Carretera albania by sergiomorchon

-Vale, hagamos balance: Estoy bien, la moto también. En una hora y media se hará de noche y estoy en medio de las montañas en una pista infernal a 52 kilómetros de Tirana- pensé, mientras miraba fijamente el cartel que lo indicaba. -A una media de 30 kilómetros por hora, tengo tiempo suficiente de salir de este infierno – dije en voz alta, aunque sabía que nadie me escuchaba. Apreté los dientes, puse primera y salí dando gas montaña arriba.

Entrar en Albania costó más de lo previsto. Quizá el hecho de que fuera domingo y en una zona tan turística como el lago Ohrid tenía algo que ver. Unas cuantas minivans repletas de turistas enlentecían más si cabe los trámites. Ya en Albania, me tuve que adecuar a sus especiales normas de tráfico no escritas: Puedes ir por el sentido contrario cuando gustes, se adelanta en todos lados, ya que caben tres coches por la carretera, y cuando voy a parar, pongo el intermitente de la izquierda. Con estas tres cositas ya puedes circular por el país como un campeón.

Pero yo había venido a Albania a otra cosa. Tenía una asignatura pendiente del año pasado. Las carreteras comarcales. Las puedes ver dibujadas en la cartografía Michelin, o incluso en los carteles con el mapa de Albania a la entrada de las grandes ciudades. Pero en realidad, no existen. Al menos no como carreteras. Son, simplemente, caminos de cabras. Y ahí que me fui. Desde Maliq hasta Elbasan fueron casi 100 kilómetros de roca y piedra suelta. A mi izquierda, el espectacular valle que bajaba hasta el caudaloso río que iba saltando de roca en roca. O si lo quieres más claro: un barranco de cien metros de altura.

De pronto, cuando llevaba unas dos horas por esa pista, un “click” saltó en mi cabeza. Los miedos a la tierra y las piedras desaparecieron, y me sorprendí dando gas instintivamente cuando la moto se iba de delante, o cuando venían socavones o piedras sueltas. No es mérito mío, yo solamente tuve que creérmelo. La GS era la que hacía todo el trabajo. Estoy profundamente agradecido a sus modos “enduro” de la suspensión electrónica. En ese momento, ahí de pie en un bicho de más de 250 kilos, me sentía el dueño y señor de las pistas albanesas.

Fue una excavadora la que me devolvió los pies al suelo. Se acercaba el final de la pista, cerca de Elbasan. Estaban aplanándolo todo para -supongo- una futura capa de asfalto. Me hicieron pasar por el lado de las máquinas, donde la tierra estaba aún sin compactar. La rueda delantera se hundió, y la moto salió directa hacia la enorme rueda de la excavadora. Después de un rebote y una carambola paré. Había dejado una bonita marca de mi defensa y mi manillar en el enorme neumático. Pero mi GS y yo seguíamos en pie.

Para ir desde Elbasan hasta Tirana hay dos alternativas. Bueno, en realidad solamente hay una: la carretera nacional, que atravesando un puerto de montaña repleto de curvas con un asfalto tirando a regular, te deja en la capital en 50 kilómetros. Pero esa carretera ya la hice con Belén el año pasado. Este año venía a por cosas más heavies. Como la comarcal SH54. Unos 120 kilómetros de la pista más infernal que he visto nunca. Roca viva, piedras sueltas y barrancos de vértigo. Aún no se en qué estaría pensando cuando me metí en ella.

Llevaba casi dos horas de pista y me paré a descansar. Como casi siempre que paraba, y debido al tute que le estaba dando a la pobre GS, revisaba que todo estuviera en su sitio. Pero esta vez algo fallaba. El soporte de la maleta izquierda se había partido. Lo cierto es que no me sorprendió. Vacié la maleta, aseguré las cosas como pude en el transportín con un pulpo y fijé el soporte con un par de bridas. Y no había más que pensar! Seguir era la única opción, ya que más o menos suponía que estaba a mitad de camino. Así que seguí dando botes por la pista.

Cuando podía, miraba al horizonte contemplando uno de los más bellos paisajes de todo el viaje. Decenas de montañas, valles y desfiladeros se iban alternando frente a mis ojos. Lástima no poder parar a contemplarlo, ya que quedaban escasamente hora y media de luz y aún faltaban más de 50 kilómetros de pista para llegar a Tirana. Me faltaba agua. No en vano estábamos a 38ºC y sudaba como un verdadero puerco. Al menos las nubes de tormenta que amenazaban descargar decidieron no hacerlo. Solo faltaba eso. Afortunadamente encontré un par o tres de fuentes -más bien caños de donde salí agua- donde pude rellenar el botellín de plástico que siempre llevo.

La bolita azul del mapa del iPhone volvió hoy a ser mi salvador. No había ni una sola indicación. Había momentos en los que era imposible saber cuál era la carretera correcta. Fácilmente podía haber acabado veinte kilómetros después en una pequeña aldea sin salida. Eso hubiera sido mi perdición. Ya iba con el tiempo justo para no quedarme sin luz, como para perder el tiempo en 40 kilómetros estériles. En cuanto veía que la bola se alejaba del camino, sabía que no iba en la dirección correcta.

El sol ya se había puesto, prácticamente solo las montañas más altas tenían ese rojizo resplandor del ocaso. Y ahí estaba él. Negro, casi liso y casi sin socavones. Tras unos 120 kilómetros de verdadero infierno apareció el asfalto. Entraba en Tirana. Eran las ocho y media de la noche. Media hora más tarde llegaba al hotel. En ese momento me relajé. Suspiré. Y arranqué a llorar como un niño.

Belén, Albania no es lo mismo sin ti. Te echo tanto de menos…

Mamá, aunque en mis viajes soy yo el que disfruta y tú la que sufres, hoy hemos sufrido los dos.

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Balcanes 9


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