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La aventura de cada fin de semana

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Sopa con una bola enorme de Whiskas. Eso es lo que hemos cenado. El chico del hotel decía que era casera, pero el aspecto era de Whiskas. Al menos estaba bueno. O eso, o que tenía mucho hambre. Llegar a las 21:30 de la noche al hotel implica cenar lo que buenamente quieran prepararte. Y es que hoy ha vuelto a ser un día duro, de los de más de nueve horas en moto. Después de hoy, ya lo puedo decir: me equvoqué. La teoría de que al cuarto día de moto desaparecen todos los males es incorrecta. A partir de mañana las tiradas en moto serán más cortas, y tendremos más tiempo para reponernos. Al menos eso es lo previsto.

Después del desayuno, nos dispusimos a visitar el famosísimo Stelvio. Es la meca tanto del motero como del ciclista, que a pares iguales abarrotan desde buena mañana los pequeños puestecitos de souvenirs en busca de la ansiada pegatina que certifique haber estado allí. Las vistas desde ahí son espectaculares. Pueden divisarse desde ahí gran parte de los tornanti que van bajando en volandas la carretera por la escarpada ladera de la montaña. Y ya. Stelvio no tiene más. Está sobrevalorado. Ni el paisaje es especialmente bonito, ni por supuesto el trazado de las curvas hace disfrutar de la moto. De hecho es un sufrimiento ir sorteando uno tras otro los tornanti rebozados de pésimo asfalto. Hay que ir tirando de embrague en cada uno de las curvas, y la moto tiene tendencia a caerse hacia el interior. Desde luego, la foto queda bonita, pero realmente no tiene nada más. Para los ciclistas subirlo debe ser toda una hazaña, y es que las caras que ponen al subir los más de 50 giros eran patéticas. Por cierto, nunca he visto un ciclista sonriente, ni siquiera bajando puertos. Les queda ya la frente arrugada y el rictus de sufrimiento casi de por vida.

Después vendrían unos cien kilómetros de atestadas carreteras italianas, pasando pueblecitos con un tráfico horrible. Eso cansa a cualquiera. Atravesamos Austria de sur a norte, pasando por típicos pueblecitos tiroleses, con sus iglesias puntiagudas y sus miles de hectáreas de pastos verdes. La idea era llegar hasta el castillo de Neuschwanstein, la locura que Luis II de Baviera construyera entre montañas. Y lo vimos. Y como el Stelvio, ese castillo está sobrevalorado. Walt Disney lo copió y lo mejoró. Sin duda.

Lo mejor de hoy ha sido los casi cien kilómetros por carreteras secundarias alemanas, con un asfalto perfecto, diseñadas para motoristas, para hacerlas a un ritmo rapidillo sin tener que frenar. Y todo ello embellecido por perfectos fondos de pantalla de Windows. Colinas y más colinas de un verde intenso, de ese que hace hasta daño a la vista, de ese que lo inunda todo con el sol del atardecer y hace que solamente puedas pensar en verde…

Vuelta a entrar en Austria, y otros doscientos cincuenta kilómetros hasta Oberdrauburg. Las nueve y media de la noche y nos recibe una banda de música en el centro del pueblo. Pero lo que queremos es encontrar el hotel y cenar. Aunque sea una bola de Whiskas. Pero me ha gustado.

La ruta del día la tenéis aquí:

 

Etapa 4: Del Stelvio a Oberdrauburg


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“10 tornanti”. Eso rezaba la señal. Si ya es duro de por si meter los 300 kilos de moto en esas curvas de primera y embrague, más lo era de noche. Agotado, o más bien extenuado, la tarea de negociar esas diez endiabladas curvas se me antojaba imposible. Llevábamos más de nueve horas y media encima de la moto, setecientos kilómetros de curvas alpinas a nuestras espaldas. Eran más de las diez de la noche y estábamos subiendo el Stelvio.

Hoy ha sido un gran día, de esos que recuerdas toda la vida. Las aventuras han de ser duras para ser recordadas, y la de hoy lo ha sido. No voy a comentar en esta crónica los pormenores de la ruta, lo que pasó aquí y allí, o dónde desayunamos o pusimos gasolina. Solamente quiero dejar constancia de lo que hicimos o de lo que sentimos. Será tema de otro post, quizá ya en casa, analizar uno por uno todos los puertos de montaña por los que hemos pasado. 

A pesar de que puede parecer que acabamos de llegar del infierno, la verdad es que hoy hemos visitado el paraíso. Los paisajes, las montañas, los valles y los bosques me han hecho incluso derramar alguna que otra lagrimita. Estábamos en el mejor lugar del mundo! En ocasiones, los caprichosos bucles, curvas, contracurvas o galerías de las carreteras nos han hecho reír. En definitiva, Cabo Norte ha de ser visitado alguna vez en la vida, pero quien recorre los Alpes en moto dudo que se conforme con una sola visita.

Kausenpass, Sustenpass, Grimselpass, Furkapass, St. Gothard Pass, Passo de San Bernardino, Splügenpass, Malojapass, Berninapass, Passo del Foscagno y Paso del Stelvio, casi todos ellos de más de 2000 metros de altura. Todos estarían en el carnet de baile de un motorista que quiera pasar una semana por la zona. Pues nosotros los hemos hecho en un solo día. Las hazañas se forjan con sufrimiento, y este ha sido el nuestro. Si para mi ha sido duro, no puedo ni imaginar cómo ha sido para Belén, que ha aguantado estoicamente todos esos puertos. Hoy ha nacido una heroína. @MaryPomppins se ha licenciado como motera. Cum Laude. 

 

La ruta de hoy:

Etapa 3: De Zurich a Stelvio


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Sordo. Así es el dolor que me recorre los brazos desde las muñecas hasta más allá del codo. No es intenso, pero es insistente. Me recuerda al “viaje de prueba” que hice hace más de un año al Cantábrico. Era la primera vez que apareció, al segundo o tercer día de viaje. Por aquel entonces, pensaba que sería irreparable, que arruinaría todo lo que quedaba de viaje, y que me haría desestimar mi locura del Cabo Norte. Pero, y no es por contradecir las Sagradas Escrituras, al cuarto día, desapareció. También pasó en Suecia el verano pasado. Al cuarto día todos los males desaparecen. En este viaje falta poco para eso, lo espero ansioso.

La jornada de hoy está programada para hacer pocos kilómetros (menos de 300), para descansar algo del palizón de ayer. Hemos de sumarle los cien que no hicimos ayer (de hecho el plan original era seguir hasta Sion, en lugar de quedarnos en Aosta). Por lo tanto, fuimos algo tarde a desayunar. De hecho, éramos casi los últimos, y el desierto comedor estaba repleto de mesas sin recoger, donde era evidente que ya habían desayunado el resto de huéspedes.

Es solamente el segundo día, pero ya hemos adquirido ciertas habilidades para guardar el equipaje. Cada vez tenemos más sitio, y los bultos quedan mejor repartidos. El día está radiante, cielo prácticamente despejado y visibilidad excepcional, perfecto para contemplar el paisaje de altas montañas que nos rodea. Hacia el norte, más allá de la pista de aterrizaje que tenemos enfrente, es posible distinguir una pequeña brecha en las montañas. Es allí donde comienza el primer puerto de montaña del día, el Gran San Bernardo.

En comparación con su hermano pequeño, el Gran San Bernardino tiene otra categoría, otra clase. Al ir acercándote a la pared, comienzas a ver sus tornanti construidos en piedra, amplias rectas entre uno y otro, que casi acaparan todo tu horizonte. A pesar del frío reinante, son muchos los descapotables que se aventuran a recorrer el puerto sin sus capotas. Y es que la belleza del paisaje es tal, que sería un sacrilegio taparlo con un techo. Si multiplicamos el efecto, se podría comprender cómo se disfruta en moto por estos parajes.

Ya en Suiza, y con la preceptiva vignette para las autopistas helvéticas, iniciamos la bajada. La carretera está algo menos cuidada, más hacheada y sin tanta clase como desprendía el lado italiano. Y es que la orgullosa Suiza parece tener bastante con sus Furkapass o Grimselpass, y relega al Gran San Bernardo a un segundo o tercer plano.

El Valais y el valle de Sion, rodeado de enormes montañas por donde trepan como pueden los cultivos vinícolas, desaparecieron casi por arte de magia, deseosos como estábamos del plato fuerte del día, el Grimselpass. Las paellas se suceden una tras otra para ganar altura, alternando el protagonismo con los túneles para el vistoso y antiguo tren de vapor. En un momento dado, la carretera se bifurca. A un lado el Grimselpass, y al otro el inicio del Furkapass. Mires donde mires, no ves otra cosa que paellas y más paellas que ascienden por las laderas escarpadas, como si de un gran milagro de la ingeniería se tratara.

A los lados, paisajes típicamente heidianos, donde parace que de un momento a otro van a aparecer Pedro con las cabras o el abuelo con el perro. Casas de madera oscura y geranios que cubren todos sus balcones forman pueblos tan perfectamente alpinos que sería imposible incluso imaginarlos. Praderas solitarias con unos pocos abetos salpicándolas, se intercalan con los herméticos bosques lúgubres y tenebrosos que casi se desparraman hasta la carretera. También es posible ver algún que otro lago, con agua de color blanquinoso, alimentados por pequeños ríos que bajan con fuerza de los glaciares cercanos.

Finalmente llegamos a Interlaken, cuna del alpinismo selecto.Pasamos frente al Casino, que mira incansable día y noche al nevado Jungfrau, que asoma entre las montañas cercanas. Mientras, los parapentistas no paran de despeñarse desde la retaguardia, para dejarse posar grácilmente en el jardín cercano. En Interlaken es difícil no dejarse embaucar por las tiendas de souvenirs repletas de navajas suizas, o por las selectas tiendas de relojería suiza. Nosotros no pudimos resistirnos a la tentación y pasamos un agradable rato de escaparates.

Se hacía tarde, y decidimos acercarnos a Luzern por la vía rápida, a través del Brünigpass y sus pequeños pueblecitos de montaña. La luz de la tarde bañaba el famoso puente de madera forrado completamente de geranios, y nos perdimos entre la riada de paseantes que disfrutaban de la agradable temperatura. Un corto pero revitalizan paseo. Camino de Zurich, y casi llegando ya, nos sorprende la cegadora luz de un flash que nos retrata por delante, y también por detrás. Aviso a navegantes. Afortunadamente no íbamos excesivamente rápidos.

La aventura final del día vino impuesta por no haber cargado el mapa de Zurich. Un poco de intuición, un mucho de orientación y una pizca de suerte nos hicieron dar con el hotel mucho antes de lo que suponía. Ahora solamente quedaba disfrutar de la maravillosa ciudad con sus innumerables iglesias puntiagudas iluminadas y reflejadas en las tranquilas aguas del río Limmat.

Cansados pero no tanto. Contentos por poder disfrutar de estas maravillas en moto. Agradecidos por un día radiante que atemperó algo los fríos puertos de montaña. Los dolores, sordos o no, son parte del viaje. Y se a ciencia cierta que al cuarto día desaparecerán. Aunque parezca difícil superarlo, esto no puede ir más que a mejor.

La ruta del día la podéis consultar aquí:

Etapa 2: Aosta – Zurich


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Se supone que debería comenzar los relatos de esta nueva ruta de Oriente con unos textos vivos, mordaces, frescos e ingeniosos. Pero después de 950 kilómetros y casi diez horas encima de la moto, creo que el ingenio y la frescura quedaron atrás, quizá perdidos entre las mil y una curvas del Col de l’Iseran. Sea como sea, vamos a intentar llevar a buen puerto esta primera crónica comenzando por el principio.

Seis de la mañana. El despertador se empeña en despertarnos incluso antes de que lo haga el sol. La noche ha transcurrido en un auténtico suspiro, un visto y no visto que se antoja a todas luces insuficiente para soportar el intenso día que nos espera. Los trastos están listos en la moto desde anoche, por lo que en poco más de una hora estamos en ruta. La autopista hacia La Jonquera se desliza silenciosa por su habitual recorrido. Los primeros momentos van sucediéndose entre pensamientos tristones y desalentadores. Quizá sea un exceso de responsabilidad -esta vez no voy solo, no puedo pretender que mi viaje ideal sea el mismo que el de Belén-, quizá el temor a la dura jornada que tenemos por delante… Sea como fuere, hasta que no retumbaron en mi casco esos ritmos activadores de las canciones de mi iPhone no pude esbozar una sonrisa. Café con leche en La Jonquera, junto con los últimos tweets con 3G. A partir de ahora, solamente dependeremos de la benevolencia de los wifis foráneos.

Como suele pasar en los primeros kilómetros franceses, el viento arrecia desde el oeste, haciendo la conducción algo pesada e incómoda. Y así estuvo hasta bastante más allá de Montpellier. Pensando en otras rutas de otros viajes, se que el secreto es ir dejando pasar los kilómetros de autopista uno tras otro, sin mirar en exceso esa ventanita del GPS que va indicando lo que falta.

Pasado Grenoble, la autopista comienza a ascender, y el frío empieza a hacerse notar. Los desvíos se van sucediendo entre nombres de míticas etapas del Tour de Francia. Croix de Fer, Galibiers,… y al poco rato, el Col de l’Iseran, donde nos desviamos. La carretera asciende por las verdes laderas, casi sin molestarlas, pidiendo permiso. Curva aquí y pendiente allá, vamos ascendiendo hasta la cima, a 2770 metros. Allí nos recibe un fuerte viento y un frío de órdago, sobre todo si vas con la equipación de verano. Hago las pocas fotos que me permiten mis entumecidos dedos, y hago cola entre otros moteros y ciclistas para hacerla en el preceptivo cartel indicador, mientras el termómetro de la BMW marca los 4,5ºC.

La bajada hacia Val d’Isère nos va devolviendo algún grado más de temperatura, mientras nos cruzamos con multitud de motoristas. La moto parece rugir con fuerza en los múltiples túneles de la carretera, mientras las nieves perpetuas coquetean con los grises nubarrones que de momento no se atreven a descargar.

El Piccolo San Bernardo sería el puerto de montaña que nos llevaría hasta Italia. Un sinfín de paellas -o tornanti, como les llaman los italianos- dan a la carretera el aspecto de un acordeón. En su cima, una gran estatua del pobre santo, que tiene que cargar con la pena de ser confundido con un perro con un barril de whisky cada vez que se le nombra. De hecho, la estatua de San Bernardo también compite con un perrazo de cartón piedra que sin duda es el preferido para las fotos de los que por allí pasan.

Finalmente el Valle de Aosta. Preferimos hacer los últimos cuarenta kilómetros por la autopista, plagada de túneles “perpetrados” en las laderas del valle en aras de una mejora en la comunicación del valle con el exterior. El hotel se encuentra pared con pared del aeropuerto donde de manera casi incesante, van despegando y aterrizando helicópteros, incluso ya en la negrura de la noche. A nosotros solamente nos queda cenar en el bonito pueblo alpino y regresar al hotel a reponer fuerzas.

La ruta del día la podéis ver aquí:

Etapa 1: Terrassa – Aosta


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