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La aventura de cada fin de semana

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Jo, ¡qué buen día nos ha hecho hoy! Levantarse por la mañana, abrir la ventana y verlo todo soleado no tiene  precio. Ya ni me acordaba de esa sensación. Así que me he aventurado y me he quitado los forros térmicos que llevo puestos desde Rovaniemi. ¡A lo loco! Y eso que se veían a lo lejos nubes amenazadoras de tormenta…

Hoy era un día de ver muchas cosas, que es en lo que se pierde tiempo. Así que por vez primera, me he desentendido del roadbook (que por cierto, naufraga cada vez que llueve -o sea, todos los días- y se empapa el papel, rompiéndose en cuanto lo quieres mover. Deberé revisar la estanqueidad) y he autorizado al GPS a calcular la ruta por autopistas. Amsterdam, Gante, Brujas y Bruselas debían recibir una visita como Dios manda.

Pero antes de pillar la autopista, hemos recorrido -con sol- carreteras de esas holandesas que parecen de cuento. Laaaargas rectas, al lado de un canal por donde pasan los barquitos y hierba por todos lados. Hierba de la del suelo, que de la otra ya tendremos bastante en Amsterdam. Y de pronto, ¡una curva! Aquí las curvas las señalan con tropecientas señales de peligro. Claro, para cuatro curvas que tienen, las amortizan bien.

De eso que dejas que el GPS te guíe al centro de Amsterdam, y acabas paseando entre escaparates llenos de prostitutas en el barrio rojo. Así, sin buscarlo. Son menos de las once de la mañana de un domingo, y ya están casi todas ahí expuestas, con las legañas aún en los ojos. Bueno, supongo que tendrían legañas. Porque yo a esas señoritas no podía mirarles a la cara… Esa ciudad me encanta, con sus canales a cada vuelta de la esquina, sus casas que parecen caerse unas sobre otras, sus escaparates tan bien decorados -juas- y su olor a… “hierba recién cortada” en cada coffee shop

Y autopista hacia Gante. La planificación me ha dado algún que otro quebradero de cabeza. Intentaba hacer una buena triangulación para visitar Gante, Brujas y Bruselas, y resulta que las tres ciudades están ubicadas en una recta perfecta, con una precisión casi milimétrica. Así que era imposible triangular. Y además hemos empezado por la del medio, así que calcula la triangulación… De pena.

Pues bien, camino de Gante, cerca de Amberes hemos tenido el primer problema -y espero que el último- mecánico del viaje. Bueno, digo Amberes de oídas. Porque en los carteles ponía Antwerpen… Mensaje para los señores belgas: mira, que le llames Gant a Gante, tiene un pase. Que le llames Brugge a Brujas (y que además signifique “puentes” y no “brujas”, tiene otro pase. Pero a Amberes, que suena tan claro que tiene que ser Amberes, le llames Antwerpen,… es para expulsarte de la Unión Europea, vamos… Aishh….

¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! El problema mecánico. Nada más y nada menos que se ha aflojado el tornillo que fija el sensor de velocidad de la Derbi. Una tontería que hemos arreglado con una llave allen en menos de diez segundos. Y no hay más. Y espero que no haya más problemas. Las dos motos -especialmente la Derbi- se están portando como campeonas. Y Belén más, por supuesto. Es impresionante cómo se la ve mejorar día a día.

Gante, precioso, con sus innumerables iglesias, su puente, sus canales,… y sus turistas. No me había cruzado con tantos guías hablando español en mi vida. Y es que ya se nota que estamos cerca de casa…. Y Brujas, con su Markt, o sus rinconcitos escondidos,… también llenos de turistas… Pero hemos sabido abstraernos y disfrutar la ciudad casi como si estuviéramos solos.

Ya solo quedan 100 kilómetros para ir a Bruselas, la última ciudad del día. Autopista, claro. Pero no, nuevamente los Dioses se alían con nosotros y nos regalan un fabuloso atasco entre Brujas y Gante que ya habíamos visto a la ida. Así que vuelta a programar al GPS para que nos lleve por carreteras secundarias. Llevamos más de 400 kilómetros, pero recorrer la Bélgica profunda por esas carreteras me ha gustado. Pueblecitos con chalets de diseño, jardines cuidados,… Y carreteras cortadas. Más de cuatro hemos visto, con el consiguiente cálculo de nueva ruta, que cada vez tenía más kilómetros.

Y por fin Bruselas. ¿Qué queréis que os diga? Es la primera vez en el viaje que tengo sensación de inseguridad. Gente pidiendo por las calles, gente algo alcoholizada, gente que te mira raro… Quizá me esté volviendo muy nórdico. Lo mejor, la Grand-Place, por supuesto. Porque el Manneken pis es la mayor decepción desde que vi el Torico de Teruel. Y eso que ya sabía de qué iba la cosa…

La pregunta del millón: ¿Pero al final nos ha llovido o no? Pues claro que nos ha llovido. Nos ha diluviado. A las brujas hoy les ha dado tiempo de hacerse hasta moño.

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Llovía. Ya menos, pero seguía lloviendo al entrar en la ciudad. De pronto, giré a la derecha, un poco por instinto. No recuerdo si había una señal de circulación prohibida, pero podía ser. La calle era de adoquines y con vías de tranvía, algo peligroso para ir en moto bajo la lluvia. De pronto, al subir un pequeño repechón lo sentí. Algo me subía por el pecho hasta atenazarme la garganta. El pulso y la respiración aumentaron. Sonreí. Un nuevo síndrome de Stendhal. Esta vez en Gante.

No hay nada mejor que comenzar el día subiendo los casi cien metros de los acantilados de Étretat. La vista desde lo más alto de esas paredes de roca blanca, con los arcos de piedra de equilibro casi imposible era el mejor inicio de jornada. Tras un ligero desayuno, enfilamos las coquetas carreteras de la campiña normanda hacia Fécamp, plagado de palacetes y casas señoriales de un neogótico recargado a la par que elegante.

Los primeros ciento cincuenta kilómetros por esas carreteras fueron más lento de lo esperado. Las rotondas, ese invento francés del demonio situado cada pocos cientos de metros, hacían imposible llevar un ritmo ligero. Añoraba las autopistas, con sus tres carriles, sus largas rectas y esa sensación de devorar kilómetros rápidamente. No lo pensé dos veces. A pocos kilómetros de Calais nos metimos en la autopista. Quería tener tiempo para disfrutar de las ciudades belgas que configuraban el menú del día.

Como no podía ser de otra manera, al cabo de poco rato comencé a añorar las carreteras, con sus suaves curvas, sus paisajes y su tranquilidad. Y el GPS así pareció entenderlo, porque sin comerlo ni beberlo nos sacó de ella en Dunkerque. Y así, casi de puntillas entramos en Bélgica. Pequeñas carreteras locales, bordeando canales y con el asfalto mojado. Nos dirigíamos al centro de la tormenta, pero las primeras gotas ya comenzaban a caer.

Y así entramos en Brujas, lloviendo sobre sus adoquinadas y encantadoras calles. Afortunadamente, la tormenta nos dio una tregua para visitar rápidamente la ciudad. Brujas son las imponentes iglesias con altísimos y recargados campanarios construidos con ladrillos. Son los cientos -miles- de chocolaterías de lujo que ocupaban los bajos de espléndidas casitas del siglo XVII. Son los coquetos canales adornados con flores que te salían al paso al cruzar cualquier esquina.

No teníamos mucho tiempo más, así que continuamos camino -esta vez por autopista- hasta Gante, nuevamente bajo la lluvia. Los belgas conducen fatal, casi tanto como los españoles. Lo de circular por la derecha tampoco va con ellos. Además circulan rápido, cambiándose de carril sin ton ni son y casi sin señalizar. Tocaba aumentar precauciones y no correr. Sobre todo porque en ningún lugar vi la limitación de velocidad en la autopista. ¿110? ¿120? ¿130? Ni idea.

Gante sorprende. Cuando no te lo esperas, la belleza te abofetea sin piedad, te da en toda la cara reclamando tu atención. Eso es lo que pasó en Gante al subir ese puente de adoquines sobre el canal. A nuestra derecha, la impresionante iglesia de San Miguel. Al frente, la torre del reloj. Más allá, otra iglesia, la de San Nicolás. Todo ello atravesado por un apacible canal con las típicas antiguas casas de ladrillo. La visión es tan apabullante que no sabes hacia dónde dirigir la mirada.

Pocos kilómetros después se encontraba Amberes, punto final de la ruta de hoy. El campanario de la catedral, con su reloj en un estridente dorado, sobresalía entre los tejados de la infinidad de casitas de ladrillo que configuran la gran plaza. El ayuntamiento ondeaba cientos de banderas en su fachada, que bailaban al son de un viento que había alejado la tormenta. Al final, y debido a problemas con el horario de cierre y por no saber mucho del idioma flamenco, acabamos cenando musaka en un agradable restaurante griego de la ciudad.

En los múltiples lugares de interés de la ruta de hoy, los habitantes locales miraban casi con aburrimiento aquellas cosas que a nosotros nos maravillaban. Algo así me pasaba a mi durante los más de treinta años que viví muy cerca de la Sagrada Familia de Barcelona. El viajero viaja para disfrutar de cosas desconocidas, y no necesariamente bellas. Lo bello pero conocido al final se convierte en normal. Lo desconocido siempre es extraordinario. El viajero que busque solamente lo bello se convierte fácilmente en turista. El viajero que busque y se sorprenda con lo desconocido tiene todos las papeletas de convertirse en explorador. Lo mejor de todo es que mañana comenzará un nuevo día repleto de rincones desconocidos.