A veces planificas cosas sin mucha fe en que salgan. Pero cuando se hacen realidad, el placer es doble. Desde hace meses tres amigos moteros teníamos previsto reunirnos en Zagreb, punto donde se cruzaba mi regreso de tierras norteñas y su viaje a Croacia. Parecía difícil concretar una fecha donde coincidieran nuestros caminos. Pero las rutas se acabaron cruzando tanto en el espacio como en el tiempo.

Las autopistas húngaras no están nada mal, sobre todo si las comparamos con las polacas. Tienen señales de tráfico particulares, aunque no tan exóticas como la de los renos… “Peligro, perros” es una de ellas. Para echarse a temblar, especialmente cuando la ves en una autopista, y no solamente por los pobres bichos. Pero al contrario de lo que pasa en Escandinavia, donde tienen que pasar 3000 kilómetros para ver un reno, aquí en dos kilómetros ya vi un perro. Y era enorme. Se paseaba tranquilamente por el arcén de la autopista, ajeno al tráfico, mientras que una furgoneta de servicios de la red de carreteras lo seguía a corta distancia.

El Lago Balaton no deja de ser un Salou o un Benalmádena. Es el lugar de veraneo de los Budapedienses que quieren pegarse un chapuzón. Aguas color turquesa al más puro estilo caribeño, y playas de cuidada hierba podrían hacer las delicias de cualquiera, pero la enorme cantidad de chiringuitos, niños con colchonetas de playa, gente en bañador que no se ha mirado al espejo antes de salir de casa lo embrutece todo. Olor a bronceador solar y a parrillada de carne se entremezclan durante los más de 70 kilómetros de lago. La carretera que transcurre por el norte -nombrada en alguna guía de rutas en moto, y aún no sé por qué- no deja de ser un reguero incesante de pueblos que, como si fuera una normativa de la región, se llaman de la misma manera. O casi: Balaton-pon-aquí-lo-que-quieras. Uno tras otro.

La frontera de Croacia ha sido la primera que he cruzado este viaje -y mira que he llegado a cruzar fronteras- donde me han pedido el pasaporte. Y no una, sino dos veces. Y aún he tenido suerte, porque al coche alemán que circulaba delante mío le han pedido hasta los papeles del vehículo. Y luego, un recuerdo ya muy lejano ha vuelto a hacerse presente, como en las pesadillas más recurrentes: los peajes. Desde Francia que no veo uno. Y en Croacia han vuelto. He llegado algo rápido a la cabina, y el individuo que esperaba fuera se ha pegado un susto de muerte.

– Eherserije erllas eejj in Croatsia. Noeos esefqe esod! – me gritó.

– Pero si he parado en la línea – contesté, algo sobrado. Sonreí y acabé la conversación con un bonito y largo caballito, mientras enfilaba la proa hacia Zagreb, que se encontraba a poco más de 100 kilómetros.

Vamos a ponernos algo épicos. El sufrido lector quizá no se dará cuenta de los kilómetros que llevamos, a pesar de que invariablemente voy señalándolo al final de mis entradas. Son muchos kilómetros, y solamente descansé un día, allá por el siglo pasado, en Estocolmo. Me sorprendía a mí mismo con la entereza física que lo estaba llevando, pero esa mañana todo cambió. Una importante contractura en el cuello y espalda han hecho que los poco más de 400 kilómetros de hoy sean un auténtico suplicio. El mover el cuello era tarea prácticamente imposible, y tenía que fiarme muchas veces de lo que veía por los retrovisores, que no siempre te muestran todo. Circular a 130 km/h por las autopistas húngaras y croatas con la escasa protección de la moto ha sido duro. (Matizo: al principio del viaje las protecciones aerodinámicas de la BMW eran más que suficientes, pero tras 12.000 kilómetros ya casi no tolero que me de ni una brizna de viento). Afortunadamente, la lograda aerodinámica del casco BMW System 6, siempre que lleves la mentonera cerrada, me ha ayudado a llegar a Zagreb.

El reencuentro con mis tres amigos ha sido también épico. Una dirección incorrecta, un céntrico hotel que no era tan céntrico… Después de los kilómetros que llevo, al final me he tenido que perder en Zagreb. Y tras sortear mil y una tormentas sin mojarme, me he tenido que mojar justo cuando no iba vestido de romano… Pero finalmente los encontré, y compartimos una buena cena en compañía de sus y de mis anécdotas. Un soplo de aire fresco. Gracias, amigos!

Hoy he recorrido 463 kilómetros en 5 horas y 55 minutos, a una media de 78 km/h. El consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.525 kilómetros recorridos. La ruta de hoy la tenéis aquí:

The Long Way North. Day 22


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