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La aventura de cada fin de semana

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Pues eso que te coges las motos y te vas hacia Soria y Segovia a darte una vuelta de fin de semana. Y sale un vídeo como éste. Espero que os guste.

Vuelvo a recorrer la A2 camino a Zaragoza, vieja amiga hasta casi la intimidad, no en vano conozco sus secretos curva a curva, bache a bache, radar a radar. Esta vez el otoño me regaló esos colores rojizos en sus extensos campos de perales cercanos a Lleida o los amarillos de los majestuosos álamos que rodean los escasos riachuelos, casi a punto de ser despojados de las hojas que pronto inundarán las carreteras secundarias como si de una mullida y acogedora alfombra se tratara. El sol, siempre al frente en las tardes de viernes, cubría todo el paisaje con ese manto anaranjado de las últimas horas de luz.

Después de una breve parada en Zaragoza para cargar pasaje y equipaje, retornamos a la A2, ahora dirección a Madrid y ya de noche cerrada. Las frecuentes obras que nos encontramos en la autovía nos demoran algo del horario previsto. En Calatayud abandonamos la vía rápida -cuando no hay obras, claro- y por la N-234 llegamos y sobrepasamos Soria, no sin antes ser iluminados a traición por algún flash noctámbulo, gajes del oficio. Nuestro campamento base sería Ucero, en el extremo sur del magnífico Cañón del Río Lobos, y para llegar hasta allí el travieso GPS se marcó un camino de cuento, entre oscuros bosques y pequeños salpicones de piedras que en su día alguien llamó pueblos. Muriel, Talvella o Fuentecantales quedaron a los márgenes de esa oscura carretera comarcal.

Finalmente llegamos a Ucero, alojándonos en la magnífica Posada Los Templarios, algo esquiva al principio, a pesar de encontrarse pared con pared con la iglesia del pueblo. Sabiendo este dato, no hubo más que otear el oscuro horizonte en busca del austero campanario para encontrar nuestro lugar de reposo. Más de 500 km recorridos en un viernes laborable, pero que se hicieron livianos gracias a las excelentes cualidades ruteras de la BMW R1200GS.

El nuevo día amaneció en la Posada con el aire impregnado de tostadas y zumo de naranja recién exprimido, mientras fuera comenzaba a desperezarse un magnífico día. Los 6 kilómetros que nos separaban del parking del Cañón del Río Lobos no dieron tiempo a que se nos quitara el calor acogedor de la casa de piedra con esos muros de más de medio metro donde habíamos pasado la noche. Unas breves palabras con el guarda forestal nos invitan a seguir hasta el segundo (y último) parking dentro del espacio natural. Desde allí, un agradable paseo de ida y vuelta entre chopos y pinos nos deja, en menos de 1 kilómetro en la ermita de San Bartolomé, rodeada de abruptas paredes de piedra repletas de jirones, nidos de buitres y quién sabe qué alimañas.

Después de adentrarnos unos pocos metros en una gran cueva cercana, y de asomarnos al precipicio de una de las hoces del Río Lobos, emprendimos nuevamente la marcha hacia San Leonardo de Yagüe, por una carretera zigzagueante que va ganando altura por el cañón. Allí ascendimos hasta el Castillo Abaluartado, prácticamente en ruinas donde se puede obtener una buena vista sobre el recoleto pueblo.

Por carreteras secundarias, similares a las del día anterior, nos dirigimos al sur, pasando por paisajes cambiantes, desde cerros de piedra salpicadas de pequeños bosquecillos de pinos, hasta suaves colinas peinadas de infinitos ocres e incipientes verdes que comienzan a dar color a la próxima cosecha. Nos atrevemos incluso con alguna pista fácil, haciendo los primeros pinitos con las suspensiones electrónicas de la BMW fuera del familiar asfalto.

Llegamos así a San Esteban de Gormaz. De esta agradable población me quedo con el puente de piedra sobre el Río Duero, aún joven y chisposo por estas latitudes, y con sus jardines amarillentos que desprenden melancolía otoñal. También agradable fue el paseo por el casco antiguo hasta la Iglesia de Nuestra Señora de Rivero, que preside, junto a su arruinado castillo, las partes altas de la villa. A pesar de que estaba cerrada -y es que ya es casi la hora de comer- fue interesante el porche románico que protege la entrada lateral de la iglesia, y desde donde se tiene una buena vista de los alrdedores del pueblo.

A unos pocos kilómetros se encuentra Burgo de Osma, de obligada visita si el viajero pasa por estas tierras. Como lo primero es lo primero, dimos presta cuenta de las viandas que nos ofreció uno de los varios asadores que allí se encuentran ubicados. Sopa castellana y un crujiente cochinillo asado, como no podía ser de otra manera, nos proporcionaron energía suficiente para pasar la tarde. Interesante la Calle Mayor, que conecta la imponente catedral y su campanario con el Ayuntamiento, algo más austero.

Ya con la caída del sol, más temprana de lo deseado, enfilamos rumbo norte por la rectilínea carretera que une Burgo de Osma con Ucero, donde nos esperaba un relajante circuito de spa, incluido junto con la sofisticada pero rural cena, entre las exquisiteces que ofrece la Posada Los Templarios.

Ya era domingo y llovía en Soria. Poca cosa, eso sí, pero lo suficiente como para empaparlo todo. Afortunadamente el agua nos respeta mientras cargamos la moto, y comienza nuevamente cuando danzamos otra vez por las carreteras secundarias sorianas, altamente embaucadoras y peligrosas, sobre todo en mojado. Llegamos a Catalañazor al mediodía -sí, salimos muy tarde del hotel…- En lo alto de la peña se erige una villa casi de cuento medieval, desafiando a los campos de cientos de colores que la rodean. Una agradable visita a su castillo donde apenas queda la Torre del Homenaje y cuatro murallas mal contadas, da paso posteriormente a pasear por las empedradas y cuidadas callejuelas del pueblo, curioseando en las múltiples casas rurales, restaurantes y tiendas de souvenirs y recuerdos. El plan era comer en Zaragoza, así que continuamos ruta con la lluvia acompañándonos hasta poco antes de Calatayud. Poco después, incluso saldría el sol. Tras comer y descansar unas horas salí nuevamente para Barcelona, ya de noche y nuevamente con lluvia, pero cargado de buenos recuerdos y sensaciones -y algún que otro virus que me ha fastidiado el inicio de la semana- de un siempre estimulante viaje a Soria.

Como suele ser habitual, la ruta la podéis ver aquí:

Camino a Soria


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