A ver, que cuando los días pasados decía que ya estaba bien de agua no iba en serio. Porque si la opción para que no lloviera es que hiciera el viento que hemos tenido que soportar hoy, no sé qué prefiero. Bueno, puestos a preferir, el solazo de nuestro primer día en Irlanda me vale. Aish, aquellos tiempos… [aunque una de mis múltiples aplicaciones meteorológicas insiste en que pasado mañana tendremos un par de días de esos que hasta te sobra la cazadora. Pero en serio, no sé si creérmelo].

En definitiva, un vientazo de mil pares de narices, eso es lo que hacía mientras explorábamos los acantilados de la Achill Island. Yendo hacia su punta más extrema, Keem Bay, la carretera asciende y asciende al borde del acantilado. En uno de los virajes, ahí abajo, aparece la pequeña playa rodeada completamente de verdes montañas. Y a tu lado, las ovejas balando. Y a tus pies, los truños que van dejando las putas ovejas. Que tiene razón Belén, que no sé qué comerán aquí, pero eso de que cagan bolitas como si fueran Conguitos… nanai!

Luego hemos recorrido los White Cliffs of Ashleam, aún en la isla. La cosa ha comenzado más o menos igual, la carretera comienza a escalar rápidamente, y con la altura adquieres consciencia de los acantilados que tenías alrededor. Hemos aprovechado un hueco en una curva de la carretera para montar nuestro restaurante del día, con unas vistas excepcionales, otra vez rodeados de ovejas. Ahí resguardados hacía poco viento, por lo que me he arriesgado hasta a volar el drone, que aunque con alguna dificultad, ha conseguido mantener la horizontalidad y brindarnos, otra vez más, unas impresionantes imágenes. La carretera seguía por el lado sur de la isla, justo de donde venía el viento, pero al menos venía del precipicio, no hacia él. O sea que si te tiraba, lo haría hacia la montaña. Y eso al menos te da un respiro.

Hemos ido siguiendo, en la mayoría de los tramos, la carretera que está perfectísimamente indicada durante cientos (o miles) de kilómetros que llaman Wild Atlantic Way, que te lleva por toda la costa oeste de Irlanda por las carreteras más cercanas a la costa. Y así hemos llegado a Westport. Es un pueblecito con mucha vida con las fachadas de todos los establecimientos de vivos colores, y los carteles de los comercios primorosamente pintados con tipografías del mismo estilo clásico. A pesar de lo bullicioso del tráfico, se respira una tranquilidad sorprendente, donde los coches, a pesar de los conatos de atasco, van avanzando lenta pero silenciosamente, sin pitidos ni estridencias. 

Y como no debía ser de otra forma, tras haber sorteado la lluvia durante todo el día, es quedarnos veinte tristes kilómetros para llegar a nuestro bed and breakfast de esta noche en Louisburgh y ponerse a llover. Vamos, que la señora del alojamiento lo primero que nos ha dicho, con algo de angustia en la mirada, es si queríamos dejar algo en la secadora. Supongo que se estaba preocupando por si le dejábamos encharcada la habitación…

La cena de hoy ha llegado a un gitanolanderismo preocupante para nuestro nivel: con la lluvia y en un bed and breakfast alejado de cualquier civilización, hemos decidido cenar unas sopas instantáneas de esas que se hacen con agua hirviendo, que preveíamos hacer con los hervidores de agua que hemos ido encontrando en todos y cada uno de los alojamientos de este viaje Pues bien, el de hoy no tiene hervidor de agua. Por fortuna, en el grifo de agua caliente ponía un cartel de “Caution: very hot water”, así que hemos probado si el water salía lo suficientemente hot como para hacer la sopa de sobre en condiciones. Y mira, pues sí. Bien rica que estaba. Eso, un trozo de fuet y una galletas de gengibre y ya tenemos la cena lista. Ahora a descansar hasta mañana, último día en el que dan lluvias generalizadas. Ya estamos planeando el ataque a los acantilados de Moher y posiblemente las Aran Islands con buen tiempo. Bona nit. Click.