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(vídeo al final)

La primera vez que atravesé una frontera en mi propia moto fue una sensación única. Para Belén y su Derbi esta iba a ser su primera vez. Y seguro que sería especial. Las matrículas desconocidas, las señales de tráfico ligeramente diferentes, y los nuevos paisajes, a pesar de ser ya conocidos, tienen un sabor especial cuando vas en tu propia moto. Todo eso y mucho más es lo que salimos a buscar en la penúltima ruta del 2013, La Ruta de la Camarga.

El sábado fue una jornada de desplazamiento puro y duro, aunque no fuimos por las resabidas autopistas que una y otra vez nos habían teletransportado a Francia. Este vez disfrutaríamos del slow roading, término que no sé si me acabo de inventar o ya alguien lo había acuñado anteriormente. Y es que viajar sin peajes a ritmo de 125cc tiene mucho encanto. Salimos pronto, pero no demasiado, para no soportar las gélidas temperaturas de la plana de Vic. Aún así, fueron 1 o 2ºC los que por allí soportamos. Autovía hasta Girona y N-II hasta La Jonquera, donde pasamos al país galo a través de las bonitas curvas de Le Perthus. Y en Francia no quedaba otra que avanzar rotonda tras rotonda, esperando la noche con resignación y paciencia. Y llegó la oscuridad, y con ella la lluvia, que vistió los últimos kilómetros de algo de aventura: Belén, que va delante, se “inventó” la carretera en algunos tramos. Y es que el faro de la Derbi Terra no da para mucho.

El hotel Marquis de la Baume está en pleno centro histórico de Nîmes, lo que dificulta mucho su localización, incluso ayudados por el GPS. El hotel aprovecha un antiquísimo edificio, laberinto de escaleras, pasadizos y patios interiores. La habitación, muy bien decorada y ambientada, pero con algunos déficits en el baño, como es costumbre en Francia. ¿Qué les costará poner una simple cortina en la bañera?

Con la lluvia fina que nos había acompañado los últimos kilómetros, nos dispusimos a callejear, en busca del famoso anfiteatro romano de Nîmes, hoy en día convertido en plaza de toros. Primorosamente iluminado, es todo un espectáculo disfrutar del programa especial de Navidad que se proyectaba en sus milenarias paredes. Cenamos en una brasería cercana, con muy buena comida pero nefasto servicio. Al salir, ya había dejado de llover, lo que nos permitió disfrutar del casco antiguo de la ciudad antes de reposar de los casi quinientos kilómetros recorridos.

P1030465La primera parada del domingo fue en el puente de Van Gogh, situado a las afueras de Arles. Un modesto puente levadizo de madera ayuda a salvar un pequeño canal de los muchos que hay en esta zona. Asombrosamente es un lugar con muy poco turismo, lo que ayudó a disfrutar más intensamente de la belleza del lugar. Apúntalo para una próxima salida. Muy recomendable.

Y después, camino del sur hacia la auténtica Camarga. Humedales, lagunas repletas de garzas y algún flamenco, inmensas planicies donde pastan los pequeños caballos de la región e incluso alguna manada de toros bravos, que nos miraron con sus larguísimos y enhiestos cuernos. Unos cuantos kilómetros más al sur de Port-Saint-Louis-du-Rhône se encuentra la playa de Napoleón. No sé qué relación tendrá la playa con el emperador francés, pero la visita vale la pena. Desérticas playas rodeadas de algunas lagunas y la mirada distraída de algunas aves acuáticas, hacen del paraje un lugar especial.

A pocos kilómetros se atraviesa el gran Rhône -lo que nosotros conocemos como Ródano, vamos- en una gran barcaza, que casi llega a la categoría de Ferry. Al igual que la primera frontera, el primer salto fluvial de Belén también la ilusionó pintándole la cara con una agradable sonrisa. Una vez en tierra, seguimos la Route de la Fielouse, que atraviesa la Camarga por su mismo centro, mostrándonosla en su más pura expresión. Caballos al trote, grandes rapaces posándose a nuestro lado, más toros bravos, más humedales… Pura delicia para los sentidos.

En Saintes-Maries-de-la-Mar, ya a orillas del Mediterráneo, el olor a gambas a la plancha nos hace parar y comer, mientras el sol parece definitivamente dispuesto a iluminarlo todo con tonos rojizos. Los juncos a los márgenes de la carretera, los puentes sobre los canales,… estábamos rodeados de una atmósfera natural, muy diferente a todo lo conocido. Cada recodo del camino es una nueva sorpresa. Las carreteras, fáciles y rectilíneas, te permiten disfrutar más del paisaje que de la propia conducción, que se convierte en un mero complemento de lujo.

P1030492Aigues-Mortes y sus murallas pondrán la guinda del pastel. Su calle central, atiborrada de tranquilos turistas, da a una placita serena pero bulliciosa, donde apetece pasear sin prisas. El sol comenzaba a pensar en retirarse, mientras ultimamos algunas fotos sobre el faro fortificado o los canales cercanos. Ya en la moto, observamos cómo sus últimos rayos se ocultaban allá a lo lejos, reflejándose en las marismas cercanas, y estallando en una sinfonía de colores que compusieron una de las más bellas puestas de sol que he contemplado. Pero la naturaleza aún nos tenía reservada otra sorpresa, alardeando de su potencia infinita como creadora de momentos especiales. En la penumbra, y a pocos metros de nosotros, un flamenco inició su pesado y laborioso vuelo sobrevolándonos de cerca, y mostrando sus alas de color rosa fluorescente, que resaltaban sobre un cielo aún rojizo. Un colofón a un día muy especial.

Llegamos a Arles de noche cerrada. El hotel Mas de la Chepelle es una casa de campo señorial, a la que se accede únicamente por estrechos caminos apenas asfaltados. Adentrándonos en la espesa niebla que ya se cernía sobre la zona, nos sumergimos en un ambiente del siglo XVIII, con estatuas y jarrones que le dibujaban un barroquismo extremo a la decoración. Una vez instalados, volvemos a una Arles desierta y casi fantasmagórica, paseando por su anfiteatro romano, o la Plaza del Fórum, inmortalizada como no por Van Gogh, en un ambiente que para nada recordaba al de hace unos cuantos veranos, pero que sirvió para avivar buenos recuerdos.

Nuestro hotel amaneció aún cubierto de niebla, con una atmósfera campestre que casi invitaba a salir a caballo a la caza del zorro. Y cogimos nuestras monturas y cabalgamos hacia casa, primero atravesando por última vez los humedales de la Camarga, luego desandando el camino de vuelta hasta La Jonquera. Y ya de noche, esquivando los peligros de la oscuridad y de los camiones asesinos, llegamos a casa teniendo la certeza de que ha sido una buena ruta a pesar de la brevedad y de la lucha constante de Belén con los peligros de la noche, únicamente armada con un pequeño faro que apenas alumbraba. Porque amigos lectores, las piedras del presente son las que forjan la experiencia del mañana. Y superar obstáculos es la única manera de avanzar y conseguir nuevos retos. Belén lo acaba de aprender y no creo que lo olvide. Y si lo hace, ya estoy yo aquí para recordárselo.


La Ruta de la Camarga por Dr_Jaus