La Ruta Turca. De Nicolosi a Palermo. 04JUL2019

Despertarte, hacer la maleta, desayunar, programar el GPS, pagar la habitación, cargar las motos, conducir, fotografiar, grabar, beber, conducir, fotografiar, beber, poner gasolina, más conducir, llegar al hotel, ducharse, hacer el dibujo, escribir la crónica, salir a cenar,…

Esperas durante once meses un viaje para salir de tus rutinas,… y no te das cuenta y al tercer día ya estableces tus nuevas rutinas de viaje. Son las paradojas de los seres humanos. Pero aún así, cada día es diferente, al menos en los detalles. Porque lo esencial es invisible a los ojos.

Hemos rodeado el Etna por el sur, y nos ha dejado ver sus penachos humeantes e imponentes. No he dejado de pensar en su hermano de Stromboli, una pequeña isla cercana. No vaya a ser que entren en armonía y le dé por escupir fuego… Pero no. Al menos hoy, solamente vomitaba humo.

Y por delante nuestro, más de 170 kilómetros de curvas. Muestrario de curvas, diría. Unas carreteras muy aceptables y muy divertidas. Pero creo que hoy he muerto de éxito. Que me he cansado de curvas, vamos. El sol aprieta pero no ahoga, al menos es un calor seco, pero todo el día rascando los 35ºC… y eso no acompaña mucho en la diversión curvera.

En cuanto a pueblos, dos a destacar. Petralia Soprana** es, en palabras de Belén “una especie de Aínsa”. Y eso es un gran elogio. Pueblecito encaramado en el risco, con casitas de piedra, algunos palacetes y un par de iglesias muy chulas. Ahí hemos comprado un pan lo más rústico posible, que luego hemos acompañado con una lata de sardinas. El menú de hoy.

Y las curvas siguen y siguen, y yo esperando ansiosamente llegar a la costa para notar algo de la brisa marina. Una brisa y una costa que no llegaban nunca. Hasta que llegaron y nos encontramos con el mar Tirreno de bruces. En Cefalú***, nada menos. Una pequeña población costera, muy turística, llena de tiendas de souvenirs en su parte vieja, pero que no me ha dado sensación de agobio. Su duomo ha aparecido de pronto, y la verdad es que para mí ha sido lo mejor del día. Porque el helado de pistacho… como que no, si lo comparamos con el granitta de ayer. Pero el azul Del Mar y la brisa marina… eso sí que ha valido la pena.

Y finalmente setenta kilómetros de costa para llegar a Palermo, donde dormimos hoy. El tráfico se ha hecho… digamos que caótico por ser suave. Las líneas de las avenidas sirven de poco -de hecho ni se ven-, los coches adelantan por el arcén, en las rotondas tiene preferencia el que primero dispare. Lo normal para Sicilia, supongo. Y como tenemos muchas cosas que ver en la ciudad, y no queríamos dejar la crónica para después, os contaré cómo es en la crónica de mañana. Al menos lo esencial que sea visible a mis ojos.

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