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La aventura de cada fin de semana

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(Para los impacientes, vídeo al final)

Al enfrentarme cara a cara con el mapa de España, automáticamente aparecen unos límites a priori infranqueables. Y no son fronteras, ni líneas que separan Comunidades Autónomas ni nada de eso. No creo en ellas. Los montes, los valles o las costas marítimas no saben de fronteras. Ni yo tampoco. Los límites a los que me refiero son más simples, pero más importantes para mi. Delimitan la distancia que puedo hacer cómodamente en un viaje en moto de fin de semana. Y ahí, justo en ese límite se encuentra Cantabria.

Conozco todo el litoral del norte desde Ondarribia hasta Cudillero, aunque no con la profundidad que se merece la costa Cantábrica. Es por ello que una visita a Santander y alrededores, la patria de mi amigo Juan Oso, me ilusionaba especialmente. A pesar de que el viaje ya roza mis límites. Salir del trabajo y enfilar la A-2 hacia Zaragoza esta vez fue especial. Como todos los fines de semana. A partir de Zaragoza activé el particular “modo aventura” en mi Garmin Montana: la distancia más corta. Así me ahorro las autopistas y descubro pequeñas carreteras que me acercan más al paisaje y a la tierra. Tardo más tiempo, por supuesto. Pero siempre es un tiempo bien empleado.

Pero el redescubrimiento de la N-232 entre Alagón y Mallén quizá sí fue una pérdida de tiempo. Kilómetros y kilómetros de grandes rectas con estupenda visibilidad capadas por una absurda línea contínua cuya única finalidad parece ser que te metas en la carísima autopista de Logroño. Es sin duda “la carretera de la vergüenza”. Porque vergüenza me daría ser el que ordenó pintar esa fatídica línea.

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Mientras pasaban los kilómetros lentamente detrás de un camión, la noche cayó casi de repente, y una espectacular luna llena salía a nuestras espaldas. Redonda, amarilla y elegante, inundaba mis retrovisores de una luz especial. Y es que ese fin de semana sería especial desde principio a fin. Como casi todos los fines de semana.

Ya en La Rioja, casi en oscuridad total, recorremos las carreteras secundarias danzando entre bodegas de prestigio y otras más anónimas, algunas iluminadas ostentosamente y otras anunciadas únicamente con un simple cartel. Pero todas destilando olor a una vendimia cercana que las delataba. Mientras, la carretera iba jugando con las fronteras imaginarias entre La Rioja y Álava, para acabar, en un golpe de efecto inesperado al entrar en Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, donde haríamos noche. Pero a pesar de tanto cambio de comunidad autónoma, el paisaje continuaba igual de negro.

A paso calmado recorrimos las calles de la ciudad hasta encontrar el tranquilo río y sus señoriales puentes. Una más que merecida cena en “La vasca” fue el colofón a un viernes que olía a un fin de semana magnífico. Como suelen ser casi todos los fines de semana.

La mañana del sábado la llenamos de pequeñas carreteras alavesas, recoletas, coquetas y sorprendentes como curiosos toboganes inesperados entre caseríos y pastos verdes. Finalmente llegamos a Castro-Urdiales por el Alto de las Muñecas, desde donde ya se divisa el Cantábrico, azul y potente. Por calles peatonales llegamos a los pies del faro-castillo, que domina todo el litoral de la población. El conjunto del faro y la pequeña iglesia adyacente es precioso, aunque me quedo con las vistas del puerto y de las casas señoriales del paseo.

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Desde allí hasta Laredo, donde enormes playas enmarcan un casco viejo repleto de bares y tabernas ofreciendo manjares a precios razonables que no pudimos evitar. Así que nuestras típicas “ensaladísimas” se quedaron en la maleta de la BMW esperando una mejor ocasión. De la cercana Santoña me quedo con sus marismas, que destilan un olor a mar que casi se puede embotellar. Aroma untuoso, denso y salado. Como cuando te mojas los labios después de un refrescante chapuzón marino. Decenas de pescadores prueban suerte en los múltiples puentes sobre la ría, mientas nosotros buscamos el Fuerte de San Martín, situado al final de un agradable y tranquilo paseo al borde del mar.

Y finalmente Santander. Tras un breve paso por el centro, bullicioso a esas horas de la tarde del sábado, elegante y noble, nos dirigimos hacia nuestro hotel, al final de la famosa playa de El Sardinero, y con una excepcionales vistas a todo el frontal marítimo. Daban ganas de quedarse para siempre en la terraza de la habitación contemplando cómo iba oscureciendo poco a poco.

El Palacio de La Magdalena, la Plaza de Pombo, la Plaza Porticada, la Catedral o el Banco de Santander lucían magníficos en esa noche cálida y serena. Al final, cena en “La Bombi”, también muy recomendable. Las anchoas con ventresca y pimientos, la lubina o el lenguado fueron un espectacular broche de oro a ese fantástico día.

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El domingo amaneció lentamente, como pudimos contemplar desde nuestra terraza. El sol salió majestuoso inundándolo todo como lo suele hacer cuando quiere. Es nuestro día de regreso de una rápida pero intensa visita a Cantabria, así que nos cuesta más de lo normal montarnos en la moto y salir dirección Bilbao, no sin antes pasar ignorantes por delante de las narices de McBaman, que también se encontraba en la ciudad. Me lo imagino sonreír al ver pasar un casco fosforito y otro blanco como los suyos.

El retorno fue por autopista pura y dura hasta Zaragoza. 400 kilómetros para llegar a comer a la capital aragonesa, no sin antes disfrutar nuevamente del espectacular entorno de las verdes colinas vasco-cantábricas o de los inacabables viñedos riojanos, que comenzaban a teñir los paisajes de un ocre otoñal.

Fue un fin de semana especial. Por las vistas, y por supuesto por la compañía de Belén. Como casi todos los fines de semana. Disfrutar es la palabra clave. Donde estés y a donde vayas, no importa. Los límites y las fronteras, tampoco. Porque a pesar de haber nacido en el Mediterráneo, no me importaría ser adoptado por el Cantábrico. O quizá es que sean lo mismo. Porque los únicos límites que importan son los que tú te pones. Y esos, amigo mío, son los primeros que deberías saltarte.


La Ruta Cántabra por Dr_Jaus
La Ruta Cántabra at EveryTrail

Un día tremendo. A las miles y miles de curvas hay que añadirle la lluvia y el viento. Un clima típicamente norteño, donde el sol y la lluvia se iban alternando e incluso solapando. Salí de Pamplona medio lloviznando, pero con el asfalto totalmente mojado de las incesantes lluvias nocturnas. La idea era hacerlo todo por carretera, así que tras el primer repostaje del día me dirijo a la carretera de San Sebastián. Ya a los pocos kilómetros me doy cuenta de lo especial que resulta viajar en moto: los olores están muy presentes en el trayecto, ya sea leña recién cortada, el olor a tierra mojada, el potaje preparándose en los caseríos o el olor al cantábrico cuando te vas acercando a su costa.

La carretera N-121a serpentea  entre las colinas donde los colores primaverales van sustituyendo a los del invierno. Los verdes lo comienzan a invadir todo, dejando a los ocres y marrones ya moribundos. Para disfrutar de esta ruta en moto es indispensable seguir las indicaciones que desvían a los camiones de materias peligrosas, y así saltarse los túneles que le quitan todo el encanto. En un momento de despiste, seguí la N-121b en lugar de la N-121a y acabé sin saber cómo en Francia. Durante varios kilómetros fui jugando con la frontera, ahora aquí, ahora allí, hasta que me topé con el Cantábrico de bruces, cerca de San Juan de Luz. Desde allí a Hendaya por la costa, con un viento casi huracanado que me hacía ir muy despacio y que inclinaba peligrosamente la moto con cada ráfaga. En un momento de desespero, y pensando que todo el camino por la costa cantábrica podría ser así, pensé en volver hacia el resguardo de las tierras de interior y modificar la ruta. Pero finalmente pensé que los planes están hechos para cumplirlos, así que seguiría adelante.
Cerca de San Sebastián, ya fuera de Francia, me crucé con el único motero que he visto hoy. Afortunadamente el viento ya comenzaba a amainar, y pude soltar el manillar y saludarle con la mano izquierda, al tiempo que él asentía con la cabeza. En ese momento me embargó la emoción y me di cuenta de que lo que estaba haciendo era lo que realmente quería hacer, y lo que quería seguir haciendo durante muchos años más: disfrutar de la moto.
Los grandes atascos en San Sebastián no me impidieron llegar hasta la Playa de La Concha a hacer las pertinentes fotografías. Desde allí me dirigía a Zarautz, Deba , Ondarroa y Lekeitio, preocupado por el asfalto mojado, agravado por una gran cantidad de pinaza que se acumulaba en alguna curva. El peso de la moto, que aligera demasiado el tren delantero, hace que entre en las curvas con muy poca seguridad.
Magistral la comida vasca. Y ya sé que es un tópico. Pero que te pares a comer en una taberna de mala muerte de Lekeitio, pidas un menú de 11€ y disfrutes como un enano de unos espárragos de un calibre considerable -y de un sabor incluso más grande que el calibre-, o de un bacalao con salsa de puerros que merece al menos una punta de alguna estrella Michelín, no tiene precio.
Después de reponer fuerzas, sigo costeando por Bermeo, pero la BI-3110 está cortada antes de llegar a Bakio. Toca recular y buscar alguna otra alternativa para llegar a Bilbao, aunque los últimos 10 km sean por autovía. En Bilbao -que no tenía pensado ni parar- me entra curiosidad por ver el Guggenheim, y me acerco con la moto. Durante la preceptiva parada para fotografiarlo, un grupo de animadas ancianas conversan alegremente debajo de unos soportales cercanos. Veo que una de ellas se separa del grupo y mira mi BMW con admiración. Yo ya estaba toqueteando el GPS y no le presto demasiada atención, pero la señora cada vez se acerca más, por lo que acabo levantando la vista y sonriendo.
-Si mi marido hubiese tenido una moto así hace 40 años, la habríamos disfrutado mucho- me dice. -Nos fuimos desde Vitoria hasta los Picos de Europa en una Lambretta!!
-Eso sí que es una aventura- le respondo. -Yo también voy a los Picos de Europa, pero desde Barcelona.
-¿Desde Barcelona vienes?- me pregunta. -Claro que con esta moto… Debe de correr mucho, no?- Y entonces me acordé de mi abuela, que disfrutaba mucho viendo los saltos del Free Style de motocross cuando lo daban por la tele, a pesar de sus setentaymuchos años.
La N-634 me lleva de Bilbao a Santander. Muy recomendable, con muy buen asfalto y, salvando algún tramo lleno de rotondas y de travesías de pueblos, con unas curvas rápidas muy apetecibles, después del historial de virajes de montaña que llevo hoy. Llego a Santander casi de noche, y al entrar al hotel comienzo a oír las trompetas y tambores que señalan alguna procesión cercana de la Semana Santa cántabra. Yo por mi parte inicio mi particular via crucis ascendiendo las maletas por la escalera del hotel.
Puedes descargarte mi ruta para verla en Google Earth aquí.
Y si no tienes Google Earth, también la puedes ver aquí.
DATOS DE LA RUTA:
449km
8h26m en movimiento
Velocidad media: 52km/h
Consumo medio: 4,3 l/100km