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Hace unos meses iniciaba mi colaboración con la revista TheRuta Magazine. En el número del mes pasado hablaba de por qué viajar en moto. Si te perdiste mi primer artículo, puedes volver a leerlo aqui:

…y por qué en moto?

-¿Es que no tienes coche?- me dijo un compañero de trabajo mientras bajábamos en el ascensor. En lugar de hablar de los calores del verano, a mi me da por hablar de mis próximos viajes cuando estoy en el ascensor. Y casi invariablemente esa es la siguiente pregunta que me suelen hacer los que no me conocen: “…¿Y por qué en moto?”

A mi siempre me gustó viajar. Antes lo hacía a países exóticos como Namibia, Vietnam o Kenya, entre otros. Avión, cámara de fotos y a hacer el turista. No era mala cosa. Buenas fotos, conocer otras culturas y países, además de volar, que siempre me ha encantado. Pero un buen día decidí dar un vuelco a esta rutina y salir en busca del norte en moto. Nordkapp fue el primer destino. Y a partir de ahí, todo cambió para siempre. Atrás quedaron los viajes a remotos lugares, las largas conexiones en aeropuertos internacionales y otros medios de transporte. Desde ese momento mis vacaciones me llevarían hasta donde podía llegar con mi moto. ¿Y por qué? Si estás leyendo esta revista, es obvio que tú también sabes la respuesta.

Ya se ha repetido hasta la saciedad, pero viajar en moto tiene ese condimento de aventura que mucha gente necesita. La moto es la pimienta que potencia el sabor del viaje. Aunque sea al lado de casa. Las curvas no son las mismas que en otro vehículo. Quizá hay pocas cosas que se puedan comparar a conducir tu moto  bailando por una carretera de curvas. A veces es un elegante vals. Otras, un electrizante rock and roll. El riesgo está implícito, pero con responsabilidad es un riesgo asumible que te aporta unos beneficios increíbles. Beneficios tan intangibles como los olores, imposibles de percibir cuando se viaja en coche, la calidez de sol de verano, o el penetrante frío del invierno.  La lluvia, muchas veces temida, se puede volver aliada cuando se viaja bien preparado. En definitiva, sensaciones que potencian la vida.

Recuerdo muchas de esas sensaciones. Como cuando un par de cigüeñas volaron a escasos metros de mi moto camino a León. O cuando contemplé, subido en mi moto, la puesta de sol más espectacular de mi vida, en la Camarga. O trazar una curva en la Provenza francesa y que te abofetee la dulce fragancia de los campos de lavanda… Son momentos que puedo reproducir perfectamente si cierro los ojos. Son los instantes dulces que juntos forman eso que llamamos felicidad.

Hace un par de inviernos contemplaba cómo las auroras boreales danzaban frente a mi en una noche gélida y mágica. Estaba en Noruega, a pocos kilómetros de Cabo Norte. Bajé la vista para mirar la moto que me había llevado hasta allí. Estaba rodeada de nieve, apoyada en un asfalto completamente helado mientras el termómetro marcaba -24°C. Ni me pregunté qué carajo hacía allí en moto. Lo sabía desde que salí de España: saborear la vida. Esta vez no era una pizca de pimienta, ese viaje estaba condimentado con chile jalapeño, uno de los más picantes que existen. Pero es un sabor que recordaré toda mi vida. Recuerdo con intensidad la sensación del gélido viento en mi cara. Recuerdo la inestabilidad de los neumáticos con clavos sobre el hielo. Recuerdo llegar a la esfera de hierro de Nordkapp y gritar de alegría. Recuerdo el enigmático baile de las auroras en Olderfjord. No hubiera sido lo mismo sin moto.

¿Y por qué en moto? Porque no conozco otra forma de vivir el viaje con tanta intensidad. Porque me gusta volar con cigüeñas. Porque me encantan las bofetadas de lavanda. Porque las puestas de sol son mucho más hermosas.

– Claro que tengo coche- contesté justo cuando el ascensor llegaba a la planta baja- Pero hasta que no viajes en moto no sabrás lo que es viajar.