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La ruta del lejano noroeste. Vídeo parte 2

Pues si os pareció larga la primera parte, ahí van más de 20 minutos de vídeo de esta segunda y última parte de nuestro viaje por Asturias, Galicia y Castilla León. En esta entrega viajamos a la Playa de las Catedrales y el norte de la costa gallega para, pasando por Lugo, recorrer la Ribeira Sacra y el cañón del Sil, Ponferrada, el Bierzo y finalmente Ávila. Posteriormente regresamos a Zaragoza por preciosos pueblos segovianos como Pedraza.

 

La Ruta del Lejano Noroeste. Vídeo parte 1

El viaje de esta Semana Santa nos ha llevado a recorrer parajes que no conocíamos de las costas asturiana y gallega, además de volver a disfrutar de otros ya bien conocidos. En este primer vídeo la ruta parte de Zaragoza para, después de atravesar La Rioja y Burgos, entrar en Cantabria y recorrer la costa asturiana. Posteriormente en el siguiente vídeo, recorreremos la costa norte gallega y el interior de Lugo y Orense.

Una ruta por las Merindades. El vídeo

Las Merindades de Burgos es una de esas zonas casi desconocidas de la península ibérica a la que le solemos hacer poco caso. Cuando uno piensa en Burgos, piensa en su magnífica catedral y poco más, posiblemente en la morcilla. Pero si nos dejamos sorprender por los paisajes que salen al paso por sus carreteras secundarias, jamás olvidaremos que Burgos, además de todo eso, son Merindades. Aquí tenéis nuestro vídeo como muestra.

Asturias. Piensa en verde

En el Puerto de Ventana

En el Puerto de Ventana

Que sí, que nuevamente estábamos en Burgos. Tercera vez que repetíamos en el Silken Gran Teatro, un cuatro estrellas a precio de tres. Y cerquita del centro, para ir a cenar andando y poder volver a rastras, si así lo deseas. Pero no fue el caso. Y es que siempre tenemos problemas para cenar en Burgos. Y mira que hay sitio de tapeo. Pero es que los viernes, después de currar ocho horas y de pegarte casi seiscientos kilómetros en moto, lo que menos te apetece es cenar de pie. Y nunca encontramos el lugar idóneo: o están llenos, o no acaba de agradarnos. Aunque esta vez se nos cruzó un ángel en forma de tabla de surtido de pinchos que estaban preparando en El Veintidós. ¡Qué pinta tenían! ¡Y había sitio en una de las tres mesas del local! Así que esa noche dormimos a gusto, tras las tapas, la cerveza y nuestra visita obligada a la catedral burgalesa, que siempre me sorprende. ¡Qué belleza, tanto de noche como de día!

La catedral de Burgos

La catedral de Burgos

El sábado amaneció frío, con algo de viento y con una ligera llovizna que molestaba. Cruzamos la calle del hotel hasta el Bar Sandro, otro de nuestros clásicos de Burgos. Sandro es un señor entrado en años, calvo y con ojos azules, que tiene un bar con una foto de cuando era mozo y debía ser un ligón. Pero no una foto pequeña, no. Un pedazo de póster que preside la barra. Quien tuvo, retuvo. Desayunamos unos pinchos de tortilla, un zumo de naranja (natural, por supuesto) y un café con leche, que me encargué de desparramar por toda la mesa. No sería la última vez que desparramara algo ese fin de semana.

Y a la moto, dirección Asturias, pasando por Aguilar de Campoo y sus galletas, Reinosa y su Ebro y finalmente la ría de Tina Menor, en Cantabria, pero muy cerquita ya de Asturias. ¡Qué preciosidad! Vas aumentando tu altura mientras que los márgenes de la ría, que cuenta con algunas pequeñas playas de arena, van quedando abajo. Mira que me gusta el Cantábrico, y más cuando sopla algo de viento -no mucho, tampoco nos pasemos- y el oleaje es recio y abnegado, batiéndose el cobre contra las rocas de la costa. Llanes es muy turística, vale. Pero es que mola. La primera vez que la visité hace ya seis años, vine atraído por sus cubos de hormigón pintados de mil colores de su espigón. Los Cubos de la Memoria. Molan. Sobre todo el contraste con la costa, escarpada y coronada por praderas de verde primavera. Esta vez, para qué engañarnos, venía también a ver los cubos. Pero no creo que vuelva. Al menos hasta que los repinten. Porque daban pena verlos. ¡Con lo que ellos han sido!

Llanes y sus Cubos de la Memoria

Llanes y sus Cubos de la Memoria

Pocos kilómetros más allá, y prácticamente sin señalizar, se encuentra la playa de Gulpiyuri.

—Ya verás, es una playa como nunca has visto ninguna— le decía a Belén mientras aparcábamos las motos.

—Hombre, alguna parecida habré visto— contestó.

—No. Ya verás que no.

Playa de Gulpiyuri

Playa de Gulpiyuri

No le dije nada, mientras al acercarnos por el pequeño sendero oíamos ya cómo rompían las olas. Nos cruzábamos con los que ya regresaban de verla, y yo intentaba descubrir en sus rostros la mirada de aquellos que acaban de ver algo inaudito. De pronto, una enorme hondonada se abrió a nuestros pies, y la playa sin mar de Gulpiyuri se iba llenando de agua a cada embestida del mar, que bombeaba torrentes con fuerza a través de la gruta subterránea. Sí, ya sé que es mejor verla en pleamar, y no era el caso. Pero el oleaje entrando por su escondite secreto es también espectacular. Sin duda, al regresar a las motos, los que acababan de llegar adivinaron en mi rostro la sonrisa tonta de quien ha visto cosas imposibles.

Como la playa de Cuevas del Mar, a la que se accede desde Nuevas por una carreterita que a primeras horas de la tarde  de un sábado de finales de abril se ve muy tranquila. Desde el pequeño parking, que no es más que un triste descampado, se puede ver cómo el furibundo Cantábrico se esfuerza en entrar por la estrecha abertura entre montañas hasta la pequeña ensenada. Y lo consigue, pero completamente mermado de fuerza. La enorme pared azul que se deshoja en jirones de espuma se convierte en una pacífica onda que muere mansamente en la playa.

Playa de Cuevas del Mar

Playa de Cuevas del Mar

Pero si ha habido un lugar que me ha sorprendido en Asturias ese es la entrada al pueblo de Cuevas. Se le llama La Cuevona, y yo, tras verla en fotos multitud de veces, no me la imaginaba como realmente es. Y, querido lector, ahora mientras escribo me entra la duda de si tengo que intentar describirla, o simplemente animarte a que la visites, para que la sorpresa sea mayúscula. Solo te daré un par de pinceladas: una gran cueva, atravesada por una carretera. A la entrada, un parking. Pero ni se te ocurra dejar la moto allí, ya deberías saber que los paisajes son mucho mejores encima de tu moto. Así que sigue por la carretera y adéntrate en las profundidades. Estalactitas y estalagmitas, enormes cavidades iluminadas y la sorpresa detrás de cada una de las tres o cuatro curvas, eso es lo que encontrarás. Aún me parece oír el eco de mi carcajada al comprobar que realmente estaba en un lugar completamente mágico.

La Cuevona

La Cuevona

Covadonga siempre ha despertado mi atención. Y no por la Virgen (o quizá sí un poco, igual que me atrae el Pilar, Montserrat o Lourdes), sino porque recuerdo de pequeño las lecciones de historia: aquí comenzó la Reconquista. Don Pelayo y unos cuantos más comenzaron, cuatrocientos años después, a expulsar musulmanes -mi imaginación de niño hacía que fueran Pelayo y un par más, ayudados por la Virgen, tirando piedras desde la cueva a los moros que había debajo-. Pero como siempre pasa en estos lugares, el turismo lo invade todo a poco que haga buen tiempo. Rápida visita a la gruta de Covadonga, y deseo fustrado de ir a los lagos de Enol, ya que había comenzado ya las restricciones de paso con vehículo privado que se imponen en verano. Otro año será.

Santuario de Covadonga

Santuario de Covadonga

Camino a Lastres,  pasamos por el Mirador de Fitu, tras unas cuantas curvas rodeados de bosque, con los Picos de Europa a nuestras espaldas. Hasta allí se habían desplazado los turistas en masa: cola para subir al mirador, que se asemeja a un pequeño platillo volante suspendido en lo alto de la montaña, con los picos nevados a un lado, y el Cantábrico al otro. Lástima de los empujones y codazos para procurarse un buen lugar para la foto.

Mira que me gustan las listas. Y Lastres aparece en la mayoría de listas de los pueblos más bonitos de España. Pues bien, las listas están hechas fundamentalmente para discrepar de ellas. Y yo discrepo en este punto. Y no es que Lastres no sea bonito, que lo es. El problema es que un pueblo encaramado en la ladera de la montaña y que se desparrama hasta el mar, solamente es visible desde el mar -a excepción de algunos pueblos italianos, en la Costa Amalfitana o en las Cinque Terre-. En definitiva, que no tienes un buen lugar desde donde contemplar la belleza del pueblo. Quizá desde el puerto -parcialmente-, o desde la carretera -también parcialmente-, pero sin un lugar seguro desde donde pararse.

Lastres

Lastres

Oviedo me encanta. Es la típica ciudad grande donde te sientes a gusto. Zonas modernas, hoteles de calidad -y a buen precio, como el AC Forum-, y una oferta de sidrerías bien concentradas para poder elegir. La cosa es que como no vamos tan frecuentemente como a Burgos, no me acordaba de la zona de sidrerías. Y para que conste de manera indefinida, lo pongo en este post a modo de recordatorio: calle Gascona. Allí degustamos esta vez un pulpo y una ternera espectaculares.

No os llevéis a engaño como hice yo en alguna de mis visitas anteriores a Oviedo: Santa María del Naranco no está cerca del Naranco de Bulnes. Está a las afueras de Oviedo. Y sería imperdonable que no la visitéis. Es una iglesia prerrománica que… pero ¿qué estoy diciendo? ¡Santa María del Naranco es LA iglesia prerrománica por excelencia! Situada a las afueras, rodeada de una cuidada zona de césped reluce con los primeros rayos de sol. Bueno, los primeros primeros no eran, pero puede valer. De una planta simplemente rectangular, sus paredes laterales solamente tienen contrafuertes y una entrada a la que se accede por una doble escalera. Pero en sus extremos, toda la rudeza del prerrománico se torna delicadeza pura, con una tríada de arcos que deja paso a una pequeña balconada. Espectacular.

Santa María del Naranco

Santa María del Naranco

Y muy cerca de ahí, a un par de curvas más allá, otra de las iglesias prerrománicas que estudiábamos en el cole: San Miguel de Lillo. Ésta es algo más elaborada en su diseño, y presenta unas celosías labradas en piedra de lo más interesante.  Al verlas me pregunto dos cosas: ¿A santo de qué a los prerrománicos estos les dio por hacer ese par de iglesias tan juntas? ¿Tan faltos de Dios estaban por la zona? Y la segunda pregunta: siendo exponentes tan importantes del arte prerrománico en España… ¿a nadie se le ha ocurrido habilitar un pequeño parking de vehículos para incentivar las visitas? Aunque bien mirado, mejor que estas maravillas queden en el secreto, que celosamente guardaremos, entre vosotros y yo.

San Miguel de Lillo

San Miguel de Lillo

Salimos de Oviedo para volver al norte, a su costa cantábrica que era la que nos había llevado hasta esas -para nosotros- lejanas tierras. Cudillero, ¡ese sí que es un pueblo precioso y no Lastres! Aunque claro, la fama del Doctor Mateo solamente recala en Lastres. Era mi tercera visita a Cudillero, segunda en moto, que es cuando se saborean mejor las bellezas. Y la vez anterior diluviaba. Y a pesar de eso ya era un pueblo precioso… Pues esa mañana tocaba sol. Ver las casas de colores desparramándose por la ladera abrazando el antiguo puerto es de una delicadeza exquisita. Me recuerda a otros pueblos que tengo en mi memoria como de lo mejorcito que he visto, si hablamos de pueblos costeros. Del nivel de Positano, en la italiana Costa Amalfitana. Un consejo: si podéis elegir, mejor visitarlo una soleada tarde, ya que así el sol no quedará en contraluz a la hora de las fotos de postureo.

Cudillero

Cudillero

Cerca de allí existe una playa de nombre sugerente: playa del Silencio. ¿Cómo no íbamos a visitarla? El caminito sobre el acantilado hasta acceder al sendero peatonal es de lo más bonito para hacer en moto: a ambos lados la verde hierba, omnipresente en la costa cántabra, mientras muchos metros más abajo, el gran azul del mar. Sí, gran azul, no sé definirlo de otra manera, tened en cuenta que soy hombre y solo distinguimos cuatro colores, entre ellos el azul. Y este azul es grande, inmenso. La playa del Silencio, vista desde arriba es espectacular, de las que te deja mudo -de ahí el nombre, pienso-. Una ensenada de color verde turquesa, protegida por un gran peñasco cubierto de verde, mientras que al otro lado la costa se rompe en decenas de solitarias y verticales peñas donde el mar se desgarra con fuerza. No dejéis de echarle un ojo.

Playa del Silencio

Playa del Silencio

Y seguimos hacia el oeste, cada vez más lejos de casa, cada vez más cerca del cielo. Luarca es nuestra siguiente parada. Indispensable entrar por la carretera del faro, haciendo una parada justo cuando tengamos el puerto a nuestros pies, y todas las casas con sus característicos ventanales rodeándolo. Y luego, rodear el faro por la estrecha carretera que acaba posándote grácilmente sobre el puerto. Luarca es un pueblo muy animado donde no tendremos problemas para tomarnos una tapa -en nuestro caso fueron chipirones- y una caña. Esta fue nuestra primera visita a Luarca, y en ese momento decidimos, entre chipirón y chipirón, que no será la última. ¡Hasta pronto!

Luarca

Luarca

Si desde allí nos dirigimos en dirección sur, despidiéndonos definitivamente del mar Cantábrico, nos adentraremos en el Parque Natural de Somiedo. Miles de rutas a pie se nos abrirán por doquier en cualquier recodio de la carretera, de mil y una curvas. ¿Que qué carretera? Da igual. Cualquiera que cojáis es impresionante. Lo mismo encontraréis suaves colinas de esponjosa hierba que estrechos e impresionantes desfiladeros. Nuestro destino eran los lagos de Saliencia, a los que se llega por una pista en teoría fácil. Bueno, fácil hasta que te encuentras una lengua de nieve que deja unos dos palmos bien embarrados entre  la nieve y el barranco.

–Por ahí no podemos pasar– dijo Belén con buen criterio. Siempre me asombraré de la buena cabeza que tienen las mujeres para prever el peligro.

–No, es fácil– dije. –Ya paso yo tu moto. Solo tienes que ponerte al lado del barranco por si se me escurre la rueda.– Ingenuo de mí, pretendía que ella sola, casi sin espacio, parara los más de doscientos cincuenta kilos de mi moto si el barro me hacía una mala jugada.

Así que con más ilusión que pericia, comencé a avanzar por la estrecha cinta marrón de barro, apoyándome con los pies en el hielo. Poco a poco, como debe ser en un inútil total como yo cuando salgo del asfalto. Me acordaba de los miles de kilómetros sobre el hielo de la Expedición Aurora Borealis, pero claro, en esa ocasión llevaba clavos… y no había opción de retroceder. O subiendo al puerto de Someiller, en un memorable verano alpino off road donde una similar lengua de nieve nos impidió llegar más allá de los 3000 metros.

Y entonces me cagué. No literalmente, pero cuando faltaba poco menos de un par de metros para superar el obstáculo, me acordé del precario estado de mi neumático trasero, que se llevaba bastante mal con el barro. Y paré. Craso error. Porque cuando paras con el barro, ya sabes lo que suele pasar al arrancar de nuevo: Efectivamente, que derrapas. Y no tenía mucho margen de error para que se me desplazara lateralmente la moto, sopena de enviarla, junto con Belén, al fondo del barranco. Y no me apetecía mucho esa opción. Así que guardé el rabo entre las piernas -simbólicamente, claro…- y  no sin esfuerzo, empujamos la moto hacia atrás. Los lagos, que quedaban a escasos tres kilómetros, tendrían que esperar. Porque querido lector, es bueno siempre dejar algo pendiente para volver a un lugar que te sorprende, aunque esté tan lejos como Asturias.

A última hora de la tarde, paramos en mi querida León, donde vuelvo siempre que puedo a admirar su catedral y sus vidrieras. La pulcra leonina, la llaman. Con eso os lo digo todo. Esta vez la visita se quedó en un refrigerio en la Calle Ancha, frente a la Casa Botines. Mira que me gusta el modernismo de Gaudí. Y mira que me sorprende que haya muestras de él en León. Y no una, sino dos tazas. Porque el Palacio Episcopal de la cercana Astorga también es de traca. Si no lo conocéis, ya estáis programando una rutilla.

Casa Botines

Casa Botines

No todos los días se duerme en un monasterio. Bueno, de día incluso menos -festival del humor-. Pero esa noche, nosotros lo hicimos. En el Real Monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes. Habitación regia, cena de ministro. Si váis alguna vez, en el restaurante de la sala de las vigas, junto a una de las paredes de ladrillo, veréis mi marca. No, no la hice con la llave, que eso es de vándalos. Me dio durante la cena por hacer malabarismos inintencionados con la copa de vino, que no llegó a caer, pero que desparramó todo por la pared. Al principio quedó rojo, como suponía. Pero luego todo el manchurrón de la pared se fue tornando de un verde grisáceo que se hacía cada vez más evidente. La estrategia fue despistar a las camareras cada vez que nos acercaban los platos (sopa castellana y carrilleras, si tenéis curiosidad), pero no sé si lo conseguimos. Al menos ellas disimularon. Si algún responsable de la restauración de esos centenarios muros lee mi humilde blog, desde aquí pido perdón. En serio, soy cada vez más torpe, pero no lo hago adrede.

De Carrión de los Condes hasta Zaragoza, lo hicimos en un plis. Primero, sobre el Camino de Santiago, cruzándonos con infinidad de peregrinos que no trabajan los lunes. Frómista y su Canal de Castilla -múltiples veces visitado- quedó atrás, demasiado rápidamente. Si tenéis ocasión, no dejéis de verlo. Y ya puestos, la iglesia de San Martín, de un exquisito románico como todo el palentino. Después, atravesando las largas rectas de la ancha Castilla, llegamos a Lerma, que pasamos rápidamente ya que la visitamos hace un par de meses. Y luego Covarrubias, el Monasterio de Arlanza y finalmente Soria. Y si pongo estos nombres del camino es por si el lector avezado y masoquista que ha llegado hasta aquí, quiera descubrir verdaderas joyas castellanas. Cualquiera de estas poblaciones será de vuestro agrado, me la juego.

San Martín de Frómista

San Martín de Frómista

Y esto ha sido todo. ¿Lo mejor de todo? Buf, tantas cosas… El Cantábrico es un auténtico tesoro vayas cuando vayas. Asturias siempre será mi soñado edén, tan lejos como para anhelarlo, tan cerca como para poder alcanzarlo tras una pequeña penitencia de setecientos kilómetros. Y la oportunidad de observar cómo va cambiando el paisaje, poco a poco, desde la furiosa costa cántábrica, las verdes colinas del interior, pasando bruscamente a la planicie castellana y finalmente al valle del Ebro. Hemos recorrido media España cambiando de paisajes paulatinamente, casi sutilmente. Y eso no puedes notarlo viajando por autovías. Ni en avión, por supuesto. ¿Sabéis? Me siento afortunado.

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En busca del Sur

A ver, que siempre que te planteas ir al sur siendo del norte es toda una odisea. Sobre todo por lo lejos que está. Que nos quejamos de Cabo Norte, pero luego comienzas a ver en GoogleMaps y se te cae el alma al suelo si quieres planificar una rutita por los pueblos blancos de Cádiz en un fin de semana. Pero como ese fin de semana era un fin-de-semana-y-comienzo-de-la-siguiente algo largo, pues como que empezaban a cuadrar los números.

Así que el viernes, ya de noche, salimos de Zaragoza camino de La Mancha. Porque nos gusta La Mancha y sus molinos. Y porque pillaba de paso. Café en Guadalajara, tráfico en Madrid, y llegada a Consuegra a eso de las 11 de la noche. Hotel mu cuco pero sin calefacción. Bueno, con una de esas bombas de calor que tardó más de media noche en calentar. Llamarlo “bomba” de calor ahora me suena excesivo.

molinoY por la mañana, eso de levantarte y ver esos pedazo de molinos en la cresta de la montaña es la leche. Es una pena, porque le quitan todo el protagonismo al castillo, que lleva mucho más tiempo ahí que los molinos. Pero mira, castillos hay muchos y molinos… menos. Allá en el cerro calderico tuvimos que apartar a unos cuantos chinos para que no salieran tapando los molinos, pero no nos entretuvimos mucho, que ya habíamos ido unas cuantas veces a ver la docena de molinos. Así que rápidamente cogimos la autovía dirección sur.

—Tendríamos que haber comprado un queso manchego— le decía a Belén al ver la cantidad de fábricas a pie de autovía que anunciaban venta directa.

—Pues sí— contestó Belén rápidamente. ¡Con lo que le gusta a ella comprar cosas de comer directamente del productor! Siempre me retrae que no paremos cuando hay vendedores de setas en los arcenes.

—Pues mira, ahí venden queso artesano— dije mirando un molino que se acercaba rápidamente a la derecha de la autovía. —¡Salimos en la siguiente!

Un galgo ladraba y decenas de gatos nos miraban aburridos mientras dejábamos las motos al otro lado de la valla. Una señora entrada en años y en carnes, nos decía que pasásemos sin miedo.

—Lo recogimos hace unas semanas. Se ve que le habían dado de palos, al pobre— dijo señalando al galgo, que seguía ladrando pero más por miedo que por fiereza. —Llamamos a la perrera, pero nos dijeron que los galgos los llevaban a Holanda, que allí son muy cotizados—. La frase no tenía mucho sentido, pero no insistí en el tema.

—Queríamos un queso— dijo Belén.

—¡Claro! Aquí tenemos quesos denominiación de origen. Nos lo trae directamente el pastor. Es puro de oveja. ¿Quieren probarlos?— Sacó un cuarto de queso y comenzó a cortar unos pequeños triángulos.

—Nosotros querríamos solo una parte, no nos podemos llevar el queso entero.

—Pues eso no podrá ser— dijo. —Por la denominación de origen. Solo podemos venderlos enteros, o como máximo, la mitad.

—¿Y cuánto cuesta la mitad de un queso?

—Pues va a peso. Pero unos veintitrés euros.

—Uf! No podemos… Es que vamos en moto y hasta dentro de unos cuantos días no llegaremos a casa… Se nos secará por el camino— dije.

—Es por la denominación de origen, ¿sabe? Antes podíamos, pero ahora con la carretera al lado, solo nos dejan vender quesos enteros o medios. Por la denominación—. La conversación estaba tomando unos tintes tanto o más surrealistas que lo de los galgos en Holanda. En ese momento me arrepentí de no haber puesto la cámara a grabar.

—Pues no va a poder ser— dijo Belén.

—Como favor, les puedo vender este trozo— dijo levantando un cuarto de queso del que nos estaba cortando las cuñas para probarlo. El aspecto era bastante seco, pero al probarlo me pareció ver a Don Quijote y Dulcinea besándose, y una sensación de placer inusitada llegó a mi cerebro más primitivo proveniente de mis papilas gustativas. ¡Qué pedazo de queso!

—Pero no pueden guardarlo en la nevera— siguió contando.

—Ya. Porque se seca, no? —contesté.

—No, por la denominación de origen. El suero es tan fuerte que puede con la nevera. Fermentará todo lo de dentro y tendrá que tirarlo. El queso también— dijo.

Así que salimos del molino con nuestro queso envuelto en un mantel de papel, pensando que igual llevábamos material apto para la guerra biológica. Un trocito de queso podría llegar a acabar con todas las neveras del mundo. ¡Cuidadín!

Menos mal que miré el GoogleMaps antes del viaje, porque no me hubiera perdonado pasar Despeñaperros por el túnel. ¡Con lo bonita que es la carretera! No es de los desfiladeros más impresionantes del mundo, pero después de las larguíiiiisimas rectas manchegas, un poco de rock and roll siempre viene bien. Bueno, slow rock, porque las vistas curva a curva son bien bonitas y hay que disfrutarlas. Y por fin, Andalucía.

montoroLa primera parada fue Montoro. No el ministro, el pueblo. -Festival del Humor-. Era nuestro primer pueblo blanco, aunque no está recogido en la lista oficial de pueblos blancos. Pero es que la mayoría de pueblos por aquí son blancos… Pero Montoro, situado en un pequeño risco formado por el Guadalquivir, ofrece unas vistas que bien valen pararse a comer un buen trozo de queso manchego denominación de origen.

Y Almodóvar del Río y su castillo a contraluz allá a lo alto, mientras nosotros nos tomábamos el café con hielo en mangas de camiseta en pleno diciembre… Cosas del Sur. Y Olvera, con sus castillo y su iglesia formando un skyline que ya querría para él otras ciudades más cools… O Setenil de las Bodegas, donde llegamos con las últimas luces del día. Desde arriba, viendo cómo el pueblo tapiza completamente de blanco el barranco, como debe ser. Porque todo el mundo va a ver sus calles-cueva, pero lo que de verdad nos impresionó de Setenil fue la vista desde arriba. Y sus villancicos al amor de la lumbre en el mercadillo, y la juerga andaluza que ya se vislumbraba por los cuatro costados.

¡Qué decir del tajo de Ronda! Que no es el río, sino el “tajo”, de “corte”. Porque como si alguien hubiera cortado la ciudad, un gran barranco la separa en dos mitades. Y allí está el Puente Nuevo para unirlas. Una mole de ingeniería de otros siglos que aúna funcionalidad con belleza. Para verlo en su máximo esplendor, lo mejor es recorrer un camino empedrado que se mete en lo mas hondo del tajo. Y hacelo ya de noche y en moto, es lo más… Hasta que llegas al mirador y te encuentras un coche con los vidrios empañados… ¡A ver desde dónde hago yo la foto ahora! Pero la hicimos, que conste.

rondaPor la mañana, descubrir las alturas del tajo desde el Balcón del Coño, o atravesar el puente de un lado a otro disfrutando del solecito, hicieron que saliéramos algo tarde de Ronda. Hay unas carreteras magníficas por la zona, con unas vistas espectaculares. Nos dirigíamos a Zahara de la Sierra, que se apareció ante nosotros presidiendo el embalse, de aguas turquesas. Recorrimos sus empinadísimas calles siempre encaladas, hicimos las fotos oportunas y seguimos camino hacia Grazalema por el Puerto de Las Palomas. ¡Qué maravilla de carretera! Podíamos ver sus muretes allá arriba, simulando enormes murallas que coronaban los riscos. La carretera va y viene adentrándose en la montaña, para reaparecer nuevamente en el otro lado.

Grazalema… Me quedo con la vista desde la carretera, a ras de tejados, que te dan una visión diferente de lo que habíamos visto hasta ahora. Volando bajo. Y Ubrique. Sí, el del torero. Mucho más grande de lo que imaginaba. Paramos a comprar pan en una tienda, donde el tiempo es más relativo que en casa de Einstein. Ritmo sureño, le llaman.

No zerá polizía, no? —dijo un señor arrugado y de una tez verde aceituna dirigiéndose a Belén. —Con er trahe eze fosforito, lo pareze. Aquí tenemo una polizía que ez hembra como uhté. Pero no, no eh uhté—. Para gente del norte como yo, aunque tenga la mitad de mi sangre andaluza, sigue siendo sorprendente la gente del sur.

Cuando ves un cartel en la carretera que pone “peligro, carretera ondulada”, nunca sabes si se refiere a ondulaciones en el plano horizontal o vertical. O sea, que si es en el plano vertical significa que hay curvas -guay-, pero si es en el horizontal lo que significa es que te vas a meter en una carretera con más baches que la madre que la parió. Y así fue mientras recorríamos el Parque Natural de los Arcornocales dirección Algar, donde finalmente volvimos a sacar nuestro queso manchego bajo la atenta mirada de un puñado de gallinas, que tenían los parterres del pueblo como extensión pija de su corral. Sorprendía ver a todo el pueblo de fiesta, llenando las terrazas de los dos o tres bares que tiene el pueblo, vestidos de domingo. Vale, que era domingo, pero sorprende. Se ve que era la fiesta del jamón y del queso -mira por dónde-.

arcosubriqueEn Arcos de la Frontera seguía la jarana. La plaza y el balcón estaban ocupadas por la fiesta y el baile, a pesar de ser media tarde. La fiesta del jamón, nuevamente. Sorprende ver como en cada bar un grupo de parroquianos se arrancaban a cantar y a tocar palmas a la mínima. Y es que yo, cuando veo eso en alguna peli extranjera ambientada en España, me pongo negro pensando en el topicazo y en la exageración… pero se ver que por el sur esto es muy normal. Olé!

Buscando la iglesia prioral del Puerto de Santa María se nos hace de noche. Y…  ¿por qué el Puerto?, pensaréis. Porque de ahí provengo. Al menos en un cincuenta por ciento. De salió mi padre buscando el Norte. Tenía que devolverle la visita, no? ¿Y adivináis qué me encontré en plena plaza? Pues una hoguera dentro de un bidón, unas cuantas sillas en círculo y gente cantando. Ole, ole… y Ole!

¿Que a qué sabe Cádiz? Sin duda a cazón en adobo. Da igual si estás de cara al Atlántico o mirando las marismas. Da igual si te encuentras en el Castillo o admidando su catedral. Cái huele a cazón.

puertoLa mañana del inicio del retorno puede ser triste… o no, en función de lo que te encuentres. Y nosotros nos encontramos al cabo Trafalgar. Sí, donde Nelson nos dio pal pelo. Pero míralo él, allí encima de una columna en un Londres lluvioso y oscuro, mientras aquí los chavales se pasan la mañana entre las arenas de Caños de Meca haciendo kite surf. ¿Al final quién gano, Nelson? ¿Eh?

Zahara de los Atunes, Barbate, la duna de Bolonia… Seguíamos avanzando hacia el sur mientras el viento nos dificultaba el camino. ¡Cuántas veces habré oído eso de “temporal de levante en el Estrecho“! Pues ahora lo estábamos sufriendo en nuestras propias carnes. Pero llegamos finalmente al sur. Tarifa.

N36º0’31.135″. Ese es el punto más al sur de Europa donde puedes llegar en moto, sin coger barcos.  Y estábamos ahí, frente al fuerte y el faro. Yo he llegado 4 veces en moto a Cabo Norte, su homónimo septentrional. Belén una (y en 125cc!!).  A Punta Tarifa le traía noticias de su primo del norte: “Mira, primo: que sepas que aquí se pasa mucho frío en invierno, y lo mismo que tú tienes surferos,  en los veranos vienen a visitarme muchos moteros. Bueno, alguno se viene incluso en invierno, pero debe estar un poco tarado…” Y cosas por el estilo. Cosas de familia.

tarifaY como siempre que llegas al punto más alejado, solamente queda volver. Volver por el Mirador del Estrecho, viendo cómo la costa africana se desdibujaba por las nubes bajas, por Marbella y su puerto Banús, que también infectamos con nuestro fermento del queso manchego, rodeados de las miradas de asombro de gente extraña que se bajaba de Ferraris o Maseratis. ¿Por qué visten tan raros los ricos? ¿Acaso son daltónicos? ¿Se inventan todas esas combinaciones de colores o les dieron un manual de pequeños? Misterios de la jet set.

Y el broche del  fin de fiesta fue la cena de picoteo en Jaén, con nuestro amigo Paco. Es muy curioso, porque nunca sabes qué vas a cenar. O sea que tú pides las cañas, y ellos te ponen algo. Gratis. Que sí, que ya sabía de qué iba esto del tapeo, pero para un catalán acostumbrado a pagar 2.60€ por una caña y 1.50€ por un plato de aceitunas -que no olivas-, que te pongan un plato de migas, unas bravas o unos choricitos con encurtidos así por la cara, como que choca. Para bien, pero choca.

A ver… Que con la tontería nos hemos plantado ya en el martes, y al día siguiente había que trabajar. Si miras el mapa, ves que te encuentras a 900 kilómetros de casa. Mejor pongo novecientos en letra, que parecen menos sin tanto cero. Así que al final decidimos tragarnos toooda la autovía A-4, y luego tooooda la A-2 para -previo paso por Zaragoza- llegar a casa. Cansado pero satisfecho.

Me llevo de Andalucía los sabores a cazón y pescaíto frito. El olor a alegría. A mar y a fino. A manzanilla y oloroso. A fiesta. Como un soplo de aire fresco, los rancios del norte deberíamos empaparnos de esa alegría, envolverla en un mantel de papel como si fuera un queso manchego denominación de origen y traérnosla a nuestros aburridos días cuadriculados aquí, en el Norte. Porque no sé si todo Sur necesita algo del Norte, pero estoy seguro que todo Norte requiere algo de Sur. Una pizca aunque sea. Una miaja.