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La aventura de cada fin de semana

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El sol ya calienta y las calles de Ouarzazate están animadas desde primera hora. Nos damos una vuelta con la moto, localizando los estudios cinematográficos donde se rodaron unas cuantas películas. Aunque el objetivo principal es comprar una crema de protección solar en una de las mil farmacias que vemos.

Nada más salir de la ciudad, el árido desierto de roca y piedra ennegrecida se apodera del paisaje. Solamente algunos cordones verdes de palmerales y verdes veredas logran zafarse del monótono mundo ocre. Y junto a ellos, viejos pueblos desordenados de rojizo adobe.

Aït Ben Haddou es parada obligada. Aunque aún no entiendo muy bien por qué. El viejo pueblo se encarama al risco que tiene detrás, ocupando una posición preferente sobre el río. No es más bonito que otros muchos del camino. Quizá algo más grande. Pero seguramente su fama le llega de haber sido el escenario de la película Gladiator. Efímera fama.

Decidimos seguir por esa carretera hasta Telouet. No estamos muy convencidos, ya que es una carretera local. A veces la vida te regala momentos inolvidables. Y ese fue uno de ellos. Sin duda. La carretera P1506 avanza hacia el norte dibujando curvas y más curvas al son de las montañas. De repente a nuestra derecha aparece un enorme cortado, como si la tierra se hubiera abierto en una herida sin cerrar. Y allá abajo, al fondo, estrechos palmerales intentan escapar de la oscuridad. Los pueblos surgen uno detrás de otro, en precario equilibrio sobre el precipicio. De lejos parecen abandonados, apenas unas cuantas paredes rojizas. Pero al acercarse, la vida te da en la cara de bruces. Niños yendo a la escuela, hombres trabajando en la puerta de su negocio o mujeres acarreando pesados fardos de leña. Donde no darías ni un duro por encontrar a nadie, resulta ser un pueblo lleno de vida. Curiosidades de este mundo loco.

El asfalto es cada vez más estrecho, apenas un carril por el que se ha de luchar cuando aparece un coche de frente: el que no se aparta se queda con él. En algunos tramos incluso llega a desaparecer y se convierte en una hacheada y pedregosa pista. A ambos lados, las montañas de consistencia arcillosa adquieren diferentes colores. Rojos, amarillos e incluso verdes nos sorprenden detrás de cada curva.

Unos pocos kilómetros después de Telouet, la carretera contacta con la nacional. Allí se acaba una de esas joyas escondidas de Marruecos, pero no las emociones. Nos quedan casi cien kilómetros de curvas de todo tipo. El puerto de Tizi-N’Tichka es larguísimo, y me atrevería a decir que todas sus curvas son diferentes. Más de 2000 metros de altura para atravesar el Atlas. Montañas nevadas cercanas y un trazado muy divertido, aunque el asfalto no pasa de correcto. En algunas curvas la gente local ha montado su chiringuito de recuerdos, enseñándote geodas de colores brillantes y atrayentes. Pero lo que quiero es llegar ya a la mágica ciudad de Marrakech.

El tráfico se intensifica, sobre todo al llegar a la ciudad. Nuestro hotel se encuentra en pleno meollo, en el centro de la Medina. Allí no entran los coches, solamente las omnipresentes mobylettes. Y yo con ellas. Estrechísimas calles llenas de gente, de comercios y de mobylettes. Intento hacer caso al GPS, y voy caracoleando entre puestos de especias, de babuchas o de lámparas maravillosas. Finalmente la Medina puede conmigo y debemos dejar la moto. Después de preguntar unas cuantas veces, conseguimos llegar a nuestro Riad. La moto, quedará aparcada rodeada de sucios coches en una pequeña placita, a la que tienen la osadía de llamar “parking”.

La Plaza Djemma el-Fna es el corazón de Marrakech. Cuando se pone el sol, riadas de gente, tanto turistas como locales, acuden a ella. Cuentacuentos, encantadores de serpientes, música, puestos de comida con cuscús recién hecho de donde salen insinuantes columnas de humo y aromas,… Es el encanto de la ciudad. Decidimos comer en uno de los puestecitos, de esos sin mantel donde no existe el lujo pero sí el encanto. Uno de esos sitios que recuerdas para siempre.

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Desayunamos con tranquilidad en la terraza de nuestro hotel. Esperaba mejores vistas, pero no las hay. Plantas y blanquísima sábanas tendidas. El cielo azul sobre nuestras cabezas y aromas árabes nos arropan. Hoy es día de visitas a pie. Así que GPS en mano, nos volvemos a perder por las intrincadas calles de la Medina. La Madrasa de Ben Youseff y el Palacio de El Bahía son nuestros primeros objetivos. Por fuera no difieren nada de las casas adyacentes. Y dentro tampoco son especialmente vistosos. Estancias decoradas con estupendos artesonados y mosaicos de colores, rodean a patios donde una fuente refresca el ambiente. Me doy cuenta de que en medio del caos de la Medina, el verdadero lujo palaciego es el espacio.

Salimos del centro para dirigirnos a los jardines de La Menara. Tras más de una hora andando por aburridas y desérticas avenidas, llegamos a lo que no es más que un huerto de olivos y un estanque marronáceo donde parejas de enamorados y excursiones colegiales tiran pan a los pobres peces que no deben ver más allá de sus narices. Quizá el único aliciente de La Menara es hacer la típica foto del lago intentando reflejar sin éxito la pequeña construcción de tejados verdes, con el nevado Atlas al fondo.

Para la vuelta preferimos coger un taxi, que por poco menos de 3 euros nos planta nuevamente en la Djemma el-Fna. Comemos en un restaurante con terraza y vistas a la plaza. La vida cotidiana fluye a nuestros pies. Ancianos convalecientes que vuelven a casa montados en un carro, vendedores asediando a turistas o burros cargados con mil vasijas de barro. Mientras, los olores de Marrakech nos inundan. Olor a menta, a azahar, a cilantro o azafrán. Miro a Belén. No digo nada. Solamente quiero disfrutar del momento. Estamos en el centro de un universo muy diferente al nuestro. Tengo la certeza de que cuando regresemos a nuestras vidas cotidianas recordaremos estos aromas y nos trasladarán nuevamente a Marrakech en una esponjosa y colorida alfombra mágica.

Me despierto a las 6:45. Creo que no me da tiempo de ver la salida del sol, pero me levanto igualmente. Aún somnoliento, abro la puerta de nuestra habitación, que da a una espectacular terraza que ocupa todo el tejado de la kasbah. Lo que veo ante mis ojos me despierta en décimas de segundo. El sol hace poco que ha salido, y se oculta en una pequeña nube sobre el horizonte. Un horizonte mágico. De arena rojiza. El impresionante Erg Chebbi ya estaba ayer cuando llegamos, pero ni lo intuimos. Enormes dunas de suaves curvas abrazan pequeños grupos de palmeras aquí y allá. El silencio reina en el ambiente y la temperatura comienza a subir rápidamente. Estamos en la puerta del desierto.

Hoy pasaremos el día con Eduard López. Decidió cambiar su piso de Barcelona por una pequeña casa aquí justo cuando acabó su espectacular viaje a Ciudad del Cabo en moto. Ride to Roots. En aquel viaje quería viajar a las raíces de la humanidad, volviendo a lo más básico y sin cosas superfluas que desvirtúen todo. No sé si lo consiguió en su viaje. Pero después de pasar un día entero con él y Simona, estoy seguro de que ahora lo han conseguido. Y me dan envidia.

Quedamos a primera hora en la gasolinera de la zona, punto de encuentro de cientos de 4×4, quads y motos de los europeos que vienen a este lugar a desfogarse. Espero al menos que respeten el ambiente y el paisaje. Hacemos una ruta corta y facilona por la zona, hasta el lago Jasmine, que resultó que no suele tener agua. Primer contacto con la arena. Dos personas en una GS 1200 no es la mejor manera de aprender, pero gracias a los consejos de Eduard pude salvar cada vez con mayor destreza los pequeños bancos de arena.

La Baraka, el lago Jasmine,… Justo en el borde de las dunas, que se muestran altivas, y por qué no, algo desafiantes. Es de personas inteligentes saber dónde está el límite. Y yo sé dónde está el mío. Justo aquí, a pie de duna.

La comida y el té transcurrieron entre charlas y cambios de impresiones. Sin prisas, como se hacen las cosas en el desierto. Hasta que el sol se puso. Fue el momento de ver la nueva kasbah y de escuchar las explicaciones de Simona y Eduard sobre su acondicionamiento. Nuevamente me dieron una envidia muy sana.

El trayecto por pistas de noche hasta el hotel nos dio una nueva dosis de aventura. Seguir la pista correcta a oscuras se antoja imposible a pesar de seguir el track del Garmin. Casi lo conseguimos. Solamente a quinientos metros del objetivo decidí marcarme una “ruta creativa” por una pista demasiado arenosa para nuestro gusto. Ese chute de adrenalina hizo que saboreáramos más si cabe el estupendo plato de nombre difícil de recordar que nos prepararon en nuestra kasbah.

***

Tengo un sexto sentido para despertarme cuando toca sin tener que usar ningún despertador. 06:05. Justo la hora en la que el sol comienza a desperezarse tras las dunas de Merzouga. Despierto a Belén. En silencio, apoyados en una de las almenas de nuestro castillo particular, vemos cómo amanece.

La ruta hasta las gargantas de Todra y Dades atraviesa un terreno extremadamente árido y seco. Pequeñas montañas de negras rocas y alguna que otra tímida duna de arena desaparecen rápidamente en el retrovisor. De tanto en tanto cruzamos algunos pequeños pueblos, donde la gente trabaja en la supuesta acera. Herreros, carniceros o carpinteros sacan sus trabajos al fresco, a la luz. A pesar de ser domingo. A las afueras, cientos de niños alzan sus manos esperando únicamente que les devolvamos el saludo.

Llegamos a Tinghir, el pueblo de donde nacen las gargantas del Todra. Encaramado al risco, observa a sus pies las frondosas veredas del río, escondido entre enormes palmerales. Casi invisible, la carretera se va introduciendo literalmente en las montañas, que forman paredes gigantescas a ambos lados del penoso asfalto. Al lado el río Todra, de no más de un palmo de profundidad, sirve de refresco a cientos de marroquíes que han decidido pasar el domingo allí. Tras un par de kilómetros, los puestos de artesanía y la gente desaparece, y nos quedamos solos con la garganta que durante varias decenas de kilómetros va jugando con la carretera, llevándola a derecha e izquierda.

Desandamos el camino muy a mi pesar. Existe una pista que conecta ambas gargantas, la del Todra y la del Dades, pero hoy debemos llegar a Ouarzazate, que aún está lejos. Las gargantas del Dades tardan en aparecer. Solamente el palmeral de su lecho nos garantiza que vamos en la ruta correcta. Después de observar las curiosas formaciones rocosas llamadas “los dedos de mono”, encontramos las gargantas. El valle se estrecha y la carretera comienza a zigzaguear para ascender por la escarpadísima ladera rocosa. Tras unos cuantos “tornanti” llegamos arriba. Desde allí, la vista de la carretera es muy efectista. Y es tampoco hay tantas curvas, pero todas las que hay, se ven desde allí.

El camino hasta Ouarzazate es pesado y tedioso. Múltiples pueblos ralentizan la marcha, mientras cientos de puestos a pie de carretera venden agua de rosas, típica de la zona. En algunos momentos se puede incluso percibir la fragancia a rosas. La carretera ha ganado en autenticidad. Los preparadísimos 4×4 del desierto de Merzouga, la mayoría españoles, dejan paso a desvencijados Mercedes con mil y un remiendos.

El sol se pone tras las altas montañas del Atlas justo cuando llegamos a la ciudad. Ouarzazate suena a leyenda. Espero descubrirla al anochecer.