Un alarido nos despertó en plena noche. De esos largos y agudos, como un quejido. Miré el reloj. Las 4:38 de la madrugada. La noche entraba por la ventana inundándolo todo de la oscuridad más absoluta. Cuando me despejé mínimamente me di cuenta que era la llamada al rezo de una mezquita cercana. Sonreí. En ese momento fui más consciente aún de que habíamos conseguido el objetivo. Habíamos llegado a Estambul.

Unas pocas horas después salíamos de la ciudad en dirección a Bulgaria. Era domingo por la mañana, y las calles, comparadas con el día de nuestra llegada, estaban desiertas. Algunos aún dormían al fresco, en la hierba de unos parterres cercanos a la orilla del mar. La temperatura aún era agradable, pero tenía pinta de que iba a ser un día caluroso.

Las carreteras turcas requieren una atención continuada a la hora de conducir. En cualquier momento un socavón inesperado o un reguero de gravilla te puede poner en un aprieto. Llevaba unos segundos observando unos extraños cambios de color que iban moviéndose por el asfalto de manera extraña. Me atrevía a despegar mis ojos de la carretera y a mirar al cielo. Una enorme bandada de cigüeñas, cientos de ellas diría yo, volaban en formación en dirección a Estambul dejando esas sombras cambiantes en la carretera. Era un espectáculo magnífico.

Y llegamos finalmente a la frontera turco-búlgara. Pasar la parte turca fue demencial. No se decir a ciencia cierta la cantidad de garitas que tuvimos que pasar, y la cantidad de veces que nos pidieron el pasaporte y los papeles de la moto. Afortunadamente la parte búlgara fue más sencilla, e incluso nos ahorramos la viñeta correspondiente, ya que las motos están exentas. Ya estábamos en Bulgaria. Otro país, otra cultura, otro descubrimiento. A primera vista, el país se nos muestra bastante pobre. No al nivel de Albania, pero francamente pobre. Casas de ladrillos sin remozar, suciedad y basura en los márgenes de la carretera, niños vestidos con harapos vagando solos… De hecho, parecía que habíamos entrado en el túnel del tiempo: una buena proporción de coches eran destartalados Renault 12, 1430 construidos por Lada y cosas por el estilo.

Pasamos el Shipka pass, un pequeño puerto de montaña que alcanza los 1200 metros sin mucha pena ni gloria. El volver a las curvas, a las alturas y a los bosques de espesura impenetrable nos hizo recordar las carreteras y montañas suizas, que en este momento quedaban muy lejanas en la memoria.

Hicimos una pequeña parada en el monasterio de Drianovo. En la pequeña capilla estaban realizando una especie de ceremonia ortodoxa. Enormes lámparas de cristal iluminaban la estancia con luz cálida. Un monje con unas grandes barbas cantaba unos salmos en voz muy grave. El incienso y las velas proporcionaban el ambiente necesario. Realmente parecía más un ritual satánico… Otro monje más joven aparecía de la nada y volvía a desaparecer, como teniendo el don de la ubicuidad. Se ocupaba de que ningún turista hiciera fotos. Los cánticos del monje eran los segundos que escuchábamos hoy. Tan cerca en el tiempo, tan lejos culturalmente hablando…

Volviendo al parking del monasterio, vimos un grupo de moteros que ya se iban. Como no podía ser de otra forma, eran motos verdaderamente antiguas: CBR1000 de las primeras, FZR600 Deltabox, Transalp del 89… El túnel del tiempo nuevamente. Mientras nos poníamos los cascos, una anciana sentada en su andador nos miraba y sonreía, asombrada de nuestra moto. Seguramente le parecería demasiado moderna. Ya habíamos llamado la atención de otra anciana que desde la ventanilla del taxi, parado en el semáforo, nos miraba con curiosidad. Despertando pasiones.

El recorrido por las carreteras búlgaras está salpicado de enormes estatuas heroicas y triunfales, típicas de la época socialista del país. Están por todos lados, a la salida de una curva o en el centro del pueblo más humilde. Nuevamente nos proporcionaron un pequeño vistazo al pasado.

Y finalmente llegamos a Veliko Tarnovo, donde un hotel de diseño, una discusión con el viejo vecino por aparcar la moto en su puerta, y una contundente cena con exquisitos platos de la tierra, cerraron el día que en un primer momento parecía monótono y aburrido, pero que a la hora de recapitular lo vivido, ha ganado puntos. Esta noche no escucharemos los rezos de las mezquitas, hoy podremos dormir tranquilos. Pero solo será una noche. Mañana entraremos en Rumanía, atravesaremos los cárpatos por la mítica Transfaragasan Road hasta el corazón de Transilvania. Si mañana oímos aullidos, serán de otra cosa…

Etapa 12: De Estambul a Veliko Tarnovo


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