LRP. Etapa 4. Amsterdam. Reconquistando Flandes.

Nunca hubiera pensado que cupieran tantas personas en esa estrecha calle. Incluso allí en medio de todos parecía que me faltaba el aire. Se avanzaba muy lentamente y no quería soltar la mano de Belén. Perdernos hubiese sido fatal. Miré hacia arriba. Una ristra de globos rosas engalanaba la calle de lado a lado. La música retumbaba en todo mi cuerpo mientras la gente bailaba. Por el canal desfilaban barcazas con banderas, globos o espumillones. Estábamos en pleno centro del desfile del orgullo gay en Amsterdam.

Me desperecé y abrí un poco la persiana del hotel de Amberes. Había salido el sol! Lo echaba de menos. Las cosas siempre parecen más bellas en los días soleados. Lo primero es buscar un lugar para desayunar. En las inmediaciones encontramos un bar de esos de gente ruda. Unos cuantas personas vestidas con el mono de trabajo estaban desayunando. Posiblemente trabajaran en los astilleros cercanos. Después de un café nos pusimos en marcha hacia Amsterdam. La tirada no es larga, así que programé el GPS para evitar autopistas y escogí la ruta más corta.

Salimos de Amberes por uno de sus exclusivos barrios residenciales. Durante unos cuantos kilómetros estupendas mansiones se disponían a ambos lados de la acogedora calle adoquinada. Todas ellas con jardines exquisitamente cuidados y grandes ventanales para aprovechar la poca luz del invierno. No negaré que me dio cierta envidia.

Entrar en otro país sin que haya una frontera y no tener que enseñar el pasaporte o el seguro de la moto me sabe a poco. Pues así entramos en Holanda. No cambió nada, solamente la matrícula de los coches. Seguíamos detectando una gran calidad de vida. Carriles bici por todos lados, carreteras que no invitaban a correr sino a pasear escuchando el ronroneo de la BMW. Breda fue la primera parada. La imponente catedral está situada en medio de las callejuelas, sin un espacio abierto para poderla contemplar. Dimos un pequeño paseo y continuamos ruta hacia Amsterdam.

Desde Rotterdam hasta la capital parece que los pueblos se sucedan uno tras otro sin solución de continuidad. Larguísimos canales acompañaban a las carreteras y a los sempiternos carriles bici. Y casi -casi- sin quererlo, llegamos a Shipol, el aeropuerto de Amsterdam, donde aprovechamos para comer contemplando los aviones y degustando del perfume a queroseno entre la hierba y los canales.

El hotel estaba situado en un pequeño pueblo de pescadores, a pocos kilómetros de Amsterdam. Una ducha reparadora y estábamos ya dispuestos para sumergirnos en las callejuelas y canales de la capital holandesa. Fue un verdadero caos intentar circular por las estrechas callejuelas sorteando peatones, bicicletas y tranvías. Una vez situados en el centro, dimos un paseo sin rumbo fijo, dejándonos llevar por la marea de gente que acudía a ver la cabalgata del día del orgullo gay. En algunos momentos resultó agobiante intentar andar entre la gente, demasiado ebria para ser las seis de la tarde. Al desviarnos por una callejuela para evitar la aglomeración, diversas luces rojas nos indicaban que habíamos entrado en pleno barrio rojo. A pesar de lo temprano de la hora, algunas chicas se exhibían tras los escaparates esperando clientes.

Hoy es el cuarto día de viaje. Los lectores asiduos sabrán que para mi el peor día de ruta es el cuarto. Aparece el cansancio acumulado, y aún no se ha instaurado la rutina del viaje. Pero se que a partir de hoy la cosa cambiará y disfrutaremos más si cabe de este viaje que nos ha de dar energía suficiente para once meses. Hoy no tengo wifi. Casi lo prefiero. No tengo ganas ni de escribir, es el cuarto día. Aunque solo he de esperar. Mañana todo será genial. Como siempre.

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