La conquista de Carcassonne

La ciudad amurallada, tantas y tantas veces vista desde la autopista camino de Toulouse, siempre ha sido esquiva conmigo. Unas cosas u otras habían impedido en el pasado visitarla. Ahora, a lomos de mi fiel cabalgadura, acompañado de otros caballeros, armadura bien encinchada y con la certeza del éxito, me disponía a conquistarla.

Sobre las 8:30 de la mañana, y no sin antes haber tenido algún que otro problema en la nueva colocación del GPS, partíamos Vicente, Montse, Juan Pedro y Mayka hacia La Jonquera. Teníamos por delante toda una autopista, algo de frío pero un día radiante y estupendo. Después de la parada para desayunar, comenzaba lo bueno. Una ruta por carreteras secundarias francesas, descubriendo pueblos perdidos, trazando curvas imposibles, cabalgando por baches amables,… disfrutando de la moto, de los paisajes y del día primaveral.

En Saint-Paul-de-Fenouillet comienza una carretera (es mucho decir, pero lo dejaremos ahí) que se adentra en el Bosc del Gran Bac, pasando por la garganta. Corta pero intensa, de las que sin lugar aparente por donde pasar, la pista queda colgada del barranco, ahondada en la roca durante varios cientos de metros. Allá abajo se adivina el ruido de los rápidos que durante miles de años han esculpido este paso. Una vez superado el tramo, continuamos hacia el norte, acercándonos poco a poco a Carcassonne.

Juan Pedro y su F800R deciden amenizarnos la tarde con un pinchazo de esos lentos pero efectivos, que le iban desinflando tanto su neumático como sus pretensiones de conquistar la ciudad amurallada. Logramos sin excesivos problemas, como cualquier aventurero urbano que se precie, localizar un taller de neumáticos donde intentaron infructuosamente reparar el pinchazo. Salimos de allí con la rueda convenientemente hinchada y la promesa de un neumático nuevo -ya le tocaba- en Carcassonne.

Comenzó a llover, primero tímidamente, luego con más fuerza, como si el destino quisiera impedir, de una manera algo ingenua y como ya lo hizo otras veces, que tomara Carcassonne. Pero no pudo. La ciudad -la cité y su castillo- me aparecieron de bruces a través de la visera de mi casco nada más cruzar un puente, allí colgada en el peñasco, como flotando por encima del vulgar pueblo. Pero la aventura no había acabado; teníamos que encontrar el taller donde cambiarían la rueda de la BMW. Y entonces ocurrió el milagro; de la nada, apareció una Z750 a la que paramos para preguntar por el taller. Como no podía ser de otra manera, y haciendo gala del mejor espíritu motero, el señor -entradito en años, aunque aún hacemos apuestas sobre cuántos- dio media vuelta y recorrió media ciudad bajo la lluvia para acompañarnos al taller.

Una hora y 210 euros después, ya teníamos todo dispuesto para llegar al hotel, cambiarnos y visitar la ciudad amurallada. Un pasaje casi secreto nos adentró en sus murallas, amparados por la oscuridad incipiente de la noche y camuflados por el ruido de las gotas de lluvia al caer sobre el empedrado. La ciudad que se supone infestada de turistas estaba casi vacía, como correspondía a un lluvioso fin de semana de invierno. Paseamos por las callejuelas a nuestro antojo, eligiendo con parsimonia el lugar donde repondríamos fuerzas. Luego, una excursión -planeada a medias- alrededor de las murallas para bajar las viandas y un feliz reposo nocturno.

La mañana del domingo se presentaba perezosa, luchando con las nubes y la lluvia, que no se decidía a retirarse. Comenzamos ruta nuevamente hacia el sur. Cambiamos planes, ya que tras conquistar la fortaleza uno se siente con fuerzas de conquistar paredes más altas, como quizá la del Col de Porté-Puymorens. Y hacia allí dirigimos nuestras R1200GS, F800R y GTR1400, peleándonos nuevamente con mil curvas, cientos de baches y decenas de paisajes inolvidables, salpicados primero, inundados después de millones de copos de nieve.

Me las prometía felices con la conquista, pero subestimé el poder del destino, que intentaba cercenar mi retirada haciéndome pensar que podía llegar con la gasolina que me quedaba hasta tierras donde las gasolineras tienen gente trabajando los domingos. El ordenador me iba disminuyendo, lenta pero inexorablemente, la cuenta atrás. 50 km de autonomía… 40… 30 y enfilando las primeras paellas llenas de nieve… 6!!! al iniciar el ascenso al Col de Porté-Puymorens… Y ni una gasolinera. 5…4…3…2…1… y el cero no apareció. En su lugar, unas insípidas tres rallitas ( – – – ) indicaban que el ordenador se había quedado sin números para calcular. Sorprendentemente llegué a la cima del Col y bajé… y llegué hasta Puigcerdà, 30 km más allá de las tres rallas. Había vuelto a ganar al destino. Había conquistado los Pirineos!!

El retorno a casa, ya por Berga y vías extremadamente rápidas, fue como un paseo triunfal a este fin de semana donde se conquistó Carcassonne y los Pirineos. Fue casi perfecto. Lo mejor de todo es que lo que le queda para la perfección tendré ocasión de conquistarlo en otra ocasión, esta vez sin tanto espacio en las maletas y con el asiento trasero de la BMW algo más… ocupado. Verdad?

Hemos realizado 641km en dos días, a una media de 51,1 km/h y un consumo medio de 5,8 l/100km. Como siempre, puedes ver la ruta aquí:

Carcassonne


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2 pensamientos en “La conquista de Carcassonne

  1. Belén Meléndez Manero

    Me encantan las fotos, q envidia, pero…. seré yo la q ocupe el asiento en tu próxima visita a Carcassonne? ME LO PIDO, ja ja .

  2. Juan Pedro

    Genial relato de la salida como merece un fin de semana casi perfecto lastima del pinchazo que nos trastocó los planes, pero es lo que tiene viajar en moto, emoción, risas, mil aventuras y sitio magníficos por descubrir.

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