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Hace menos de una semana iba a hacer este viaje en solitario. Pero afortunadamente en el último momento se añadió el mejor compañero que podía tener, si exceptuamos por supuesto a Belén. Coco, compañero de aventuras boreales se venía a hacer el loco por las pistas de los Alpes. Con Coco y a lo loco.

Después de reunirnos a la salida del ferry que lo trae de Mallorca, nos adentramos en el caótico tráfico de Barcelona a las ocho de la tarde. Mi BMW y su Triumph Tiger, cargadas hasta los topes, avanzaban torpemente intentando salir de las garras de la gran ciudad. Aprovechamos la autopista a La Jonquera para ponernos al día de nuestras aventuras moteras.

Un personal sospechosamente amable nos atendió en un buffet casi en la frontera, más allá de las 11 de la noche. Curiosamente en mi, aún no hemos decidido hasta dónde llegar en esta jornada. Y es que ya sospechaba que este viaje iba a ser diferente a los demás. Aprovecharía para aprender a improvisar, a acampar con las estrellas sobre mi cabeza y a ir desviándonos de la ruta establecida en función de las necesidades. En definitiva, a subir un escalón más en mi bagaje viajero.

Decidimos tirar hasta Nimes, a casi 250 kilómetros de donde nos encontremos. Eso significa llegar más allá de las dos de la madrugada. La jornada de trabajo yel levantarme a las siete de la mañana empiezan a pesar. Las botas de enduro parecen ser de cemento y los bostezos me asaltan a traición. Pero estoy tranquilo porque sé que poco a poco los kilómetros van pasando, a pesar de llevar un ritmo bajo, por eso de conservar los tacos de los Tourance Karoo T. Cuatrocientos kilómetros después de salir de Barcelona, llegando a Nimes, nos da la bienvenida una luna muy menguada, pero no por ello menos bella. Allá al frente, roja y misteriosa, como mostrándonos el camino. Sin duda fue el momentazo del día. O de la noche.

Después de un reparador sueño, salimos a las once de la mañana con la ruta medio planificada. Improvisación controlada, me gusta. Cuarenta kilómetros de autopista nos llegan a Avignon, ya por carreteritas provenzales, entre viñedos y pueblos con encanto vestidos de piedras ocres y ventanas azules. Subimos al Mont Ventoux entre tupidos bosques y peraltadas curvas envueltas en el dulzón olor a pino. Vamos esquivando ciclistas que van sufriendo rampa a rampa. El final es “extraterréstrico”. Laderas de inertes piedras conforman los últimos caracoleos de la carretera hasta llegar a la cima. Desde allí, unas vistas espectaculares a lado y lado de todo lo que nos rodea.

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La bajada del Mont Ventoux la hacemos por preciosas carreteras que invitan a llevar la moto casi ronroneando, casi dormitando, entre abetos y curvas amables. Y de repente, casi sin avisar si no fuera por su intenso olor a limpio, los campos de lavanda. Hileras perfectamente rectilíneas de ese azul roto característico se esparcen por la colinas. Los olores nos abofetean casi en cada curva, mientras llegamos a Montbrun-les-Bains. El pueblo parece estar en equilibro imposible en la ladera de la montaña, con arcos de piedra que aguantan a duras penas las plazas y las torres-campanario. Estamos a los pies del Col de l’Homme Mort, que recorremos a un ritmo rápido y alegre, trazando curvas al unísono, como si de una coreografía se tratara…

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Y llegamos al lago de Serre-Ponçon. Enorme, lleno de veleros, de windsurfs y de katesurfers que navegan en un azul casi croata. En Savines-le-Lac paramos a avituallarnos. Al salir del supermercado nos espera la primera gran sorpresa de la ruta. Nuestro amigo Carlos A. Rodríguez, que pasaba por allí rumbo a Rumanía y más allá, nos reconoce y se para. Charlamos unos minutos mientras pienso en la grandeza de esta pasión, que es capaz de hacernos coincidir en el mismo pueblo y a la misma hora, todos con diferentes destinos pero con la misma ilusión en la mirada. ¡Buen viaje, Carlos!

Poco después de las cinco de la tarde comenzamos el track de la primera pista alpina, el Col de Parpaillon. El inicio es algo decepcionante, porque a pesar de las excelentes vistas, un también excelente asfalto nos ayuda a ascender más rápido de lo esperado. Vistas espectaculares en un valle cada vez más estrecho y sin solución aparente de continuidad. De pronto, el asfalto desaparece. Es hora de comenzar lo que hemos venido a hacer.

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Pista fácil, aunque con alguna piedra rota, ascendiendo por verdes colinas y prados donde las marmotas campan a sus anchas, y huyen alocadas en todas direcciones a nuestro paso. Llegamos al túnel de lo alto del Col de Parpaillon, donde paramos. 2645 metros de altura. Aprovechamos para bajar presiones de los neumáticos y para prepararnos para los más de 500 metros de oscuridad absoluta del estrecho túnel. Charcos, barro y piedras sueltas que sorteamos con menos dificultades de lo esperado. En la otra boca, el espectáculo es fantástico. Un valle totalmente tapizado de verde, con un arroyo que lo parte por la mitad, y la pista caracoleando hasta llegar a él. En este mismo momento, ya sabemos dónde vamos a acampar.

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Una vez abajo, elegimos el mejor lugar, junto al riachuelo. Nuestras motos a un lado, las dos tiendas a otro. Es fantástico. La claridad va desapareciendo. Los últimos vestigios del ocaso solamente son visibles en algunas de las altas cumbres que nos rodean. Respiro hondo consciente de hacer desde hace muchos meses algo diferente que sin duda cambiará mi manera de viajar. Estoy satisfecho.

Millones de estrellas titilan sobre nuestras cabezas en una oscuridad casi absoluta, únicamente perturbada por el suave arrullo de una cascada cercana que me acuna durante la noche.

Quien no se haya despertado en un valle de los Alpes rodeado de montañas tapizadas de un verde refulgente, no sabe lo que es despertarse. La luz alegre y vigorosa parece dar vitaminas a todo lo que toca. Sin plan estrictamente definido, damos pronta cuenta de lo que queda de pista. Después avanzamos por espectaculares carreteras hasta el Col de la Bonette, a la sazón el más alto de los Alpes, por mucho que se empeñe el Stelvio. 2802 metros de preciosas vistas.

El siguiente plato fuerte del día es el Col de Turini, con toda seguridad muy sobrevalorado. Quizá se salva la parte más cercana a Moulinet, con preciosos “lacetes” (los tornanti italianos o las paellas españolas) enlazados tras cortísimas rectas, y perfiladas con delicadas paredes de piedra. Los hicimos a buen ritmo, seguidos por dos motoristas locales con motos mucho más ligeras que las nuestras. De todas formas, durante muchos kilómetros les demostramos lo que podíamos llegar a hacer.

A las cinco de la tarde, y con una lata de Orangine en las manos, decidimos quedarnos en Sospel a dormir, a cincuenta escasos kilómetros del inicio de lo que será sin duda el plato fuerte de la ruta. Pero eso mejor contarlo en otra ocasión.

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