En mis más de trescientos mil kilómetros de moto no había visto nada igual. Con un desnivel exagerado las galerías, los túneles y los tornanti se iban sucediendo uno tras otro. A veces incluso se solapaban y encontrabas un tornante dentro de una galería. Tras cuatro curvas estábamos exactamente en el mismo punto, pero treinta metros más abajo. ¡Es una carretera de locos!

Amaneció soleado. Bueno, supongo. Porque siempre nos levantamos unas horas después de que amanezca. De hecho generalmente somos los últimos en desayunar en el hotel, y es que entre escribir crónica, editar fotos o preparar la ruta del día siguiente siempre nos acostamos a las tantas. El hecho es que hacía sol, y eso es una novedad. Hoy pisaríamos cinco países. Nunca había hecho nada parecido en un solo día. Comenzaríamos por Alemania, donde nos encontrábamos. En pocos kilómetros pasaríamos a Austria, luego a Liechtenstein, a Suiza y finalmente a Italia. Si, hoy iba a ser un gran día!

Los Alpes nunca defraudan. Aunque los hayas recorrido mil veces, siempre te quedarás con la boca abierta admirando sus enormes montañas, sus espectaculares valles y sus radiantes praderas verdes, de un verde que hace palidecer cualquier otro color. Mires donde mires siempre habrá algo que te impresione, ya sea el paisaje, la carretera o los delicados frescos que tienen las fachadas de los pueblecitos del Tirol austríaco. Muy bien cuidados, con tejados elaborados y asombrosos dibujos en sus paredes.

Liechtenstein no es que tenga excesivos atractivos turísticos, a excepción del castillo, que preside desde lo alto a la capital, Vaduz o el ayuntamiento, recargado y rococó. La capital no es más que una carretera que transcurre al lado de una pequeña calle peatonal donde se agolpan los negocios. Y lo que les sobra a los países con una sola carretera principal, llámese Andorra o Liechtenstein, son atascos. En estas latitudes comienza a apretar el calor, y transitar detrás de un autobús a veinte por hora a pleno sol deja de ser agradable. ¡Casi añoramos el frío de otras latitudes! (bueno, quizá no…).

En Suiza paramos a comer en la placita de un pequeño pueblo. Un anciano se acercó, saludó y se puso a nuestro lado a mirar cómo pasaba la vida delante de sus envejecidos ojos. A veces nos miraba casi a escondidas. Puede que me lo invente, pero me pareció ver un brillo de ilusión en esas miradas cortas pero intensas. Una mirada de envidia, admiración y aceptación. Acabamos nuestra ensaladísima y continuamos ruta para buscar uno de los platos fuertes de la jornada: el Splügenpass.

De todos los puertos de montaña alpinos que he recorrido -y han sido unos cuantos- no he encontrado unos tornanti más fotogénicos que los del Splügenpass. No son muchos kilómetros, pero son perfectos, simétricos y coquetos como el lateral de una Comtessa o como las formas que describe la miel al echarla sobre la cuajada. Y todo eso enmarcado en el constante verde de los veranos alpinos. ¿Se puede pedir más? Y así llegamos a Italia, quinto y último país del día.

La bajada del Splügenpass hacia Chiavenna es de locos. No concibo que el ingeniero que la haya diseñado esté cuerdo. O eso o es un genio. Por segundo año consecutivo recorrimos esos kilómetros de galerías, de túneles de tornantis imposibles que se retuercen sobre sí mismos, a veces suspendidos en endebles columnas, a veces metidos dentro de la montaña en oscuros túneles. Y por segundo año consecutivo me pasé riendo a carcajadas todo lo que duró, sorprendiéndome curva tras curva. Si subiendo el Splügen bailas un vals con las curvas, este tramo es puro rock and roll! Es sin duda mi recorrido alpino favorito. Y no por las vistas, para eso ya hay otros puertos excepcionales. En éste los paisajes no son nada del otro mundo. Bueno, en realidad no lo sé, porque es imposible despegar la mirada de la cinta de asfalto que se contorsiona en dibujos inviables.

El lago di Como apareció abriéndose lentamente entre las montañas. En un primer momento me resultó chabacano, con cientos de turistas acarreando sombrillas, colchonetas de playa y toallas. Cuanto más al sur, lo ordinario deja paso al glamour. Las impresionantes villas italianas, con sus cuidados jardines se van alternando con pequeños pueblecitos con preciosos y delicados campanarios. Los hoteles de lujo con los descapotables en la puerta están a la orden del día. Pero de principio a fin, durante los más de sesenta kilómetros, el lago di Como es un auténtico caos circulatorio. Es un atasco continuo en el que no hay lugares para adelantar. Algo malo debía tener.

Y finalmente, Milán. La ciudad del Duomo más impresionante, afiligranado y puntiagudo que existe. La ciudad de las grandes galerías comerciales, de las enormes avenidas y de las largas calles repletas de vías de tranvía y adoquines. Una cena normalita -aunque en Italia hasta lo normalito está exquisito- y un sablazo en el precio no podrían borrar esta jornada de mi memoria. Me miro al espejo y veo a un viajero cansado, veo las casi cuatro semanas de moto, los catorce mil kilómetros recorridos y los veintisiete post colgados de manera ininterrumpida. Pero también veo la misma mirada que el anciano de la comida. Una mirada que rebosa ilusión. Y la ilusión -no tengo la menor duda- es la mejor de las gasolinas.