No logro quitarme de la cabeza la cara de la señora Sonne -la dueña de la casa donde pasamos noche en Dubrovnik- cuando le dije que hoy viajábamos hasta Albania. “Malas carreteras, muy malas” me dijo. De hecho era una información que ya conocía, pero que te la diga alguien de la zona, y sobre todo que ponga cara de circunstancias, asusta un poco. Ahora sé que Frau Sonne nos lo estaba pintando tirando a suave.

Desde Trsteno donde nos alójábamos, hasta la frontera con Montenegro, volveríamos a pasar por Dubrovnik, así que aprovechamos para hacer la típica foto de postal. Paramos posteriormente en Cavtat, cerca del aeropuerto. Una visita que es completamente prescindible, a no ser que tengas un yate de más de 50 pies.

En pocos minutos entramos en Montenegro, tras pasar la frontera sin grandes complicaciones. La costa montenegrina es parecida a la croata, aunque menos masificada. Quizá lo mejor es rodear el pequeño lago de Kotor, que no es lago, sino una entrada de mar. Se puede coger un ferry para saltárselo, pero realmente vale la pena hacer algunos kilómetros de más para observar sus pueblecitos costeros con sus diminutas iglesias -incluso hay una en medio del lago-. Lo que sí es muy recomendable es llegar hasta Cetinje. La estrechísima y mal asfaltada carretera que sale de Kotor va ascendiendo penosamente entre paellas y más paellas, ascendiendo a más de mil metros de altura sobre el lago. Las vistas son de las que quitan el hipo. Hay que tener cuidado porque los autocares -muchos- que circulan por allí tienen problemas para trazar los más de 25 tornantis (o serpentinas, que los llaman por aquí). Durante la ascensión, incluso llegaron a caer algunas gotas de lluvia, a pesar de que el sol seguía brillando con fuerza.

La bajada hasta Cetinje es sinuosa, pero no tan espectacular. El calor comenzó a apretar de verdad, llegando a ver los 38,5ºC. Ni que decir tiene que con estos calores, y a pesar de lo que la lógica motera te dicta, hace un par de días que las chaquetas de cordura van en un pulpo encima de una maleta. Quizá sea más peligroso caerse por culpa de un golpe de calor.

Al llegar a Podgorica comenzamos a ver los primeros minaretes de las mezquitas que asomaban de entre los árboles. De todas maneras, las iglesias siguen también bien presentes. En las ciudades, la circulación comienza a complicarse, los coches hacen giros imposibles y bruscos, y en cualquier momento te puede adelantar una camioneta, ya sea por la derecha o por la izquierda.

La carretera que lleva hasta la frontera albanesa estaba cortada, como así nos lo hace saber una pareja de franceses entraditos en años que viajan en una BMW K100. Con ellos seguimos las indicaciones por carreteras secundarias llenas de baches hasta encontrarnos con la aduana. Como ya pasó el año pasado en los países nórdicos, al señor de la aduana le hizo mucha gracia mi nombre. -Sergio Ramos, como el jugador de fútbol- me dijo. Sonreí y asentí, pasando por alto que había ignorado mi verdadero apellido. Mejor tener al aduanero contentito y divertido.

Nada más entrar en Albania nos chocamos de lleno con la realidad del país. La carretera, por llamarla de alguna manera, no es más que una ancha pista de tierra plagada de socavones. En muchas partes están simulando que la asfaltan, cosa que es hasta peor, ya que ambos sentidos hemos de compartir la mitad de la pista. Así transitamos unos 40 kilómetros, que recorrimos en más de una hora, hasta llegar a Shkodër, una de las ciudades más importantes del país. Me acordé -y mucho- de la cara de la señora Sonne.

A partir de ahí, la carretera mejora, ganándose su nombre. Pero a medida que aparecía el asfalto, los conductores albaneses empeoraban. Adelantamientos suicidas, burros, carretas, BMW y Mercedes a todo trapo… como dijo Miquel Silvestre, Albania es el último reducto de aventura en Europa. Incluso en las carreteras nacionales. Si en Croacia el negocio floreciente eran los apartamentos, que te ofrecían cada pocos metros durante toda la costa, aquí eran los chamizos donde poder lavar el coche, y quitarle todo el polvo que se había acumulado en los kilómetros de pista. Los hay por todos lados, con carteles cutres hechos a mano anunciando “Lavazh”.

Así, tras más seis horas de moto, que ni de largo se hicieron tan pesadas como en días anteriores, llegamos al hotel en Tirana. Un moderno hotel a las afueras, aunque creo que toda la ciudad son “afueras”. Lo que más necesitábamos era una ducha, para desincrustarnos el polvo del camino y volver a ser persona.

Después de la cena, suculenta y baratísima, le preguntamos al chico del hotel -chico para todo, que igual es camarero, como recepcionista- los puntos de interés en Tirana. Intentaba explicárnoslo en un mapa del país completo, por lo que al final opto por sacar el iPhone para que me indique. Fueron diez minutos con el chaval jugando a ampliar y reducir el mapa, a mover y volver a mover las imágenes de la pequeña pantalla sin sacar nada en claro. Mañana, antes de irnos a los Monasterios de la griega Meteora, nos daremos un garbeo por el centro.

La ruta del día, como viene siendo costumbre, la tenéis aquí:

Etapa 8: De Dubrovnik a Tirana


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