TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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¿Te gusta conducir? Sí, pero a mi lo que me gusta es volar. Volar a ras de suelo. Trazar curvas entre verdes colinas con las últimas luces de la tarde, escuchando épicas bandas sonoras de Hans Zimmer. Eso es lo que me gusta. Escuchar el ronroneo del motor de la BMW llevándonos de curva en curva. Eso es lo que me entusiasma. Ver cómo los rayos de sol se cuelan entre las ramas de los árboles, formando pequeños círculos de luz en el asfalto. Eso es lo que me encanta. Oler a pastos recién segados mientras esas últimas luces de la tarde me llevan hasta la bellísima ciudad de Sighisoara. Eso es lo que venía buscando.

Desde Sibiu hasta Brasov la carretera general estaba algo transitada. Se circula ligero, pero hay que tener precaución con los rumanos, que suelen adelantar a trailers con línea continua sin ningún miramiento. Nos sorprende una iglesia con una gran cúpula dorada en Fagaran, puesta ahí, en las afueras, como por azar.

En Rumanía se observan un número de coches europeos relativamente elevado. Incluso españoles. Hoy al menos he podido distinguir cuatro o cinco. Pero no quiere decir que sean españoles. Ni italianos ni alemanes, que también abundan. Observando más detenidamente te das cuenta que son rumanos que trabajan en España y que han vuelto a su país a pasar las vacaciones. De hecho, lo más frecuente es que los españoles viajen en coches rumanos alquilados. Así lo hemos visto en un semáforo, donde la familia que iba dentro se sorprendían de que hubiéramos llegado hasta allí en moto. La verdad es que cosas como esta te hinchan un poco el ego y te suben un punto la moral.

Tanto en Rasnov como en Brasov es posible ver una de las mayores horteradas (sobre todo por el tamaño) de Transilvania -Conde Drácula aparte-. En colinas cercanas existen carteles con el nombre de la población con enormes letras blancas, al más puro estilo hollywoodiense. Incluso en Rasnov estas letras se encuentran a pie del castillo, aún no se si empobreciendo o enriqueciendo la foto.

El castillo de Bran es famoso porque… porque se encuentra en Transilvania. Y punto. A pesar de que todo el mundo habla de que es el castillo del Conde Drácula (o de Blad el Empalador, como queráis), todo el mundo sabe que no es cierto. Ni vivió allí ni siquiera apareció por allí a no ser que se pasara de visita a tomar unas copas. Sea como fuere, el turisteo que se ha montado a su alrededor es bueno. De todas formas es un castillo muy bien conservado, más por dentro que por fuera, y que con sus múltiples habitaciones, pasadizos, galerías y patios merece la pena ser visitado.

Perros. Rumanía está atestada de perros. Callejeros. O carreteros, porque campan a sus anchas por las carreteras. No los verás atados y acompañando a su orgulloso dueño a un paseo vespertino. Y si los ves, es que son de turistas. Los perros rumanos van en manadas y se acercan a ti en cuanto muestras algo de comida, estés en la autopista o donde te pille. Afortunadamente deben ser más listos que los perros callejeros españoles, porque se ven relativamente pocos convertidos en calcomanías por las carreteras.

Lo que también se ven mucho son los niños bala. Sí, esos niños que van en el coche sin sillita, isofix o como se llame, viajando libremente en el asiento trasero, como nosotros hace treinta años. Al primer choque medianamente fuerte saldrán catapultados hacia el cristal delantero, como si fueran una bala. Se estilan mucho por esta zona de Europa. Tanto en Rumanía como en Bulgaria o en Albania.

Nos tomamos un helado tuttifrutti -ya de por sí el concepto es setentero- mientras paseamos por las soleadas calles de Brasov, a la postre la ciudad más grande de la zona. Luego, el trayecto entre Brasov y Sighisoara fue una delicia. El sol hacía que las colinas tuvieran un verde casi fluorescente, intenso y fresco. Todo es mucho mejor a las siete de la tarde de un verano soleado. Las últimas luces del día lo dulcifican todo, dejando en el ambiente un sabor a madera y hierba. Porque los colores tienen gusto. Y además huelen. Al menos en Transilvania. Los edificios de la ciudadela de Sighisoara nos miraron altivos mientras nosotros, acompañados de una amable señora, pasamos ante sus arcos y portezuelas en busca de nuestro hotelito. Situado anexo a una de las puertas de la ciudad, pudimos meter la moto hasta el mismísimo patio de la pensión. Hoy la BMW dormirá tranquila. Y yo también.

Hay días en los que no te levantarías de la cama. Abres un ojo y miras el despertador. No tienes ánimo para avanzar y acabar lo que has comenzado. Todo te da igual: la ruta, las cosas que tienes previsto ver,… ¿Qué hago yo aquí? ¿No podría estar disfrutando de mis vacaciones tumbado al borde de una piscina con una clara bien fría y unas aceitunas rellenas de anchoa? ¿Se puede saber qué hago madrugando en un pueblo perdido en medio de Bulgaria? A pesar de todo, acabo montando todos los bultos en la moto y comenzando la ruta. Mis pensamientos siguen dándole vueltas a lo absurda de la situación. Hasta que echo la mano atrás y toco la rodilla de mi copiloto. En ese momento es como si se encendiera una luz en la oscuridad, como si salieras en el otro lado del túnel: en realidad estoy donde quiero estar y con quien quiero estar. ¿No es eso ya bastante? Una caricia en el momento justo hizo desaparecer los miedos. Un acelerón en el momento justo me devolvió a la libertad.

El primer punto de interés del día era el monasterio de Arbanasi. Después de recorrer el pequeño pueblo plagado de hoteles de arriba a abajo y de abajo arriba, no había rastro del monasterio, y eso que estaba reiteradamente anunciado. El tiempo que teníamos para visitarlo ya lo habíamos perdido buscándolo. Así que desistimos y seguimos ruta hasta Ivanovo. Allí nos esperaba una iglesia incrustada en la roca. Bueno, de hecho nos esperaban 132 escalones, 4 euros de entrada y una pérdida de tiempo importante. No podíamos creer que la visita fuera solamente esa estancia excavada en la roca. Desde luego fue absolutamente prescindible.

Ruse era el punto elegido para pasar la frontera hacia Rumanía. Una garita, nos miran los pasaportes. Otra garita para comprar la viñeta, de la que estamos exentos. Y una cola enorme para atravesar el puente sobre el Danubio -que por estas tierras ni es azul ni tiene ya ningún tipo de glamour-. La entrada a Rumanía sería el fiel reflejo de lo que es el sur del país: un auténtico caos. Pocas señalizaciones, carreteras mal cuidadas, suciedad por todos lados… Los camiones dejan enormes y profundas roderas en un asfalto envejecido y moribundo, resquebrajado y pidiendo a gritos un lifting que no llegará.

Tras unos cientos de kilómetros de autopista llegamos a Curtea de Arges, inicio sur de la mítica Transfagarasan Road, carretera que cruza los Cárpatos de lado a lado. Casi cien kilómetros de curvas y curvas para superar los 2000 metros de altura y descender hacia Transilvania. Rivaliza con el Stelvio por ser la mejor carretera de montaña, por lo que merecía una visita obligada en este viaje. Los primeros cuarenta kilómetros son un absoluto infierno. La carretera está llena -y cuando digo llena quiero decir llena- de socavones de más de un palmo de profundidad. Meter la rueda delantera en uno de ellos es caída asegurada. En más de diez ocasiones tuve que acelerar para “volar” por encima de ellos. Afortunadamente los restantes 60 kilómetros tienen un asfalto más que aceptable. Hasta los últimos cuarenta kilómetros, la carretera no asciende excesivamente, es casi plana. El trazado de la carretera es perfecto, curvas amplias o más ratoneras, pero siempre magníficamente hilvanadas, nada de los aburridos y peligrosos tornantis. El paisaje va cambiando desde los bosques de abetos hasta los más impresionantes circos montañosos que puedas imaginar. Las verdes laderas ya desprovistas de árboles bajan primero bruscamente, y luego ya de manera más pausada hasta encontrar la carretera.

El final de la ascensión viene marcado por la entrada en un oscuro túnel y la salida al lado norte de los Cárpatos. Unos cuantos chiringuitos de artesanía y souvenirs -para nada tan explotado como el Stelvio- dan paso a una magnífica vista de Transilvania, que se extiende allá a lo lejos, casi dos mil metros a nuestros pies. Para llegar hasta allá abajo, la carretera se vuelve nuevamente sinuosa, dibujando curvas y más curvas sobre el valle que desembocará en Cartisoara, a los pies de los cárpatos. Allí la noche lo envolvió todo, dejando los últimos cincuenta kilómetros del día al amparo de los faros de la BMW. Al contrario que la zona sur del país, parece ser que Transilvania tiene unas carreteras mucho más cuidadas. Y es que es territorio del Conde Dracula. Mañana lo comprobaremos.

Etapa 13: De Veliko Tarnovo a Sibiu por la Transfagarasan Road


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Un alarido nos despertó en plena noche. De esos largos y agudos, como un quejido. Miré el reloj. Las 4:38 de la madrugada. La noche entraba por la ventana inundándolo todo de la oscuridad más absoluta. Cuando me despejé mínimamente me di cuenta que era la llamada al rezo de una mezquita cercana. Sonreí. En ese momento fui más consciente aún de que habíamos conseguido el objetivo. Habíamos llegado a Estambul.

Unas pocas horas después salíamos de la ciudad en dirección a Bulgaria. Era domingo por la mañana, y las calles, comparadas con el día de nuestra llegada, estaban desiertas. Algunos aún dormían al fresco, en la hierba de unos parterres cercanos a la orilla del mar. La temperatura aún era agradable, pero tenía pinta de que iba a ser un día caluroso.

Las carreteras turcas requieren una atención continuada a la hora de conducir. En cualquier momento un socavón inesperado o un reguero de gravilla te puede poner en un aprieto. Llevaba unos segundos observando unos extraños cambios de color que iban moviéndose por el asfalto de manera extraña. Me atrevía a despegar mis ojos de la carretera y a mirar al cielo. Una enorme bandada de cigüeñas, cientos de ellas diría yo, volaban en formación en dirección a Estambul dejando esas sombras cambiantes en la carretera. Era un espectáculo magnífico.

Y llegamos finalmente a la frontera turco-búlgara. Pasar la parte turca fue demencial. No se decir a ciencia cierta la cantidad de garitas que tuvimos que pasar, y la cantidad de veces que nos pidieron el pasaporte y los papeles de la moto. Afortunadamente la parte búlgara fue más sencilla, e incluso nos ahorramos la viñeta correspondiente, ya que las motos están exentas. Ya estábamos en Bulgaria. Otro país, otra cultura, otro descubrimiento. A primera vista, el país se nos muestra bastante pobre. No al nivel de Albania, pero francamente pobre. Casas de ladrillos sin remozar, suciedad y basura en los márgenes de la carretera, niños vestidos con harapos vagando solos… De hecho, parecía que habíamos entrado en el túnel del tiempo: una buena proporción de coches eran destartalados Renault 12, 1430 construidos por Lada y cosas por el estilo.

Pasamos el Shipka pass, un pequeño puerto de montaña que alcanza los 1200 metros sin mucha pena ni gloria. El volver a las curvas, a las alturas y a los bosques de espesura impenetrable nos hizo recordar las carreteras y montañas suizas, que en este momento quedaban muy lejanas en la memoria.

Hicimos una pequeña parada en el monasterio de Drianovo. En la pequeña capilla estaban realizando una especie de ceremonia ortodoxa. Enormes lámparas de cristal iluminaban la estancia con luz cálida. Un monje con unas grandes barbas cantaba unos salmos en voz muy grave. El incienso y las velas proporcionaban el ambiente necesario. Realmente parecía más un ritual satánico… Otro monje más joven aparecía de la nada y volvía a desaparecer, como teniendo el don de la ubicuidad. Se ocupaba de que ningún turista hiciera fotos. Los cánticos del monje eran los segundos que escuchábamos hoy. Tan cerca en el tiempo, tan lejos culturalmente hablando…

Volviendo al parking del monasterio, vimos un grupo de moteros que ya se iban. Como no podía ser de otra forma, eran motos verdaderamente antiguas: CBR1000 de las primeras, FZR600 Deltabox, Transalp del 89… El túnel del tiempo nuevamente. Mientras nos poníamos los cascos, una anciana sentada en su andador nos miraba y sonreía, asombrada de nuestra moto. Seguramente le parecería demasiado moderna. Ya habíamos llamado la atención de otra anciana que desde la ventanilla del taxi, parado en el semáforo, nos miraba con curiosidad. Despertando pasiones.

El recorrido por las carreteras búlgaras está salpicado de enormes estatuas heroicas y triunfales, típicas de la época socialista del país. Están por todos lados, a la salida de una curva o en el centro del pueblo más humilde. Nuevamente nos proporcionaron un pequeño vistazo al pasado.

Y finalmente llegamos a Veliko Tarnovo, donde un hotel de diseño, una discusión con el viejo vecino por aparcar la moto en su puerta, y una contundente cena con exquisitos platos de la tierra, cerraron el día que en un primer momento parecía monótono y aburrido, pero que a la hora de recapitular lo vivido, ha ganado puntos. Esta noche no escucharemos los rezos de las mezquitas, hoy podremos dormir tranquilos. Pero solo será una noche. Mañana entraremos en Rumanía, atravesaremos los cárpatos por la mítica Transfaragasan Road hasta el corazón de Transilvania. Si mañana oímos aullidos, serán de otra cosa…

Etapa 12: De Estambul a Veliko Tarnovo


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Ya no sabía qué botón apretar cuando el joven militar se acercaba ametralladora en ristre con cara de pocos amigos. Un altavoz de la máquina automática de cobro de peaje gritaba cosas en turco. Apagué la moto y esperé a que llegara la autoridad. Ya sabía que algo saldría mal al saltarme el peaje kilómetros antes. No podía creer que nuestra aventura estuviera a punto de acabar con nuestros huesos en una sucia y peligrosa cárcel turca.

Los casi doscientos kilómetros por autopistas griegas fueron realmente un paseo hasta la frontera turca. Allí comenzó el calvario. Cola para comprar la visa, cola para enseñar la visa, cola para revisar los papeles de la moto, ahora vete a esa mesa de ahí para que la señorita te selle nosequé… Pero tras cuarenta minutos de burocracia, finalmente estábamos en Turquía!

Si no hubiera estado en Albania, diría que las carreteras turcas son un desastre. Bacheadas, con unas rotondas algo extrañas, coches en sentido contrario por el arcén… Pero al menos su estado te permite circular a más de ochenta por hora, cosa que sería impensable en Albania. Con resignación y paciencia, los kilómetros fueron pasando. Durante el trayecto nos cruzamos con algunos moteros, -pocos- que a buen seguro venían de cumplir un objetivo como el nuestro: Estambul.

A nuestra derecha podíamos divisar, de vez en cuando el mar algo picado, debido al fuerte viento, que intentaba ponernos difícil conseguir nuestro objetivo. Era el mar de Mármara, último rincón de un Mediterráneo que se acababa. De Algeciras a Estambul, pintando de azul, como dice la canción.

A unos ochenta kilómetros de la ciudad, se nos ocurrió meternos en la autopista que comenzaba allí. Nada más entrar, unas garitas de peaje nos invitaban a… nada. Ni coger ticket, ni pagar… Los coches iban pasando por otros carriles marcados con un “teletac”, mientras que yo esperaba a que saliera un ticket. Llamé por el teléfono de información, pero nadie respondió. Los coches seguían pasando, y vi cómo acercaban una especie de tarjeta al lector… Tarjeta que por supuesto no teníamos. Como no había barrera alguna, optamos por arrancar y seguir adelante, ya le explicaríamos lo sucedido al de la garita de salida de la autopista.

Por supuesto nos fuimos por el primer desvío de la autopista, donde nos encontramos con el puesto de peaje, pero sin garita y con barrera. Otra vez solicité información con el botoncillo, y el turco comenzó a gritar. Del coche de policía que teníamos a pocos metros descendió un chaval, ametralladora en mano, acercándose a nosotros.

– Hola, buenos días -comencé educadamente. -No hemos podido coger ticket en el peaje, y ahora queremos pagar, tenemos tarjeta Visa.
– Deberían comprar una tarjeta de prepago de la autopista- dijo el joven, señalando las siglas KBG (o algo así) con las que estaba rotulada la máquina de peaje. -Pueden comprarla allí.- dijo señalando un pequeño edificio cercano.

De un destartalado camión de fruta aparcado justo a nuestro lado -no me digáis qué hacía allí parado- salió una voz que le decía algo al militar. El chico se nos volvió a nosotros y nos preguntó de qué país éramos.

– Españoles.
– Oh… Spain. ¿Barça o Real?- preguntó.
-Barça, Barça!! -le dije jugándomela al cincuenta por ciento. -Messi.
-Yes!! Piqué! -dijo él. -Yo soy del Fenerbache, que fichó a David Güiza!

El frutero seguía gritando cosas desde la ventana de su desvencijado camión, la máquina de peaje seguía diciendo cosas en turco, la barrera seguía bajada, pero yo estaba hablando de fútbol con un chaval que llevaba una ametralladora al hombro. Surrealista. El chico se echó a un lado y me dijo que pasara por el lado de la barrera, que no había problema. No lo podía creer. El fútbol era tan poderoso que abría cualquier barrera.

Y allí, a nuestro frente, apareció Estambul, mientras teníamos a un lado Asia, y al otro Europa, como el barco pirata. Un tráfico horrible nos hizo perder más de hora y media para llegar al centro, donde se encuentra nuestro hotel. Quizá sea por eso, o por la cantidad de gente que había en las puertas de la Mezquita Azul -incluso hablamos con unos gallegos-, pero a pesar de haber cumplido el objetivo, no era lo mismo que Cabo Norte. Allí, durante los últimos trescientos kilómetros no había nada, y todos íbamos a cumplir el mismo objetivo. De los miles de vehículos que entrábamos en la ciudad turca, muy pocos íbamos a cumplir una meta. Esa sensación de estar solos entre esa marabunta de coches, esa idea de ser los “bichos raros” no acompañaba a la emoción ni a la euforia.

Pero una vez desmontados de la moto, y mirando nuestras camisetas que rezaban “Mary Pomppins y Dr Jaus en LaRutaDeOriente”, nos miramos, sonreímos y supimos que sí, que lo habíamos logrado. Habíamos recorrido casi todo el sur de  Europa para llegar allí, siguiendo ese mar tan azul que nos ha acompañado desde Barcelona hasta el Egeo, desde la ventosa Camarga francesa hasta la intrincada costa croata. Desde la Costa Brava al Mar de Mármara… Y es que yo… nací en el Mediterráneo.

Etapa 11: Llegamos a Estambul


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Cuatrocientos kilómetros no suenan a mucho, dado el ritmo que llevamos. Pero hoy han pesado. Ha pesado el calor, y seguramente el cansancio y el stress de ayer, atravesando Albania de forma más que precaria. La adrenalina secretada en cada bache y en cada piedra hicieron que no notáramos lo agotados que estábamos. Hoy, con el cambio de hora, hemos dormido una hora menos. Encima. Y si le sumas que el desayuno solamente lo servían hasta las nueve y media, pues más.

Los monasterios de Meteora. Una de esas fotos que guardas en la memoria cuando de chaval miras libros de gran formato sobre “Bellezas del Mundo” o “Grandes viajes”. Colgados de la nada, de peñascos imposibles y desafiando las leyes de la gravedad. Al menos sonaba estimulante para comenzar el día.

Aunque algo desanimado y agotado, iniciamos los escasos cuatro kilómetros que nos adentraron en un bosque de gigantescas peñas, como pequeños “Montserrats” o “Mayos de Riglos”, para entendernos. Y allí a lo alto, se podían distinguir un buen puñado de edificaciones. La masificación comienza a afectarlos. Agrandan carreteras, construyen parkings,… En lugar de emborregarnos con todos los turistas, conseguimos llegar a un lugar privilegiado desde donde se divisaban buena parte de los monasterios. Disfrutamos de ese momento de soledad hasta que… llegaron dos autocares que desembarcaron a toda una horda de turistas que lo invadieron todo. Así que programamos el GPS y salimos huyendo hacia Kavala, en la costa griega, y a solamente una jornada de viaje de nuestro objetivo, Estambul.

Cuanto más me acerco a Estambul, más me doy cuenta que en este mundo hay dos tipos de personas: a los que les gusta estar, y a los que les gusta ir. Por supuesto, yo me considero del segundo grupo. Y es que llegar a Estambul será reiniciar de nuevo una nueva ruta, una nueva aventura. Aunque a ciencia cierta se que es “volver” a casa, me gusta mucho más decir que iniciaremos una nueva “ida”. La Ruta de Occidente.

 

La ruta de hoy está aquí:

Etapa 10: De Meteora a Kavala, Grecia


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Imagina un atasco. Ahora imagina tres mil moteros en ese atasco con el chip de motero puesto, o sea activado lo de circular entre coches o cambiar de carril. Ahora pon a esos moteros dentro de tres mil coches. Eso es un atasco en Tirana.

Pitidos, cambios inesperados de carril, giros impredecibles… y todo esto a 30ºC sobre la moto. Nos dirigíamos al centro de la ciudad, a por el imán y el adhesivo del país correspondiente. Y es que poca gente debe de tener la pegatina de Albania en su moto! Encontramos de milagro un par de tiendas de souvenirs cerca de la plaza central de la ciudad, ahora en obras, como casi todo el país. Misión cumplida. Ahora solo toca atravesar Albania hacia el sur.

Vamos a imaginar otra vez. Imagina una carretera española muy bacheada. Multiplica los baches por diez. Quítale los arcenes. Déjala veinte años sin mantenimiento. Haz pasar por ella a diez mil trailers de gran tonelaje. Ahora quítale la mitad del asfalto así, como en socavones. Cada cinco o seis kilómetros haz obras quitando todo el asfalto y poniendo piedras sueltas. Ponle conductores suicidas al volante de Mercedes y BMW. Añádele algún que otro burro. Estás conduciendo en Albania.

Desde mi posición veo el amortiguador delantero de la BMW y me recuerda esas máquinas que prueban la resistencia de los cajones de los muebles de IKEA. Sube baja, sube baja… Buf!! Desde luego, hoy han trabajado. Ha habido tanto traqueteo que hasta se nos han soltado dos de los tres tornillos que aguantan el guardabarros trasero. Ahora lo llevamos atado con pulpos encima de una maleta.

Hemos comenzado a ver las extrañas “setas de cemento”, antiguos búnkers con forma de seta que salen como tales al lado de la carretera. Tienen medio metro de alto y un par de metros de diámetro, suficiente para que cupiera una persona con una ametralladora… Los hay a cientos.

Llegamos a Berat deshidratados. Echamos un vistazo al pueblo, sacamos dinero para tomarnos unas cocacolas acompañados de unas cuantas abejas y seguimos ruta. O lo intentamos, porque no consigo encontrar la carretera que nos llevaría a Këlcyrë.

– Esa carretera no es buena. Es de montaña- me indica un joven al preguntarle. -No puedes llegar hasta allí en moto. Te aconsejo que retrocedas hasta Fier y allí cojas la carretera de Kakavia. Los últimos cien kilómetros son de autopista.

Así que nos volvimos sobre nuestros pasos e hicimos lo que nos aconsejó el chaval. El calor apretaba… 37, 38,… hasta 39,5ºC sufrimos hoy. Pero iba refrescar. Y de golpe. Una tormenta corta pero muy intensa nos refrescó de golpe. No nos dio tiempo ni a ponernos las chaquetas. Imagina las carreteras de antes pero con litros y litros de agua. Los socavones se tornan enormes charcos, la tierra y piedra suelta en barro. El asfalto agrietado en una pista de patinaje. Esto es Albania!

Y así transcurrieron los más de 350 kilómetros por esas carreteras -aún estoy buscando la autopista que prometió el chico-, entre gasolineras abandonadas -las hay a cientos-, algún que otro raquítico pozo de petróleo, niños vendiendo moras a los pies de la carretera rodeados de pilas de basura infecta, terneros descuartizados en supuestas carnicerías y pilotos suicidas adelantando in extremis. Lo más curioso de todo es que comienzas a normalizar todo eso, como si ya formara parte de tu vida, y eso que llevamos escasas 36 horas en el país.

En la frontera con Grecia, ya pasadas las 7 de la tarde, y tras mostrar los documentos un par de veces, noto una cierta nostalgia al abandonar Albania. Un país que no tiene nada, pero que te da mucho. Te da la imagen de una Europa que no es tan Europa. La imagen de la última frontera dentro de la civilización. La imagen perfecta para valorar lo que tienes.

Un cambio de hora y una equivocación en la salida de la autopista nos dejan en el hotel de Kalampaka (Grecia), a los pies de los Monasterios de Meteora, a las once y cuarto de la noche, tras casi nueve horas de una dura jornada de moto para hacer menos de quinientos kilómetros. Y ya llevamos más de 4500.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

 

Etapa 9: El sur de Albania y Meteora


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No logro quitarme de la cabeza la cara de la señora Sonne -la dueña de la casa donde pasamos noche en Dubrovnik- cuando le dije que hoy viajábamos hasta Albania. “Malas carreteras, muy malas” me dijo. De hecho era una información que ya conocía, pero que te la diga alguien de la zona, y sobre todo que ponga cara de circunstancias, asusta un poco. Ahora sé que Frau Sonne nos lo estaba pintando tirando a suave.

Desde Trsteno donde nos alójábamos, hasta la frontera con Montenegro, volveríamos a pasar por Dubrovnik, así que aprovechamos para hacer la típica foto de postal. Paramos posteriormente en Cavtat, cerca del aeropuerto. Una visita que es completamente prescindible, a no ser que tengas un yate de más de 50 pies.

En pocos minutos entramos en Montenegro, tras pasar la frontera sin grandes complicaciones. La costa montenegrina es parecida a la croata, aunque menos masificada. Quizá lo mejor es rodear el pequeño lago de Kotor, que no es lago, sino una entrada de mar. Se puede coger un ferry para saltárselo, pero realmente vale la pena hacer algunos kilómetros de más para observar sus pueblecitos costeros con sus diminutas iglesias -incluso hay una en medio del lago-. Lo que sí es muy recomendable es llegar hasta Cetinje. La estrechísima y mal asfaltada carretera que sale de Kotor va ascendiendo penosamente entre paellas y más paellas, ascendiendo a más de mil metros de altura sobre el lago. Las vistas son de las que quitan el hipo. Hay que tener cuidado porque los autocares -muchos- que circulan por allí tienen problemas para trazar los más de 25 tornantis (o serpentinas, que los llaman por aquí). Durante la ascensión, incluso llegaron a caer algunas gotas de lluvia, a pesar de que el sol seguía brillando con fuerza.

La bajada hasta Cetinje es sinuosa, pero no tan espectacular. El calor comenzó a apretar de verdad, llegando a ver los 38,5ºC. Ni que decir tiene que con estos calores, y a pesar de lo que la lógica motera te dicta, hace un par de días que las chaquetas de cordura van en un pulpo encima de una maleta. Quizá sea más peligroso caerse por culpa de un golpe de calor.

Al llegar a Podgorica comenzamos a ver los primeros minaretes de las mezquitas que asomaban de entre los árboles. De todas maneras, las iglesias siguen también bien presentes. En las ciudades, la circulación comienza a complicarse, los coches hacen giros imposibles y bruscos, y en cualquier momento te puede adelantar una camioneta, ya sea por la derecha o por la izquierda.

La carretera que lleva hasta la frontera albanesa estaba cortada, como así nos lo hace saber una pareja de franceses entraditos en años que viajan en una BMW K100. Con ellos seguimos las indicaciones por carreteras secundarias llenas de baches hasta encontrarnos con la aduana. Como ya pasó el año pasado en los países nórdicos, al señor de la aduana le hizo mucha gracia mi nombre. -Sergio Ramos, como el jugador de fútbol- me dijo. Sonreí y asentí, pasando por alto que había ignorado mi verdadero apellido. Mejor tener al aduanero contentito y divertido.

Nada más entrar en Albania nos chocamos de lleno con la realidad del país. La carretera, por llamarla de alguna manera, no es más que una ancha pista de tierra plagada de socavones. En muchas partes están simulando que la asfaltan, cosa que es hasta peor, ya que ambos sentidos hemos de compartir la mitad de la pista. Así transitamos unos 40 kilómetros, que recorrimos en más de una hora, hasta llegar a Shkodër, una de las ciudades más importantes del país. Me acordé -y mucho- de la cara de la señora Sonne.

A partir de ahí, la carretera mejora, ganándose su nombre. Pero a medida que aparecía el asfalto, los conductores albaneses empeoraban. Adelantamientos suicidas, burros, carretas, BMW y Mercedes a todo trapo… como dijo Miquel Silvestre, Albania es el último reducto de aventura en Europa. Incluso en las carreteras nacionales. Si en Croacia el negocio floreciente eran los apartamentos, que te ofrecían cada pocos metros durante toda la costa, aquí eran los chamizos donde poder lavar el coche, y quitarle todo el polvo que se había acumulado en los kilómetros de pista. Los hay por todos lados, con carteles cutres hechos a mano anunciando “Lavazh”.

Así, tras más seis horas de moto, que ni de largo se hicieron tan pesadas como en días anteriores, llegamos al hotel en Tirana. Un moderno hotel a las afueras, aunque creo que toda la ciudad son “afueras”. Lo que más necesitábamos era una ducha, para desincrustarnos el polvo del camino y volver a ser persona.

Después de la cena, suculenta y baratísima, le preguntamos al chico del hotel -chico para todo, que igual es camarero, como recepcionista- los puntos de interés en Tirana. Intentaba explicárnoslo en un mapa del país completo, por lo que al final opto por sacar el iPhone para que me indique. Fueron diez minutos con el chaval jugando a ampliar y reducir el mapa, a mover y volver a mover las imágenes de la pequeña pantalla sin sacar nada en claro. Mañana, antes de irnos a los Monasterios de la griega Meteora, nos daremos un garbeo por el centro.

La ruta del día, como viene siendo costumbre, la tenéis aquí:

Etapa 8: De Dubrovnik a Tirana


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La carretera 8 continuaba bajando hacia Dubrovnik, de la misma manera que vimos ayer: rodeada por uno y otro lado por miles de carteles donde se podía leer “Apartmani”. Incluso cientos de personas cartel en ristre se desvivían por que les alquilases una habitación para esta noche.

La primera parada del día fue en Makarska. Ciudad costera, coqueta y perfecta para navegar y bucear, pero algo sosa para pasearla. La semiaventura del día fue intentar subir al Sveti Jure, montaña de 1500 metros que se encuentra a poquísima distancia del mar. La carretera, por llamarla de alguna forma, tenía cuestas pronunciadísimas que hacían sufrir al embrague de la BMW. Las curvas y tornanti harían palidecer al mismísimo Stelvio, todo ello con un aire más de camino de carro que de verdadera carretera. A los pocos kilómetros, y viendo que el camino empeoraba y que el embrague comenzaba a oler, desistimos de seguir adelante. De hecho, las vistas sobre Makarska ya eran desde allí suficientemente impresionantes como para subir más.

Parar a comprar unos melocotones en uno de los múltiples puestecitos que inundan las carreteras y encontrarse con la hospitalidad de la gente croata fue una de las sorpresas del viaje. Nos invitaron a sandía (a más trozos de los que nos pudimos comer) y a una grappa de nueces, que obviamente no probé -más teniendo en cuenta que nuestros anfitriones no paraban de hablar de recientes accidentes moteros por la zona-. Fue una parada muy agradable, refrescándonos con fruta fresca a la sombra de un toldo en plena carretera.

Tras la curiosa entrada y salida en Bosnia y Herzegovina (una franja de este país separa la provincia de Dubrovnik del resto de Croacia), nos encontramos con la Perla del Adriático. La ciudad amurallada de Dubrovnik, reconstruida tras la guerra de los Balcanes, se muestra esplendorosa. Es tan esplendorosa que está atestada de turistas venidos de todos los rincones del mundo, por aire, tierra y mar. Cuando cae la noche, es casi imposible andar por las calles cubiertas de brillantes adoquines.

Pensar que hace pocos años este país estaba en guerra a veces me nubla los sentidos. No puedo dejar de imaginar -quizá sin razón alguna- que las múltiples lápidas con flores que inundan las curvas de la sinuosa carretera no son muertos en accidente, sino macabras señalizaciones donde se ajustició a inocentes. No paro de pensar que ese fornido camarero cuarentón con cuello de toro y fuertes brazos, hace veinte años podía estar partiendo los escuálidos pescuezos de sus enemigos. En mi cabeza, más que memoria histórica, tengo imaginación histérica.

Y a la vez que las luces de la ciudad se encienden y cae la noche sobre Dubrovnik, contemplamos el ocaso compartiendo un kebab y una amena conversación sabiendo que aún nos quedan muchas cosas por sentir y por vivir.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

Etapa 7: De Split a Dubrovnik


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– Hola, soy Sara Montiel- oí mientras apagaba la moto. La verdad es que no se parecía. Se trataba de un hombrecillo escuálido, envejecido y ennegrecido por exceso de sol, con una camiseta de tirantes amarilla y unas bermudas que alguna vez fueron rojas. Estábamos en Sibenik, en plena costa dálmata. El falso Sara Montiel solamente quería llamar la atención para ofrecernos un apartamento. Y es que ese es el negocio más floreciente en estos pueblos de costa, a tenor de la cantidad de cartelitos que te encuentras en la carretera.

Doscientos kilómetros. Ese era el total del día. Por primera vez en el viaje, los kilómetros no iban a ser el problema. Hoy nuestro peor enemigo sería el calor: más de treinta grados con el traje de cordura iba a ser algo insufrible. Lo peor era la entrada de los pueblos donde al parar en los semáforos dejaba de correr ese aire, que aunque cálido, impedía que nos derritiéramos.

Soy consciente que Croacia no será ni de largo el país menos desarrollado que veremos, pero el contraste con Suiza y Austria es notable. Coches oxidados y medio desvencijados en campos cercanos, ancianos con pinta de haber salido de la serie “Cuéntame” cogiendo higos, señoras que empujan carretillas cargadas con aperos de labranza por los arcenes… Todo ello es lo que encontrábamos en los márgenes de la carretera 8, la de la costa, que iba bajando por las increíbles costas croatas. Los puestecitos de frutas se alternaban con decenas de lápidas esparcidas por todo el camino, o incluso cementerios enteros que, sin valla ninguna, servían de margen de la carretera. También vimos jóvenes vendiendo enormes ristras de ajos, multitud de campings medio clandestinos llenos de caravanas destartaladas y domingueros aparcados a la sombra de los pinos que crecían hasta la misma orilla del Adriático.

Zadar, Sibenik o Trogir son paradas obligadas que aprovechamos para refrescarnos mínimamente. Sus pequeñas callejuelas y sus grandes iglesias de mármol blanco nos sirven de refugio del agobiante calor. A lo lejos, unas cuantas nubes insinúan un cambio de tiempo que nunca llegó a producirse.

Siguiendo ruta hacia el sur, la caprichosa costa croata aparece y desaparece, primero a un lado, luego al otro, sin saber a ciencia cierta si lo que ves delante es una isla, una península o un producto de tu imaginación. Los verdes de los pinos y los diferentes tonos de azules del agua nos acompañaron hasta llegar a Split, donde acabaría nuestro viaje de hoy.

La costa croata -como el Stelvio o Neuschwanstein- está sobrevalorada. Sin olvidar los maravillosos paisajes o las azules y cristalinas aguas, las playas propiamente dichas no son más que pequeños huecos entre las rocas, entre los pinos o entre los muelles, donde se agolpan cantidades ingentes de carne humana puesta a tostar. La misma playa de Split, que tuvimos el dudoso honor de conocer, no es más que un cúmulo de piedrecillas cubiertas de niñatos imberbes que miran desafiantes o que hacen derrapar sus Hyundai Coupé del 96 en la explanada de los parkings.

 

Por otro lado, pasear por la noche por la intrincada amalgama de callejuelas y pasadizos del Palacio Diocleciano de Split, nos ayudó a olvidar algo del ochentismo más hortera que rezuma de la costa croata. Igual desde los yates la visión es diferente. Pero el final del día nos devolvió a la realidad croata: ver a dos señores entraditos en años hacer carreras con un Opel Ascona y un Fiat 850 no tiene precio. Ni que te salude Sara Montiel tampoco.

La ruta del día la tenéis aquí:

Etapa 6: Croacia de norte a sur


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Juan Sebastián Elcano dijo que un buen navegante no es el que mejor programa una ruta, sino el que sabe cambiar de rumbo justo cuando es necesario. Bueno, la cita me la acabo de inventar, pero bien la podría haber dicho Elcano. Miré al GPS y vi que otra vez tocaban nueve horas de moto, y que volveríamos a llegar a las diez de la noche. No. Otra vez no. Un error en la planificación y otro en la elección del hotel, más de cien kilómetros más allá del destino deseado. Esos fueron los errores. Solventar el problema no era fácil. Debíamos cambiar de ruta, prescindir de varios puntos de interés intermedios, y coger la odiada autopista para llegar a tiempo a cenar y descansar.

Abrimos el gran portalón y sacamos la moto del sótano-bodega donde había pasado la noche. Aunque estaba soleado, el día comenzó con problemas. Y no solamente el de la ruta. Caída fortuita del casco (y van unas cuantas…), con la consecuente rayada en la pantalla, que en ese momento parecía mucho más grande de lo que en realidad era. Estábamos saliendo de Austria y no habíamos encontrado ni el imán ni la pegatina correspondiente… No, no era un buen comienzo. El cambio de ruta nos llevó por preciosas carreteras austríacas prealpinas, aderezadas a uno y otro lado por bosques de enormes abetos. Buen asfalto, curvas trazadas con arte y rampas del 15% fueron suficientes para dejar los problemas atrás. Y eso fue todo. El resto del día transcurrió de autopista en autopista, de caravana en caravana… Y es que entre la aduana eslovena, la croata y las colas de los peajes, nos pasamos buena parte del día sorteando coches parados bajo un sol abrasador. Porque sí, hemos comenzado a pasar calor. Rondábamos los 30ºC e incluso en algún túnel hemos visto los 36ºC.

La única visita destacable del día ha sido el castillo esloveno de Predjama. Incrustado en la roca, como suspendido allí para la eternidad, los toscos muros de piedra lucen como un Goya colgado del salón. Las escarpadas colinas de hierba y las banderolas dispuestas a lo largo del camino de entrada son un buen marco para el cuadro. No había mucho tiempo que perder, así que rápidamente nos pusimos nuevamente en marcha. Los primeros kilómetros de retorno a la ruta hacia Croacia la hicimos por una pista de tierra, por gentileza del señor Garmin. De todas maneras, los paisajes eran fantásticos.

Alguien me dijo recientemente que a pesar de que en la moto el espacio entre piloto y pasajero es mínimo, casi inexistente, era el sitio ideal para abstraerse y pensar, como si fueras la única persona en el mundo. Así pasamos los más de doscientos kilómetros de autopista, mientras allá fuera, en la hora del crepúsculo, la luna llena y el sol rojizo jugaban al escondite entre las montañas. A nosotros solamente nos quedaba disfrutar de cosas más mundanas, como la parrillada de marisco a la orilla del Adriático aliñada con música de violines.

La ruta del día la tenéis aquí:

Etapa 5: Un poco de Eslovenia y Croacia


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