Hemos acabado agotados. Y acalorados, porque el calor seguía apretando. ¡Qué ganas de volver para el norte! Y mira que después ha llovido y todo (qué? pensabais que no nos iba a seguir lloviendo? Es mi 15º día consecutivo bajo la lluvia.

Hasta el hotel, en Villeneuve s/. Lot (bueno, en una granja restaurada muyyyyyy a las afueras de Villeneuve) las carreteras eran de esas que puedes recorrer a ritmo, sin prisas y sin pausas, sin sorpresas ni curvas traicioneras. Así que nos hemos divertido y todo.

Y como en este hotel también hablan francés y los dueños se empeñan en dar conversación, y hemos quedado para desayunar a las 8 y media de la mañana, me he de ir pensando en acostar. Menos mal que a éstos les entiendo un poco más. O eso me parece.

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NK22. París-Chateauroux. Phillippe y John Deere, el de los tractores.

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No, si ya lo decía yo. Me gusta el cardán. Cadena, caca. Mira que es un coñazo tensar y engrasar casi a diario. Pues no ha sido suficiente. La cadena de la Derbi de Belén ha dicho basta. Y se ha roto, la muy jodía. Así, como quien no quiere la cosa. Entre La Ferté-Saint-Cyr y Crouy-sur-Cosson. Vamos, en el culo del mundo francés conocido. Ahí estaba la Derbi, con la cadena colgando y yo que la miraba pensando… “Y se supone que yo ahora tengo que solucionar el marrón…” Menos mal que apareció Phillippe.

Phillippe trabaja en una granja. Bueno, no sé si era una granja, pero por ahí corrían un par de gallos que eran más grandes que Caponata (sí, ya tengo una edad…). Phillippe no habla nada de español. Ni de inglés. De hecho, dudo que hablara un correcto francés. Pero entendía de cadenas. Tras un corto diálogo ininteligible por ambas partes, ha cogido la cadena, ha separado el eslabón de cierre, que es el que se había partido, y ha dicho una laaaarga frase en francés. Pero un francés cerrado cerrado, oye. De esos que ni que afines el oído entiendes nada.

Pero como Phillippe asentía y ponía cara de que tenía la solución, afiné aún más el oído. Y entendí esto perfectamente:

– Mira, coge tu moto que funciona (porque la maravillosa BMW con cardán esa que llevas funciona, no?) y te vas a Muides-sur-Loire. Pasas el puente y llegas a Mer. Ahí sigues las indicaciones hacia la autopista, pasas la primera rotonda después del pueblo y giras a la derecha. La siguiente rotonda a la izquierda y tiras recto. Encontrarás un polígono con industrias. Ahí, antes de llegar al desvío de la autopista, giras a la izquierda. A la derecha no, a la izquierda. Verás que hay un tractor verde muy grande. Es una cosechadora, pero como se ve que tienes cara de no tener ni idea de cosas agrícolas, quédate con la idea de que es un tractor. Eso debes saber lo que es. Pues eso se llama Chesneau Agricol. Ahí te pueden vender un eslabón.

Bueno, no sé si dijo eso exactamente. Pero a mí me sirvió… Me sirvió para hacer turismo por todo el polígono de Mer. Calle arriba, calle abajo. Rotonda para arriba, rotonda para abajo… buscando un tractor verde. Y al final lo encontré. La nave tenía un enorme escudo verde con un ciervo amarillo. Era un concesionario de la marca de tractores John Deere. ¿Y aquí van a tener el eslabón de cierre de una cadena de una moto Derbi Terra Adventure 125?

Entré con cara de panoli. ¿Sabes cuando ves a uno de pueblo de esos que trabajan en una granja de pollos entrar en la FNAC? Pues eso pero al revés. Con mi cadena grasienta en la mano. Y se me acerca uno. Lo siento, pero a este no le pregunté el nombre. Pero tampoco hablaba español. Ni inglés. Solo el mismo francés cerrado del culo del mundo francés conocido. Le enseño la cadena diciéndole con la mirada:

– Cadena pupa. Arreglas bien?

O algo así. Es que no soy muy preciso diciendo cosas con la mirada, qué quieres. Y sin decir palabra, se lleva mi grasienta cadena (bueno, la de la Derbi de Belén) y vuelve al cabo de un rato (dos minutos) con la misma cadena grasienta pero que lucía un nuevo eslabón de cierre. Toma ya. Y gratis. ¡Viva John Deere! Y yo que era más de Massey Ferguson…

Total, que en hora y media, cadena arreglada y puesta, y seguimos ruta. Ah! ¿Que no os lo he dicho? La ruta de hoy iba de castillos del Loira. Chambord, Cheverny, Chenonceaux, Blois… Todo muy bonito. De hecho han pasado más cosas. Hasta un accidente (bueno, incidente) en París. Hoy todas las tortas se las ha llevado la Derbi de Belén, pobre. Pero para saber detalles del tema, tendréis que leer el post de Belén. Que a mi, Phillippe y John Deere me tienen robado el corazón.

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NK21. Bruselas-París. Bajo la lluvia

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Habéis tenido suerte. Porque ha faltado muy poquito para que no pueda escribir hoy la crónica. Solo a mi se me ocurre, después de un día de perros, eso sí, dejar el Mac debajo del pantalón de la moto que estaba colgado en el armario del hotel. A la que me he querido dar cuenta, el armario parecía las cataratas del Niagara. Y debajo el Mac. Pobre. Sin rechistar. Y hasta esta tarde a la antena del Wifi le ha dado por no ir. Hasta esta tarde. Ahora ya va. Por eso digo, habéis tenido suerte. Vale, yo más.

Y es que lo que ayer parecía un día genial de moto, viendo allá en Bruselas el Atomium [que entre tú y yo, le da cien mil vueltas al Manneken Pis][bueno, hasta la Sirenita de Copenhague le da cien mil vueltas al Manneken Pis][bueno, de hecho casi cualquier cosa le da cien mil vueltas al Manneken Pis], se convirtió en el segundo Diluvio Universal. Creo que nunca he estado tanto tiempo bajo la lluvia como ayer: 11 horitas. Sin parar. De hecho, tuvimos que refugiarnos en un Leclerq a comer algo sin mojarnos.

Además, salir de Bruselas fue la pera de divertido. Porque tu quieres ir donde te dice el GPS y te encuentras que la calle está cortada. Vas por la que te indican como desvío y acabas en otras obras que también están cortadas. Al final pasas de todo, y tiras por una calle hasta que se acabe la ciudad. Y aún así, parece que a la ciudad le cuesta acabarse.

Y luego la risa son las carreteras belgas. A ver, señores belgas: a los noruegos ya les di en otro post unos consejillos, así que ustedes no van a ser menos: está bien usar el verano para hacer obras, todos los países lo hacen. Pero no puede ser que en los 10.000km que llevamos el 95% de las carreteras y calles cortadas los hayamos encontrado en Bélgica, con lo pequeña que es. Revisen ese punto.

Y otra cosa, señores belgas: si tienen una carretera donde van a poner semáforos, no la pongan de 90 km/h, que cuesta mucho parar desde esa velocidad. Por no decir lo de limitar el paso de algunas poblaciones a 70 por hora, mientras que en otras la cosa es ir a 30. ¿Pagan menos impuestos o algo? Y ya, si en lugar de esas planchas de cemento ponen asfalto en las carreteras, casi podríamos decir que habrán llegado al siglo XXI. Digo yo, eh?

Y por último, señores belgas, no se me ofendan, pero los coches de policía en blanco con cuatro líneas en tonos azul clarito queda un poco gay. Usen colores fuertes. El naranja queda más varonil. Pero es un consejo, eh? Que yo de colores, voy flojo.

Total, que nos ha caído el diluvio. Pero fuerte, fuerte. Vimos la catedral de Amiens con el casco puesto y el chubasquero. Preciosa, eso sí. Altísima, esbelta. Que le da mil vueltas a Notre Dame. Y eso bajo la lluvia. En seco debe ser la leche. ¡Vaya arbotantes y contrafuertes! ¡Qué vidrieras! Un diez, señores amientinos, tienen una catedral de 10. No como los belgas, con el Manneken Pis.

Y luego hicimos una pequeña paradita en Auvers. Bueno, Belén hizo la paradita algo mas heavy, que le dio por tirar la moto al suelo después de hacer la foto en la iglesia que inmortalizó Van Gogh. Pero nada, cero daños. ¡Ah!, ella tampoco se hizo nada. Y la iglesia, preciosa. Coqueta pero tímida. Antigua pero orgullosa. Delicada pero robusta.

Y bajo la cortina de agua y el velo de la noche, llegamos a París esquivando un accidente múltiple. Tendríais que ver a Belén pasando entre los coches, de noche. Aún me acuerdo hace justo un año, cuando practicaba en el polígono de al lado de casa… Porque a veces la miro encima de su Derbi y me parece mentira que venga de Nordkapp. Me sigue alucinando. Olé!

Lo primero que vimos al entrar en París fue el titileo hortera que hace la torre Eiffel en las horas en punto. Pero sonreí al verlo. Habíamos llegado a la ciudad de la luz. Casi sin duda, la jornada más dura del viaje, y ahí estábamos, atravesando la ciudad de norte a sur hasta nuestro hotel. Esa noche disfrutamos. Del descanso, digo. Hasta que sonó la alarma de incendios a las dos de la mañana. Debimos ser los únicos que no bajamos a recepción en zapatillas. Somos españoles. Así que tras un vistazo al rellano y cruzar una mirada con el turco de la habitación de enfrente, nos encogimos de hombros y volvimos a la cama. Lo más normal es que alguien se hiciera un cigarrito en la habitación. La cosa se repitió a las 8 y a las 8.30. Y es que hay gente que fuma mucho.

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La Ruta de Bayonne

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Las tardes se alargan y alargan. Las temperaturas se atemperan. Llega la primavera y con ella aumentan las ganas de salir en moto. Curiosamente nunca dejamos de hacerlo durante el crudo invierno, pero cuando los campos comienzan a enverdecer y el sol tiene ese afán por colorearlo todo, el deseo de rodar a dos ruedas con la sonrisa en los labios, se incrementa exponencialmente.

La semana fue mala, muy mala. Tanto en lo profesional, con más trabajo de lo que desearía, como en lo personal. Sencillas cosas como finiquitar un libro se me atragantan más de la cuenta. El afán perfeccionista hace que siempre haya cosas que retocar, siempre inacabado como el tapiz de Penélope. Pero esa es otra historia, y merece de ser contada en otra ocasión. Y no a tardar mucho.

La cosa es que los campos de colza, sembrando ya de amarillos innumerables retales de la interminable ruta a Zaragoza, me alegraron la tarde. Rumbo al inicio de la Ruta de Bayonne, que se convertiría a la postre en una de las más bonitas hasta la fecha. Y eso que ya van unas cuantas.

Ya con Belén y su Derbi a mi frente, partimos rumbo a Pamplona. El Moncayo, aún vestido impecablemente con sus nieves invernales, nos quedaba a la espalda, mientras el día se iba acabando. De allí venía el viento, que azotaba y zarandeaba la moto de Belén, que se defendía con destreza, manteniéndola en el rumbo correcto cuando al viento le daba por soplar de lado. Cruzamos un Ebro ya desbordado por el deshielo a su paso por Tudela. Fue lo último que logramos ver antes de que cayera la noche.

Belén hablaba y hablaba sin parar. Yo prefiero que se concentre en la conducción y no se despiste, pero sé que los viernes necesita vaciar todas sus preocupaciones. Es una especie de aduana para entrar limpia al fin de semana. También es señal que está cómoda encima de la moto, así que la dejo hablar mientras yo vigilo por los dos. Quizá yo debería hacer lo mismo, pero prefiero dejarlo para la cena.

SMR_20140328_Bayonne_001Y Pamplona. El viento arreciaba al dejar las motos frente al hotel Zenit, situado a las afueras de la ciudad, en un centro comercial. Desencanto al ver su ubicación, pero alegría al ver su interior. Habitaciones muy correctas, propias de hotel de cuatro estrellas a precios muy contenidos. Con parking gratis. No se puede pedir más. La cena, de pintxos y vinos en la calle de la Estafeta, siguiendo con la mirada los adoquines que ven pasar a esa riada de gente delante de los toros cada principios de Julio. Acaba la noche, como en otras ocasiones, en el bar Iruña, en la Plaza del Castillo. Un cortado y una tarta. Buscando nuevamente la monotonía en las cosas extraordinarias.

Amaneció un día gris. Ni llovía, ni hacía sol. Parecía que el viento había amainado, y esa era la mejor noticia. Nos disponíamos a llegar a San Sebastián por el interior de Navarra. Un desvío muy acertado por Doneztebe y Goizueta. Verdes primerizos comenzaban a decorar los árboles que salían del letargo de los meses de invierno. El agua despertó y se desbordaba por cualquier pequeño rincón, cayendo a los pies de la carretera. Verde musgo, verde hierba… ¿Os he hablado alguna vez de los miles de verdes que habitan en Navarra?

Nos paramos en una curva, en la variante de la N-121, cerca de Almándoz, para evitar los túneles. Hacía justo cuatro años que no paraba ahí, en un recodo del camino donde hay una pequeña fuente y una coqueta cascada. Un coche estaba parado, pero no me molestó para la foto. De ese Renault antiguo salió un anciano ataviado con la típica txapela.

SMR_20140329_Bayonne_002-¡Vaya motos!- comenta. -Deben correr mucho.

-Pues la mía no tanto- puntualiza Belén.

El viejo miraba las motos con ojos de pasión. De una pasión escondida, o quizá dormida. Una pasión que hacía años, quizá demasiados, que no despertaba. Y de repente, despertó.

-Yo tenía una Ossa. De color azul- dijo.

-¿No sería de color verde? Las Ossas solían ser de color verde- puntualicé. Recordaba una foto de una Ossa verde que durante años decoró mi carpeta del colegio. El hombre dudó unos segundos.

-No, era azul. Y me costó veintisietemil pesetas.

Pensé que encantaría decir, dentro de cuarenta años, parado en un recodo de algún camino: “Yo tenía una BMW. Era de color blanco y me costó diecinuevemil euros”. Y seguir teniendo esa pasión en la mirada.

La carretera seguía rumbo norte, pasando por inmensas praderas salpicadas de pequeños rebaños de ovejas lanudas. A veces nos las encontrábamos en medio de la carretera, e iban corriendo asustadas unas decenas de metros, hasta encontrar un pequeño camino por el que huir. Me encanta Navarra. Y entramos en Euskadi como quien no quiere la cosa, sin el mínimo signo, exceptuando el de la carretera, que había habido un cambio. Y San Sebastián apareció esplendorosa. Visita obligada a la playa de la Concha y al Peine de los Vientos, que ese día soplaba y rugía poderoso como nunca.

SMR_20140329_Bayonne_009Se acercaba la hora de la comida. Habíamos comprado algunas cosas para tomar un tentempié en cualquier lugar. Y ese lugar tenía que ser Pasaia. Como si quisiera ocultarse, el camino para llegar a su frente marítimo, al otro lado de la ría, se nos resistía. Lo tenía ubicado en el GPS, y lo veíamos a lo lejos. Pero llevábamos tres intentos y aún no habíamos podido ni acercarnos. Era como un universo paralelo que solamente existía en mi imaginación. Hasta que de pronto, como si un ente superior nos permitiera finalmente el acceso, pudimos llegar. Al otro lado de la ría, las casas se agolpaban una al lado de la otra, a la orilla del mar, mientras que la colina se erigía verde y poderosa a su espalda. Sin duda, otro rincón al que os recomiendo asomaros.

Desde Pasaia a Hondarribia fuimos por la carretera del monte Jaizkibel. Espectaculares vistas, dejando un Cantábrico furioso allá, 450 metros más abajo. Largas colinas y algunos bosques tapizaban el paisaje hasta la costa. Atrás, unos tímidos rayos de sol se acercaban hasta casi acariciar Donostia. Estábamos en lo más alto del paraíso. En la bajada, la desembocadura del Bidasoa presidía algunas curvas. Hasta allí bajamos, pasando a Francia por Hendaya.

Y en Francia todo cambió. Seguía siendo País Vasco, sí… pero los franceses son muy franceses. Y se les nota. En todo. Vistiendo, decorando… Estábamos en la costa, que todo lo centraliza y desvirtúa. Saint-Jean-de-Luz es bonito, sí. Con sus callejones y coquetas casas vascas. Pero francés. Visitamos un decadente Biarritz que vive aún de sus años de esplendor en la época de su casino. Y ahora no difiere mucho de Salou o Benidorm. Y Bayonne destaca con sus castillos o su preciosa catedral. Pero ya no es el País Vasco verde que buscábamos. Cena a base de pato. Magret y confit. Delicioso. Al menos eso sí que lo tienen los franceses.

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Llegaba el domingo y había que volver. La ruta estaba planificada para hacerlo por Candanchú y Jaca, pero había alerta de viento. Lo mismo pasaba en Roncesvalles. Así que en el último momento cambiamos de planes y entramos en España por Ainhoa y Dantxarinea. Fue un acierto. La carretera desde Bayonne a Ainhoa es simplemente espectacular. Un tobogán lleno de subidas y bajadas, con la carretera primorosamente peraltada jugando con las praderas y los pastos donde caserones, pequeños bosques aún invernales y rebaños de ovejas daban el toque discordante a ese verde sempiterno. Es otro rincón más que recomendable. Belén, a todo esto, parecía volar en esa carretera. Notaba que había accedido a otro nivel en la conducción, donde las curvas parecen rendirse a nuestros pies y trazamos cada viraje como si de un lienzo virgen se tratara, pintando una armonía y componiendo una sinfonía con nuestra moto. Sonreí. Me acordé cuando a mí me pasó eso trazando las peligrosas curvas de la Rabassada, en Barcelona, hace… mil años. Seguro que tú también te acuerdas de cuando llegó ese momento, ¿verdad?

Llegamos a Pamplona con las nubes negras cerniéndose sobre nosotros. Quedaban más de ciento cincuenta kilómetros hasta Zaragoza, ya por carreteras más aburridas. Incluso alguna autovía. Pero no importaba. Veníamos con las pilas cargadas y la sonrisa puesta. A quince kilómetros de destino, Belén se da cuenta que algo no va bien. La moto se le mueve y no le responde. Al ver su rueda trasera bamboleando peligrosamente, le digo que se pare de inmediato. El rodamiento de su rueda trasera ha dicho basta. Pero lo cierto es que tampoco importaba. Mientras esperábamos a la grúa -que conducía otro enamorado de las motos- observaba a Belén. Su mirada había comenzado a irradiar esa pasión por viajar en moto. La misma que el viejo de la Ossa, que el motero que se paró a preguntar qué nos pasaba cuando paramos, o la de Tony el de la grúa cuando le dijimos de dónde veníamos. Esa mirada de pasión con toda seguridad llevará lejos a Belén, igual que nos ha llevado a muchos. Quizá, hasta el fin de Europa. Pero esa es otra historia que merece ser contada en otra ocasión, posiblemente a no mucho tardar.

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