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La aventura de cada fin de semana

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Hoy el plan era sencillo: Entrar en Rumanía e ir directos a la Transfaragasan Road. Este viaje se centrará fundamentalmente en el norte del país, ya que el sur y sobre todo Transilvania ya lo visitamos hace años. A pesar de eso, había lugares que queríamos volver a ver, como es el caso de la que se considera quizá la carretera más bella del Mundo. Yo no sé si eso es correcto, pero desde luego sí estaría entre mis 5 mejores en las que he estado. O al menos así lo era hasta hoy.

No sé si es porque la crisis cada vez es menos crisis, o porque era domingo, o porque hacía un día radiante. Pero hoy todo el país estaba en la Transfagarasan Road. Y cuando digo todo el país quiero decir todo el país. Ni uno más ni uno menos. Ríete de las caravanas de la costa en agosto. Los más de 100 km repletos de curvas de esta mítica carretera estaban plagados de coches. Y los arcenes, también. Y ya desde abajo. Los rumanos domingueros son especialistas en encontrar ese metro cuadrado de hierba libre y allí plantar la manta y la barbacoa. Da igual que no haya vistas excepcionales: ellos se plantifican ahí a ver los coches pasar. 

Nosotros avanzábamos como podíamos, adelantando por el carril izquierdo y rezando para que las maletas no rozaran ni a los de nuestro carril ni a los de enfrente. Así que lo de “mítica carretera” como que no. Al menos hoy, no. De los recuerdos de recorrerla hace cuatro años han cambiado muchas cosas. En primer lugar, y aunque el asfalto actualmente diste mucho de ser perfecto en la mayoría de tramos, al menos ya no hay los boquetes asesinos que nos encontramos aquella vez. Tampoco ha ayudado mucho el intenso tráfico, que hacía imposible disfruta del paisaje que tristemente se nos escapaba por el rabillo del ojo mientras nos fijábamos más en hacer coincidir nuestras maletas con el hueco que dejaban los coches. 


Aún así, estoy contento de haberla vuelto a recorrer. Justo hoy hace un año que pasaba por última vez por la Trollstigen, para mí la madre de todas las carreteras. Si dejamos el tráfico aparte, sin duda la Transfagarasan sigue siendo un espectáculo. Por los paisajes y por el trazado, absolutamente caótico y sin dos curvas iguales. 

Por otro lado, ha habido un cambio sustancial entre lo que era Bulgaria y lo que viene siendo Rumanía. Se ve un país mucho más avanzado, más europeo. Siempre relativizando, ojo. Entre otras cosas aquí se conduce más rápido. Quizá igual de mal, pero ese aumento de velocidad hace que sea extremadamente peligroso despistarse: en cualquier momento te adelanta uno por tu propio carril, o lo hace el del carril contrario. Signo de ello es la gran cantidad de perros que puedes ver calcamoniados en el asfalto. Perros y algún que otro ciclista. 

Después de un día agotador, de más de ocho horas y media encima de la moto para recorrer unos 420 kilómetros, y tras haber sufrido dormir en una cama donde podías notar todos y cada uno de sus muelles clavándose en tus carnes, toca descansar en una habitación con hasta persianas eléctricas, como se ha molestado en enseñarnos el orgulloso dueño de nuestro hotel. Mañana será un día relajado y podremos saborear más lo que nos puede ofrecer Rumanía y Transilvania. Ah, y los que estéis pensando en Dracula, relajaos: que esas turistadas ya las hicimos hace años. Buenas noches!

Todo acaba y toca volver. Pero volvimos descubriendo la desconocida Bulgaria, la sorprendente Rumanía, la histórica Sarajevo o la cosmopolita Serbia. Todo esto, concentrado en unas modestas imágenes, es lo que contiene el siguiente vídeo.

 


El Retorno de la Ruta de Oriente por Dr_Jaus

Hay días en los que no te levantarías de la cama. Abres un ojo y miras el despertador. No tienes ánimo para avanzar y acabar lo que has comenzado. Todo te da igual: la ruta, las cosas que tienes previsto ver,… ¿Qué hago yo aquí? ¿No podría estar disfrutando de mis vacaciones tumbado al borde de una piscina con una clara bien fría y unas aceitunas rellenas de anchoa? ¿Se puede saber qué hago madrugando en un pueblo perdido en medio de Bulgaria? A pesar de todo, acabo montando todos los bultos en la moto y comenzando la ruta. Mis pensamientos siguen dándole vueltas a lo absurda de la situación. Hasta que echo la mano atrás y toco la rodilla de mi copiloto. En ese momento es como si se encendiera una luz en la oscuridad, como si salieras en el otro lado del túnel: en realidad estoy donde quiero estar y con quien quiero estar. ¿No es eso ya bastante? Una caricia en el momento justo hizo desaparecer los miedos. Un acelerón en el momento justo me devolvió a la libertad.

El primer punto de interés del día era el monasterio de Arbanasi. Después de recorrer el pequeño pueblo plagado de hoteles de arriba a abajo y de abajo arriba, no había rastro del monasterio, y eso que estaba reiteradamente anunciado. El tiempo que teníamos para visitarlo ya lo habíamos perdido buscándolo. Así que desistimos y seguimos ruta hasta Ivanovo. Allí nos esperaba una iglesia incrustada en la roca. Bueno, de hecho nos esperaban 132 escalones, 4 euros de entrada y una pérdida de tiempo importante. No podíamos creer que la visita fuera solamente esa estancia excavada en la roca. Desde luego fue absolutamente prescindible.

Ruse era el punto elegido para pasar la frontera hacia Rumanía. Una garita, nos miran los pasaportes. Otra garita para comprar la viñeta, de la que estamos exentos. Y una cola enorme para atravesar el puente sobre el Danubio -que por estas tierras ni es azul ni tiene ya ningún tipo de glamour-. La entrada a Rumanía sería el fiel reflejo de lo que es el sur del país: un auténtico caos. Pocas señalizaciones, carreteras mal cuidadas, suciedad por todos lados… Los camiones dejan enormes y profundas roderas en un asfalto envejecido y moribundo, resquebrajado y pidiendo a gritos un lifting que no llegará.

Tras unos cientos de kilómetros de autopista llegamos a Curtea de Arges, inicio sur de la mítica Transfagarasan Road, carretera que cruza los Cárpatos de lado a lado. Casi cien kilómetros de curvas y curvas para superar los 2000 metros de altura y descender hacia Transilvania. Rivaliza con el Stelvio por ser la mejor carretera de montaña, por lo que merecía una visita obligada en este viaje. Los primeros cuarenta kilómetros son un absoluto infierno. La carretera está llena -y cuando digo llena quiero decir llena- de socavones de más de un palmo de profundidad. Meter la rueda delantera en uno de ellos es caída asegurada. En más de diez ocasiones tuve que acelerar para “volar” por encima de ellos. Afortunadamente los restantes 60 kilómetros tienen un asfalto más que aceptable. Hasta los últimos cuarenta kilómetros, la carretera no asciende excesivamente, es casi plana. El trazado de la carretera es perfecto, curvas amplias o más ratoneras, pero siempre magníficamente hilvanadas, nada de los aburridos y peligrosos tornantis. El paisaje va cambiando desde los bosques de abetos hasta los más impresionantes circos montañosos que puedas imaginar. Las verdes laderas ya desprovistas de árboles bajan primero bruscamente, y luego ya de manera más pausada hasta encontrar la carretera.

El final de la ascensión viene marcado por la entrada en un oscuro túnel y la salida al lado norte de los Cárpatos. Unos cuantos chiringuitos de artesanía y souvenirs -para nada tan explotado como el Stelvio- dan paso a una magnífica vista de Transilvania, que se extiende allá a lo lejos, casi dos mil metros a nuestros pies. Para llegar hasta allá abajo, la carretera se vuelve nuevamente sinuosa, dibujando curvas y más curvas sobre el valle que desembocará en Cartisoara, a los pies de los cárpatos. Allí la noche lo envolvió todo, dejando los últimos cincuenta kilómetros del día al amparo de los faros de la BMW. Al contrario que la zona sur del país, parece ser que Transilvania tiene unas carreteras mucho más cuidadas. Y es que es territorio del Conde Dracula. Mañana lo comprobaremos.

Etapa 13: De Veliko Tarnovo a Sibiu por la Transfagarasan Road


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