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Vamos con brío que dentro de 8 hora nos tenemos que levantar. Levantar por última vez en el viaje. Porque se supone que mañana llegamos a Zaragoza. Que qué ha pasado hoy? Que le hemos comprado una cadenita nueva a la Derbi. Así tendremos únicamente la dosis justa de aventura, que tener que sufrir por si se rompe otra vez es un coñazo monumental. Ahora al menos en cuestión de transmisiones, estamos contentos.

El desayuno, en la casa de Chateauroux se hace en comuna. Me refiero que los dueños de la casa ponen todo en una gran mesa ovalada y todos los huéspedes se sientan -nos sentamos- alrededor. Para fomentar la charla y eso. Todos franceses. Los dueños también. Pero no franceses normales, no. Franceses de esos que hablan francés con acento francés. O sea, de los que no pillas ni una palabra. No es tan cerrado como el acento de Phillippe, pero lo entiendo igual de mal. Y venga a darme conversación. Y yo ahí disimulando que entiendo algo. Quería salir de ahí cuanto antes. En cambio Belén estaba en su salsa. No creo que entendiera la mitad de las cosas, pero mira, como le encanta hablar y escuchar, se lo pasa bien. Aunque sea en francés del bueno.

Y tras el desayuno y el cambio de cadena de la Derbi, hemos comenzado ruta. Y nos hemos puesto en modo aventura asfáltica. Sí, es cuando pones en el GPS “la ruta más corta”. Te mete por carreteras secundarias en una ruta supuestamente de más duración. Supuestamente, si no vas a ritmo de 125cc, que entonces te da igual que la carretera sea secundaria que general. Y así hemos descubierto muchos pueblecitos encantadores. Aunque la verdad es que hasta Montignac no había mucho que contar ni que encantar. En Montignac hemos comido. Pero eso no es lo más importante. Ni tampoco que tiene un río y un puente encantadores (ya os había avisado que desde aquí la ruta encantaba). Lo más importante es… QUE HACÍA CALOR! Un calor que te mueres. 28ºC. Una temperatura que ya tenía olvidada y arrinconada en las neuronas más escondidas de mi cerebro. Y entonces me he acordado de Noruega. Y de su fresquito… Mmmmmmhh.

La ruta pasaba por Les Eyzies de Tallac-Sireuil, un pueblo encastrado en una roca. Majo, sí. Y luego por el Chateau de Puymartin. Desde el parking ni se ve el castillo, así que no lo intentéis. Ahora, desde carreteras cercanas, sí que se puede ver una buena panorámica. Pero lo mejor ha sido Beynac, el pueblo que se creía cabra montés. Encaramado al peñasco, sus rampas eran irreales. Irreales e insufribles. Hemos acabado agotados. Y acalorados, porque el calor seguía apretando. ¡Qué ganas de volver para el norte! Y mira que después ha llovido y todo (qué? pensabais que no nos iba a seguir lloviendo? Es mi 15º día consecutivo bajo la lluvia.

Hasta el hotel, en Villeneuve s/. Lot (bueno, en una granja restaurada muyyyyyy a las afueras de Villeneuve) las carreteras eran de esas que puedes recorrer a ritmo, sin prisas y sin pausas, sin sorpresas ni curvas traicioneras. Así que nos hemos divertido y todo.

Y como en este hotel también hablan francés y los dueños se empeñan en dar conversación, y hemos quedado para desayunar a las 8 y media de la mañana, me he de ir pensando en acostar. Menos mal que a éstos les entiendo un poco más. O eso me parece.

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