Me desperté tarde. Hoy me lo merecía. Me hacía ilusión visitar Estocolmo, pero lo primero es lo primero, y tenía que descansar. La entrada triunfal que hice ayer en la ciudad con las últimas luces del día me empujaba a repetirla y grabarla en video. Pero la mini cámara que llevo dejó de funcionar, así que dediqué la primera hora del día (que para mí fue de 10 a 11 de la mañana) a comprarme una en el MediaMarkt. No es tan manejable como la otra, pero supongo que con un poco de velcro se aguantará… (esto presagia oscuras aventuras…).

Cuando llegué al centro de Estocolmo, a la Gamla Stan, lo ví claro. Era imposible verlo todo, así que dejé la guía en la maleta de la moto, me armé con mi cámara y comencé a andar, así “a pelo”. Lo que salga, saldrá. Y lo que me olvide de ver,… estará allí para la próxima.

Mientras camino voy pensando más en fotografiar esto, grabar aquello, o en cómo plasmarlo en cuatro frases… más que en disfrutar lo que veo. Esto me hizo reflexionar si vale la pena todo este montaje, o los viajes han de ser más… individuales. Y esa reflexión llegó tan adentro que me mareé. Me di cuenta que no viajo para ver cosas… Viajo para explicarlas, para fotografiarlas. Ese es el motivo del viaje, ser una musa, una fuente de inspiración que me haga ser mínimamente creativo y no tan… matemático. Es quizá el pensamiento más profundo en todo este recorrido… y precisamente lo he tenido mientras iba andando, y no mientras devoraba miles de kilómetros sin otra compañía que las líneas de la autopista -que tal como vienen se van- o Norah Jones susurrándome al oído.

En mi infancia me encantaban los libros, especialmente unos que tenía mi abuelo con fotos de las “Maravillas del Mundo”, como rezaba su título. Recuerdo que una de ellas era sobre WASA, la embarcación puntera de la marina de guerra sueca que se hundió en el mismo momento de su botadura -como le pasó a la carabela de la Expo de Sevilla con el Curro dentro- hace ya unos cuantos siglos. Pues esa embarcación se reflotó y está expuesta en un museo aquí, en Estocolmo. Me acerqué a verla, pero las inmensas colas me hicieron desistir. En su lugar, me tumbé en un parque cercano y me puse a leer los últimos capítulos del tercer libro de Millenium. Tiene gracia que tras muchos meses de lectura me acabe el libro de la Salander precisamente en Estocolmo. Son los regalos que te da el azar. Seguramente dentro de unos años no me acuerde ni de qué iba el libro, pero sí que se ambientaba en Estocolmo y que me lo acabé precisamente allí. Por cierto, me he dado cuenta de que hay muchas Lisbeth Salander en Estocolmo. O al menos visten como ella.

A media tarde, cuando cayó la primera gota de lluvia, me volví al hotel. Estaba cansado. Me cansa más andar 3 horas que ir 9 en moto… Me quedan muchas cosas por ver, pero no me importa. Este no era el viaje de Estocolmo. La ciudad se merece uno propio. Como dijo Terminator… “Volveré”. Además aprovecharé para descansar y para acabar trabajo acumulado. Porque hoy hay video. Es lo máximo que he podido hacer con la gracia que me caracteriza:

Hoy he hecho 51 kilómetros en 1 hora y 11 minutos, a una media de 42,5 km/h y un consumo medio de 4,5 l/100 km. La ruta la tienes aquí.

The Long Way North. Day 5


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