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La aventura de cada fin de semana

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Aquí está la segunda parte del vídeo de la ruta de este verano por Balcanes, Bulgaria y Rumanía. En este capítulo vamos desde Mostar (Bosnia) hasta Sofía, en Rumanía, pasando por el Piva Canyon de Montenegro, Albania, Macedonia y el Monasterio de Rila, ya en Bulgaria.


Sabes de esos días que el sol da con fuerza, el asfalto parece que se derrita bajo tus ruedas y te sobra toda la ropa de la moto? Pues hoy no era ese día. Ya ha amanecido en Zadar algo nublado, aunque la vista de la costa desde el apartamento presagiaba otro día radiante. Solamente hacía falta darse la vuelta para ver los nubarrones. Pero bueno, así hemos llegado hasta Šibenik. Pero nos ha costado lo suyo. Kilómetros y kilómetros de caravanas a poco que llegabas a un pueblo. Como no hacía buen día se supone que los turistas han abandonado las paupérrimas playas para lanzarse a la carretera. Porque allí estaban todos. Fijo. 

En Šibenik, tras una buena caravana de entrada -como no- finalmente hemos encontrado sitio, más o menos, en un aparcamiento de motos. Hemos callejeado hasta la catedral. Es extraña, de esas en las que su fachada principal no vale mucho la pena, su fachada lateral tampoco, y su interior no mata. Pero el conjunto es armonioso y aprueba con nota. 


Luego hemos intentado encontrar el Drazen Petrovi? Memorial, una pequeña estatua conmemorativa al jugador de baloncesto más grande que dio la ciudad. Después de mucho buscar, solamente hemos encontrado un mural, pero sin rastro de la estatua. Y a bien seguro que estaba cerca. Otra vez será.


Y luego ha comenzado el diluvio. Rayos y truenos y lluvia copiosa y continua hasta llegar a la frontera con Bosnia. Y luego más agua y más truenos. Había diseñado una ruta por alguna carretera pintoresca, pero visto el percal he decidido meterle directamente la dirección del hotel en Mostar. Pero sabes de esos días en los que el GPS se pone tontorrón y te quiere buscar las cosquillas? Pues eso. Primero que nos quería meter por unas pistas. Y mira que no le suelo hacer ascos a un poco de tierra, pero las condiciones climatológicas no invitaban a muchas alegrías. Así que recalculando nuevamente, mi Garmin ha decidido que lo mejor es llegar a Mostar por las peores carreteras del mundo. Os juro que sacaba la pierna para sentir el agarre del asfalto y parecía hielo. Sí, una sensación muy parecida a cuando subí a Cabo Norte en invierno. El asfalto bosnio es incompatible con el agua, os lo digo yo. 

Y con mucho cuidado hemos llegado, sin parada para comer, a Mostar. Y nada más llegar al hotel, vemos cómo unas ¿rumanas? eran pilladas por la propia víctima tras mangar unas carteras. Forcejeos gritos… Toda una bienvenida a la ciudad. En ese momento, la recepcionista del hotel nos ha invitado a dejar las motos en un parking interior “para más seguridad”. Por supuesto que sí!

Mostar… preciosa al atardecer. Porque a todo esto había dejado de llover pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad. Incluso ha salido un tímido arco iris. Pasear por el casco viejo, descubrir nuevamente el puente, escuchar a los muyaidines vociferar desde cada mezquita… Otro mundo. La puesta de sol nos ha brindado, sin duda, el momentazo del día. Toda una recompensa a un día duro de verdad, en el que Belén, como ya me tiene acostumbrado, se ha portado como una campeona, tras muchas horas sobre la moto y bajo la lluvia y el frío, y sin rechistar ni un solo momento. Ole, valiente!


Seguro que Belén os habla en su crónica de las niñas pidiendo por las calles y todo eso, pero yo prefiero quedarme con los colores del atardecer sobre el río Neretva. 


Mañana seguirá lloviendo, así que puede que improvisemos un cambio de ruta sobre la marcha. Eso me suele estresar, pero en el fondo, me hace sentir vivo. Buenas noches, aventureros!

Faltaban las últimas curvas. Derecha, izquierda y comenzó a aparecer detrás de unos abetos. Imponente pero modesto. Coqueto pero altivo. Entre las dos montañas rebosantes de miles de árboles apareció un valle sin nombre. Un valle solitario y desértico. No esperes ver a nadie, porque por allí nunca pasa nadie. Es el valle escondido.

Las salidas de las ciudades son siempre traumáticas. Abandonar Rijeka no fue la excepción. Alejándome de las autopistas di casi sin querer con la primera joya del día. Se llama Bakar y es una pequeña población costera, encajonada entre montañas y autovías, que reposa en una tranquila lengua de mar. Ajena a su bulliciosa vecina, aquí para sus habitantes la vida discurre entre los aperos pesqueros esparcidos por el pequeño muelle y las mesas mugrientas de las terrazas de sus dos bares. Parecía que el tiempo se haya parado, aunque el murmullo de las autopistas que pasan algunas decenas de metros más arriba, me devolvió a la realidad.

Los primeros 150 kilómetros transcurrieron por la carretera 8, que va dibujando meticulosamente toda la costa croata. Islas como Krk rompen el horizonte azul istriónico (ya os hablé de ese azul, verdad?) con un paisaje sorprendentemente desértico y árido. Contemplar este paisaje tan mediterráneo te abstrae completamente de la carretera, que una curva tras otra se empeña en que le prestes atención.

A poco de llegar a Karlobag adelanto a una moto holandesa con dos personas y atiborrada de bultos y sacos. Pero la vista se me va a una pequeña pegatina que luce orgullosa en una de las maletas. La mítica Ruta 40 argentina. La de kilómetros de experiencia que acumulan esos dos afortunados! Les saludé efusivamente. A poco, una BMW R1200R se me pega a la cola incitándome a estrujar mi GS. Por unos kilómetros olvidé las extasiantes vistas y me centré en disfrutar de la carretera. Volamos los dos trazando alegre las curvas que nos quedaban. Adrenalina!

Conforme iba escalando las montañas costeras, el horizonte azul se llenaba de islas y más islas que salían una detrás de la otra, quizá temerosas de ser descubiertas. En la última curva, casi a 900 metros de altura, miré por el retrovisor para decirle adiós a un mar que nunca defrauda.

En pocos metros el paisaje cambió por completo, y de los ligeros bosques mediterráneos pasé a un escenario genuinamente alpino. Abetos, laderas de hierba, picos escarpados… Refrescó ligeramente, cosa que agradecí, desde luego. Ya lejos de la Croacia de postal, comenzaba a encontrarme con la realidad que buscaba. Fuera del maquillaje de la costa croata, de sus pueblecitos restaurados y remozados, existe otra Croacia que aún conserva las cicatrices de una guerra cercana. En Buni? comencé a ver casas con los tejados destrozados, salpicadas de impactos de bala y metralla, e iglesias completamente derruidas. Y sus gentes, ya acostumbrados a la cotidianidad de los recuerdos, viven su vida sin importarle unos cuantos agujeros en sus fachadas.

La carretera entre Korenica y Danji Lapac es todo un catálogo de curvas. De todo tipo. Abiertas, cerradas, peraltadas, enlazadas, parabólicas… Con asfalto liso pero con poco grip. Y sin tráfico. Aún así mejor no animarse mucho, porque a la primera de cambio puedes encontrarte un ciervo como el que se me cruzó a unas decenas de metros, huyendo asustado. Naturaleza!!

Cuando las curvas comienzan a desaparecer tras atravesar otra cadena montañosa cercana, el horizonte se ensancha sobremanera, rebosando por los cuatro costados de lo que abarca tu mirada. Es el valle escondido. En ese momento, mi cabeza le pone la banda sonora perfecta. Soy Robert Redford -aunque desgraciadamente esta vez sin Merryl Strip- a los mandos de un biplano sobrevolando las estepas africanas en Memorias de África. Música melosa y dulce que retumba en mi casco mientras bajo hacia el valle. Una vez allí, una señal me alertó de los baches y socavones de la carretera, limitando la velocidad a unos exiguos 20 km/h. Ni que decir tiene que la moto voló sobre ellos a casi 100km/h sin rechistar. Para algo tengo una GS.

Poco después, al pasar Druvno, el valle desaparece, sin que sepa realmente dónde ha ido. ¿Existió realmente? ¿Fue solo producto de mi imaginación? Sea como fuere la carretera comenzó a descender a alturas más normales, y el calor fue apareciendo nuevamente. Buscando el castillo de Kastel Zegarski me encuentro con una población prácticamente fantasma, destruida casi por completo. Solamente una señora mayor, de las de pañuelo en la cabeza, descansa en una silla a la puerta de su casa. Seguro que a lo lejos, aún puede oír el sonido de los morteros y las bombas.

La carretera desapareció mientras buscaba Ervenik. Una pista suave, ancha y fácil la sustituyó. Diversión después de tantas curvas asfálticas. Tras 15 o 20 kilómetros, la moto vuelve a tener un color terroso de los que te hacen dibujar una sonrisa. Hasta Sinj poca cosa más. Los últimos 30 kilómetros se hicieron duros. Ya habían pasado más de 450, entre una tontería y otra, en casi 7 horas encima de la moto.

En definitiva ha sido un día redondo. Fantásticos paisajes, carreteras de todo tipo, valles escondidos descubiertos… Y es que cuando nada esperas, todo lo que te encuentras es un auténtico regalo.

Balcanes 4


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