TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana


Hoy el plan era sencillo: Entrar en Rumanía e ir directos a la Transfaragasan Road. Este viaje se centrará fundamentalmente en el norte del país, ya que el sur y sobre todo Transilvania ya lo visitamos hace años. A pesar de eso, había lugares que queríamos volver a ver, como es el caso de la que se considera quizá la carretera más bella del Mundo. Yo no sé si eso es correcto, pero desde luego sí estaría entre mis 5 mejores en las que he estado. O al menos así lo era hasta hoy.

No sé si es porque la crisis cada vez es menos crisis, o porque era domingo, o porque hacía un día radiante. Pero hoy todo el país estaba en la Transfagarasan Road. Y cuando digo todo el país quiero decir todo el país. Ni uno más ni uno menos. Ríete de las caravanas de la costa en agosto. Los más de 100 km repletos de curvas de esta mítica carretera estaban plagados de coches. Y los arcenes, también. Y ya desde abajo. Los rumanos domingueros son especialistas en encontrar ese metro cuadrado de hierba libre y allí plantar la manta y la barbacoa. Da igual que no haya vistas excepcionales: ellos se plantifican ahí a ver los coches pasar. 

Nosotros avanzábamos como podíamos, adelantando por el carril izquierdo y rezando para que las maletas no rozaran ni a los de nuestro carril ni a los de enfrente. Así que lo de “mítica carretera” como que no. Al menos hoy, no. De los recuerdos de recorrerla hace cuatro años han cambiado muchas cosas. En primer lugar, y aunque el asfalto actualmente diste mucho de ser perfecto en la mayoría de tramos, al menos ya no hay los boquetes asesinos que nos encontramos aquella vez. Tampoco ha ayudado mucho el intenso tráfico, que hacía imposible disfruta del paisaje que tristemente se nos escapaba por el rabillo del ojo mientras nos fijábamos más en hacer coincidir nuestras maletas con el hueco que dejaban los coches. 


Aún así, estoy contento de haberla vuelto a recorrer. Justo hoy hace un año que pasaba por última vez por la Trollstigen, para mí la madre de todas las carreteras. Si dejamos el tráfico aparte, sin duda la Transfagarasan sigue siendo un espectáculo. Por los paisajes y por el trazado, absolutamente caótico y sin dos curvas iguales. 

Por otro lado, ha habido un cambio sustancial entre lo que era Bulgaria y lo que viene siendo Rumanía. Se ve un país mucho más avanzado, más europeo. Siempre relativizando, ojo. Entre otras cosas aquí se conduce más rápido. Quizá igual de mal, pero ese aumento de velocidad hace que sea extremadamente peligroso despistarse: en cualquier momento te adelanta uno por tu propio carril, o lo hace el del carril contrario. Signo de ello es la gran cantidad de perros que puedes ver calcamoniados en el asfalto. Perros y algún que otro ciclista. 

Después de un día agotador, de más de ocho horas y media encima de la moto para recorrer unos 420 kilómetros, y tras haber sufrido dormir en una cama donde podías notar todos y cada uno de sus muelles clavándose en tus carnes, toca descansar en una habitación con hasta persianas eléctricas, como se ha molestado en enseñarnos el orgulloso dueño de nuestro hotel. Mañana será un día relajado y podremos saborear más lo que nos puede ofrecer Rumanía y Transilvania. Ah, y los que estéis pensando en Dracula, relajaos: que esas turistadas ya las hicimos hace años. Buenas noches!


Como un trolebús. Así era la araña que Belén había descubierto en una pared de nuestra habitación en Lovech. Y si hay algo que odio son las arañas. Me dan un repelús extremo. En un primer momento pensé en llamar al zoológico o algo. Fijo que se les había escapado del terrario. Pero finalmente le aticé con el escobillón de la chimenea. Varias veces. No moría la jodida. Pero al final estiró la pata. Varias de ellas. La noche empezaba fina. Y a la hora de acostarse, cuando ya estás relajado, con el hotel del día siguiente cogido, las crónicas subidas, y te dispones a apagar la luz… Zasca! Dos arañas más a menos de 10 centímetros de la cama. Como hayan visto el asesinato de su amiga, lo teníamos listo esa noche: íbamos a acabar los dos envueltos en un capullo de tela de araña como en las pelis de serie B. Así que primero las rocié con el repelente de insectos. Como para una boda, les eché. Hasta nosotros de poco morimos intoxicados. Y luego me lié a chanclazos. Al estilo madre furiosa. Y estiraron la pata. Bueno, al menos una. Porque la otra escapó. Pero eso nunca se lo confesé a Belén. Mejor quedar como un súperhéroe. El Spiderman de Bulgaria.
Después de haber descansado poco y mal, recorrimos los menos de veinte kilómetros que nos separaban de las cuevas de Devetashka. Son enormes, no sólo en profundidad (aunque se visita solo la entrada a la cueva y poco más), sino en altura y anchura. Y el techo tiene unas aberturas alucinantes. Todo el conjunto es colosal y digno de ver. Lo que no sabía Belén es que esa cueva es el hogar de unos 30.000 murciélagos. Y ya sabes, mujer y ratas con alas… mala combinación. Ella estaba preocupada por ver tanto muerciélago suelto, aunque a mí lo único que me preocupaba era el olor que sé que se desprende de miles de cagadas. Porque los bichos estos cagan mucho. Afortunadamente las zonas de anidación -o como se llame en el mundo murcielaguil- estaban cerradas al público, por lo que solo pudimos ver un puñado de ellos revoloteando por el techo de la cueva. Pero daba igual, yo estaba al lado de mi dama protegiéndola. Como Batman. El Batman de Bulgaria. 

Y desde allí al siguiente punto de interés, mediaban más de 250 kilómetros sin pena ni gloria, solamente amenizados por millones de campos de girasoles, o algún que otro Tupolev 134 que alguien dejó abandonado a modo de monumento en un pueblo perdido. Comida en un lago marronáceo donde unos cuantos pescadores se empeñan en sacar algo vivo y comestible de ese agua fangosa. Pero a Belén le gustaba. Supongo que todo se ve de color de rosa cuando vas acompañada de un superhéroe. 

Y finalmente Belogradchik. Un punto que tenía como opcional en la visita -fundamentalmente por lo a desmano que estaba- pero que después de mirar y repasar la información todo el mundo lo daba como imprescindible de Bulgaria. Y vaya si lo es! Allí hay una fortaleza de origen romana asentada entre enormes formaciones rocosas granates. Los acantilados y precipicios están a la orden del día, y las rocas tienen formas caprichosas, como si de la ciudad encantada de Cuenca, o de los monasterios de Meteora en Grecia se tratara. Pasear por las rocas ha sido una buena experiencia. Y conseguir la pegatina de Bulgaria in extremis, después de una semana sin encontrar ni una ha sido también tarea de superhéroe. De Supermán. Pero finalmente pudimos conseguirla. 

Y como colofón a este magniífico día, cena en un restaurante flotante -más bien un barco amarrado- en el Danubio. Comida buena (hemos descubierto una ensalada típica búlgara a base de tomate, pepino y un queso típico que lo flipas). Eso sí ha sido memorable. Porque a fin de cuentas lo que importa fundamentalmente es lo que haces y con quién lo haces. Lo de ser superhéroe o no es secundario y lo dejo para las ocasiones especiales. 


Sin duda ninguna uno de los puntos álgidos del viaje era visitar una de las reliquias del pasado comunista búlgaro más impresionantes del que tenía constancia. Se le conoce como el OVNI comunista de Buzludzha. Construido en 1981 como centro de convenciones del Partido, se vio condenado al olvido pocos años después con el desplome del comunismo. Está instalado en un pico a 1400 metros de altura al que se accede por una sinuosa carretera repleta de tornantis. Las previsiones meteorológicas no eran buenas para hoy, como ya habíamos comprobado poco antes en Kazanlak en forma de tromba de agua. Las nubes bajas auguraban una mala visita al Ovni. 

Mientras nos íbamos acercando, la niebla se volvía cada vez más densa. De hecho, no alcanzaba a ver más de 15 o 20 metros más allá. El GPS me indicaba que habíamos llegado al punto, pero por mucho que mirara al frente, allí no había más que niebla. Hasta que me pareció ver algo. Una estructura redondeada que apareció como aparecen los barcos fantasmas en las pelis de piratas. Primero no ves nada, luego comienzas a intuir algo, y hasta que no lo tienes encima, no te percatas de lo cerca que lo tienes. 


Lloviznando, y prácticamente imaginándolo más que viéndolo, subimos las escaleras que nos llevan hasta la inmensa puerta. Está cerrado a cal y canto, y múltiples señales advierten que no puedes pasar. Cámaras de seguridad en los lados y muchos carteles en cirílico nos desisten buscar un hueco para entrar. Pero aún así el monstruo comunista es impresionante. Las enormes letras que flanquean la entrada, muchas de ellas ya caídas, es una buena imagen de lo que ha sido el ideario comunista desde que cayó el muro. Sin duda, una visita, aunque no disfrutada en su totalidad -era imposible ver siquiera la enorme torre de 70 metros que lo corona- será largamente recordada. Los que queráis más información e impresionantes fotos del Ovni de Buzludzha dadle a este enlace

Pero todo comenzó esta mañana rumbo a Kazanlak a ver la tumba tracia. Las previsiones de lluvia se comenzaron a cumplir poco antes de llegar, pero durante la visita la cantidad de agua que cayó era para verla. Las escalinatas de entrada a la tumba parecían las cataratas del Niágara. Qué cantidad de agua, por Dios. Y la tumba… Bueno. Tiene su importancia, con los frescos bien conservados del siglo IV a.C. (O sea, casi 2.500 años), pero es extremadamente pequeña. Y además es una copia, cosa que se comprende, porque solo caben turistas de cuatro en cuatro, de lo reducido que es el espacio. Y eso supondría un deterioro importante en la tumba original. 


Tras el OVNI, visitamos Shipka por dos motivos. El primero, ver su monasterio. Unas cúpulas doradas lo delatan a distancia. No es muy antiguo, de principios del siglo XX, pero su exterior es llamativo. El interior, lógicamente más iluminado y mejor conservado que los otros monasterios visitados, permite una muy buena visión de los frescos. 


El segundo motivo para visitar Shipka es el mítico Shipka Pass. Italia tiene su Stelvio, Rumanía su Transfagarasan, y Bulgaria tiene el Shipka Pass. Un puerto de montaña de unos 25 kilómetros con zonas de muy buen asfalto y trazadas divertidas, a pesar de que aún estaba un poco húmedo. 

La última visita del día ha sido Tryavna. Habíamos leído que era un pueblo pintoresco famoso entre los búlgaros por sus tallas de madera y que tenía muy poco turismo. Pues bien, la calle central del pueblo estaba atiborrada de ellos. Por todos lados. También es cierto que eran turistas búlgaros, pero turistas al fin y al cabo. Y ya nos ves a Belén y a mí entrando en todas las tiendecitas de recuerdos y artesanía por una triste pegatina de Bulgaria. Que llevamos unos cuantos días y aún no la tenemos. La cosa es que las dependientas de las tiendas, de inglés como que no. Y eso de sticker les debía de soñar como a mí el búlgaro. Así que día de hoy aún no tenemos la pegatina de marras. Pero aún nos queda un día en Bulgaria.


¿Sabéis lo que son los puntos negros? No, los de la cara que te petas delante del espejo, no. Los otros, los de las carreteras. En España se indican con un gran cartel que pone eso de “tramo de concentración de accidentes”. Bueno, en Catalunya no he visto ni un solo cartel de esos. Pues en Bulgaria está lleno de triangulitos de peligro con un puntazo negro en el centro. Y cuando digo lleno, es lleno. De cada tres curvas, una tiene punto negro. Y visto el estado de las carreteras y cómo conducen, quizá el problema de que hayan tantos puntos negros es que no se pongan el cinturón de seguridad -lo niños suelen ir sueltos en los asientos de atrás cuando como nosotros teníamos 6 años- , o que adelanten en curva y en línea contínua. O que pongan un poquito de mejor asfalto en sus carreteras, que alguna da penica. 


Sea como fuere, hemos disfrutado mucho el camino hasta Lovech, donde estamos ahora. A pesar de los miles de baches o del asfalto que resbala como el hielo, ver trabajar las suspensiones de las BMW’s es casi hipnótico. Tanto como el medio litrazo de cerveza Kamenitza o la pedazo de olla de barro con carne y verduras que nos hemos zampado para cenar. Así que comprenderéis que quizá tengamos que irnos ya a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos rutear. Buenas noches. 


A ver, señores. Que es tarde y hay sueño. Vamos a ir resumiendo lo del día de hoy y a la cama que tengo que preparar la ruta de mañana y no lo tengo precisamente claro. Además, que dan lluvia a primera hora (igual es una señal para levantarse un poco más tarde…).

Hoy hemos salido de Sofía por autopista (peligrosa, que estos búlgaros les da por poner el límite en 140 km/h y tienen unas autopistas como en España de los años 60… Pero a unos 80 kilómetros nos hemos desviado hacia el sur, porque la idea de hoy era desviarse y no hacer del tirón los 130 kilómetros entre origen y destino.

Al lío que me voy por las ramas: las montañas del sur, una pasada. Rápidamente hemos subido a los 1400 metros, por la carretera que lleva a Mihalkovo. Al principio no mata, y menos con ese asfalto tan malo. Pero luego el paisaje ha ido mejorando, a medida que nos adentrábamos en el valle. El río Vacha ha ido formando un cañón con un agua verde oscura mientras las paredes de roca marronosa lo….. A VER, QUE HEMOS DICHO QUE ESTE AÑO NADA DE DESCRIPCIONES Y FRASES CON MÁS DE DOS ADJETIVOS. REBOBINO! Pues eso, que molaba mucho la carretera que serpenteaba entre los bosques y tal. 

En Shiroka Laka tocaba parada según las guías, por nosequé cosa de las construcciones de las casas blancas de dos pisos y eso. Bueno, quizá era prescindible. Aunque el pueblo, al contrario de los de alrededor, tenía una afluencia turística considerable (relativamente hablando, claro).

Poco después, el monasterio de Bachkovo. De esos que me gustan a mi, repleto de frescos por todos lados y monjes ortodoxos con barbas grandes y ataviados de negro completamente. No es tan grande como el de Rila, pero dice la guía que es el segundo en tamaño, así que valía la pena verlo. 

Y finalmente la fortaleza de Asenovgrad. La fortaleza son cuatro piedras (bueno, algunas más) encaramadas en lo alto del risco. Pero si te paras a pensar que son tracias, del siglo IV a.c. y que por lo tanto tienen casi 2.500 años… Tela! Pero lo que le da calidad al lugar es la pequeña iglesia, muy fotogénica ella ahí colgada. 

Hemos llegado a Plovdiv sin tiempo de ver el teatro romano, aunque sí hemos podido ver parte del Stadium y todo el casco viejo. Calles empedradas, casas interesantes y callejones estrechos. Ahora bien, ni un alma a las 8 de la tarde. Así que nos hemos puesto a cenar en un restaurante local rodeados de gatos y santas pascuas. 

Y esta ha sido la crónica telegráfica de hoy. Ale, que me espera un colchón blandito. Buenas noches.


Hay veces que no te entiendes con la gente. Y si son búlgaros y no tienen ni idea de inglés, más posibilidades tienes. Pues hoy ha sido uno de ellos. No uno ni dos ni tres, sino hasta cuatro veces he llegado a tener malentendidos con búlgaros. Y mira que me esfuerzo.

Todo empezó en la insulsa población de Blagoevgrado, donde debíamos buscar desesperadamente un lugar para desayunar. Y digo desesperadamente porque hoy he podido comprobar que si a Belén no le das un café con leche de buena mañana se trasforma en Mr. Hyde. Pero claro, en una ciudad prácticamente sin turismo encontrar un bar donde conseguir un café con leche y un croissant es complicado (luego comprobé que cruasan entra en su vocabulario, pero a esas horas de la mañana aún no lo sabía). Al final acabamos comprando cuatro cosas en un supermercado.

ALTERCADO 1: Ni se te ocurra subir la moto a la acera delante de la señora que cuida los tickets de la zona azul. Tendría la edad de mi madre (más o menos) e insistía que la moto en la acera nada de nada. Y yo que le decía (en un correctísimo castellano) que había otras motos en la acera un poco más arriba. Y ella erre que erre que nasti de plasti, en un correctísimo búlgaro también. La cosa es que Belén estaba a favor de ella, supongo que debido a la falta de café con leche en sangre. Al final conseguí hacerle entender que en dos minutos habríamos comprado las magdalenas y nos iríamos de allí. Aunque ella no dejó de mirar las motos por el rabillo del ojo.

En un pueblo cercano se encuentran las Stobskite piramidi, que no dejaban de ser unas formaciones montañosas en forma de pirámide. Nos pillaba de camino, así que intentamos llegar hasta ellas. Tras un trozo de pista, llegamos a un parking, una taquilla y una visita guiada. Me negué en redondo, aunque Belén (que aún no tenía su café con leche en el cuerpo) no estaba muy de acuerdo. Sin que sirva de precedente, tratándose de mujeres, logré salirme nuevamente con la mía.

Seguimos camino hasta el Monasterio de Rila. Camino por decir algo, porque nos chupamos veinte kilómetros de obras de ida, y otros veinte de vuelta. En medio de un valle entre montañas, este monasterio pintado a listas blancas y negras alberga en su centro la iglesia de la Natividad, profusamente decorada por dentro, y también por fuera, de vistosos y coloridos frescos. 


Dentro, un par de monjes ortodoxos, de casi dos metros de altura y aspecto tosco y descuidado. Afortunadamente no tuve ningún altercado con ninguno de ellos. 


Hasta Sofía quedaban poco menos de cien kilómetros que los hicimos a caballo entre la carretera y la autopista, para intentar recuperar algo del tiempo perdido en las obras. Era la hora de comer (algo pasada, en realidad incluso para los estándares españoles), así que decidimos ir a un McDonald’s de las afueras de la capital antes de ir al hotel.

ALTERCADO 2: En mis andanzas por el mundo, siempre en algún momento u otro ha caído algún McDonald’s. Suelen ser rápidos, serviciales y tener un nivel aceptable de inglés. Menos en Bulgaria. Prácticamente no había gente y tardaron más de 10 minutos en atendernos. La cara de Mario, el dependiente, era de desprecio absoluto. A duras penas entendió lo de “two menús BigMac with french fries and Coke Zero”. Y luego que de Zero nada, que la máquina no iba. Pase. Y después que quería ketchup y Mr Mario Bros me pedía nosequé en Búlgaro. Y yo que le miro interrogativo y abierto a entenderle. Y a él que se le acababa la paciencia por momentos. Hasta que entiendo -casi por infusión divina- que me pedía 1LV por el ketchup. Y todo esto para tener el peor BigMac que he tomado en mi vida, con el pan más que tostado absolutamente quemado. Quiero entender que Mario aún no se había tomado el café de la mañana. 

Sofía es enorme, con grandes avenidas donde el tráfico se diluye y no sufres tanto como en Skopje o Tirana. El centro presenta algunas atracciones turísticas, aunque la más recomendable sin duda es la Catedral de Alexandr Nevski, la segunda iglesia ortodoxa más grande de los Balcanes. 


ALTERCADO 3: Dentro de la catedral ya había visto el cartel de “no fotos”, así que ya había guardado la cámara. Había dos o tres señores ataviados con grandes batas negras que se encargaban de reponer las velas, o de avisar a turistas que nada de usar el móvil. Pero hacían caso omiso a una señora que estaba reventando su cámara de tanto hacer fotos. Así que ni corto ni perezoso saco la mía para hacer lo propio. En ese preciso momento se me avalanzan dos de las batas negras al unísono, casi al borde del placaje, gritándome (sí, gritándome) “PHOTOS, TEN LEVA!! PHOTOS TEN LEVA”. Vamos, que la señora de la cámara había soltado las 10 levas (unos 5 euros) por poder hacer fotos. En ese mismo momento, guardé la cámara y me puse a admirar los preciosos frescos del interior de la catedral. 

Después de recorrer el centro, y ya casi en nuestro hotel, decidimos cenar en Hadjidraganov’s house. Con ese nombre no podía ser otra cosa que un restaurante típico búlgaro de los que te ponen un menú incomprensible aunque esté en inglés. 

ALTERCADO 4: Cuando la camarera viene a tomarnos la comanda, yo intenté pedir alguna aclaración de unos de los platos. La chica me corta, y con una mirada que podría cortar un cristal blindado me dice “Good evening!!!” Ups! Y yo que creía que mi “Hello” con sonrisa incluida cuando se acercaba ya sería suficiente formalidad… Pues no, se ve que hay que ser extremadamente educado en Bulgaria. Al final, tuvimos hasta el equivalente búlgaro de la tuna tocándonos los grandes éxitos búlgaros de ayer y hoy especialmente para nosotros. 

En definitiva, que hoy he aprendido muchas cosas. Pero con total seguridad la que más me va a servir en la vida es que Belén necesita sí o sí su café con leche por la mañana. 

Hay veces que no salen las cuentas aunque las hayas repasado mil veces. Y esa mañana pasaba lo mismo: 8 horas y media de ruta se nos antojaban muchas para un días en el que debíamos hacer unas cuantas visitas. Así que tocaba coger la tijera de recortar y ajustar ruta. Un corte por aquí, un remiendo por allá y ya teníamos algo decente… pero aún así salían siete horas. Y esa mañana no nos habíamos levantado especialmente pronto. Además, debíamos retroceder algunos kilómetros para desayunar -lo teníamos pagado-. Pero ese retroceso valió la pena. Era el mismo lugar, en Sveti Naun, donde habíamos cenado la noche anterior, pero la oscuridad nos confundió. Esa mañana con un día magnífico pudimos disfrutar de una vistas al lago donde una suave bruma surgía de la superficie de un agua absolutamente transparente. A veces, ciertos inconvenientes que en un primer momento pueden llegar a fastidiarte, se tornan el momento más mágico del día.


Y con esa energía ya acumulada desde primera hora del día, recorrimos la costa macedonia del lago Ohrid, mucho más desierta de lo que recordaba en un viaje anterior. De todas maneras, los puestos llenos de tumbonas a pie de agua estaban instaladas y listas para ser usadas. 

Ohrid city resultó ser un agobio de coches. Tenía dos puntos apuntados para visitar, pero las calles cortadas nos impidieron llegar hasta ellos. Y como no íbamos muy sobrados de tiempo, los dejamos ahí para otra ocasión. Abandonamos la ciudad hacia el noroeste, donde durante sesenta o setenta kilómetros estaban desdoblando la carretera. Obras y más obras, que nos vamos encontrando por los países por donde pasamos. Mucho me temo que los Balcanes  o la Europa del Este tal y como los imaginamos tienen los días contados. 

Tetovo, además de un nombre gracioso y un caos circulatorio, tiene una curiosa mezquita. En realidad se llama Šarena Dzamija, pero se la conoce como la Mezquita de los Naipes debido a la curiosa decoración de sus paredes exteriores, que me recordaban vívidamente a las barajas de cartas Heraclio Fournier que tenía mi abuelo para jugar al Remigio. 


Decidimos llegar a Skopje por autopista. Unos 35 kilómetros con dos peajes de 1€. Así ganaríamos algo más de tiempo. La capital macedonia es… grande. En todos los sentidos. Enormes y kilométricas avenidas que disipan algo el caos circulatorio reinante. Y un centro moderno de lo más hortera que se puede uno imaginar. Comenzando por la estatua colosal del “Guerrero a caballo” (antes era Alejandro Magno, pero los griegos consiguieron que se le cambiara el nombre), y siguiendo por decenas de enorme estatuas colocados sin mucho orden ni concierto donde al diseñador urbano -por llamarlo de alguna manera- se le fue ocurriendo. 


Las afueras de la ciudad habían sufrido recientes inundaciones (ayer o antes de ayer a lo sumo), y aún podían verse sus consecuencias: vecinos, policía y bomberos achicando agua y limpiando barro por todos sitios. La carretera discurrió por paisajes algo más despoblados, donde abundaban los cultivos de cereales y que no diferían de muchos paisajes de los que he disfrutado en la península. Y tras un pequeño puerto, la frontera con Bulgaria, que pasamos como dos moteros ya experimentados en estos avatares. Estaba oscureciendo, y además aquí le ponen una hora más al reloj, así que se nos hizo imposible el pensar en cenar en algún lado. Al final tiramos de hornillo en la terraza de la habitación en Blagoevgrado. Por cierto una habitación con una decoración un tanto… recargada a la par que hortera. Igual el diseñador es macedonio.

La gran decisión de la mañana fue, además de saber dónde desayunar, si realizábamos la ruta prevista hasta el Lago Ohrid atravesando toda Albania, o nos quedábamos en su capital, Tirana. La ruta total no eran más de 340 kilómetros, pero el GPS daba más de 7 horas para recorrerlos. Cosas de Albania. Al final, desayunamos cosas compradas en un supermercado y nos decantamos por la ruta larga. La aventura es la aventura.

La costa sur de Montenegro es de otro nivel a lo que ya vimos más al norte, Croacia incluida. Aquí reinan los hoteles grandes y las playas repletas de tumbonas y sombrillas perfectamente alineadas. El máximo exponente es Sveti Stefan, una isla privada para los más pudientes. 

Sabes lo importante que son los pictogramas internacionales cuando vas al baño de una gasolinera montenegrina y ves dos carteles que ponen “covjek” y “zena”. Tuve que girarme a la dependienta para, señalándome a mí mismo preguntarle: “¿Covjek o Zena?”

Y tras pasar la frontera montenegrino-albanesa como dos jefes por el lado de los peatones y sin parar (gentileza de los guardias), ya rodábamos por el peligroso suelo albanés. Mi pensamiento en ese momento, además de no ser arrollado por alguno de los múltiples Mercedes que circulaban a nuestro lado, es saber cómo saldríamos por la frontera con Macedonia sin el sello de entrada al país. Pero eso ya sería después, así que mejor preocuparse por lo de los Mercedes. 

La circulación en Albania es caótica. En cada una de las tres veces que la he atravesado he notado mucha más modernidad tanto en las carreteras como en la gente que circula. Hoy por ejemplo solamente hemos visto un carro tirado por un burro, cosa que en otros viajes estaba a la orden del día. Pero lo peor han sido los atascos. Kilométricos, sobre todo de entrada en Tirana. Porque en albanés no existe la palabra “circunvalación”, y tienes que atravesar la capital por el mismísimo centro para poder seguir ruta. Y si quieres comprar la preceptiva pegatina del país, date por muerto: no existen tiendas de souvenirs, o al menos, son muy difíciles de encontrar. Pero no os preocupéis, que al final, in extremis en Pogradec, el último pueblo antes de la frontera, hemos localizado una tienda de souvenirs con pegatinas. 


Y así hemos ido atravesando el país, hasta la frontera con Macedonia, ya a orillas del lago Ohrid. El funcionario albanés se ha tomado las cosas con calma, poniendo caras raras al comprobar en el ordenador -supongo- que no teníamos entrada. Pero al final nos ha sellado el pasaporte y hemos podido salir. La cola estaba ahora en el lado macedonio, y no parecía moverse. Hasta que un funcionario motero se ha apiadado de nosotros y nos ha colado. Mientras nos sellaban los pasaportes, me ha enseñado una foto de su Adventure partida por la mitad mientras le cambiaban el embrague. Entrañable. 

Hemos llegado al apartamento justo a tiempo para ver cómo se ponía el sol justo encima del lago Ohrid. Simplemente espectacular. Mañana recorreremos Macedonia y seguramente entraremos ya en Bulgaria. Os seguiremos contando si es que no os aburrimos mucho. Un saludo!

De eso que buscas un sitio donde parar para quitarte el casco y que las orejas respiren un poco. Porque mira que llevamos horas con el casco puesto. Pues eso, que vas a parar y ves un cartelito que pone en cirílico “Piva Manastir. Pues para ahí que nos vamos. Un parking cuidado, un autocar esperando y una iglesia de piedra muy cuidada y casi completamente rectangular, de esas que solías hacer con el Exin Castillos. “Nada del otro mundo”, piensas. Pero la curiosidad te hace entrar. Y ahí dentro descubres esto:


No había ni un centímetro cuadrado de toda la iglesia que no tuviera su fresco. Precisamente eso es lo que pensaba ver en varios monasterios búlgaros y rumanos, pero no esperaba verlo tan pronto. Y menos de casualidad. Pero comencemos por el principio.

No es casual que Mostar tuviera una Plaza de España, después de nuestra presencia en esa ciudad en la guerra de los Balcanes. Precisamente fue el ejército español el que habilitó un puente provisional cuando los croatas se cargaron el original. Fuimos a verla antes de dejar Mostar, por la mañana. La plaza muy remozada y bonita, pero en todos los alrededores se podía aún sentir el dolor de la guerra. 

Sí que fue casualidad pararnos en un monumento megalítico, de esos que le gustan a los antiguos estados pro-comunistas del telón de acero. Un monumento en memoria de nosequé batalla. Por la colina ascienden sendos tramos de escalera interminable, para acabar en un monolito simétrico sin excesivo sentido.

Y tras la frontera con Montenegro y el típico puente con estructura metálica y suelo de madera, llegamos lloviendo al cañón de Piva. No fue casualidad, ya que ya lo había recorrido un par de veces, y Belén debía ver la sucesión de túneles excavados en la roca al lado del tremendo precipicio que albergaba el río con tonalidades turquesas.

Y la bahía de Kotor, llegando desde las alturas, ha sido espectacular. El sol se atrevía a salir durante unos instantes, pero parecía seguir tímido. Unos cuantos tornantis y rampas con suelo de cemento nos llevaron hasta nuestro apartamento. Y por la noche, el paseo nocturno por Kotor ha sido de lo mejorcito. Daban ganas de quedarse algo más de tiempo, para saborearlo de día. Una infinidad de callejuelas empedradas y edificios regios primorosamente conservados, así como un buen puñado de antiguas iglesias, todo ello coronado con una muralla que zigzaguea por la montaña en un equilibrio imposible. Y basta ya de descripciones, que me emborracho de adjetivos. 

La cena… Seguro que Belén os habla de la cena. Yo de momento, me voy a descansar, que mañana toca atravesar Albania, y eso no es moco de pavo.


Sabes de esos días que el sol da con fuerza, el asfalto parece que se derrita bajo tus ruedas y te sobra toda la ropa de la moto? Pues hoy no era ese día. Ya ha amanecido en Zadar algo nublado, aunque la vista de la costa desde el apartamento presagiaba otro día radiante. Solamente hacía falta darse la vuelta para ver los nubarrones. Pero bueno, así hemos llegado hasta Šibenik. Pero nos ha costado lo suyo. Kilómetros y kilómetros de caravanas a poco que llegabas a un pueblo. Como no hacía buen día se supone que los turistas han abandonado las paupérrimas playas para lanzarse a la carretera. Porque allí estaban todos. Fijo. 

En Šibenik, tras una buena caravana de entrada -como no- finalmente hemos encontrado sitio, más o menos, en un aparcamiento de motos. Hemos callejeado hasta la catedral. Es extraña, de esas en las que su fachada principal no vale mucho la pena, su fachada lateral tampoco, y su interior no mata. Pero el conjunto es armonioso y aprueba con nota. 


Luego hemos intentado encontrar el Drazen Petrovi? Memorial, una pequeña estatua conmemorativa al jugador de baloncesto más grande que dio la ciudad. Después de mucho buscar, solamente hemos encontrado un mural, pero sin rastro de la estatua. Y a bien seguro que estaba cerca. Otra vez será.


Y luego ha comenzado el diluvio. Rayos y truenos y lluvia copiosa y continua hasta llegar a la frontera con Bosnia. Y luego más agua y más truenos. Había diseñado una ruta por alguna carretera pintoresca, pero visto el percal he decidido meterle directamente la dirección del hotel en Mostar. Pero sabes de esos días en los que el GPS se pone tontorrón y te quiere buscar las cosquillas? Pues eso. Primero que nos quería meter por unas pistas. Y mira que no le suelo hacer ascos a un poco de tierra, pero las condiciones climatológicas no invitaban a muchas alegrías. Así que recalculando nuevamente, mi Garmin ha decidido que lo mejor es llegar a Mostar por las peores carreteras del mundo. Os juro que sacaba la pierna para sentir el agarre del asfalto y parecía hielo. Sí, una sensación muy parecida a cuando subí a Cabo Norte en invierno. El asfalto bosnio es incompatible con el agua, os lo digo yo. 

Y con mucho cuidado hemos llegado, sin parada para comer, a Mostar. Y nada más llegar al hotel, vemos cómo unas ¿rumanas? eran pilladas por la propia víctima tras mangar unas carteras. Forcejeos gritos… Toda una bienvenida a la ciudad. En ese momento, la recepcionista del hotel nos ha invitado a dejar las motos en un parking interior “para más seguridad”. Por supuesto que sí!

Mostar… preciosa al atardecer. Porque a todo esto había dejado de llover pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad. Incluso ha salido un tímido arco iris. Pasear por el casco viejo, descubrir nuevamente el puente, escuchar a los muyaidines vociferar desde cada mezquita… Otro mundo. La puesta de sol nos ha brindado, sin duda, el momentazo del día. Toda una recompensa a un día duro de verdad, en el que Belén, como ya me tiene acostumbrado, se ha portado como una campeona, tras muchas horas sobre la moto y bajo la lluvia y el frío, y sin rechistar ni un solo momento. Ole, valiente!


Seguro que Belén os habla en su crónica de las niñas pidiendo por las calles y todo eso, pero yo prefiero quedarme con los colores del atardecer sobre el río Neretva. 


Mañana seguirá lloviendo, así que puede que improvisemos un cambio de ruta sobre la marcha. Eso me suele estresar, pero en el fondo, me hace sentir vivo. Buenas noches, aventureros!


En un cubilete de cartón, la chica fue metiendo uno a uno todos los ingredientes. Primero, unas hojas verdes. Luego, una especie de patata asada. Posteriormente unas verduras asadas, juntamente con unos trozos de tomate aliñados y un pesto. Y finalmente las sardinas recién asadas. A rebosar. Como para una boda. Fuimos encontrando todos esos sabores sentados en el muelle de Zadar, con los pies colgando mientras las olas se esforzaban por llegar a nuestros pies. Allá a lo lejos, los relámpagos iluminaban parcialmente un horizonte completamente a oscuras. “Será un recuerdo de esos imborrables“, pensé.

Pero el día había empezado mucho antes, cerca de Opatija. Pasamos brevemente por Bakar, una pequeña población encajonada entre autovías e instalaciones industriales, pero que conserva la esencia de un tranquilo y pequeño puerto de mar. Y luego por Senj, donde existe un monolito que recuerda que allí atravesamos el paralelo 45º. O lo que es lo mismo, que nos encontramos exactamente a la misma distancia del polo norte que del ecuador, pero eso es más que discutible. Cosas del achatamiento de los polos. Y también es discutible que haya exactamente 5.000 kilómetros a cualquiera de esos dos puntos. ¿Exactamente? ¡Anda ya!


Las caravanas de la costa nos estaban volviendo locos. Es mi tercer agosto por estas tierras, y nunca había visto tal densidad de tráfico. Era agobiante. Entre caravana y caravana, nos quedábamos embobados deleitándonos con las vistas de la costa croata. Pero al final decidimos meternos hacia el interior. Y allí comenzaron a aflorar los edificios con desconchones de bala, que nos recuerdan la cercana guerra de los Balcanes. Pero seguro que en los próximos días veremos más de eso. 
Nuestro siguiente objetivo era la base aérea abandonada de Zeljava. Una frikada, vamos. Pero ha molado. De las entradas de los búnkers salía un aire fresco que contrastaba con el ambiente sofocante del exterior. Una señal recuerda que la zona puede tener aún minas, así que había que ir al tanto. Y a nuestro frente, las pistas de aterrizaje. Y de despegue, que son las mismas. Las recorremos con un sentimiento de travesuras difícil de explicar. ¿Quién no ha deseado nunca rodar con tu moto por una auténtica pista de aterrizaje? (O de despegue).


Y tras una comida a pie de carretera con hornillo incluido, acabamos en Zadar. Ya la conocíamos de otro viaje anterior, pero esta vez veníamos a escuchar el órgano marino, un original muelle con unos orificios donde entra el oleaje del mar, creando sonidos armónicos como si de un órgano se tratara. Al principio era un sonido melódico, como de esos que escuchas cuando entras en el Natura. Pero en un momento en el que las olas rompían con fuerza, el órgano pareció encabritarse, aullando estridentes notas a cuál más discordante, como si del final de Encuentros en la Tercera Fase se tratara (sí, hay que ser muy friki para entender el símil, ya sé).

Y tras despedir al sol y ver cómo la descomunal placa solar descargaba miles de colores en el suelo del muelle (pagarán tasa solar, estos?), decidimos cenar. Y aquí es donde vienen las sardinas (el lector poco ducho en lecturas debe saber que a veces se altera el orden de los acontecimientos para dar algo más de interés al inicio de la narración. Pero por supuesto, tú ya lo sabías).

A poco de acostarnos solo espero que la jauría de niños que alborotan la casa donde tenemos nuestro ático se cansen pronto de vociferar por el pasillo, porque soy capaz de invocar a San Herodes como no callen. O lo que viene a ser lo mismo: 

Cuán gritan esos malditos! Más mal rayo me parta, si en concluyendo esta carta no pagan caros sus gritos…

pero en versión moderna. Buenas noches.