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La aventura de cada fin de semana

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Hemos pasado nuestro última mañana de viaje viendo aviones. Mira, soy así de friki. El museo Aeroscopia de Toulouse abrió sus puertas hace algo más de un año, y tenía muchas ganas de verlo. Sobre todo para admirar al Concorde, y los otros aviones que allí se exponen. Pero de eso ya hablaremos más adelante en otro blog.

Pues no, al final no hemos pillado el Concorde para volver a Zaragoza. Hemos ido por carretera y tal. Por cierto, menudo calorazo solo pasar el túnel de Bielsa! Hemos batido el récord del viaje, con 37,5ºC!! Y yo que temía por las temperaturas balcánicas!

Lo que sí me ha parecido supersónico es cómo se han pasado de rápidas estas cuatro semanas. Ha sido un viaje intenso y muy variado, casi día a día. Casi 10.000 kilómetros de ruta, catorce países y muchos recuerdos. Como el romanticismo de la Piazza San Marcos de Venecia, desde ahora siempre muy especial para nosotros. O el silencio incómodo en la base aérea abandonada de Zeljava, en Croacia. Me quedo con el encanto de Mostar y su puente, en Bosnia y Herzegovina. O la grandiosidad del Piva Canyon en Montenegro, el encanto de la puesta de sol en el lago Ohrid de Macedonia, o las montañas de Belogradchik de Bulgaria. Recordaré siempre los monasterios pintados de Rumanía y las vistas de la ribera del Danubio en Budapest, Hungría. O el paseo a media tarde por Bratislava en Eslovaquia, y la majestuosa plaza de Oloumoc. Y como no, Hallstatt, el pueblo de postal de Austria, los imponentes Dolomitas y el Passo San Boldo de Italia, o las imperdibles Gorges del Tarn en Francia. 

Hemos atravesado los Cárpatos dos veces, los Alpes, los Dolomitas y los Pirineos, y las motos no han dado ni una sola queja. Y por supuesto he de acordarme de la valentía de Belén, que como en otras ocasiones se ha lanzado a la aventura por países complicados para conducir como Albania, Bosnia o Rumanía. Además, ha tenido que aguantarme 28 días, y eso es de mucho mérito ya de normal. Así que imagínate lo que ha sido en mi estado. Porque no lo he dicho en ningún momento, pero una hernia discal me ha hecho la pascua durante todo el viaje, dejándome como un auténtico inválido en cuanto me bajaba de la moto. Por todo ello, gracias, Belén.


Y gracias a vosotros, que me habéis aguantado las crónicas, las fotos desde la habitación del hotel o los restaurantes al aire libre. De verdad, es duro ponerse a escribir a las once de la noche, pero es impresionante la fuerza que dáis para hacerlo y compartir lo que ha sido nuestro viaje. Gracias de verdad. 


Y ahora qué? Pues a hacer coladas. Que la lavadora ya está pidiendo que le saquemos la primera tanda de ropa sucia. Y en un par de días, el resumen estadístico y de gastos del viaje. En unos días, los vídeos del viaje. Y durante los próximos meses, toda la información turística que he recopilado la iré desgranando en el blog El Rutómetro de Jaus. Estáis invitados.

Y como decía aquél, vámonos a la cama que esta gente querrá irse a casa. Buenas noches!

A ver, que hoy estoy reivindicativo. Se me ha pegado algo de la revolución francesa y hoy van a rodar cabezas. Pero comencemos por el principio. Y el principio no es otro que pasar a Francia desde Italia, rodeados por montañacas de esas que te quitan el aliento. Como vienen siendo los Alpes, vamos. 


Y a eso que sigues la carretera y te encuentras el desvío hacia el Galibier. Pues para allí que nos hemos ido, rodeados de glaciares con nieves perpetuas por carreteritas estrechas con un desnivel muy importante y sin quitamiedos. De esas que molan, vamos. 


Hemos seguido a Grenoble con algún que otro temor a que la carretera estuviera cortada, porque llevaba varios kilómetros viendo el cartel de Grenoble tachado. Al final solamente era un corte para los camiones y autocaravanas. Nosotros pasamos sin problemas. Y después a comer ensalada de tomate, que con el calor apetece más que los fideos esos de sobre. Además, se nos ha acabado el gas del hornillo. Y aquí rueda la primera cabeza: señor del Decathlon que me vendió la moto de que los hornillos Primus los encontraría más fácilmente en Europa que los de la marca CampinGaz, NO TIENE NI IDEA! En Austria e Italia me cansé de preguntar por los recambios de bombonas Primus, Y NI UNO TENÍA. En cambio de CampinGaz… A patadas! Menos mal que me gusta la ensalada de tomate. 


Tenía pensado pasar por las Gorges de la Bourne. De hecho hemos pasado por allí. Pero ha sido un lapsus mío, porque lo que realmente buscaba era Combe Laval. Y por mucho que seguía la ruta del GPS, el espectacular cañón no aparecía. He tenido que buscar y buscar para encontrarlo finalmente. Y es que pasar por ahí vale la pena.


La cosa ha sido que tras desviarnos unos míseros 18 kilómetros, los 120 que faltaban para destino se han convertido… en 200! A ver, señor Garmin: Si desde el punto A faltan 120 kilómetros, desde A+18 no pueden faltar 200km. Si hace falta, me hace usted dar la vuelta y vuelvo por donde he venido. Además, me ha calculado una hora de llegada que ni yendo en bicicleta. Guillotina también hoy para el GPS.


Y luego ha llegado la cena en Alès, que así se llama el pueblo donde estamos. Debe ser que nuestro idioma nativo italiano nos ha confundido, pero de 4 platos que hemos pedido (la carta estaba en francés, evidentment) NO HEMOS ACERTADO NI UNO! Eso sí, buenos estaban todos. Así que voy a pasarme la noche practicando. Lulú? Se mua.


A ver, que me encanta Italia. Y no solo por el dominio natural del idioma del que hablamos ayer, sino por todo. Lo latinos que son, los paisajes cambiantes, los monumentos, la comida,… Todo. Pero qué quieres que te diga? Lo de poner casi todas las gasolineras automáticas me parece una muy mala idea. Y mira que en los países nórdicos son así y nunca tuve ningún problema. Pero la cosa es que en Italia no hago más que tener problemas con las tarjetas. Dos VISAs que llevo, pues ninguna vale, oye. Al final has de hacer cuentas sobre los litros que nos cabrán, porque tampoco tenía cambio. O te toca pagar en el LIDL con un billete de 50 eurazos para pagar un par de tomates y así tener cambio. Lo dicho, que no me mola. Además, carísima. Punto negativo.


Por lo demás, hoy descubrimos Bérgamo. Aunque casi me pierdo. Y mira que me oriento, pero fue bajarme de la moto en la Città Alta, echarle un vistazo al GPS y tenerlo todo controlado. Y a los 10 metros, las cosas no me cuadraban. Tras unos momentos marronáceos de bloqueo, al final decido volver a la moto a por el GPS. Y mira que me fastidia depender del cacharrillo, pero va bien el jodido.


De Bérgamo me quedo, sin dudarlo, con los techos de Santa María Maggiore. Son realmente espectaculares cómo puedes ver en todas las fotos que cuelgo hoy. Y mira que llevamos techos en este viaje! Pues estos estarían dentro del top 5. Y también sorprende que en una misma plaza coexistan dos templos tan grandes como el Duomo y Santa María. Pero bueno, Italia siempre ha sido un desparrame. Que hay que poner una iglesia? Pues toma dos! Que hay que poner un lavacoches? Pues que tenga para veinte coches a la vez! Exageración a tope. 

El resto del día, un coñazo. Carreteritas, rotonda, carreteritas… Y así hasta el infinito pasando por los suburbios de Milán -que no hemos parado porque ya la conocemos- y Turín. Y a partir de ahí, lo mejor: nuevamente el abrazo de los Alpes. Se nos iban acercando por derecha e izquierda hasta casi dejarnos sin puesta de sol. Pedazo picos! Lo que decíamos: desparrame! 

Hoy dormimos a más de 1000 metros de altura en Oulx, a tiro de piedra de Sestriere. Así que mañana entramos en Francia. Pero tranquilos, que aún nos queda mucho viaje. Buenas noches!

La vida es un álbum de recuerdos lleno de contrastes. Como el de hoy. Hoy hemos recorrido de un extremo a otro desde lo más mísero de la humanidad hasta paisajes prácticamente celestiales. Desde el horror del campo de concentración de Mauthausen hasta la belleza plácida de pueblecitos como Hallstatt. De 0 a 100 en poco menos de 140 kilómetros.


La llegada a Mauthausen se hace por una carreterita estrecha y empinada. Al alcanzar el final de la colina te topas de frente con la mole gris de sus paredes y sus torres de vigilancia. Después de haber visto Auschwitz, pensaba que esta vez iba a dejar las emociones en el parking, junto a las motos. Pero no ha podido ser. De hecho, no debía ser. Pasear por los barracones, la cámara de gas o el crematorio, la tristemente famosa escalera de la muerte o pasar los dedos suavemente por los miles de nombres allí escritos… Miles de vidas truncadas sin motivo. Y muchas (pero muchas muchas) con apellidos conocidos. Porque al contrario que en Auschwitz fueron muchos los compatriotas que allí terminaron sus días. Y eso te toca.

Pero afortunadamente el día ha dado mucho más de sí. Dejamos atrás (sin olvidar, eso sí) los horrores de Mauthausen para adentrarnos en las verdes colinas y frondosos bosques de las primeras estribaciones alpinas. A pesar de que el cielo está bastante gris, la hierba refulge inundándolo todo con ese verde casi fluorescente. Vamos dando un rodeo disfrutando de los paisajes hasta llegar a, según dicen muchas listas, el pueblo más bonito de Europa.


Hallstatt es simplemente precioso. Cuidadísimas callejuelas a pie de lago, con paredes montañosas repletas de abetos que lo rodean. Absolutamente pintoresco. Las fotos que había visto en decenas de posts  le hacen justicia. No sabría decirte si es el más bonito de Europa (de hecho, resulta algo absurdo clasificar la belleza), pero sí estaría entre mis top 5. A pesar de los japoneses.


Si ya he visto Reine en Noruega (tres veces) y Hallstatt en Austria, prácticamente según internet no me queda nada más bonito que ver en Europa. Así que una de dos: o ampliamos fronteras en próximos viajes o le quitamos la razón a Google e intentamos que el mundo se entere que la belleza la podemos encontrar en infinidad de lugares, muchas veces muy cerquita de casa. Seguiremos buscándola cada fin de semana. 
Y hoy dormimos en Salzburgo. La vuelta que hemos dado esta noche por el centro nos ha hecho cambiar los planes y mañana saldremos algo más tarde a la carretera: apetece ver y fotografiar la ciudad de día. Y ya luego nos metemos en los Alpes y a ver si escribimos con un tono algo más simpático. Porque qué quieres, hoy no me salía escribir de otra manera. 

Pues sí, después de hacer muchas filigranas planificando para no estar en Brno el día del Gran Premio, ahí nos ves, el mismo domingo de carreras, paseando por la ciudad. Pensaba que sería peor, por los atascos y tal. Pero no hemos visto un alma. Igual estaban todos en el circuito, pero en la ciudad quedaban cuatro gatos. También el hecho de que lloviera a cántaros no ayudaba a que hubiera mucho jolgorio por las calles. 


Si tengo que resumir -que no sé si tengo que hacerlo, pero me apetece porque hoy estoy especialmente cansado-, diría que casi ha sido un día de mierda. De esos que ves poca cosa y lo pasas mal. Y el “casi” lo he puesto porque en realidad ha habido algunos momentos en los que la cosa ha molado. Me voy a centrar en esos momentos, que creo que mola más.


El momento de ver aparecer el castillo de Bouzov entre la niebla ha molado. Llovía y las carreteras eran estrechas y penosas, pero ese momento ha sido guay. Aunque haya tenido que meter la moto en un barrizal para hacer la foto.

Y también han sido mágicos los momentos en los que las pequeñas carreteritas se metían en frondosos bosques de abetos. Era como meterse en un túnel sin iluminación. De eso no tengo foto, pero son de esos momentos que se quedan grabados en el hipocampo (porque sí, ya está bien de que intentéis grabar cosas en la retina: en la retina no se puede grabar nada). #momentomédicofriki. 

Y tras Brno, Mikulov. Otro pueblo con encanto pero que después de ver Oloumoc sin lluvia, creo que todos los demás pueblecitos de Moravia quedan algo deslucidos: tienen estructura similar: gran plaza rodeada de edificios de colores pastel y en medio un monolito dedicado a la Virgen o a algún otro personaje con aureola de santo.


Después de las mil venturas y desventuras de intentar comprar un adhesivo tanto en Brno (ni una tienda de souvenirs en el centro) como en Mikulov (tuvimos que comprar unos algo patéticos en la oficina de turismo), nos metimos en las autopistas austríacas para pasar la tormenta lo más cómodamente posible a 125 km/h. Ahora estamos en Linz, tras habernos saltado un par de puntos de interés, algunos de los cuales retomaremos seguramente mañana. Porque mañana será otro día. Buenas noches.

Que sí. Que me dijeron que mi bisabuelo dejó de estudiar geografía hasta que los países no cambiaran al menos en 10 años. Y lo que hoy han sido tres países hace unos años habrían sido dos. Y hace muchos más quizá uno. Sé como sea, hoy hemos desayunado en Hungría, comido en Eslovaquia y cenado en la República Checa. No es ningún récord, pero mola.


Hemos comenzado en Szentendre, un pueblecito al lado de Budapest y a orillas del Danubio que se las da de pueblo con encanto. Y no es que esté mal, pero es que viniendo de Budapest, todo queda un poco deslucido. Menos mal que hemos llegado cuando aún no habían desembarcado las hordas de turistas, y los comerciantes recién abrían sus tiendecitas. Porque otra cosa no, pero tiendas de souvenirs habían un rato. 

En Esztergom está el templo católico más grande de Hungría. Pero vamos, que no mata. Hoy era el día de las cosas que no mataban. Y lo curioso es que sin darnos cuenta, hemos atravesado un puente sobre el Danubio y hemos pasado a Eslovaquia. Y mira que teníamos florines húngaros para gastar! Así que media vuelta y hemos vuelto a pasar la frontera. La cosa es que se ve que en Hungría es fiesta y estaba todo cerrado. Hemos usado el comodín de la gasolinera y… Bingo! Los fideos esos yatekomo o komosequieranllamar los teníamos en el primer estante que hemos mirado. Hemos triunfado. Media vuelta y para Eslovaquia de nuevo.


En Bratislava nos hemos tomado un helado. Y poco más. Vueltecita por el centro, repleto de turistas. Compra de la pegatina preceptiva y a la carretera de nuevo. Y en poco más de una hora estábamos en la República Checa. Y qué hacemos aquí? Pues que yo he visto que por aquí está la región de Moravia, y me mola el nombre. Así que para allá que nos hemos ido. Seguro que Belén os contará que todos los caminos conducen a Brno, pero nosotros hemos intentado evitarlos, que mañana por aquí hay Gran Premio de MotoGP y seguro que todo está a petar. Hemos recalado en Oloumoc, un fantástico pueblo con unas enormes plazas monumentales. Allí hemos olvidado la caca de perro que había en el ascensor del hotel (no me preguntéis, que no tengo más datos) con unas magníficas carrilleras al vino y un carpaccio que quita el hipo.

Mañana dan lluvias, a ver si son pocas porque tenemos que volver a cambiar de país. Buenas noches.


Quien no ha estado en Budapest de noche, no tiene ni idea de lo que es una ciudad monumental. Mira, que se quiten las demás. Y eso que hay. Que si París, que si Roma, que si Barcelona… Pero llegar a Budapest en la hora azul, atravesar el Puente de las Cadenas y quedarse sin habla al contemplar ese Parlamento a los pies del Danubio es… simplemente mágico. Y eso que no era mi primera vez.

Esa sensación sobre todo te la llevas cuando unas horas antes, simplemente unas horas antes, estabas en medio de las montañas de Maramures observando cómo el modus vivendi del 99% de la gente era coger la guadaña y el rastrillo, montarte en tu carro tirado por un caballo e irte con tu falda de flores y tus calcetines gruesos a cultivar tu huerto. Doscientos kilómetros y una frontera más allá, te encuentras con Budapest y su glamour de ciudad imperial. Contrastes. Esos contrastes maravillosos que te da la vida y te enseña que en la diversidad está la sorpresa. La búsqueda de esa diferencia debería ser el motor de todo viajero. 


Perdonad que me ponga filosófico, pero es así. A las 11 de la mañana estábamos en una iglesia de madera del siglo XVII en la zona más rural de Rumanía. Y esta tarde, admirábamos un Parlamento húngaro de finales del XIX. Mucho más que unas pocas horas, dos siglos y una frontera de diferencia. 

Y es que el día tampoco ha dado mucho más de sí. Una carretera muy recomendable la que va desde Mara hasta Satu Mare, con muchos tramos recién asfaltados y otros tantos que lo estarán en breve. Apuntadlo para futuros viajes. Y luego, tras la tediosa frontera húngara, autopista. Allí nos hemos encontrado a Javier, un intrépido motero que se va a los Tatras. Con él hemos conversado un buen rato mientras comíamos en un área de descanso. Y finalmente la gloriosa llegada a Budapest. Porque, os he dicho ya lo hermosa que es? Mañana la admiraremos incansablemente durante todo el día. Ahora, mejor os doy las buenas noches.


A ver, que yo me pensaba que los de Europa del norte eran los más civilizados y cumplían todas las normas. Después de cuatro Cabos Norte, este viaje por Balcanes y Europa del Este está siendo un shock en ese aspecto. Pues bien, no va la familia de holandeses y se salta por el forro todas las indicaciones de “no foto” en el monasterio de Dragormina? En los monasterios ortodoxos más conocidos tienes que pagar una “tasa” para poder hacer fotos o vídeos (no llega a 3€) y siempre por fuera, porque para preservar sus frescos algunos te impiden la foto por dentro (no todos, por ejemplo el de Secu, maravilloso, vacío y sin restricciones fotográficas, al menos de momento). Pues a lo que iba, que me vuelvo a dispersar: prohibido fotos dentro del monasterio? Pues los holandeses, foto al canto. Prohibido fotos en el museo? Pues allá que van otra vez con la camarita… Y luego decimos de los latinos… A todo esto, el monasterio bien, los frescos muy buenos, aunque se va haciendo todo algo repetitivo.

Después hemos pasado por el monasterio de Voronet. Este molaba, porque tiene frescos tanto por dentro como por fuera, y datan del siglo XVI. La cosa es que estaban allí concentrados todos los turistas del país.  Autocares, grupos de italianos, alemanes… Y como los monasterios son pequeños, parecía el metro en hora punta. De todas formas los frescos interiores son excelentes, y los exteriores, aunque un poco deteriorados, también.


Y luego tocaban más de 200 km hasta la siguiente y última zona que vamos a visitar en Rumanía: las montañas de Maramures. Carreteritas con el peor asfalto que hemos tenido en todo el viaje durante más de 50 kilómetros nos han llevado hasta los 1400 metros de altura, entre montañas repletas de abetos y algún que otro poblado rumano que vivían en caravanas y casas prefabricadas -o casi fabricadas- a pie de carretera.

Aquí la moda de las mujeres mayores es muy clara: falda de flores, calcetines de colores hasta media pierna y pañuelito en la cabeza. Glamour a raudales. Pero no veías una ni dos… TODAS visten así. Entre eso, la gran cantidad de carros tirados por caballos y las casitas de madera, parecíamos haber atravesado el túnel del tiempo. Además, las iglesias comenzaban a ser todos de madera, muy altas y esbeltas al estilo de las que he podido ver en Noruega. Muy curioso.

En el monasterio de Barsana nos encontramos a un rumano que vive en Zaragoza y nos preguntó si nos estaba gustando su país. Pues todo perfecto, menos el asfalto, majo. Que parece que tengan solo una máquina alquitranadora y que se vaya recorriendo todo el país pero pausadamente, porque hay zonas en las que no ha pasado en lo menos cincuenta años. Veis? Ya me disperso otra vez. El monasterio. Pues de madera, como toca por esta zona. El interior pintado pero como de cómic, curioso también. Alrededor habían plantificado una serie de edificios del mismo estilo que realmente no desentonaban, pero que en conjunto parece un parque temático. 


Y sí. Esta mañana hemos llegado lo más al este en este viaje. Hemos cruzado 26 meridianos para encontrarnos en un mundo muy diferente al del meridiano 0. Aunque quizá no lo sea tanto. A partir de mañana volveremos hacia donde se pone el sol, y seguramente encontraremos mundos diferentes cada día. O no. Porque querido lector, los paisajes, la gente y las culturas las hacemos nosotros diferentes en nuestra cabeza. En definitiva, todos somos iguales. O deberíamos serlo.

Si miras un mapa físico, verás que los Cárpatos rumanos tienen forma de “L” acostada. Ya los atravesamos por la Transfagarasan para entrar en Transilvania. Y hoy los hemos vuelto a atravesar, pero esta vez por su lado este, para llegar a Moldavia. Pero no te equivoques, que no hemos cambiado de país: Moldavia, además de ser un país (cerquita de aquí), es la región nororiental de Rumanía. Para pasar de una región a otra, lo tienes que hacer casi obligatoriamente por la Garganta de Bicaz, una suerte de paso estrecho entre angostas paredes rocosas donde los rumanos, como no podía ser de otra manera, han puesto decenas de chiringuitos donde vendían souvenirs y artesanía locales. Y allá donde vean chiringuitos, los coches se paran. Y casi forman el colapso. Menos mal que comparado con lo de días anteriores, lo de hoy ha sido un paseo.

La cosa hoy ha sido la lluvia. Ha comenzado de buena mañana, pero ha ido parando a ratos. De hecho, también ha salido el sol. Pero a pesar de eso las carreteras seguían mojadas y resbaladizas. Tras la garganta, nos hemos topado con el lago Bicaz (el lector avispado se habrá dado cuenta de que tanto la garganta como el lago deben estar, en el curso del río Bicaz, de ahí la correspondencia de los nombres). Pues bien, el lago -que en realidad es un embalse- se extiende entre unas colinas verdes llenas de pastos y con enormes bosques de abetos alrededor. Parecía una estampa suiza en lugar de rumana. Para que veas.


Hoy tocaban además un par de monasterios ortodoxos, que ya casi habíamos perdido la costumbre. El primero, el monasterio de Secu. Todos tienen estructura similar, como ya vimos en Bulgaria: Las dependencias forman un patio interior en cuyo centro se sitúa la iglesia. Cuando llegamos, de unos altavoces salían una serie de salmos recitados a toda velocidad por un chaval. Los de más de 40 años, os acordáis del anuncio de micromachines, ese donde hablaban tan rápido? “Sinosonmicromachinesnosonlosautenticos”… Pues el chico podría haber clavado el anuncio.

El interior, sobrecogedor. Como viene siendo habitual, los frescos ocupaban todas las paredes y el techo. De arriba a abajo. Varios monjes de esos de negro con bonete negro y barbas blancas iban rezando a la par que el chaval, haciendo extraños movimientos de vez en cuando con las manos. Además, se santiguaban tres veces seguidas, pero al revés que nosotros, como me hizo notar Belén. Si a eso le unimos el chico “micromachines” recitando el mantra ese, pues que todo era muy espiritual.

Después fuimos a ver el importante, el monasterio de Neamt. Un kilómetro antes nos paramos en una iglesia que nos llamó la atención. Era visiblemente más moderna que los monasterios, pero estaba profusamente pintada en todo su exterior. Muy vistosa. Diría así de memoria mirando el Google Maps que era la iglesia de Ioan Iacob.

El monasterio de Neamt es mucho más grande y seguramente más antiguo, pero a mí me sedujo bastante menos. Las paredes totalmente ennegrecidas le restaban un poco de interés. Requiere una restauración pero ya. Señores de la Unesco, cuiden su patrimonio! De todas formas, también pudimos observar allí cómo rezaban un grupo de mujeres, todas con pañuelo en la cabeza, y arrodillándose completamente hasta casi tocar el suelo con la cabeza mientras se santiguaban. Muy ortodoxo todo. 


Y finalmente llegamos al hotel. Un cuatro estrellas muy nuevo y lujoso, a precios de pensión española. La cosa es que los chicos que están al cargo le ponen voluntad pero pocos conocimientos. Se ve que los dueños o los encargados no estaban, así que prácticamente tenían que ir preguntando todo por teléfono. Pero no hemos estado mal. Y tampoco hemos cenado tan mal, hablando de motos con el camarero en el poco inglés que sabía. Pero lo suficiente para saber que tiene una Honda 750 de hace 18 años comprada en Alemania. Pero no la saca mucho. Aunque se le veía en la cara que le gustaría. Amigos moteros, no sabemos la suerte que tenemos pudiendo viajar. Bueno, señores. Voy a esperar que le den la leche con trankimazín al niño de la habitación de al lado, y a la cama. Buenas noches. 

Vamos a ver, que alguien me lo explique. Porque lo de ayer en la Transfagarasan llena de gente, tiene un pase. Era domingo, hacía bueno, y se ve que a los rumanos les mola salir a hacer la barbacoa en el campo. Pero hoy es lunes. Y en cuanto hemos pillado una carretera de montaña, ¡zasca! ¡Los atascos otra vez! ¡Pero si faltaban lo menos veinte kilómetros para Sinaia! Y aquí las caravanas son de órdago. De las de estar un cuarto de hora sin moverse un pelo con el motor parado. Mira, igual les va el tema del campo, y eso. E igual también celebran lo de la virgen de Agosto y tienen puente… Menos mal que lo primero que hemos hecho, además de desayunar como Dios manda en el Starbucks (bueno, desayunar como Dios mandaría que desayunases si fueras al Starbuks a desayunar, claro), también hemos ido a Prejmer a ver su iglesia fortificada. Muy recomendable. 


Total, a lo que iba. Que pasamos de Sinaia y el castillo de Peles y cogemos el desvío hacia Bran. Allí está el supuesto castillo del Conde Drácula. Sólo íbamos a hacer la foto, ya que lo visitamos bien visitado en el anterior viaje. Pero que todo eso de que es el castillo de Drácula es de mentirijillas, lo que pasa es que los rumanos lo explotan bien. Se ve que en el castillo ese solo estuvo de visita un finde (igual con las caravanas se quedó un poco más, quién sabe). Pues a lo que iba, que me disperso: a cinco kilómetros para llegar, adivina: ¡caravana al canto! A ver si va a ser que les encanta pasar el día dentro del coche! Porque mira que se pasan horas! Al menos nosotros nos pudimos salvar del atasco adelantando como podíamos. Por supuesto, tampoco llegamos a Bran, y nos desviamos por carreteritas hacia Sighsoara, que era el destino final para hoy.


Pues vaya acierto de día: dos de dos que nos salen rana. O más bien tres. Porque también nos paramos en el centro de Brasov a visitar la iglesia negra y… ¡cierran los lunes! Así que telita el día que llevábamos. De eso que vas mirando y ves una pista de esas que se enfilan colina arriba. Parecía fácil y era la hora de comer. Y desde la colina parecía haber buena vista. Y como llevábamos todo el día caravana arriba, caravana abajo, pues ¡qué mejor que ahogar las penas comiendo con buenas vistas! Fue un gran momento. 


Y desde allí a Sighsoara, cogimos carreteritas de esas con baches que nos gustan a nosotros, que te pasan por pueblos perdidos y que no tienen caravanas (y mira que parece raro, pero no, no tenían caravanas). Llegamos finalmente a Sighsoara a media tarde. Nuestra pensión… sí, a veces dormimos en pensiones, pero de calidad, de esas que te dan una botella de vino blanco fresquito de bienvenida… Ah, que a vosotros no os pasa? Joer, ya me he vuelto a dispersar. El caso es que la pensión estaba algo alejado del centro de Sighsoara, así que tuvimos que pillar moto para la visita y cena preceptiva. Es una visita que os recomiendo encarecidamente, quizá lo más bonito de Transilvania: calles empedradas, una torre del reloj imponente, casas de colores… Hasta la casa donde nació Drácula está aquí (ya os había dicho que por aquí explotan mucho eso del Conde Drácula, no?). La cena ha sido en dos tiempos: el primero fallido porque nos hemos tenido que levantar tras bastante rato sin que nos atendieran (y ya van cuatro cosas en el día que salen rana), pero el segundo no ha estado nada mal. Caro para el país, pero asequible para lo que estamos acostumbrados. Memorable el coulant de chocolate con helado casero de nueces.


En definitiva, cuatro fiascos en un día. Como para pensar que ha sido un asco de día, no? Pues no. Ha sido un gran día. A veces lo que menos importa es lo que puedes o no puedes hacer, sino la actitud con la que te lo tomas. Y hoy, de esa actitud estábamos a rebosar. Sí. Hoy  ha sido un gran día. Y mañana también. Seguro.