Día 4. 27 de Julio, Stockholm

El día amaneció soleado y brillante. Radiante. A pesar del cansancio acumulado, daban ganas de ir en moto. La mayor parte de la ruta transcurría por carreteras generales, así que me desintoxicaría finalmente de tantos miles de kilómetros de autopista (y no es una exageración).

La carretera transcurría entre maravillosos bosques de coníferas, que rodeaban la cinta de negro asfalto como queriendo absorberla. El olor era limpio y claro, con ese perfume que te recuerda que la naturaleza está ahí para disfrutarla.

Los pueblos iban surgiendo cada pocos kilómetros, dispersos, con sus casitas de Pin y Pon de brillantes colores y nombres sacados del catálogo del IKEA. La carretera en unos primeros momentos me parecía maravillosa, hecha para disfrutar del paisaje y de ese sol que lo inundaba todo, aunque después de varias horas se iba haciendo monótona. Pero era caprichosa en cuanto a las limitaciones, ahora a 90, ahora a 70… ahora a 100… sin ton ni son, ni con una lógica concreta. En algunos momentos se tornaba autopista, y en otras se degradaba a simple carreterita provinciana. A veces tenía dos carriles, a veces uno, alternándolos con el sentido contrario, y siempre separados por unos intimidatorios -al menos para los motoristas- cables de acero.

Una sonrisa invadió mi rostro al ver la primera señal donde advertían de la presencia de renos. “Ahora sí. Ahora ya puedo decir que estoy en Escandinavia!”, pensé. La mítica imagen vista hasta la saciedad en fotos y foros moteros se hacía realidad en mi retina. Solamente queda ver los renos en directo.

La primera parada fue en Karlskrona, verdadera ciudad que vive de cara al mar, con diversos puertecitos de embarcaciones de recreo, y quizá -al menos en su casco antiguo- con más amarres que edificios.

Kalmar, otra ciudad agradable, como casi todas las que veo pasar rápidamente a través de mi casco. Presenta una gran plaza adoquinada, preservada en el tiempo, con edificios señoriales y una gran iglesia… y con WiFi. Allí aproveché para ponerme al día y tomar un ligero tentempié. Después, visita fugaz a su impresionante castillo a orillas del mar por la que es famosa la localidad.

Hacer 385 kilómetros con el depósito de la BMW es algo que hasta la fecha no había conseguido. Medias sostenidas de 90 km/h es lo que tiene, que consiguen consumos de hasta 4,1 l/100km. Genial; además de ver el paisaje -y olerlo-, voy ahorrando. Pero me estaba quedando sin gasolina, y hacía bastante tiempo que no veía señal alguna de gasolinera en la ruta. Así que decido desviarme -previa consulta al GPS- para encontrar una por las carreteras secundarias. Tras 15 kilómetros por unos paisajes aún más extasiantes si cabe, donde alternan bosques de abetos con lagos calmos que desdoblan la naturaleza reflejándola como un espejo, me encontré que la gasolinera lleva bastante tiempo abandonada. Eso supone otros 15 kilómetros de retorno y otra nueva búsqueda. Cuando me quedaban según el ordenador de a bordo 25 kilómetros de autonomía, finalmente encontré dónde repostar.

Los 150 kilómetros finales de autopista hasta Estocolmo se hicieron algo pesados. Finalmente llego al hotel, situado a las afueras de la capital. Un pedazo de 4 estrellas que de verdad es un 4 estrellas. Y a precio muy contenido. He de dar las gracias a Merche y al equipo de Barcelona que se pusieron las pilas -y de qué manera- para encontrarme esta maravilla de hotel.

Una ducha rápida y salí hacia Estocolmo a cenar. El GPS apenas sirve de nada ante tal cantidad de túneles que me encontré. Tras alguna que otra pérdida, me encontré la silueta de la ciudad recortada sobre una imponente puesta de sol. Puentes y túneles se iban sucediendo uno tras otro, dejando a un lado y a otro edificios señoriales, palacios e iglesias, puestos sin ningún orden ni concierto, como si estuvieran a punto de eliminarte en una imaginaria partida de Tetris. Cené como pude (a las 10 de la noche es tarea casi imposible) en un supuesto italiano, donde ni saben hacer salsa bolognesa ni saben lo que significa “al dente”.

Mañana no hay ruta. Mañana toca descanso y visita de esta perturbadora ciudad, que me fascina y me agobia a partes iguales. Fascinante lo que ví, pero agobiante… porque no sabré ni por dónde comenzar a visitarla.

Hoy han sido 754 kilómetros, durante 8 horas y 59 minutos, a una media de 84 km/h y una punta de -no se lo digáis a nadie- 132 km/h. La media de consumo fue de 4.5 l/100km. Y la ruta la tenéis aquí abajo.

The Long Way North. Day 4


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3 pensamientos en “Día 4. 27 de Julio, Stockholm

  1. Belén

    Esta vez cambiaré de impresión y te daré además un punto extra positivo por las fotos, mira la parte agobiante ya puedes ir obviandola pues es día , el de mañana , de disfrutar , de hacer turismo ,veras como las cosas a pie pasan más despacito por tu retina , dan opción a tu maravilloso objetivo de captar todas esas instantáneas q se reflejan en tu retina y q los demás disfrutaremos cuando las cuelgues.Disfruta .

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