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De Orvieto a Perugia. La Ruta Adriática. 18

Que sí, que hoy volvía a tener el día cruzado. Daban mucho calor, la cadena de la Ducati parece que se tensa sola, no hay manera de dejarla bien tensada (igual es que es que llevo más de una década con cardan…). Pero teníamos unas cuantas cosas que ver, acabábamos en una ciudad que tenía muchas ganas de descubrir… así que no había razón para el cruzamiento… Hasta que comenzó a diluviar.

Nos dio para ver (de lejos) la fortaleza de Radicofani y la de Castiglione d’Orcia. Pero al llegar a Bagno Vinoni empezó a caer la del pulpo. Y con rachas importantes de viento que hacía que la rueda delantera de la Ducati tomara vida propia. Belén dice que no es el día de los que más viento hemos cogido, y que ella con su Ducati roja iba muy bien. Como tengo casi la certeza que el color no influye en eso, he de entender que el peso de la BMW (o su telelever, o vete tú a saber) me daba más aplomo. Por lo que fuera, iba a 30 bajo la lluvia e intentando no comerme los baches y los grandes charcos -en algún momento casi inundación- que nos íbamos encontrando.

Y es que habíamos suspendido la mitad de la ruta (no era plan de no ver absolutamente nada y de ir para arriba y para abajo con los chubasqueros) y decidimos ir directamente a Perugia, que era el punto final en el que teníamos bastantes cosas a descubrir.

Y en Perugia descubrimos varias cosas, entre ellas que tiene unas cuestas de aúpa. Y callejuelas estrechas con giros imposibles que hacen que la mejor moto para circular por ella sea una moto aparcada. Mejor a pata, a escalar. Pero una vez llegas a su plaza del IV de Novembre… la brutalidad te abruma. Palacios, catedrales, fuentes… Opulencia medieval.

Y por si eso fuera poco, unas callejuelas anexas repletas de callejones, escaleras minúsculas, arcadas, balcones suspendidos… Y si fuera eso poco, una verdadera ciudad medieval en el subsuelo, con más callejones, arcadas, bóvedas… En definitiva, una maravilla.

Y después de un Spritz Aperol al que también le tenía ganas (no os flipéis los fans, que tampoco es para tanto…) y de una cena en condiciones a ritmo de jazz, dejamos que las neuronas se empapen de los recuerdos de Perugia para no olvidarla nunca más. Buona notte.

De Roma a Orvieto. La Ruta Adriática. 17

¿350 euros por un hotel cerca de Saturnia? ¿Tamos locos, o qué? Tocaba cambiar de plantes y alterar la ruta prevista. ¿Para eso tanta preparación pre-viaje? Siendo yo tan cuadriculado y obteniendo un placer difícil de explicar cuando “los planes me salen bien”, este inconveniente podría resultar en una malhumoración constante durante todo el día. Pero no. Y es que me gusta poder saltarme lo planificado siempre “que los nuevos planes salgan también bien”.

A ver, que la cosa tampoco era para tanto: cambiar el lugar de dormir, alterar el orden de la ruta, eliminar algún punto poco atractivo y hacer algunos kilómetros de más que se compensarán mañana. Así cualquiera cambia planes…

Salimos de Roma algo tensos, al tener que lidiar con el tráfico matutino de la gran ciudad. Poco a poco las carreteras se fueron estrechando hasta que llegamos al centro. Al mismísimo centro de Italia: Rieti. Y tampoco tiene mucho más que el monumento conmemorativo a esta rareza geográfica. Un paseo por las calles, visita a la catedral, que ni fu ni fa, y visita a una librería localizada,… en una antigua iglesia. Quizá haya sido lo más interesante.

Luego, vagamos por las carreteras en busca del siguiente punto, que estaba algo más lejos. Parada en un pueblo random porque tenía una bonita muralla, a la búsqueda de un supermercado donde comprar algo de fruta y… ¡bingo! Uno de esos pueblos con encanto que te encuentras por el camino sin comerlo ni beberlo. Vitorchiano, se llama. Un agradable paseo por sus callejuelas y unas sorprendentes vistas de sus casas encaramadas al precipicio rocoso.

El plato fuerte del día era la Cività di Bagnoregio: un pueblo encaramado a un peñasco donde solamente se puede acceder por un puente. Euro por moto en el parking, bonitas vistas al pueblo desde el inicio de la excursión hacia el puente, y… 5€ por persona que te avisan cuando ya llevas un buen trozo andado a pleno sol. Valoramos, y decidimos dar media vuelta: lo que veníamos buscando era la vista desde fuera, y esa ya la teníamos.

Pitigliano era el siguiente punto fuerte. Otro pueblo encaramado a la roca, pero esta vez sabíamos a qué veníamos. Este tiene fama. Y se nota en la gente que nos encontramos, nada masificado, pero infinitamente más que en Vitorchiano. Otro paseo por el pueblo y andando.

Las termas de Saturnia fueron el gran fiasco del día: además de que con la nueva ruta quedaban muy a desmano, luego nos encontramos lo que ya esperábamos: una masificación importante, que se veía ya en la carretera, en los pocos puntos donde se podía tener una visión en conjunto. Fue difícil hasta parar con la moto. Fue un punto evitable de la ruta. Igual en otra época del año hubiera sido mejor.

A todo esto, las carreteras desde hacía unas cuantas decenas de kilómetros eran de lo más entretenidas, tanto por el trazado, como por las vistas o… por los baches que tenías que evitar. A pesar de esto último, eran muy disfrutonas. Lo malo es que a esas alturas de la tarde y soportando los calores durante todo el día, estábamos ya para pocas curvas. Así que paramos en Sorano, otro pueblo colgado de la roca y de lo más atractivo. Pero solo para la foto, que aún nos quedaba una hora de curvas hasta el hotel en Orvieto (que por cierto también está encaramado a la roca). Sorano lo apuntamos en “pendientes de volver a visitar”.

La cena, al lado del hotel (no en el propio Orvieto, sino en la carretera) fue una delicia. Y es que ya llevábamos demasiados días de pizza al corte o comida rápida. Ravioli de espinaca, ternera con parmesano y de entrante un bacon sobre una tostada, que se ve que se lleva mucho por Orvieto eso. Ale, voy a metabolizar las cervezas.

De Campobasso a Roma. La Ruta del Adriático. 16

En un puerto italiano al pie de las montañas nos tomamos un helado tras subir unas empinadas rampas para ver las vistas desde arriba. Se llama Gaeta y vale la pena ir a visitarlo. Pero para ello teníamos que atravesar los Apeninos. Menos mal que no tenemos que llegar hasta los Andes.

Salir de Campobasso y saltarnos el primer punto era una declaración de intenciones: teníamos ganas de Roma y queríamos llegar con tiempo de patearla por enésima vez. Así que fuimos directos a Isernia. Un chasco. A pesar de lo que había leído en diferentes blogs, la zona antigua solo tiene de interés una pequeña callejuela central y una fuente de seis caños que es mucho más bonita en las fotos de instagram que al natural. Tenía dos estrellas pero le quito una.

Seguimos hasta Venafro buscando una rareza: el antigua anfiteatro romano ahora es una plazuela hecha de pequeños graneros y dominada por dos enormes chopos. Pero se merecía una visita y además callejeamos un poco por las empinadas rampas del pueblo.

Y tras atravesar los Apeninos (que fue mucho menos épico de lo que parece) llegamos a Gaeta, el pueblo italiano al borde del Tirreno que reposa al pie de elevadas montañas. Vale la visita, no por las vistas desde arriba sino por la visión de la bahía circundada por esas altas montañas. Y por la bajada por un laberinto de escaleras.

Y finalmente Roma, tras perdernos dos veces hasta encontrar la entrada al hotel de las afueras. 20.000 pasos y recorrimos  el Panteón, el templo de Adriano, la Piazza Navona, el Castel Sant’Angelo, San Pedro del Vaticano, la Fontana di Trevi… en fin, todos nuestros rincones preferidos de la ciudad. Bueno, casi todos. Porque de Roma siempre te despides con un arrivederci sabiendo que tarde o temprano volverás.

De Berane a Skopje. La Ruta del Adriático. 12

Kosovo, ese país que España no reconoce y sigue sigue sonando a guerra cercana. Donde tu seguro no cubre tu vehículo y donde mejor no te sellen el pasaporte si piensas entrar en Serbia… Mola, no?

Salimos de Berane, aún en Montenegro con escasos 17ºC. Comenzamos a subiré el puerto de montaña que nos llevaría hasta los 1700 metros de altitud mientras ardillas y corzos se nos van cruzando por la carretera. De pronto, el control de pasaportes montenegrino. Y unos cuantos kilómetros más allá, la frontera con Kosovo. Si eres avispado te darás cuenta del pequeño chiringuito que hay antes, donde te harán un seguro para la moto por 10 euros. Y luego… retorno al pasado.

Porque Kosovo es retoceder 40 años atrás, como pasa con Albania (aunque cada vez menos). Coches sin matrícula, conductores sin cinturón, motoristas sin casco… Bodas formando caravanas de coches engalanados y con banderas albano-kosovares y pitando como si no hubiera un mañana. Caos circulatorio, muchos coches con matrículas alemanas, austríacas o suecas. Y no cualquier coche. Audi A6, Mercedes AMG, Mustangs… Todos de alta gama circulando con unas normas de circulación particulares… Especial cuanto menos.

Las primeras paradas son en la iglesia ortodoxa serbia de Pejan y en el Monasterio de Visoki Dechani. Como era de esperar, unos interiores profusamente decorados al más puro estilo ortodoxo. Pero por fuera… fuerzas de la KFOR, con su vehículo militar y con necesidad de enseñar los DNI para entrar. Es una pena que se tenga que utilizar fuerza bruta militar para proteger la cultura… pero el mundo es así.

Luego, y tras una laaaaarga y agónica entrada en Pristina, llegamos a la Biblioteca Nacional de Kosovo. Me hizo gracia que digan que es el edificio más feo de todo Kosovo. Una fusión de ideas albano-kosovares y serbias, en lo que fue un intento de la antigua Yugoslavia de unificar pueblos. El resultado bien lo puedes valorar tú. A mi, personalmente, me gusta.

Y tras la lluvia vespertina de costumbre, y tras una laaaarga cola en la frontera, entramos en Macedonia. Esta noche la pasaremos en Skopje. Su centro, megalómano. Grandes banderas macedonias, enormes estatuas ecuestres y no ecuestres, edificios gigantescos de dudoso gusto neoclásico… Y finalmente, un agradable paseo por el antiguo bazar, que nos recuerda su pasado otomano.

En definitiva, un día de contrastes, que es lo que en general buscamos en nuestros viajes. Por lo tanto, objetivo cumplido. Buenas noches.

De Trebinje a Kotor. La Ruta del Adriático. 10

Mira que de Trebinje a Kotor hay algo menos de 40 kilómetros, pero nos ha dado para echar el día… y al final han salido unos 400. Porque eso ya tan manido de que lo importante no es el destino sino el camino, es una verdad como un templo.

La cosa era tirar por Bosnia hacia el norte buscando el paso a Montenegro por el Cañón de Piva. Para ello, hemos pasado por el parque natural de Tjentiste, con unas montañas de altura considerable y desfiladeros de angostura más considerable aún. Poco después, el monumento recuerdo de la batalla de Tjentiste, una burrada de esas que hacían los socialistas de Tito.

Las últimas carreteras de Bosnia y Herzegovina nos han despedido con desprendimientos y tramos de tierra, mientras excavadoras intentaban arreglar el desaguisado. Finalmente, la frontera con Montenegro en un viejo puente metálico de piso de madera.

Montenegro es fiel a su nombre, y lo que no falta son sus montes. Desgraciadamente negros muchos de ellos por culpa de los incendios que lo están asolando. De hecho, ahora desde Kotor se puede contemplar el triste espectáculo de las llamas que rasgan la negrura de la noche. Desolador.

Pero lo primero que nos hemos encontrado al entrar al país es el Piva Canyon. Sin duda la zona previa a la presa es la mejor, y te coge por sorpresa. Decenas de túneles excavados en la roca viva hacen que la carretera pueda discurrir por las escarpadísimas laderas del cañón. Pero una vez pasas la presa, te encuentras con las aguas esmeraldas del embalse, que hoy además tenían un bajísimo nivel de agua. Esmeralda, eso sí.

Comimos en el parking del Pivski Manastir después de admirar sus preciosos frescos que lo cubren completamente, columnas, techos, paredes… como debe ser en un monasterio ortodoxo que se precie.

La siguiente parada era otro monasterio, el de Ostrog, que se encuentra encaramado en la roca, a casi 1000 metros de altura sobre el fondo del valle. Para llegar allí debes sufrir la penitencia de una estrecha carretera repleta de tornantis de los más retorcidos que he hecho en mi vida, incluidos los de la bajada a Chiavenna del Splugenpass. Con este son ya tres los edificios religiosos incrustados en la roca que  visitamos en este viaje, junto con la Madonna della Corona y el Dervish House de ayer.

Seguimos ya con la tormenta vespertina de turno a nuestras espaldas que finalmente solo nos mojó unos 10 minutos, y avanzamos hacia la bahía de Kotor. Previamente, un accidente grave cortaba la carretera. Es intrigante que con lo agresivo que conducen en estos países siempre sea en Montenegro donde veamos los accidentes, ya nos pasó en uno de nuestros viajes previos.

Y con Kotor en la lejanía, el protagonismo lo robaba el incendio que asolaba las enormes paredes boscosas de los montes que rodean la bahía. En varios puntos salían columnas de humo, mientras un par de helicópteros intentaban sofocarlos inútilmente. Un intenso olor a leña quemada nos ha acompañado hasta prácticamente dentro de la habitación del hotel.

Kotor… ¡Qué decir de esta maravilla! Es la primera vez en el viaje que repito una visita y me parece 100 veces más impresionante que el recuerdo que tenía. Callejear por sus angostas callejuelas, encontrarte agradables placitas donde te sorprende una vieja iglesia o un cuarteto de cuerda,… A pesar del gentío el pasear por su laberinto de calles es de lo más amable. Sin duda, Kotor ha pasado a ser, en su segundo intento, uno de mis lugares favoritos de este planeta. Si el fuego se apiada de él.

De Mostar a Trebinje. La Ruta del Adriático. 9

Desgraciadamente en cada viaje tengo algún día cruzado. Pues en este, ha sido hoy. Y la mala leche se va acumulando a lo largo del día por pequeñas cositas que me van pasando, como que no se me haya cargado el móvil por la noche o que se me haya roto el candado que asegura la bolsa impermeable. Son chorradas pero que si me pillan en uno de esos días cruzados yo las interpreto como verdaderas afrentas del destino. Así que agarrémonos que vienen curvas y el día es muy largo. ¿Qué más puede pasar?

Salimos de Mostar con el móvil cargando de la batería externa y mi bolsa impermeable asegurada con otro candado que llevo. A pocos kilómetros se encuentra Dervish House, un monasterio sufí que parece incrustado en la roca. Muy al estilo de la Madonna della Corona de hace unos días. Allí me enfrento al señor del parking que me quería hacer pagar 2€ por las motos… cuando a pocos metros podíamos aparcarlas gratis en la calle. No sabía el pobre aparcacoches que yo tenía el día cruzado.

Pocos kilómetros después paramos en Pocitelj, un pequeño pueblo encaramado a la montaña con infinidad de escalones y unas cuantas calles de piedra, una torre, una fortaleza y una mezquita, todo bastante diseminado. Ya lo tenía catalogado como de 1 estrella (sobre un máximo de 3)… y así se quedará. Pasable.

Seguimos por la M6 dirección Trebinje, donde tenemos el hotel. Es pronto, pero nos dejan ya la habitación por lo que nos cambiamos y nos ponemos cómodos para pasar la frontera con Croacia y visitar Dubrovnik. La carretera con curvas chulas, y una vez en Croacia se despeña hacia el Adriático regalándonos unas vistas de la Perla del Adriático de lo más motivadoras (por cierto, mi cabreo ya estaba solucionado a esas horas).

Una vez en Dubrovnik y de aparcar la moto como campeones a escasos 20 metros de una de las puertas de entrada de la ciudad antigua, sobreviene el agobio: riadas y riadas de personas inundan la ciudad por todos los rincones. Ya recordaba lo más interesante de la ciudad, pero notaba que esta vez no me estaba gustando tanto. ¿Sería que cuando vuelves a un sitio que ya conoces nunca lo disfrutas como la primera vez? Puede ser, pero mira que he estado veces en Venecia y es cierto que la emoción es diferente, pero la disfruté mucho hace unos días. Posiblemente era la gente. O el tipo de turismo al que va encaminado: turismo de crucero, mucho souvenir, mucho terraceo, nada auténtico… Al final disfruto más de la pequeña carretera que tiene unas vistas espectaculares o de la pequeña iglesia ortodoxa en cualquier pequeño pueblo.

Sea como fuere, después de dos o tres horas en Dubrovnik decidimos largarnos a cenar a Trebinje: los precios en Bosnia están mucho más ajustados y la comida es mucho más “auténtica” que en una terraza para turistas. Cordero y ternera asados con patatitas y cebolla. Ni tan mal. Mañana seguiremos explorando Bosnia hacia el norte, para entrar en Montenegro por el Cañón del Piva y en teoría intentaremos llegar a Kotor. A ver cómo se da el día. Buenas noches.

De Bihac a Mostar. La Ruta del Adriático. 8

“Caer chuzos de punta”: fig. coloq. loc. Dícese de la cantidad de agua que les han caído a Belén y Sergio camino de Mostar. 

Y mira que el día comenzaba bien con sus 19 graditos y un sol radiante. Y así iniciamos viaje por Bosnia y Herzegovina en lo que sería un día espectacular sobre la moto (hasta llegar a los chuzos de punta, claro).

Primera anotación: La M14 desde Bihac hasta Bosanska Krupa es una pura maravilla. El asfalto así así, pero los paisajes… El río bravío en algunos momentos, calmado y cristalino en otros, con pequeñas islitas plagadas de árboles, juncos aquí y allí… Y decenas de pasos a nivel sin barrera (es Bosnia, ¿qué querías?).

Después de un buen rato llegamos a Banja Luka, y fuimos directos a ver su catedral ortodoxa. Coqueta, muy fotogénica. Y por dentro, como corresponde, con iconos de fondo dorado y los techos profusamente pintados con pantocrator, vírgenes y santos en vivos colores. De dentro, por respeto, decidimos no hacer fotos, porque la gran mayoría de la gente que había allí no estaba de turismo.

Segunda anotación: La M16 desde poco después de salir de Banja Luka hasta casi Jajce es también de una belleza espectacular: transitas junto al río Vrbas y sus colores turquesas, algunas veces anchísimo como cuando forma la herradura (vale la pena pararse: el punto sale en google maps). Otras veces más estrecho, cruzado por puentes que en su día después de la guerra fueron provisionales, y a día de hoy parecen definitivos. Alguno estaba igual que cuando lo fotografié allá hace unos 11 años.

Jajce tiene una cascada de 17 metros que nos hizo sudar para encontrar desde dónde verla. Hay unos miradores en un lado, pero habíamos leído que eran de pago y te quedabas empapado de lo cerca que estabas. En realidad, desde el aparcamiento de esos miradores ya se puede hacer la foto. Pero nosotros fuimos desde el pueblo, que da a una especie de jardines. Aprovechamos para comer nuestras ensaladísimas (esta vez trajimos tenedores… bueno, tenedor, que cometimos un error de selección al traerlos).

Y a partir de ahí… el diluvio. Dos truenos y aparecieron los chuzos, de punta, sin punta, del través y del revés. Paramos en una gasolinera a forrarnos de chubasqueros y seguir para delante. Pero fueron tres horas sin parar de llover, con relámpagos y truenos resonando en todos lados. Seguíamos hacia Jablanica y Mostar. A la hora de parar en una gasolinera, elegimos una por tener un precio ajustado… ¡Error! Al ir a pagar… la tormenta le había dejado sin internet, y el datáfono se negaba a colaborar. ¡Y no llevábamos efectivo! La única solución fue dejar a Belén en prenda y retroceder 10 kilómetros hacia atrás bajo la tormenta a sacar dinero en un cajero. Y volver a la gasolinera, claro…

Tercera anotación, ya más conocida: la M17 desde Jablanica a Mostar la carretera vuelve a ser espectacular, con unas montañas que suben desordenadas desde la orilla del río Neretva. Comenzaba a amainar, y hasta casi salir tímidamente el sol y el arcoíris, lo que nos permitió levantar la vista del húmedo asfalto y admirar esa naturaleza agreste.

Y en Mostar… pues ya no llovía. Paramos en el hotel, nos despojamos de la ropa mojada, salimos a cruzar el puente justo para ver el saltador (hay unos tipos que saltan por cuatro monedas casi cada hora en punto), y cenar con los pocos marcos bosnios que quedaban admirando el puente iluminado mientras los muyahidines llamaban a la oración desde los múltiples minaretes. En definitiva, y a pesar de los chuzos de punta, uno de los mejores días del viaje. ¡Y anda que no quedan aún días para superarlo!

 

De Novo Mesto a Bihac (BiH). La Ruta del Adriático. 7

Cuando comienzo a ver mezquitas, las calles huelen a cordero a la brasa y el camarero te entiende a medias cuando le hablas en inglés, es que he llegado a donde quería llegar. El viaje por fin ha empezado a ser trascendente, de esos que recuerdas año tras año: “¿te acuerdas cuando el camarero me traía una cerveza más en lugar de traerme la cuenta?”. Si, hemos llegado a Bosnia y Herzegovina.

Hemos empezado el viaje en Eslovenia, con mucha calma ya que debido a la improvisación de ayer, hoy debíamos hacer pocos kilómetros. Pero cruzaríamos un par de fronteras. En Novo Mesto, al lado del hotel, fuimos a ver su castillo, que más que castillo era un caserón del siglo XVIII. Pero con encanto. Después de eso, y sin encontrar -por enésima vez- una pegatina de Eslovenia, pasamos la frontera croata.

Seguimos la ruta, hasta que vimos en Ribnik un precioso castillo circular que no teníamos  previsto encontrar. Muy fotogénico. Además, con escasos 20ºC y cielos nublados todo nos parecía 100 veces más maravilloso que los días previos, donde el calor no favorecía disfrutar de prácticamente nada.

Seguimos hasta el castillo de Frankopan, que en realidad sería mucho más antiguo pero no era nada del otro mundo, al menos a nivel estético. Dos fotos de rigor y seguimos ruta entre frescos bosques, verdes laderas y pastos con olor a heno. La siguiente parada era el monumento Banija & Kordum, que es de estos de la antigua Yugoslavia que están medio destartalados pero que a mi me gustan tanto. Pero a 3km de llegar la carretera presentaba unas barreras que dejaban claro que por ahí no se podía pasar. Paramos un rato a descansar a su lado hasta que vimos una pareja croata con una V-Storm que venían desde el otro lado de la barrera. Intentaban pasar por una pasarela de madera medio podrida que en realidad era el camino peatonal que salvaba la barrera. Lo vi en dificultades así que me ofrecí a ayudarles empujando su moto. Entre los cuatro, conseguimos que pasara. Hacía tiempo que no sentía ese espíritu de camaradería entre moteros, más allá de hacer “V’s” cuando te cruzas. Pasamos un agradable rato charlando de esas cosas que hablamos los moteros.

Tocaba pasar de frontera nuevamente, esta vez a Bosnia y Herzegovina. La frontera fue más trabajada con control de documentos nuestros y de las Ducati. Todo en orden, podíamos seguir camino. A poco de pasar la frontera abortamos la idea de llegar hasta el castillo de Velika Kadusa, debido fuertes rampones sin asfalto que llegaban hasta él. Seguimos camino con tranquilidad, parándonos a comer a pie de carretera en una antigua parada de autobús, quedaba poco más de media hora para llegar al hotel e íbamos genial de tiempo.

La última visita programada del día era el castillo de Ostrozac. Sin mucha idea de si había que pagar o no, acabamos en sus jardines interiores lleno de esculturas pintorescas. Admiramos su arquitectura y salimos sigilosamente por si en un descuido nos habíamos saltado las taquillas.

A pocos kilómetros de allí encontramos nuestro hotel, nuevo, de gran categoría y barato: otro de los alicientes de estos países balcánicos. Descansamos, hicimos la colada y por la noche dimos una vuelta por la ciudad cenando comida local (con algún que otro problema idiomático con el camarero, que confundía “bill” con “beer” y de poco me trae otra! Mañana toca viajar por Bosnia, con temperatura similar y seguro que con tan buenas sensaciones como las que nos ha deparado el día de hoy.

De Venecia a Novo Mesto (Eslovenia). La Ruta Adriática. 6

Sí, es el capítulo 6 porque ayer era el 5. ¿Que no hubo capítulo? Vale. Pero hubiera sido el 5. Aclarado este importante tema, vamos al lío.

Mira que me las prometía felices cuando hemos salido del hotel de Mestre con 29ºC… Pero pocos kilómetros después ya estábamos a los habituales 36ºC. Algo más nublado, lo que en ocasiones la sombra te daba algo de tregua. La primera parada fue Palmanova, una belleza de sitio… siempre que lo veas a vista de pájaro. Patrimonio de la Unesco y todo, fundamentalmente por ser una ciudad fortificada en forma de estrella, con muralla, foso y toda la mandanga. Calle radiales, algunas calles perimetrales… Una gozada para el viajero con algo de TOC como yo. Pero lo chulo es verla desde el aire. Si has llegado a este blog buscando consejos de viaje por la zona, ya te digo que mejor te vayas a Údine y no pierdas el tiempo en Palmanova.

Desde allí, y ya con 38ºC seguimos avanzando penosamente por las carreteras que transcurren entre polígonos, de rotonda en rotonda, buscando la frontera con Eslovenia. En Koper (o Capodistria, que es más explicativo, al ser la primera localidad de la península de Istria), acabamos refugiándonos en un McDonalds para comer una ensalada. Seguimos después caravana tras caravana hacia Piran, que ya habíamos visitado otras veces, pero nos apetecía volver. Pues misión fallida. Ya no puedes llegar al pueblo, te cortan el paso unas barreras que te obligan a aparcar en el parking de pago… y no encontramos sitio gratuito para las motos, así que un poco agobiados abortamos misión y nos fuimos hacia el interior.

Y allí todo cambió. La temperatura comenzó a bajar. Soplaba un viento con algo de frescura prominente de las tormentas cercanas que nos alivió. Y las carreteras volvieron a ser carreteras, serpenteando entre colinas, bosques y pequeños pueblos pintorescos. Y así, con esta alegría en el cuerpo llegamos al Castillo de Predjama, que volvíamos a visitar 10 años después de nuestro primer viaje a Estambul. Allí estaba, impertérrito. Sin siquiera reaccionar a lo que ha cambiado el mundo tras la pandemia. Por él no pasan los años.

Después, una rareza. El Monasterio de Bistra. No estaba previsto en la ruta hasta ayer, cuando cambiamos el destino -que inicialmente era Pula- debido a lo desorbitado del precio de los hoteles en la costa croata. Así que buscando un hotel medianamente asequible hemos acabado en el interior de Eslovenia, cerca de Ljubljana. Y pasando por este pequeño y coqueto monasterio que más bien parece un castillo medieval, donde la carretera atraviesa incluso una de sus puertas.

Y aquí me tienes, en Novo Mesto intentando metabolizar la jarra de cerveza y la barbaridad de comida de la cena. No me digas qué era… porque uno era un plato “sorpresa” donde se combinaban mejillones, cigalas, pulpo y palitos de cangrejo con una sabrosa salsa de tomate con ingentes cantidades de queso fundido. Y el otro plato, también se las traía, pollo con queso y jamón, todo rebozado y nadando en un mar de patata gratinada. Al menos, hemos podido pedir “café con leche pequeño, con poco café y descafeinado”. Lo que viene siendo un cortado descafeinado corto de café. Después, paseo nocturno por el parking del hotel para ver… ¡un pedazo de avión que tienen aquí aparcado! Pero no una Cessna, no… Diría que es todo un CRJ700. Finalmente, hemos comenzado a encontrar lo que veníamos buscando: reencontrarnos con estas peculiaridades que te hacen disfrutar cada minuto del viaje. Buenas noches.

 

De Torino a Brescia. La Ruta Adriática. 3

A ver, hoy no esperéis muchas florituras que si supieseis el esfuerzo que estoy haciendo para escribir esto, fliparíais. A modo de resumen: 400 km a unos constantes 30-34ºC. Media de velocidad total de menos de 45 km/h. No he cenado y me muero de sueño. Así que vamos al lío.

Torino, un auténtico caos a las 8 de la mañana. Imposible llegar a los pies De la Torre Antonelliana. Al final, una foto mal hecha desde el paso de peatones. Y salimos corriendo entre el tráfico de la gran ciudad.

Llegamos a Ivrea. Queríamos visitar su castillo de tres torres (eran 4 antes de que cayera un rayo en la que precisamente albergaba el polvorín). Problemas para encontrar aparcamiento para las motos, pateada hasta el castillo, que no me parece tan impresionante como me lo imaginaba y listos.

Seguimos hasta el Ricetto di Candelo. Es una miniciudad amurallada (más bien un barrio) con 5 o 6 calles formando una especie de cuadrilátero. Es curiosa, cuanto menos. Pero le falta una vuelta de cara a que haya más turismo: hay un par de tiendas de artesanía, algunos bares -la mitad cerrados- y por tanto se encontraba casi desierto. Que le da un encanto, oye… pero vista una callejuela, vistas todas.

El Lago di Orta ha sido lo mejor de la jornada. Un estupendo lago con una isla en medio llena de palacetes y una basílica. Y todo ello lo puedes ver desde San Giulio, a pie de lago desde pequeños embarcaderos escondidos o desde la bulliciosa plaza llena de puestecitos de artesanía y terrazas. Pero para nada masificado a niveles de Como. Comimos allí un par de ensaladísimas. Por cierto, señores de La Carretilla… ¿desde cuándo no ponéis tenedores en vuestras ensaladas? Ha sido un poco desagradable comerme la ensalada de pasta y atún con un trozo del cartón del embalaje.

En Varese teníamos que ver el interior de la Basílica de San VIttore. Pero resulta que tenían un funeral dentro, por lo que ha sido entrar de puntillas, admirar rápidamente sus trabajados techos y ni hacer la foto por respeto. Luego nos hemos resarcido con una Coca-Cola en un bar de un centro comercial lleno de la tercera edad contando batallitas.

A partir de ahí todo ha sido un despropósito: el GPS me envía a Suiza camino del Lago di Como, Como lleno de atascos, y la carretera por el borde del lago hasta Bellaggio se hacía interminable, a 40 por hora, por la estrechísima carretera intentando sobrevivir a las tapias de las casas, los autobuses en sentido contrario o los peatones que circulaban por ella. Y Bellaggio no ha valido la pena. La verdad es que las vistas hasta llegar, si, pero tampoco podía apartar mucho la mirada. Luego, poner gasolina a 2,25€ (y descubrir luego que a 300m había una a 1,75€…).

En ese momento habíamos decidido que nos saltábamos Lecce (del que ya vimos a lo lejos su torre con una peculiar forma de lápiz) y Bérgamo (que ya visitamos en un viaje anterior). Así que nos dirigimos a nuestro hotel en un pueblecito cerca de Brescia. Llegamos a eso de las 21h, y -¡oh sorpresa!- no pudimos cenar en ningún lado. Así que ya me veis, en la cama hincando el diente al fuet mientras escribo estas líneas. Así que nada, a dormir que con el sueño se mata el hambre.