Mientras sostenía la tercera CocaCola, miraba al horizonte. La brisa mecía las olas en la laguna Vainit mientras yo esperaba mi pescado a la brasa. Continuaba estando en Albania, sí. Pero hoy quise que las cosas fueran algo diferentes.

Me levanté tarde. Es lo que tiene acostarse casi a las dos de la madrugada escribiendo el post y editando fotos. De todas formas a esas horas seguía teniendo un exceso de adrenalina y no podría haberme dormido fácilmente a pesar del cansancio. Una vez desayunado, a eso de las diez de la mañana, la prioridad era encontrar un soldador. En España hubiera sido una ardua tarea, pero tenía la certeza que en Albania sería más fácil. En el hotel no me dieron ninguna solución, así que cogí la moto y comencé camino.

A menos de trescientos metros, vi un portalón de hierro tras el cual se acumulaba chatarra y hierros oxidados. Aunque no me pudieran allí soldar el soporte de la maleta, seguro que sabrían dónde. Con un poco de mímica y buena voluntad por parte de ambos, el chatarrero me indicó dónde podrían ayudarme. No lo localicé a la primera, pero tras preguntar en un mecánico de camiones cercano, encontré al soldador. Después de 10 minutos, tenía ya el soporte perfectamente soldado. La sorpresa fue cuando pregunté el precio.

– Dos dólares -me dijo el hombre, mientras un hilillo de sangre corría por su frente, fruto de un pequeño encontronazo con el portaequipajes de la BMW.

– Solo tengo euros. Te va bien que te de cinco?- le dije mientras le acercaba el billete.

Meneó la cabeza abrumado. Echó mano al bolsillo y sacó un fajo de billetes albaneses. El pobre hombre estaba buscando cambio.

– No! Quédate el cambio! – le expliqué. Su cara cambió con una enorme sonrisa.

– Gracias, muchas gracias! – me dijo.

Seguí ruta hacia Krujë, a escasos treinta kilómetros de Tirana. Allí hay un castillo, orgullo patrio, pero que a mi me resultó algo soso. La calle central del pueblo era estrecha y llenas de tienduchas de las que venden artesanía típica. Suelo huir despavorido. Así lo hice.

Las alternativas eran pocas. No quería volver a hacer pasar a la BMW por otra jornada como la de ayer. No se lo merecía. A duras penas salimos casi ilesos como para volver a meternos en otro fregado. La subida hacia las montañas del norte otra vez por pistas quedaba descartada. En su lugar, enfilé la nacional hacia Skodër, que en algunos puntos es incluso una autopista. Me fui desviando a ver algunas cosas, entre ellas la laguna Vainit, un parque natural cerca de Lezhë. Nada del otro mundo. Marismas, aguas estancadas, alguna garza real y poca cosa. Pero me pegué el homenaje en la comida. Entre otras cosas, porque me sobraba moneda local que debía ir liquidando antes de salir de Albania.

Recorriendo el país te das cuenta de dos cosas fundamentales y diferentes del resto. Una son los lavacoches, Lavazh los llaman aquí. Los hay a centenares, sobre todo a la salida de las poblaciones. Unos pegados a otros. No son más que un compresor con una manguera. En Albania todos quieren tener sus Mercedes -la mayoría seguramente proveniente del mercado del coche robado europeo- como los chorros del oro. Y tal como tienen las carreteras, el negocio de los lavacoches sigue siendo floreciente.

Otra particularidad son los búnkers. Son pequeñas “setas” de hormigón que puedes ir viendo por el camino. Ahora completamente abandonados son una herencia de la paranoia antiinvasora de Hoxa, el dictador militar comunista que lideró Albania hasta los años 80. Ahora no dejan de ser desechos de cemento que se mezclan con el resto de basura que suele haber a la salida de los pueblos.

Tras atravesar Skodër, solo faltaban los últimos 40 kilómetros para llegar a la frontera con Montenegro. El año pasado ese tramo nos costó más de una hora, ya que estaba sin asfaltar y en muy malas condiciones, cuando no en obras. Ahora, las obras han finalizado y hay una bonita y lisa capa de negro asfalto. Sin pintar. Eso lo dejarán para el próximo año.

Poco después llegaba a Podgorica. Los 200 kilómetros de hoy habían sido un paseo. Quería tener otro recuerdo de Albania, aunque las montañas y las pistas no las podré borrar de mi mente. Tanto para bien como para mal. Es lo que tiene cuando consigues amar y odiar al mismo tiempo a un país. Albania no es un país de medias tintas. Quién carajo viajaría hasta aquí para quedar indiferente? Pero las cosas cambian muy deprisa en el país. Aunque creo que tenemos pistas de montaña para rato. No lo dudes ni un segundo. Albania te espera. Ven a sufrir. Ven a disfrutar.

 

Balcanes 10


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