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La aventura de cada fin de semana

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Pues me he tomado mi tiempo, pero aquí está la primera parte del vídeo de la ruta Retorno al Este que hicimos este verano. En este primer capítulo recorremos el norte de Italia y nos adentramos en los Balcanes por Croacia hasta Mostar. Próximamente los siguientes capítulos.

 

La península de Istria es un pedazo de tierra que cuelga de lo alto de Croacia y que en algún que otro viaje por la zona me lo salté. Hasta que la visité y desde entronces no puedo dejar de hacerlo. Y aún no sé por qué. Igual es por no perderme Piran, aún en Eslovenia y su callejuelba a pie de puerto. 

O igual es por Pore?, ya en Croacia y su casco antiguo. Esta vez visitamos la Basílica Eufrásica y sus mosaicos milenarios. O puede ser por Rovinj, que se unía a última hora a la ruta al ver hace poco una foto que quería hacer. Porque no es la primera -ni la última- vez que viajo en pos de una foto concreta. Y hoy la ruta persiguió a esta foto: 

Igual ya no me salto Istria por visitar Pula y su magnífico anfiteatro romano, el quinto mayor del mundo, y todo un desconocido hasta que Toño Aracata fue portada de TheRutaMagazine con él a su espalda. O quizá por la costa este de Istria, con unas vistas al mar Adriático desde lo alto que quitan el hipo, y que no dejan de sorprenderme cada vez que paso por allí. 

Pero ahora hay otro motivo para visitar Istria en cada viaje por Croacia. Y no es otro que recordar a Belén, vestida de moto pero con los pantalones arremangados metiendo los pies en el agua mientras disfruta de un melocotón. Ver su cara de felicidad con tan pequeño gesto, ha valido los 400 kilómetros de hoy, y la caravana que hemos sufrido llegando a Opatija. Pequeños detalles.

Hay momentos en los que de pronto la vida pasa como a cámara lenta. Y ese fue uno de ellos. Desde que oí el chirriar del neumático delantero supe que la cosa no iba bien. No iba muy rápido, a 30 o 40 km/h, pero no contaba con que a un loco ingeniero croata se le ocurriera poner un paso de peatones en mitad de la curva. La dirección comenzó a cerrarse con la moto cada vez más inclinada. La cosa no pintaba nada bien…

Salí del hotel con el indicador de gasolina a cero. Pero a cero de verdad. Cero kilómetros. Nada. Afortunadamente la BMW me tiene acostumbrado a darme un respiro en estas situaciones, por lo que iba tranquilo hacia la primera gasolinera que encontré. Pagar 1,870€ por litro supuso llenar la moto con casi 40€ de gasolina!! Hace unos años -no muchos- con eso llenaba yo el coche. Después del sablazo me dirigí hacia Eslovenia. Es el tercer año consecutivo que paso por este país, y lo que más recuerdo siempre son las enormes caravanas que se forman por cualquier motivo. Hoy tocaban obras.

La primera parada fue en Piran, pequeño pueblecito costero donde solamente dejan pasar vehículos locales o motos. Estrechas callejuelas se abren paso entre las casas puestas casi sin ton ni son, desde una plaza sorprendentemente grande. Tan grande que podría llegar a desentonar. Allá a lo alto, el picudo campanario de la iglesia lo domina todo. El pueblo acaba a ras de agua. Muy a ras, tanto que tuve que tener cuidado a la hora de elegir por qué lado bajar de la moto, no vaya a ser que la tontería acabe en un chapuzón inesperado.

Croacia tiene unas costas estupendas. Paisajes de ensueño, donde el verde de las montañas se besa con el azul del Adriático. Pero playas de segunda. O de tercera. Sin arena, los bañistas aprovechan cualquier roca plana para tumbarse cerca del mar. En la antigua Grecia se designaba con el nombre de “histrión” al actor que aparecía disfrazado. No se yo si es que el primero venía de estas tierras (que en croata se escribe “Histria”, con “h”, o de la auténtica ciudad de Histria, en Rumanía. Sea como fuera, da igual. No he podido comprobar si los croatas de Istria son o no son histriónicos, ya que todo lo que abundaba en los pueblos costeros eran guiris -españoles incluidos-.

El paisaje de toda la península es muy similar al resto de Croacia, que ya vi el año pasado. Y tiene ese aire familiar que me gusta, muy mediterráneo. Ya sabes… de Algeciras a Estambul pintando de azul… De bosque en bosque, hay momentos que la carretera te regala cuatro curvas a ras de Mediterráneo. Esas visiones dibujaban una sonrisa en mi rostro, ya que llevaba algo más de cien kilómetros y ya estaba algo cansado. Y es que los terceros días son los peores. Es cuando realmente me aparece el cansancio de la paliza del primer día, penalizada por no haber podido descansar el segundo. Lo mejor que tiene es que al cuarto día todo esto ya es historia. Ya puedes estar cinco o cincuenta días de viaje. El cuerpo, comienza a acostumbrarse. Y mejor que sea así, que mañana toca día duro.

En una de las frecuentes paradas, cojo mi Moleskine roja que estrené para el viaje a Estambul del año pasado con Belén. Leo alguno de los pasajes rememorándolo todo casi con pelos y señales. Y me entristezco. Uno de los alicientes del viaje es compartirlo, por ejemplo en este blog. Pero lo realmente gratificante es compartirlo en primera persona. Pero en este viaje no es así. Añoro a Belén. 

Al planificar mi viaje por la península de Istria quise pasar por los accidentes geográficos que me parecían más interesantes, como afilados cabos o recónditas ensenadas. Pero sirva esto como aviso a futuros aventureros. No se pueden visitar. La gran mayoría de ellos están ocupados por macrocampings que impiden el paso con intimidatorias barreras. Así que desistid en vuestro empeño de llegar a estos cabos, simplemente no se puede.

Otro de los consejos es que cuidado con el asfalto. Ya me había avisado la BMW saliendo de algún stop, donde la rueda trasera comenzaba a deslizar casi desbocada, a pesar de haber abierto muy poco el gas… Por eso pasó lo que pasó. Un paso de peatones en curva, y una chica con una colchoneta playera a punto de cruzar. Toco suavemente el freno delantero y oigo quejarse al neumático. Como si de una película a cámara lenta se tratara, noto cómo se cierra la dirección y la moto cae hacia el lado izquierdo. Pero de algo tienen que servir mis -pocos- años en los circuitos. Sangre fría, suelto el freno, cierro aún más la dirección para que el efecto giroscópico -y el brazo de palanca- levante la moto, y patadón al asfalto con el pie izquierdo. Y salvé la caída. En ese momento sonreí. Por enésima vez, acababa de ahorrarme los 2000€ del ABS que no instalé. Solamente hay que saber “leer” el manillar. Y tener sangre fría. Y algo de suerte.

Pula. Sabía que tenía que pasar por ahí, aunque no recordaba por qué. Miles de guiris, colas a la entrada del pueblo, policía,… Pero ahí me encontré la gran sorpresa del día. Un pedazo de anfiteatro romano que -casi- podría hacer palidecer al propio Coliseo romano. En serio. Potente!

Y tras Pula, enfilé hacia el norte, en busca de Rijeka. Parte por pistas fáciles, aunque en algunos momentos tenían demasiada grava suelta para mi gusto. Y pasé del túnel, más directo y soso. La costa este de la península, a esta hora del atardecer, proporciona unas vistas del Adriático imponentes. Con un azul insultante. Azul istriónico.

Balcanes 3


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