Un Passat azul. Llegó como una exhalación desde atrás. Yo iba a un ritmo tranquilo, pero a pesar de que le hubiera sido muy fácil adelantarme, no lo hizo. Llevaba ahí detrás un buen rato, demasiado para mi gusto. Si un coche que viene más rápido que tú te alcanza pero no te adelanta cuando puede, es signo inequívoco de que le interesas. Para bien o para mal. No necesitaba repostar, pero bruscamente hice un movimiento evasivo metiéndome en la gasolinera. Miré por el retrovisor. El Passat azul también paró.

A los pocos kilómetros de salir de Sinj, comenzó el ascenso. Al final del pequeño puerto de montaña se halla la frontera con Bosnia y Herzegovina. Ya entramos en Bosnia el año pasado sin ningún problema, pero me seguía poniendo nervioso tener que hablar con gente armada, en un país donde hace muy pocos años se iban pegando tiros unos a otros. Paradójicamente la mujer policía de la garita croata se entretuvo con mi documentación mucho más que el hombretón bosnio.

De lo primero que me di cuenta al entrar al país es que mi GPS había dejado de mostrar carreteras, aunque él se empeñaba en buscarlas infructuosamente. Rápidamente dejé de hacerle caso. Realmente solo lo llevo para tener una idea de la hora de llegada, y saber si me puedo entretener más o menos. Hoy era una etapa corta, así que no lo necesitaba para nada, me bastaría con el mapa Michelin y mi roadbook.

Iba despacio, mirando a todos lados y empapándome de lo que veía. Comenzaban a verse mezquitas, con sus altos y esbeltos minaretes. También observé diversos montones de paja cubiertos con enormes telas de camuflaje: la economía de postguerra te hace aprovechar cualquier cosa. El paisaje era alpino, no en vano estábamos a más de 1000 metros de altura, con unas anchas y verdes praderas salpicadas muy de vez en cuando con algún árbol.

Y así fue transcurriendo el corto itinerario. En Jablanica cogí la carretera a Mostar, que discurre al lado del río, que se va ensanchando al acercarse a alguna de las presas de su recorrido. Me deleitaba mirando el paisaje, viendo cómo las escarpadas montañas se hundían en el agua de un verde… de un verde extraño. Deberé pedirle consejo a McBauman para que me defina ese color. Unos cuantos puentes y kilómetros más y entré en Mostar.

No, no me olvidaba del Passat. Paró en la gasolinera, si. Me pude fijar en la matrícula. Serbia. Del coche descendió un hombretón de unos cincuenta años y de casi dos metros de alto por dos de ancho. Mostacho poblado y pelo corto al estilo militar. Cruzamos las miradas durante un instante, quizá casi un segundo. De pronto, entró en la gasolinera y pidió tabaco. Pagó con un billete de 200 euros, de esos amarillos que nadie ha visto. Casi a la par, yo sacaba mi VISA Oro para pagar la gasolina. Mientras esperaba que se marchara, unos hilillos de sudor me bajaban por la espalda. Era, con total seguridad, un fantasma de la guerra.

En Mostar llegó el caos. Intentad buscar un hotel, en una ciudad extraña y sin GPS. Lo dicho, el caos. Tras unas infructuosas vueltas por el centro, decidí preguntar en un chiringuito de información al turista. Muy poco oficial, la verdad. No dejaba de ser un pequeño mostrador en medio de la acera con un mapa detrás. Me atendió Fabio (o algo parecido) en un español más que correcto. Al indicarle el nombre del hotel, vi cómo asentía y bajaba una de mis estriberas traseras.

– Yo te indico. Arranca – espetó mientras se montaba.

– ¡Pero si no llevas casco! – le advertí.

– Pues no corras – me dijo.

Y así, poco a poco, me fue llevando por calles peatonales, calles en contra dirección y aceras muy concurridas. Una vez llegamos al hotel, me dijo:

– Ahora ya sabes ir. Por favor, llévame donde estaba.

Así que intentando memorizar el camino, volví a dejarlo en su chiringuito. Ahora ya sabía ir.

Yo recuerdo la guerra de los Balcanes. Recuerdo las noticias de la noche con imágenes de muerte y destrucción. Recuerdo a Pérez Reverte como reportero de guerra. Y me parecía lejano. Pero ahora puedo decir que está solo a 4 días en moto. O a dos horas en avión. Todos esos recuerdos se me agolparon en la mente mientras veía casas y más casas derruidas. La mayoría sin tejado, pero conservando las cuatro paredes. Unas paredes llenas de agujeros como marcadas para siempre. Me sobrevino una mezcla de curiosidad y pudor a la hora de intentar fotografiarlas. Curiosidad por el desconocimiento sobre la guerra y sus secuelas. Pudor porque al verme con la cámara en mano, algún lugareño deje de pensar en la cotidianidad de los agujeros de bala de su casa para darse cuenta de que son excepcionales. Excepcionalmente macabros. Los fantasmas de la guerra.

Balcanes 5


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