TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

A ver, que vamos algo retrasados con esto de las crónicas. Lo habíamos dejado en Eastbourne, a los pies del muelle ese rancio que tan fotogénico queda en las fotos. Desde allí, traslado al Eurotunnel para volver a tierra firme y dejar las islas británicas tras más de veinticinco días. Y en Francia, el destino era Mont Saint-Michel. Habíamos pasado por ahí un par de veces en viajes anteriores pero nunca habíamos planificado una visita. Así que ese era el momento. 

¿Consejo? Visitadlo. Si puede ser, a primera hora del día. Porque a partir de las once de la mañana eso se pone a petar de gente. Nosotros llegamos prontito y lo agradecimos. Las vistas de la roca con el pueblo y la abadía, sobre todo si te pilla marea alta como a nosotros, es especial. Y entrar en el recinto amurallado también te sorprende, rodeado de casas de piedra que confirman la estrecha calle. A ver, que si has visto Carcassonne la impresión inicial es similar. Y también es verdad que en esas casas solo hay tiendas de souvenirs y restaurantes. Pero sigo aconsejándolo. La abadía (que es lo que se tiene que pagar, además del parking) es sorprendentemente grande, con estancias amplísimas que no sabes de dónde las han sacado visto el recinto desde fuera. Lo dicho, muy aconsejable. Aunque sé que no estoy descubriendo nada. 

Otro consejo: en Francia, si queréis ahorrar un poco en las comidas, no pidáis bebida, ya que en todos los restaurantes te ponen agua del grifo en una botella. Si no ponen nada, decir simplemente “deló”. A ver, que seguro que se escribe de otra manera, pero vosotros decidlo así. Porque si pedís “eau”, “ó”, “water” o lo que queráis, os enchufarán una botella de agua mineral por 2 euros. Nosotros que estamos bregados ya de viajar por Francia así lo hicimos, en una crepería para turistas con vistas al Mont Saint-Michel. Pero el camarero se hacía el longuis (muchísimo más bregado de tratar con turistas). 

Deló! Deló!– grité insistentemente señalando las cuatro o cinco botellas que tenía preparadas, seguramente para clientes franceses. Al final nos salimos con la nuestra.

Desde el Mont Saint-Michel teníamos dos días para llegar a Zaragoza, lo que hacen unos 500 kilómetros por día. Así que la instrucción al GPS fue “evitar peajes”, y todo para delante hacia Bergerac. Sí, la de Cyrano. Bergerac es uno de los pueblos con encanto del Perigord, zona a la que le tengo ganas y espero poder profundizar más próximamente. A orillas del Dordoña, el pueblo antiguo se concentra en unas cuantas calles con antiguas casas con las vigas de madera vista en su fachada. Tras una última cena con vistas al río, despedimos el capítulo de “comidas por el mundo” con un pollo a la brasa con patatas. No muy exótico pero rico. 

El último día de viaje amaneció tronando y con una amenaza real de caer la de Dios en cualquier momento. Así que abortamos la misión de seguir explorando pueblos cercanos y enfilamos rumbo sur hacia casa. Algo de lluvia en algún momento, pero poco más. Bueno, el calor, que se fue acrecentando hasta pasar la frontera por el túnel de Somport. Y a la salida… el infierno en vida. Calorazo! Y no nos ha abandonado hasta ahora, ya en Zaragoza

Y una vez ya con la colada hecha y con los recuerdos algo más asentados, vamos a las preguntas importantes: ¿Escocia o Irlanda? Pues no sé contestar… Es como eso de “¿a quién quieres más a tu padre o a tu madre?” Pues los dos molan. Quizá Escocia es más salvaje. O sea, que el simple hecho de recorrer determinadas carreteras ya sea alucinante, e Irlanda tiene grandes puntos de visita ineludible, como Moher o la Calzada de los Gigantes, y el resto es menos espectacular. Pero tampoco, porque el recorrido por el Ring of Beara es también sublime. En definitiva, te gustará más aquel sitio donde mejor tiempo te haga. Porque esos paisajes molan mucho, cuando las nubes plomizas se medio retiran dejando entrever un precioso cielo azul y el sol refulgiendo sobre los verdes prados y los extasiantes acantilados. Y esta última frase puede aplicarse tanto a Escocia como a Irlanda. 

El tema mecánico este año nos ha dado un poco de trabajo. La bomba del agua de la F650 petó -fallo endémico en esta moto- e intentamos solucionarlo en Cork. No pudieron hacerlo convenientemente en el tiempo que tuvimos, así que los últimos 4000 kilómetros los hemos hecho con un “¡Ay!” en el cuerpo. Pero la BMW se ha portado como una campeona. Los cambios de aceite ya sabíamos que nos íbamos a pasar unos kilómetros. Mi Adventure lleva 15.000 kilómetros y la F650 10.000 con el mismo aceite. Pero los neumáticos también nos han hecho sufrir. Y es que los rugosos y rotos asfaltos británico-irlandeses no perdonan. Los míos ya sabía que iban a llegar justos, pero no tanto. Y los de Belén… han llegado también al límite. Pero sea como fuera, y a falta de 300 kilómetros para llevar a La Merkel a su sesión de spa y masaje en MotorMunich de Terrassa, ambas motos han llegado sanas y salvas. 

Y la planificación… pues me doy otra medalla, como cada año. A mí me gusta viajar con todo planificado. Con los puntos a visitar, y con una estimación de los días bastante precisos. Y un año más lo he bordado. Los días de contingencia que teníamos para imprevistos los hemos gastado en la reparación de la moto de Belén, y a pesar de ello, hemos visitado prácticamente todos los 127 puntos de interés que tenía planificado. Ya sé que otros viajeros prefieren improvisar. Y eso no es ni bueno ni malo, sino diferente. 

Y fin. Un año más, se acabó la ruta del verano. Aproximadamente, suele pasar cada año. Y pensar que hasta el próximo quedan 12 meses da un poco de vértigo. Pero para eso están los fines de semana. Y seguiremos contándolos como hasta ahora. Muchísimas gracias por vuestra atención. Ha sido un placer contároslo y leer vuestros comentarios. Abrazo a todos. Click.

Para ser un blog de viajes en moto, hoy de viaje en moto, poco. O mucho, según se mire. Porque han sido 380 kilómetros de viaje, que para lo que vamos haciendo a diario ya son. A partir de ahora, incluso aumentaremos esa cifra. Que agosto se nos echa encima. Pero a lo que iba, que me disperso: viaje en moto no es que hoy haya habido. Más bien “desplazamiento entre dos puntos montados en una motocicleta”. O sea, mucha autopista. Y cuando no, caravanas. O caravana en la autopista, que de todo hemos tenido. Y es que es lo que tiene acercarse a Londres. Aunque sea a más de 60 kilómetros, tienen todo colapsado estos ingleses.

Pero también nos ha dado tiempo de hacer algo de turismo. Bibury, el típico pueblito donde vivían 4 ingleses mal contados bien a gusto en sus casitas de piedra y sus jardines bien cuidados hasta que a alguno se le ocurrió nombrarlos en un blog como uno de los pueblos con más encanto de Inglaterra. Desde entonces, huestes de japoneses invaden el pueblo cada día. ¡Hasta los carteles de “jardín privado” o “prohibido el paso” los han puesto en japonés! Lo cierto es que si quitas a los japoneses de la foto, el pueblo mola. 

Y a poco menos de una hora de allí, Oxford. Si habíamos pasado por Cambridge a la ida, y el Trinity de Dublín durante el viaje, no podíamos dejar de ver el otro baluarte universitario británico. ¡Qué cantidad de edificios señoriales! ¡Colleges a punta pala! Solo con pasear por sus estancias debería convalidar un máster entero. 

Y eso ha sido todo el día. Caravana, más caravana, y eso. Al final hemos acabado en Eastbourne, un pueblo decadente a orillas del Canal de La Mancha con un pier, uno de estos muelles de madera que se adentran en el mar, donde aún persisten locales con vetustas máquinas recreativas. De hecho, todo el frente marítimo es muy rancio. Hoteles que debían ser muy chics en los años cincuenta, con clientela a juego. Pero viajar es lo que tiene, que a veces lo haces en la distancia y otras veces en el tiempo. Bona nit. Click.

A ver, que hay inventos que no sirven para nada y otros que son toda una bendición. La Coca-Cola de vainilla es elixir de los Dioses. Manjar entre manjares. Digna sin duda del más caprichoso desayuno de Roberto Naveiras. ¿Por qué no te he conocido antes? Ahora que solo tomo la Zero, va y me entero de que existe una Coca-Cola de vainilla… Y qué mejor lugar para degustarla que a los pies de un imponente castillo galés que corona una montaña… Pero comencemos por el principio.

Ayer lo dejamos en Aberystwyth, pueblo que nos dejó muy buen sabor de boca. Por la mañana, vueltecita por el muelle de día (que me pareció menos espectacular que en el crepúsculo nocturno de ayer, todo sea dicho…). Después recorrido por la Pembokeshire Coast, que con sus nubes bajas tampoco nos ha dejado ver mucho, excepto en contadas ocasiones. Como en Saint David’s, donde hemos visto una espectacular costa, así como una espectacular catedral. Gratuita, sí. Pero 2 libras por tomar fotos. Te ponían una etiquetita y todo. Y yo, como estoy un poco en contra de estas cosas, como que no pago. Entiendo lo de no usar el flash para preservar las obras de arte. Entiendo (menos) lo de no usar trípode para que no te salgan fotos molonas que después puedas vender. Pero que te cobren por hacer fotos aunque sea con el móvil… como que no. Así que no hay fotos de dentro. Belén también sigue este criterio, pero ella optó por otra solución: no pagar. 

Tenby es un lugar muy turístico, donde no puedes entrar al centro con vehículo. Pero desde fuera de la “zona afectada” ya se ve una buena vista de la playa (enorme) que queda muy abajo, coronada por las casas de colores del pueblo. Porque las playas de por aquí son así, enormes. A lo largo y a lo ancho. Llegan a tener una así en Benidorm y cabrían todas las sombrillas de todos los jubilados y más que vinieran.

El castillo de Laugharne ha sido el lugar escogido para comer hoy. Y ya se nos iba haciendo tarde, buscando un lugar idílico. Y ya creíamos que no lo conseguiríamos y de pronto aparece el castillo en ruinas, con verdes praderas a su alrededor con varias mesas de picnic. Aleluya!

Y por último el Carreg Cennen Castle. Te vas acercando y vas viendo como una “Morella en miniatura”. Un cerro coronado por las ruinas de un férreo castillo. Parada en el parking y sacamos a pasear al drone, porque las cosas desde arriba se suelen ver mucho mejor. Sobre todo saboreando una Coca-Cola de vainilla. ¿Os he hablado de la Coca-Cola de vainilla? Ah, sí.

De camino a Cardiff, donde dormiremos hoy -si los trenes nos dejan- hemos pasado por pequeñas carreteras de la campiña galesa de las que te dejan una sonrisa en la cara. Difícilmente cabían las motos con sus maletas. De pronto, auténticos túneles de vegetación tornaban la tarde en noche. Y subidas y bajadas como si no hubiera un mañana. Rampas del 15-20% que no enseñaban su final. Espectacular. 

Y qué decir de Cardiff? Pues que para envidia de mis amigos madridistas (sí, los merengones también tienen derecho a tener amigos, pobres) estamos alojados a escasos metros del Milenial Stadium… El resto de las calles por donde hemos paseado están llenas de mendigos y homeless de todas las edades, sexo, raza y condición. Un shock después de tantos días de viaje alejados de las grandes ciudades. Ahora, a descansar, si es que los trenes dejan de chirriar sus ruedas metálicas sobre las vías. Bona nit. Click.

¡Vaya sorpresa nos hemos dado con Gales! Claro, cuando no esperas nada y recibes tanto, no tienes otra posibilidad que sorprenderte gratamente. Y cuando te regalan un día soleado y casi con calorcito, como que lo agradeces más. La cosa es que hemos dejado esta mañana muy temprano Irlanda en el ferry que de Dublín nos llevaba a Holyhead, ya en Gales. Tres horas y media de aburrido ferry. 

El primer punto de interés del día era Conwy. Porque había visto una foto de un castillo de esos grandes y bien conservado, con sus torreones y todo. Y resulta que además del castillo, el pueblo es superpintoresco, con un animado puerto donde la gente pescaba cangrejos con un sencillo sedal y un cubo de plástico comprado en el kiosko de la esquina. 

Y de puerto de mar, a las más verdes montañas del interior. Primero Capel Curig y luego los lagos de Llyn Dinas, cerca de Beddgelert. Espectacular la carretera y los paisajes. Se han ganado alguna que otra estrella más en mi libreta. Harlech también tiene un castillo de esos que flipas. Situado en un lugar elevado, como el resto del pequeño pueblo, desde allí ya se puede llegar a ver el enorme playón por el que pasamos después. De hecho toda la carretera de allí hasta Aberystwyth es un toma y daca entre la montaña y la costa: ahora pasamos entre verdes colinas y después bordeamos una preciosa ría. Y así durante casi cien kilómetros. 

Y Aberystwyth… otra sorpresa. Un precioso pueblo a orillas del mar con casitas de no más de dos o tres alturas, todas ellas de madera pintadas de diferentes colores. Parece como un pueblo de cuento, como un simcity en miniatura. Curiosamente en su paseo marítimo -que mañana seguramente exploraremos con más intensidad- puedes ver unas cuantas banderas (unas 15 o 20) de diferentes regiones europeas. Bretaña, Córcega, Catalunya, Euskadi, Galicia, Asturias… entre otras. Curiosamente digo, porque todas ellas tienen ansias independentistas. A ver si mañana le encuentro una explicación.

En resumen, que Gales tiene mucho más que Gareth Bale. Vale -juas-, que tampoco era gran cosa. Pero los paisajes del Snowdonia National Park y los castillos que hemos visto así casi sin querer no desmerecen para nada a muchas de las cosas que hemos estado viendo por Escocia e Irlanda. Gales, tú Wales mucho. (Responsables de turismo de la región, pónganse en contacto conmigo por si quieren usar este magnífico slogan). Bona Nit. Click.

   Pues sí, hoy tocaba otra vez Dublín. ¿Para descansar? No creo. Porque nos cansamos más cuanta menos moto tocamos. Y es que andar cansa lo suyo, también. 11 kilómetros dice el relojillo que hemos andado hoy. Y como este es un blog de viajes en moto, no sé yo si debería escribir algo hoy. Porque de moto, poco. Pero para que no decaiga, y por si alguno viene a Dublín un fin de semana con prisas, al menos os cuento qué hemos visto hoy.

Hemos dejado la moto muy cerquita del Trinity College, o lo que es lo mismo, en el mismo centro de Dublín. De allí callejeando un poco, tocaba hacer la típica foto al Temple Bar por la mañana, cuando aún no hay casi nadie y puedes ver su llamativa fachada escarlata. Muy cerca de allí, los sábados como hoy se abre el Temple Bar Food Market, donde pequeños puestecitos venden comida para llevar además de verduras frescas y otros vegetales ecológicos. 

A pocos metros teníamos el Ha’penny Bridge, donde desde hace ya casi un siglo nadie te cobra medio penique para cruzar el río Liffey, pero se sigue llamando así entre los locales y turistas. No creo que nadie le llame Wellington Bridge, que es como se llama. Al otro lado del río nos interesaba el Moore Street Market, un mercado callejero de frutas y verduras. Pero que la verdad me pareció un poco decadente, con  pocos puestos y solamente de fruta. Me esperaba un lugar bullicioso y colorista pero no fue así. 

The Spire. La escultura más alta del mundo, dicen. Una espina. Un palo. Una cucaña. Un poste. Así como metálico y de 120 metros de altura. Te gustará o no. Pero verla la verás seguro.

Y después de este breve recorrido, fuimos a lo importante, lo que tenía ganas de volver a ver: el Trinity College y su magnífica Old Library. La biblioteca antigua, vamos. Allí se guarda el Book of Kells, un libro que para los irlandeses tendrá mucho significado, pero que en España entre códices calixtinos y otras mandangas no nos quedaríamos cortos y no le damos tanto pábulo. Pero lo que es la propia biblioteca te embriaga los sentidos. El de la vista, que te aturde de ver tantas y tantas estantería repletas de libros que agotan el Pantone dedicado a los libros antiguos. El marrón, vamos. El del oído, porque entre tanto libro, y a pesar de la gente que había, se nota una especie de vacío especial. Y sobre todo el del olfato, por esa mezcla alucinante de olor a libro y a madera antigua. 

Las catedrales de Christ Church y de St. Patricks, bueno… Hemos estado, pero hemos renunciado a gastarnos el sueldo en la entrada. Hemos visto mejores y más bonitas. Y mira que me fastidia, pero solo pago en iglesias cuando realmente creo que merece la pena. 

Y por supuesto, otro paseo agradable por Grafton Street, viendo tiendas y más tiendas. Y músicos callejeros, la mayoría muy buenos. Aquí desde Bono y U2, hay nivel. Y por último y gracias a la insistencia de Belén, por lo que le doy gracias, nos pusimos a cazar las famosas puertas de colores de Dublín que puedes ver en cualquier postal. Una collage bien chulo que ha salido. 

Y ahora a dormir, que mañana a eso de las 8 y pico sale un ferry destino Gales. Que hay que pensar en comenzar a volver. Con unos regresos de esos que nos gustan a nosotros: que no sabes si vuelves o si vas. Bona nit. Click.

¿Sabíais que a mucha gente de las montañas irlandesas no les gusta que instalen aerogeneradores en sus horizontes para no estropear el paisaje? Yo no. Pero ahora sí lo sé, a tenor de la cantidad de carteles que así lo decían que nos hemos encontrado en la infinidad de mini-carreteras que hemos cruzado hoy. 

Pero vamos a lo de la crónica y lo de explicar por dónde hemos pasado hoy. Pues por Glendalough. Parada inexcusable para todo aquél viajero que pase por Irlanda. Un complejo monástico en ruinas, donde solamente la peculiar torre cilíndrica de 100 pies de alto permanece altiva. Y desde allí, un agradable paseo para contemplar sus dos lagos. A ver, que mola. Pero igual me esperaba algo más. Le quito una estrella de las tres que le había puesto. 

Luego, la ruta hacia Dublín nos ha pasado por el corazón de las Wicklow Monuntains, de donde después nos hemos enterado que sacan el agua para fabricar la cerveza Guinness. La R115, también llamada la Old Military Road nos ha sorprendido. Tanto por su cascada Glenmacnass Waterfall, como por su trazado esquivando colinas a más de 500 metros de altura (todo un récord en este viaje). Era lo más parecido a la salvaje Escocia que hemos encontrado por el interior de Irlanda. Y no, no me tiréis de la lengua aún sobre si mola más Escocia que Irlanda o al revés. En otro post os comento mis impresiones.

La tarde en Dublín la hemos echado en museo más visitado de Irlanda, la Guinness Storehouse. Pedazo colas que había para entrar. Y de poco no podemos ni hacerlo, menos mal que hemos comprado la entrada por internet mientras hacíamos la cola. Que si no, ni eso. Y a 20€ la entrada, estos de la Guinness creo que hacen cerveza solamente para poder ganar dinero con el museo… Y por dentro, la verdad que es espectacular. Los espacios y la concepción de la visita. Aunque se me ha quedado algo corta, ya que de las 7 plantas, casi la mitad son bares y restaurantes. Pero en definitiva creo que ha merecido la pena.

Y luego, un pequeño paseo de toma de contacto por el centro de la ciudad. Saludos a Molly Malone y captación del ambiente ciudadano un viernes por la tarde-noche: petao de gente en todos los pubs y restaurantes. A estos irlandeses les va la fiesta. 

Mañana, más Dublín. Será el primer día de descanso sin ruta de todo el viaje. Y mira que ya llevamos días. Pero aún nos quedan muchos kilómetros que recorrer. Y muchas fotos que hacer. Hasta mañana. Click.

Y os preguntaréis… ¿Dónde leches está Tinahely? Pues tampoco creáis que lo sé a ciencia cierta. Este pueblo no estaba apuntado en mi libreta. Pero es lo más cerca que hemos encontrado de Glendalough a precio razonable. Y hemos tenido suerte, porque el hotel (un pub con restaurante y hotel) está muy bien. Y nos ha costado encontrar alojamiento tanto para hoy como para mañana en Dublín. ¡Qué precios! Es lo que tiene que coincida con fin de semana. Pero al final, después de mucho hacer y deshacer esta mañana, hemos conseguido encajar todo el tema de alojamientos. Así que a otra cosa.

Hoy era un día de transición. De dejar la espectacular costa oeste irlandesa y desplazarnos ya hacia Dublín y lo que nos queda por ver del este. Por culpa del pequeño problema en la moto de Belén, perdimos los dos preciados días de margen que teníamos y hemos tenido que acortar un poco la ruta por el sur, pero es lo que tiene la aventura pseudoplanificada, que a veces hay que replanificarla del todo. 

Y para que no quedara el día en blanco, hemos estirado un poco la ruta del Google Maps para ver Rock of Cashel, unas ruinas de una iglesia fortaleza situadas en lo alto de una colina de esas verdes verdes en las afueras de Cashel. Un contraste fenomenal el de las ruinas de piedra negra con el verde fosfórico de la hierba y los negruzcos nubarrones que hemos sorteado durante todo el camino.

Y una vez en Tinahely, pues pan fried haddock y chicken curry, todo siempre regado con un par de Guinness. Y de postre, pavalova with cream and fruits. Bona nit. Click.

Vamos rapiditos que se me hace tarde. Lo primero, la moto de Belén sigue bien. Gracias. Hoy se ha marcado 300km sin achaques. Esperemos que siga así. 

¿Del resto? Pues una cosa me ha quedado clara: Irlanda mola mucho. Da igual lo que veas. Te gustará más o menos dependiendo de la climatología. Hoy hemos comenzado con algo de lluvia, que nos ha respetado en Ladie’s View (incluso ha salido el sol). Mucho mejor que Molls Gap, dónde vas a parar. Luego el Black Valley se me ha quedado algo corto, seguramente porque estaba lloviendo a mares. Igual que la zona sur del Ring of Kerry al que le tenía tantas ganas. Hasta Waterville (que parece un monográfico de Charlot), nos ha estado lloviendo. Y a partir de ahí… la delicia. 

El cielo comenzaba a clarearse cuando pasábamos por la playa de Ballinskelligs, con su castillo ahí tan fotogénicamente puesto. Por cierto, playa con socorrista. De hecho, un socorrista por cada dos bañistas, que son los únicos (enfundados en neopreno, claro) que se habían atrevido a pegarse un baño. 

Por Portmagee y la isla de Valentia hemos pasado como en un suspiro, porque se nos hacía algo tarde. Y es que además del Ring of Kerry queríamos hacer la península de Dingle. ¡Qué acierto ha sido! Porque las vistas de Slea Head han sido magníficas. El mar rompiendo allá abajo, y la playa allí, bajo unas espléndidas nubes.  Y luego, a pesar de que no estaba previsto en mi superlibreta, nos hemos dado de bruces con el Dunquin Harbour, tan fotogénico él  con su rampa de acceso imposible. 

Y en nuestro trayecto hacia Tralee, donde dormiré en unos pocos minutos, hemos atravesado el Connors Pass. Pocas curvas de subida hacia el este, pero ya apuntaba maneras atravesando las verdísisisisimas faldas de las montañas. Y una vez arriba, unas vistas espectaculares de la zona norte de la península de Dingle. Y de bajada, carretera estrecha casi excavada en la montaña durante los primeros kilómetros. Sin duda, un tres estrellas. 

Mañana toca atravesar Irlanda en busca de nuevos paisajes. Habrá muchos kilómetros y pocas paradas. Pero estaremos puntualmente aquí, para contaros qué tal hemos llevado el día. Buenas noches.

Tras el cambio de planes de ayer para llevar la moto de Belén a Cork, a uno de los dos únicos concesionarios BMW de toda Irlanda, hoy debíamos pasar la mañana de alguna forma mientras esperábamos a mediodía para recogerla. Una fuga de líquido refrigerante proveniente de la bomba de agua. Nada serio pero que nos podía fastidiar el viaje si no se arreglaba. 

–Hemos cambiado la junta, pero no hemos podido cambiar la bomba– dijo Marc, el encardado de taller. –Las piezas llegarán en una semana– agregó. Era una mala noticia. En una semana ya debíamos estar en Gran Bretaña camino del Eurotunnel. 

–Pero hemos sellado el orificio de drenaje, por donde perdía líquido. Ya no lo hace– dijo intentando cambiar de cara a otra menos funesta. Y es que a Belén, sin entenderle lo que decía, hacía ya un rato que su cara le estaba asustando.

–¿Y con eso podremos seguir viaje?– pregunté.

–Es un apaño provisional– dijo. –Si fuera mi moto la dejaría en el taller esperando las piezas– añadió. –Pero ya me habéis comentado que no tenéis esa opción. 

Vale, la situación es esta: la moto ya no pierde líquido, aunque la bomba “no funciona correctamente”, según sus palabras. Peor estábamos ayer. 

–¿Y cuánto tenemos que pagar?– pregunté para dejar ya cerrado el tema.

–Nada– contestó. No hemos podido arreglar el problema, así que no os podemos cobrar nada–. Sea en España o en Irlanda, me siguen sorprendiendo para bien los talleres oficiales BMW. 

La cosa es que después de consultarlo con mi mecánico online de confianza me desaconsejó encarecidamente que dejara ese orificio de drenaje tapado, ya que si no había un lugar por donde aliviar la presión, la cosa podría ir a peor. A muy peor. Así que en la primera parada que pude, intenté quitar el tapón de una especie de resina que le habían puesto al drenaje. Lo conseguí en parte. La moto seguía sin perder líquido refrigerante, y el tapón estaba tan debilitado que un aumento de presión seguramente lo rompería del todo. Si eso pasara, solamente tendríamos que seguir reponiendo el refrigerante y listos. Supongo…

Pero vamos al tema. Ayer dormimos en Cobh, el último puerto donde recaló el Titanic antes de ponerse a chocar con icebergs. Y todo el pueblo está volcado con el tema. Memoriales ahí, pubs temáticos allá… Además, su catedral tiene el campanario más alto de toda Irlanda. Y es un encanto de pueblo. Un acierto. Luego hemos ido a dar un garbeo por pequeños pueblecitos del West Cork, donde las ensenadas y los pequeños cabos se van sucediendo, dejando a su lado pequeños pueblos de coloristas fachadas como Kinsale

Hoy hemos descubierto la R575, otra carretera que entra dentro de mi lista de mejores carreteras que he recorrido. Es la parte final del Ring of Beara, justo desde donde sale el desvío a la isla de Dursey (donde si vas, deberás meter el vehículo en un teleférico), cerca de Lambs Head. No me lo esperaba, después de recorrer la parte sur de la península, que mola pero tampoco era para tanto Así que esperaba que la parte norte sería más o menos igual. Craso error. Hay un momento en el que las peninsulillas, los cabos y las pequeñas ensenadas se van sucediendo mientras la estrecha carretera serpentea adquiriendo algo de altura para después bajarla, como jugueteando con la orografía. Espectacular. Ah! Y todo eso aderezado con los más verdes colores irlandeses. 
Y luego, el Healy Pass. Lo cogimos en dirección norte. Y al principio no parece un pass. Va zigzagueando en el llano verde esquivando grandes rocas rosáceas. Las curvas de radio insinuante te van dotando de altura y perspectiva finalmente, para observar su dibujo caprichoso desde arriba. En la cima un gran crucifijo de un blanco que contrasta con el fondo verde (¿os he dicho ya que Irlanda es verde?) te da la bienvenida a la cara norte. Allí, sin tanta floritura, la carretera te abofetea con unas vistas espectaculares de la península de Beara, con un fotogénico lago a tu izquierda. 

Y con todo eso llegamos a Tahilla, un no-pueblo (o sea, que tiene nombre y eso, pero no son más que cuatro casas desperdigadas) donde dormiremos hoy con el repiquetear de la lluvia sobre nuestras cabezas. Mañana, si la autoridad, el tiempo o el líquido refrigerante no lo impiden, conquistaremos el Ring of Kerry. Bonanit. Click.

– Debéis ir a los acantilados cuanto más tarde mejor– nos explicaba la dueña del bed and breakfast. –Cuando se hayan ido los autocares. Si no, habrá miles de turistas y no los disfrutaréis– dijo. [Pues pensábamos ir a las cuatro de la tarde…]

– No paguéis el parking, os cobrarán 6€ por persona. Seguid la carretera y allí encontraréis otro parking a 5€ los dos– seguía explicando. [Vaya, ya habíamos comprado las entradas por internet].

– Yo iría a cenar antes. Aquí a las siete y media ya os quedáis sin cenar– nos comentó [Oh… pues íbamos a hacerlo al revés].

– Ni se os ocurra ir a cenar al McDermotts, allí la comida no es de calidad. Mucho mejor al McGanns– dijo. [Uf, pues nos habían recomendado el estofado del McDermotts…]

– Y no vayáis antes de las 5, que el menú es diferente y de peor calidad– concluyó. [Ah, ahí no me pilla. Ni se me ocurriría ir a cenar antes de las 5 de la tarde].

Pues con todos estos consejos que la amabilísima señora nos dio sin pedirlos, nos ha salido una tarde excepcional en los acantilados de Moher. La verdad es que las agradables temperaturas y el sol también han ayudado mucho. De los acantilados, ¿qué decir? Pues que mi admiración por ellos ha ido de menos a más. Igual porque me esperaba que se me cortara el aliento nada más verlos ante tanta belleza natural, pero la verdad es que no ha sido así. 

–Bueno, pues son normalitos– pensé en cuanto el camino de acceso nos acercó al borde. Iba mirando a un lado y a otro y el acantilado baja prácticamente vertical hasta tocar el agua. –Monótonos– dije para mis adentros. –Igual son mejores los de Slieve League

Hasta que me di cuenta de una cosa: esas minúsculisísisimas cositas que se movían por el borde del acantilado eran personas. ¿ESO SON PERSONAS? ¿PERO CÓMO PUEDE SER ESO? ¿PERO QUÉ ALTURA TIENEN ESTOS ACANTILADOS? Pues más de 200 metros. Entonces sí. Es ahí cuando el corazón se te encoge y comienzas a tomar conciencia de lo que tienes frente a tus narices. Entonces sí que sabes que es una de las cosas más espectaculares que has visto, de esas que recuerdas siempre. Y afinas la mirada, y ves que esos píxeles blancos que hay ahí abajo, en la roca, a media distancia entre el borde y el agua son gaviotas. Esas tan enormes que ves siempre pidiendo comida… pues allí abajo están, vistas casi desde el infinito.

El sol iba bajando poco a poco sobre las islas de Aran, perfectamente visibles allí frente a nosotros. Entonces, y solo entonces, comienza la magia de Moher. Sus rocas se tornan anaranjadas, contrastando con el vivo verde de sus cumbres. El sol comienza a teñir de rojo ese mar antes de azul ultramar, y riela sobre él un magnífico manto de luz anaranjada. Faltaban 25 minutos para la puesta de sol. 

¿Nos quedamos allí para verla? Pues no. El destino nos tenía preparado algo mejor. Ver la magnífica puesta de sol sobre las islas Aran frente al castillo de Doonagore [gracias otra vez por la localización, Xavi]. Y la guinda del pastel: cuando el cielo está en calma y la visibilidad es excelente, es bien sabido que el último rayo del sol tiene un color especial: un sorprendente verde. Un rayo verde de un color que no hay pintor que pueda reproducirlo en su paleta, y que la propia Naturaleza no ha repetido ni en los diversos tonos de las plantas -ni en Irlanda- ni en el color más transparente de los mares. Esto es debido a la refracción diferencial para cada longitud de onda. Es un fenómeno de muy difícil observación, tanto que para muchos es simplemente un mito, aunque la ciencia lo avale. Quizá sea cierta la antigua leyenda, según la cual aquel que tuviera la fortuna de contemplar el rayo, podría ver con claridad en su corazón y en el de los demás. Pues qué queréis que os diga… sea ciencia o leyenda, y habiéndolo buscado desde que lo leí por primera vez en un relato de Julio Verne hace ya más de 35 años… hoy he visto el Rayo Verde. Buenas noches a todos. Click.