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La aventura de cada fin de semana

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Si miras un mapa físico, verás que los Cárpatos rumanos tienen forma de “L” acostada. Ya los atravesamos por la Transfagarasan para entrar en Transilvania. Y hoy los hemos vuelto a atravesar, pero esta vez por su lado este, para llegar a Moldavia. Pero no te equivoques, que no hemos cambiado de país: Moldavia, además de ser un país (cerquita de aquí), es la región nororiental de Rumanía. Para pasar de una región a otra, lo tienes que hacer casi obligatoriamente por la Garganta de Bicaz, una suerte de paso estrecho entre angostas paredes rocosas donde los rumanos, como no podía ser de otra manera, han puesto decenas de chiringuitos donde vendían souvenirs y artesanía locales. Y allá donde vean chiringuitos, los coches se paran. Y casi forman el colapso. Menos mal que comparado con lo de días anteriores, lo de hoy ha sido un paseo.

La cosa hoy ha sido la lluvia. Ha comenzado de buena mañana, pero ha ido parando a ratos. De hecho, también ha salido el sol. Pero a pesar de eso las carreteras seguían mojadas y resbaladizas. Tras la garganta, nos hemos topado con el lago Bicaz (el lector avispado se habrá dado cuenta de que tanto la garganta como el lago deben estar, en el curso del río Bicaz, de ahí la correspondencia de los nombres). Pues bien, el lago -que en realidad es un embalse- se extiende entre unas colinas verdes llenas de pastos y con enormes bosques de abetos alrededor. Parecía una estampa suiza en lugar de rumana. Para que veas.


Hoy tocaban además un par de monasterios ortodoxos, que ya casi habíamos perdido la costumbre. El primero, el monasterio de Secu. Todos tienen estructura similar, como ya vimos en Bulgaria: Las dependencias forman un patio interior en cuyo centro se sitúa la iglesia. Cuando llegamos, de unos altavoces salían una serie de salmos recitados a toda velocidad por un chaval. Los de más de 40 años, os acordáis del anuncio de micromachines, ese donde hablaban tan rápido? “Sinosonmicromachinesnosonlosautenticos”… Pues el chico podría haber clavado el anuncio.

El interior, sobrecogedor. Como viene siendo habitual, los frescos ocupaban todas las paredes y el techo. De arriba a abajo. Varios monjes de esos de negro con bonete negro y barbas blancas iban rezando a la par que el chaval, haciendo extraños movimientos de vez en cuando con las manos. Además, se santiguaban tres veces seguidas, pero al revés que nosotros, como me hizo notar Belén. Si a eso le unimos el chico “micromachines” recitando el mantra ese, pues que todo era muy espiritual.

Después fuimos a ver el importante, el monasterio de Neamt. Un kilómetro antes nos paramos en una iglesia que nos llamó la atención. Era visiblemente más moderna que los monasterios, pero estaba profusamente pintada en todo su exterior. Muy vistosa. Diría así de memoria mirando el Google Maps que era la iglesia de Ioan Iacob.

El monasterio de Neamt es mucho más grande y seguramente más antiguo, pero a mí me sedujo bastante menos. Las paredes totalmente ennegrecidas le restaban un poco de interés. Requiere una restauración pero ya. Señores de la Unesco, cuiden su patrimonio! De todas formas, también pudimos observar allí cómo rezaban un grupo de mujeres, todas con pañuelo en la cabeza, y arrodillándose completamente hasta casi tocar el suelo con la cabeza mientras se santiguaban. Muy ortodoxo todo. 


Y finalmente llegamos al hotel. Un cuatro estrellas muy nuevo y lujoso, a precios de pensión española. La cosa es que los chicos que están al cargo le ponen voluntad pero pocos conocimientos. Se ve que los dueños o los encargados no estaban, así que prácticamente tenían que ir preguntando todo por teléfono. Pero no hemos estado mal. Y tampoco hemos cenado tan mal, hablando de motos con el camarero en el poco inglés que sabía. Pero lo suficiente para saber que tiene una Honda 750 de hace 18 años comprada en Alemania. Pero no la saca mucho. Aunque se le veía en la cara que le gustaría. Amigos moteros, no sabemos la suerte que tenemos pudiendo viajar. Bueno, señores. Voy a esperar que le den la leche con trankimazín al niño de la habitación de al lado, y a la cama. Buenas noches. 

Vamos a ver, que alguien me lo explique. Porque lo de ayer en la Transfagarasan llena de gente, tiene un pase. Era domingo, hacía bueno, y se ve que a los rumanos les mola salir a hacer la barbacoa en el campo. Pero hoy es lunes. Y en cuanto hemos pillado una carretera de montaña, ¡zasca! ¡Los atascos otra vez! ¡Pero si faltaban lo menos veinte kilómetros para Sinaia! Y aquí las caravanas son de órdago. De las de estar un cuarto de hora sin moverse un pelo con el motor parado. Mira, igual les va el tema del campo, y eso. E igual también celebran lo de la virgen de Agosto y tienen puente… Menos mal que lo primero que hemos hecho, además de desayunar como Dios manda en el Starbucks (bueno, desayunar como Dios mandaría que desayunases si fueras al Starbuks a desayunar, claro), también hemos ido a Prejmer a ver su iglesia fortificada. Muy recomendable. 


Total, a lo que iba. Que pasamos de Sinaia y el castillo de Peles y cogemos el desvío hacia Bran. Allí está el supuesto castillo del Conde Drácula. Sólo íbamos a hacer la foto, ya que lo visitamos bien visitado en el anterior viaje. Pero que todo eso de que es el castillo de Drácula es de mentirijillas, lo que pasa es que los rumanos lo explotan bien. Se ve que en el castillo ese solo estuvo de visita un finde (igual con las caravanas se quedó un poco más, quién sabe). Pues a lo que iba, que me disperso: a cinco kilómetros para llegar, adivina: ¡caravana al canto! A ver si va a ser que les encanta pasar el día dentro del coche! Porque mira que se pasan horas! Al menos nosotros nos pudimos salvar del atasco adelantando como podíamos. Por supuesto, tampoco llegamos a Bran, y nos desviamos por carreteritas hacia Sighsoara, que era el destino final para hoy.


Pues vaya acierto de día: dos de dos que nos salen rana. O más bien tres. Porque también nos paramos en el centro de Brasov a visitar la iglesia negra y… ¡cierran los lunes! Así que telita el día que llevábamos. De eso que vas mirando y ves una pista de esas que se enfilan colina arriba. Parecía fácil y era la hora de comer. Y desde la colina parecía haber buena vista. Y como llevábamos todo el día caravana arriba, caravana abajo, pues ¡qué mejor que ahogar las penas comiendo con buenas vistas! Fue un gran momento. 


Y desde allí a Sighsoara, cogimos carreteritas de esas con baches que nos gustan a nosotros, que te pasan por pueblos perdidos y que no tienen caravanas (y mira que parece raro, pero no, no tenían caravanas). Llegamos finalmente a Sighsoara a media tarde. Nuestra pensión… sí, a veces dormimos en pensiones, pero de calidad, de esas que te dan una botella de vino blanco fresquito de bienvenida… Ah, que a vosotros no os pasa? Joer, ya me he vuelto a dispersar. El caso es que la pensión estaba algo alejado del centro de Sighsoara, así que tuvimos que pillar moto para la visita y cena preceptiva. Es una visita que os recomiendo encarecidamente, quizá lo más bonito de Transilvania: calles empedradas, una torre del reloj imponente, casas de colores… Hasta la casa donde nació Drácula está aquí (ya os había dicho que por aquí explotan mucho eso del Conde Drácula, no?). La cena ha sido en dos tiempos: el primero fallido porque nos hemos tenido que levantar tras bastante rato sin que nos atendieran (y ya van cuatro cosas en el día que salen rana), pero el segundo no ha estado nada mal. Caro para el país, pero asequible para lo que estamos acostumbrados. Memorable el coulant de chocolate con helado casero de nueces.


En definitiva, cuatro fiascos en un día. Como para pensar que ha sido un asco de día, no? Pues no. Ha sido un gran día. A veces lo que menos importa es lo que puedes o no puedes hacer, sino la actitud con la que te lo tomas. Y hoy, de esa actitud estábamos a rebosar. Sí. Hoy  ha sido un gran día. Y mañana también. Seguro. 

¿Te gusta conducir? Sí, pero a mi lo que me gusta es volar. Volar a ras de suelo. Trazar curvas entre verdes colinas con las últimas luces de la tarde, escuchando épicas bandas sonoras de Hans Zimmer. Eso es lo que me gusta. Escuchar el ronroneo del motor de la BMW llevándonos de curva en curva. Eso es lo que me entusiasma. Ver cómo los rayos de sol se cuelan entre las ramas de los árboles, formando pequeños círculos de luz en el asfalto. Eso es lo que me encanta. Oler a pastos recién segados mientras esas últimas luces de la tarde me llevan hasta la bellísima ciudad de Sighisoara. Eso es lo que venía buscando.

Desde Sibiu hasta Brasov la carretera general estaba algo transitada. Se circula ligero, pero hay que tener precaución con los rumanos, que suelen adelantar a trailers con línea continua sin ningún miramiento. Nos sorprende una iglesia con una gran cúpula dorada en Fagaran, puesta ahí, en las afueras, como por azar.

En Rumanía se observan un número de coches europeos relativamente elevado. Incluso españoles. Hoy al menos he podido distinguir cuatro o cinco. Pero no quiere decir que sean españoles. Ni italianos ni alemanes, que también abundan. Observando más detenidamente te das cuenta que son rumanos que trabajan en España y que han vuelto a su país a pasar las vacaciones. De hecho, lo más frecuente es que los españoles viajen en coches rumanos alquilados. Así lo hemos visto en un semáforo, donde la familia que iba dentro se sorprendían de que hubiéramos llegado hasta allí en moto. La verdad es que cosas como esta te hinchan un poco el ego y te suben un punto la moral.

Tanto en Rasnov como en Brasov es posible ver una de las mayores horteradas (sobre todo por el tamaño) de Transilvania -Conde Drácula aparte-. En colinas cercanas existen carteles con el nombre de la población con enormes letras blancas, al más puro estilo hollywoodiense. Incluso en Rasnov estas letras se encuentran a pie del castillo, aún no se si empobreciendo o enriqueciendo la foto.

El castillo de Bran es famoso porque… porque se encuentra en Transilvania. Y punto. A pesar de que todo el mundo habla de que es el castillo del Conde Drácula (o de Blad el Empalador, como queráis), todo el mundo sabe que no es cierto. Ni vivió allí ni siquiera apareció por allí a no ser que se pasara de visita a tomar unas copas. Sea como fuere, el turisteo que se ha montado a su alrededor es bueno. De todas formas es un castillo muy bien conservado, más por dentro que por fuera, y que con sus múltiples habitaciones, pasadizos, galerías y patios merece la pena ser visitado.

Perros. Rumanía está atestada de perros. Callejeros. O carreteros, porque campan a sus anchas por las carreteras. No los verás atados y acompañando a su orgulloso dueño a un paseo vespertino. Y si los ves, es que son de turistas. Los perros rumanos van en manadas y se acercan a ti en cuanto muestras algo de comida, estés en la autopista o donde te pille. Afortunadamente deben ser más listos que los perros callejeros españoles, porque se ven relativamente pocos convertidos en calcomanías por las carreteras.

Lo que también se ven mucho son los niños bala. Sí, esos niños que van en el coche sin sillita, isofix o como se llame, viajando libremente en el asiento trasero, como nosotros hace treinta años. Al primer choque medianamente fuerte saldrán catapultados hacia el cristal delantero, como si fueran una bala. Se estilan mucho por esta zona de Europa. Tanto en Rumanía como en Bulgaria o en Albania.

Nos tomamos un helado tuttifrutti -ya de por sí el concepto es setentero- mientras paseamos por las soleadas calles de Brasov, a la postre la ciudad más grande de la zona. Luego, el trayecto entre Brasov y Sighisoara fue una delicia. El sol hacía que las colinas tuvieran un verde casi fluorescente, intenso y fresco. Todo es mucho mejor a las siete de la tarde de un verano soleado. Las últimas luces del día lo dulcifican todo, dejando en el ambiente un sabor a madera y hierba. Porque los colores tienen gusto. Y además huelen. Al menos en Transilvania. Los edificios de la ciudadela de Sighisoara nos miraron altivos mientras nosotros, acompañados de una amable señora, pasamos ante sus arcos y portezuelas en busca de nuestro hotelito. Situado anexo a una de las puertas de la ciudad, pudimos meter la moto hasta el mismísimo patio de la pensión. Hoy la BMW dormirá tranquila. Y yo también.

Hay días en los que no te levantarías de la cama. Abres un ojo y miras el despertador. No tienes ánimo para avanzar y acabar lo que has comenzado. Todo te da igual: la ruta, las cosas que tienes previsto ver,… ¿Qué hago yo aquí? ¿No podría estar disfrutando de mis vacaciones tumbado al borde de una piscina con una clara bien fría y unas aceitunas rellenas de anchoa? ¿Se puede saber qué hago madrugando en un pueblo perdido en medio de Bulgaria? A pesar de todo, acabo montando todos los bultos en la moto y comenzando la ruta. Mis pensamientos siguen dándole vueltas a lo absurda de la situación. Hasta que echo la mano atrás y toco la rodilla de mi copiloto. En ese momento es como si se encendiera una luz en la oscuridad, como si salieras en el otro lado del túnel: en realidad estoy donde quiero estar y con quien quiero estar. ¿No es eso ya bastante? Una caricia en el momento justo hizo desaparecer los miedos. Un acelerón en el momento justo me devolvió a la libertad.

El primer punto de interés del día era el monasterio de Arbanasi. Después de recorrer el pequeño pueblo plagado de hoteles de arriba a abajo y de abajo arriba, no había rastro del monasterio, y eso que estaba reiteradamente anunciado. El tiempo que teníamos para visitarlo ya lo habíamos perdido buscándolo. Así que desistimos y seguimos ruta hasta Ivanovo. Allí nos esperaba una iglesia incrustada en la roca. Bueno, de hecho nos esperaban 132 escalones, 4 euros de entrada y una pérdida de tiempo importante. No podíamos creer que la visita fuera solamente esa estancia excavada en la roca. Desde luego fue absolutamente prescindible.

Ruse era el punto elegido para pasar la frontera hacia Rumanía. Una garita, nos miran los pasaportes. Otra garita para comprar la viñeta, de la que estamos exentos. Y una cola enorme para atravesar el puente sobre el Danubio -que por estas tierras ni es azul ni tiene ya ningún tipo de glamour-. La entrada a Rumanía sería el fiel reflejo de lo que es el sur del país: un auténtico caos. Pocas señalizaciones, carreteras mal cuidadas, suciedad por todos lados… Los camiones dejan enormes y profundas roderas en un asfalto envejecido y moribundo, resquebrajado y pidiendo a gritos un lifting que no llegará.

Tras unos cientos de kilómetros de autopista llegamos a Curtea de Arges, inicio sur de la mítica Transfagarasan Road, carretera que cruza los Cárpatos de lado a lado. Casi cien kilómetros de curvas y curvas para superar los 2000 metros de altura y descender hacia Transilvania. Rivaliza con el Stelvio por ser la mejor carretera de montaña, por lo que merecía una visita obligada en este viaje. Los primeros cuarenta kilómetros son un absoluto infierno. La carretera está llena -y cuando digo llena quiero decir llena- de socavones de más de un palmo de profundidad. Meter la rueda delantera en uno de ellos es caída asegurada. En más de diez ocasiones tuve que acelerar para “volar” por encima de ellos. Afortunadamente los restantes 60 kilómetros tienen un asfalto más que aceptable. Hasta los últimos cuarenta kilómetros, la carretera no asciende excesivamente, es casi plana. El trazado de la carretera es perfecto, curvas amplias o más ratoneras, pero siempre magníficamente hilvanadas, nada de los aburridos y peligrosos tornantis. El paisaje va cambiando desde los bosques de abetos hasta los más impresionantes circos montañosos que puedas imaginar. Las verdes laderas ya desprovistas de árboles bajan primero bruscamente, y luego ya de manera más pausada hasta encontrar la carretera.

El final de la ascensión viene marcado por la entrada en un oscuro túnel y la salida al lado norte de los Cárpatos. Unos cuantos chiringuitos de artesanía y souvenirs -para nada tan explotado como el Stelvio- dan paso a una magnífica vista de Transilvania, que se extiende allá a lo lejos, casi dos mil metros a nuestros pies. Para llegar hasta allá abajo, la carretera se vuelve nuevamente sinuosa, dibujando curvas y más curvas sobre el valle que desembocará en Cartisoara, a los pies de los cárpatos. Allí la noche lo envolvió todo, dejando los últimos cincuenta kilómetros del día al amparo de los faros de la BMW. Al contrario que la zona sur del país, parece ser que Transilvania tiene unas carreteras mucho más cuidadas. Y es que es territorio del Conde Dracula. Mañana lo comprobaremos.

Etapa 13: De Veliko Tarnovo a Sibiu por la Transfagarasan Road


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