La Ruta Turca. De Belgrado a Pozega. 24JUL2019

El hotel de Belgrado era especial… por llamarlo de alguna manera. Su puerta está escondida en un patio interior al que se accede desde la calle. Difícil de entender, pero es así. Nos atendió una señora rubia entrada en años, que bien podría ser prima de la que nos encontramos de luto y despeinada hace unos días en una curva. Por dentro, el hall era espectacular, con una gran escalera y un primer piso con barandilla. Todo correcto, al parecer.

Pero por la mañana ha comenzado el terror. Nos levantamos, tras una noche oyendo gotear varios grifos. Y no había nadie. Ni en el hall, ni en ningún lado. No habíamos tenido opción de preguntar la hora del desayuno, ya que al llegar de cenar no había nadie en recepción. Indagando, bajamos unas escaleras y encontramos el restaurante, con un señor entrado en años desayunando y la dueña/recepcionista de ayer con los mismos pelos. Se levantó rápidamente.

—Allí tenemos un jardín —dijo mientras nos invitaba a salir extendiendo el brazo. Así que salimos. Agradable. Nos sentamos en una mesita que había bajo una gran higuera, mientras que otra familia acababan su desayuno que que presumiblemente habían traído en unas bolsitas de papel. Todo comenzaba a ser extraño. La señora había desaparecido, y pensamos que estaría haciendo el desayuno. Esperamos. Observamos el gato que dormitaba sobre un tejado. Seguimos esperando. La familia había desaparecido. Me adentré nuevamente en el edificio. El señor que desayunaba ya no estaba. Ni rastro de la señora. Me asomo en la cocina destartalada. Tampoco estaba. Así que volví a salir al patio, a seguir esperando.

A la media hora de esperar, decidimos marcharnos. Por un lío en la reserva, es posible que no tuviéramos el desayuno pagado, pero sí que teníamos la opción de desayunar por 10€… Pero allí no apareció nadie. Al salir de nuestra habitación con las maletas, en el hall apareció la señora. Seguía despeinada, rubia y entrada en años. Y con una sonrisa me extendió la factura. Pagué (con alguna dificultad por la tarjeta de crédito) y nos fuimos. Todo muy extraño.

Y el día ha seguido de mal en peor. Finalmente desayunamos en un bar chic cercano, donde tardaron lo indecible. Así que salimos de Belgrado más allá de las diez y pico de la mañana. La primera visita, en Sremski Karlovei*, pse. Pasable. Mucho palacio e iglesias por metro cuadrado, pero ya de ese estilo centroeuropeo y barroco que no me atrae mucho.

Luego, en Novi Sad** la cosa mejoró, aunque más de lo mismo. Por lo menos pudimos comer gastándonos nuestros últimos 500 dinares (unos 4€) con dos pedazo de hot dogs que me va a costar dos subidas a Gallifa en bici para quemarlo. Ilok* nos lo pasamos sin parar, porque no vi nada reseñable. Y Vukovar*, donde quería parar para ver su famoso depósito de agua, dejado todo agujereado como homenaje al asedio que vivió la ciudad en la guerra de los Balcanes… Pues que el depósito estaba lleno de andamios. Día redondo de momento.

En Dakovo** está la iglesia más valorada de esta zona de Croacia (sí, ya hemos cambiado de país, pasando por una frontera de Pin y Pon). De ladrillo, y super alta. “Imprescindible ver sus frescos del interior”, decía mis notas. Pero allí todo estaba cerrado.

—Vaya mierda de día— pensé. Pero borré ese pensamiento de inmediato. Porque un día de mierda de vacaciones, viajando por Europa en dos motos (sobre todo cuando una la robaron hace dos semanas), es mil veces mejor que el mejor día de trabajo que he tenido en veinte años.

Al final encontramos una puertecita lateral, por la que nos aventuramos a entrar, casi a hurtadillas, sin hacer ruido. La verdad es que el interior es espectacular. Lo mejor del día con diferencia, aunque eso no era muy difícil. Pero valía la pena aunque nos echaran bronca si nos encontraban. Pero lo cierto es que había gente rezando dentro. Y siguió entrando gente. Así que no estábamos tan de okupas. Solamente tendríamos que haber empujado la puerta principal para entrar. Pero a veces buscamos caminos alternativos, que no son ni mejores ni peores, sino diferentes.

Y el día de mierda se transformó al descubrir el interior de la catedral de Dakovo, y al surfear durante cincuenta kilómetros por una carretera solitaria, rodeada de girasoles en flor con buen asfalto y mejores curvas.

Porque cualquier día de mierda puede volverse del revés. Solamente hay que tener ganas de que pase. O de encontrar la puerta lateral.

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