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La aventura de cada fin de semana

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Hay veces que no salen las cuentas aunque las hayas repasado mil veces. Y esa mañana pasaba lo mismo: 8 horas y media de ruta se nos antojaban muchas para un días en el que debíamos hacer unas cuantas visitas. Así que tocaba coger la tijera de recortar y ajustar ruta. Un corte por aquí, un remiendo por allá y ya teníamos algo decente… pero aún así salían siete horas. Y esa mañana no nos habíamos levantado especialmente pronto. Además, debíamos retroceder algunos kilómetros para desayunar -lo teníamos pagado-. Pero ese retroceso valió la pena. Era el mismo lugar, en Sveti Naun, donde habíamos cenado la noche anterior, pero la oscuridad nos confundió. Esa mañana con un día magnífico pudimos disfrutar de una vistas al lago donde una suave bruma surgía de la superficie de un agua absolutamente transparente. A veces, ciertos inconvenientes que en un primer momento pueden llegar a fastidiarte, se tornan el momento más mágico del día.


Y con esa energía ya acumulada desde primera hora del día, recorrimos la costa macedonia del lago Ohrid, mucho más desierta de lo que recordaba en un viaje anterior. De todas maneras, los puestos llenos de tumbonas a pie de agua estaban instaladas y listas para ser usadas. 

Ohrid city resultó ser un agobio de coches. Tenía dos puntos apuntados para visitar, pero las calles cortadas nos impidieron llegar hasta ellos. Y como no íbamos muy sobrados de tiempo, los dejamos ahí para otra ocasión. Abandonamos la ciudad hacia el noroeste, donde durante sesenta o setenta kilómetros estaban desdoblando la carretera. Obras y más obras, que nos vamos encontrando por los países por donde pasamos. Mucho me temo que los Balcanes  o la Europa del Este tal y como los imaginamos tienen los días contados. 

Tetovo, además de un nombre gracioso y un caos circulatorio, tiene una curiosa mezquita. En realidad se llama Šarena Dzamija, pero se la conoce como la Mezquita de los Naipes debido a la curiosa decoración de sus paredes exteriores, que me recordaban vívidamente a las barajas de cartas Heraclio Fournier que tenía mi abuelo para jugar al Remigio. 


Decidimos llegar a Skopje por autopista. Unos 35 kilómetros con dos peajes de 1€. Así ganaríamos algo más de tiempo. La capital macedonia es… grande. En todos los sentidos. Enormes y kilométricas avenidas que disipan algo el caos circulatorio reinante. Y un centro moderno de lo más hortera que se puede uno imaginar. Comenzando por la estatua colosal del “Guerrero a caballo” (antes era Alejandro Magno, pero los griegos consiguieron que se le cambiara el nombre), y siguiendo por decenas de enorme estatuas colocados sin mucho orden ni concierto donde al diseñador urbano -por llamarlo de alguna manera- se le fue ocurriendo. 


Las afueras de la ciudad habían sufrido recientes inundaciones (ayer o antes de ayer a lo sumo), y aún podían verse sus consecuencias: vecinos, policía y bomberos achicando agua y limpiando barro por todos sitios. La carretera discurrió por paisajes algo más despoblados, donde abundaban los cultivos de cereales y que no diferían de muchos paisajes de los que he disfrutado en la península. Y tras un pequeño puerto, la frontera con Bulgaria, que pasamos como dos moteros ya experimentados en estos avatares. Estaba oscureciendo, y además aquí le ponen una hora más al reloj, así que se nos hizo imposible el pensar en cenar en algún lado. Al final tiramos de hornillo en la terraza de la habitación en Blagoevgrado. Por cierto una habitación con una decoración un tanto… recargada a la par que hortera. Igual el diseñador es macedonio.

No podía creer lo que veían mis ojos. Los abrí y cerré varias veces para cerciorarme que el calor no me estuviera jugando una mala pasada. La carretera, esa que bajaba de las montañas con un asfalto estupendo, negro y nuevo, estaba cortada. Pero cortada cortada! Un par de socavones enormes y unas gigantescas rocas acababan con ella. Me encontraba a pocos kilómetros de la frontera de Kosovo, quizá menos de cinco. Pero ese obstáculo insalvable supondría desandar casi todo lo andado. Unos 120 kilómetros. Y volver a subir y bajar una montaña. Kosovo me estaba esquivando.

No puedo decir que estuviera despistado. Por las mañanas me hace falta un rato para estar en plenas condiciones, si. Pero ni mucho menos andaba despistado. Pero me equivoqué de carretera. Ya a la primera de cambio me di cuenta de mi error transcurridos 30 kilómetros. Tenía excusa, ya que había dormido en otro sitio diferente al planeado, por lo que el roadbook no era correcto al principio de la etapa. En ese momento no le di la mayor importancia. Debía encontrar la carretera a Andrijevica, y ni mi GPS ni el roadbook me sacaban de la incertidumbre. Pregunté un par de veces, pero las respuestas eran contradictorias. Y entonces me acordé de mi amigo Sinewan. Él me dijo una vez que el mejor GPS era el Google Maps del iPhone, siempre que tuvieras cobertura. Yo no la tenía, pero aproveché los mapas guardados en la memoria caché para encontrar la ruta correcta. Gracias, Charly!

La carretera de Kolasin a Andrijevica, de la que yo dudaba en un primer momento, resultó ser aceptable. Estrecha, pero aceptable. Solamente había que tener cuidado de no meter la rueda en algún socavón, y de que alguno de los coches que venían de cara no arrancara mi maleta izquierda de cuajo. Por lo demás, aceptable. Desde Andrijevica la carretera alcanzaba los 1800 metros por paisajes desbordantes. Abetos y pastos verdes se desparramaban por las laderas infinitas de las montañas que me rodeaban.

Me iba parando aquí y allá haciendo fotos, consultando el GPS -que seguía sin darme la ruta correcta- o ajustando algún tornillo de la cúpula. La jornada no era demasiado larga, así que podía hacerlo. Aunque yo sabía cuál era el verdadero motivo de tanta pérdida de tiempo: estaba retrasando el momento de enfrentarme a la frontera Kosovar lo máximo posible. No me gustan las fronteras. Pero cuando hay dificultades sobreañadidas, más. Por un lado estaba lo de contratar un seguro, que nunca lo he hecho en una frontera. Por otro lado, lo de entrar en Kosovo, país que España no reconoce como tal. Suponía que no habría muchos problemas, pero yo hacía días que le venía dando vueltas a la cabeza.

Y precisamente cuando mi cabeza cambió el chip y pensé que los problemas, cuanto antes los solucionemos mejor, me encontré la carretera cortada. Todo cambió en ese instante. Ya no iba nada bien de tiempo, si quería llegar de día a Skopje. Debería volver atrás más de 100 kilómetros y tomar una vía alternativa. Se acabaron las paraditas tontas. Ahora el objetivo era llegar a Kosovo. Pero debía enfriar mi cabeza. Tengo la suficiente experiencia para saber que cuando retrocedes en una carretera vas mucho más alegre. Te crees que ya te la conoces. Y ni por asomo eso es cierto. Los obstáculos son muy diferentes en un sentido que en otro. Y creedme, esa carretera estaba lleno de ellos. Cuando no eran ramas en medio de la vía, era un socavón o un riachuelo que la cruzaba. Así que debía andar con ojo. Aunque ya tuviera prisa.

El itinerario alternativo dejaba Montenegro por Rozaje. Desde allí a la frontera kosovar volvía a ascender grandes, verdes y frondosas montañas, esta vez por un asfalto inmejorable, y con la anchura adecuada para disfrutarla. Y así lo hice. De pronto, me sorprendió la caseta de salida de Montenegro, mucho antes de lo previsto. Hice los trámites sin problemas.

Y unos cuantos kilómetros de subida más allá, me encontré con la frontera temida. Antes, y bien indicados, encontré los barracones que por 15€ me expidieron el seguro para 15 días en Kosovo. Unos niños de no más de 7 años vendían refrescos a los coches que hacían cola para comprar su seguro. Con cara seria y un cortante “NO”, me dejaron en paz enseguida. En poco menos de 10 minutos ya tenía hecho el seguro, teniendo en cuenta el tiempo perdido en la charla de fútbol pertinente. Es lo que tiene ser campeones de Europa. Y cuando vieron mi apellido, más!

– ¡¡Sergio Ramos!! – exclamó el de la ventanilla, obviando a sabiendas el Morchón correspondiente. -¿Pero no me has dicho que eras del Barça?- dijo en medio de sonoras carcajadas mirando a sus compañeros. Cada vez la misma bromita de siembre. Pero en ese momento, me sirvió para distender el ambiente.

Al retornar a la moto, los niños de los refrescos, con una fingida cara de buenos, volvieron a ofrecerme una Coca Cola. Mi “no” esta vez fue bastante más suave, incluso con media sonrisa en los labios. Dos de ellos estaban mirando la BMW con los ojos bien abiertos. Se me acercaron los tres a ver cómo la arrancaba.

– ¿Queréis subir? – les dije en castellano señalando el asiento. Sus ojos se abrieron aún más si cabe. Uno comenzó a trepar por la estribera mientras yo sacaba la cámara para inmortalizar el momento. Al verme, el que estaba subido le dijo algo a sus compañeros, que cogieron su bote con los refrescos y lo apartaron del encuadre de la cámara. Por una extraña razón, no quería que salieran las cocacolas en la foto. Uno a uno fue subiendo a la GS y posando para la foto. Después, ya a punto de irme, les pregunté si querían arrancarla. Accionó el botón y… Brooooooaaammmmm!!!! A la vez que arrancaba la BMW los chicos salieron asustados pero riendo con el potente ruido. Les saludé, dejándolos atrás, viendo cómo se hacían pequeños -más si cabe- en el retrovisor.

Kosovo es muy parecido a Albania, pero con asfalto en las carreteras. Por lo pronto me encontré muchas banderas albanesas en lugares sorprendentes, como en cementerios o incluso en lo alto de los palos del teléfono. El caos circulatorio también es notable. Conducen mucho peor que sus vecinos montenegrinos, y las ciudades se hacen insufribles. Atascos, gente cruzando por todos lados, coches parados en cualquier lado… Y yo iba tarde! Pero en estos países es muy conveniente guardar la calma y no cometer ni una imprudencia. Las imprudencias ya las van cometiendo el resto!

Tenía previsto pasar a Macedonia por la carretera de Tetovo, pero dada la hora -más de las 19:30- preferí ir directo a Skopje. Acercarse a la frontera volvía a significar cruzar otra cadena montañosa, con sus estrechásemos desfiladeros, sus praderas, sus bosques de abetos y sus sempiternos incendios. Desde luego, el día no me estaba resultando nada aburrido!

Y finalmente Skopje. Encontrar el hotel fue menos problemático de lo esperado para no tener los planos en el GPS (aunque sí llevaba el punto localizado). La sorpresa fue el hotel, aún a medio hacer, y sin las facilidades propias de un hotel; no dejaba de ser una casa que alquilaba las 3 habitaciones de la última planta. Ducha rápida -muy merecida tras casi 10 horas encima de la moto- y paseo por el centro. Un centro sorprendente. Megalómano. Preside la plaza central una enorme estatua de bronce de Alejandro Magno. La más grande que haya podido ver nunca. Muy discutible sería el juego de luces y agua que le acompañaba, eso si. En esa misma plaza, así como apartadas, no menos de 8 o 10 otras estatuas pasaban casi desapercibidas. Pero cualquiera de ellas podría haber sido el motivo central en cualquier ciudad que sea algo menos megalómana que Skopje.

Pero de esa jornada no me quedo con las enormes estatuas. Ni con los paisajes alucinantes. Ni con las carreteras cortadas. Me quedo con la visión en mi retrovisor de la cara de esos tres niños despidiéndose, felices. Ahora soy consciente que les alegré el día. Mucho más que si les hubiera comprado un refresco de aquel cubo que escondieron para la foto. Sí, ya se que de la alegría no se come. Pero de vez en cuando hay que alimentar el alma. Y los niños se hicieron pequeños en el retrovisor, como mis miedos a pasar la frontera. Pero el recuerdo de sus sonrisas será siempre grande en mi corazón. Y espero que en el suyo también.

Balcanes 7


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