Un idea pasó por mi cabeza y esta vez la cogí al vuelo. El sol estaba brillando allá en lo alto, y el azul del cielo invitaba a pasear en moto. Era un buen día para coger la BMW y lanzarse a la carretera. La Copa Triangular de Vuelo Acrobático se celebraba en La Seu d’Urgell, a pocos kilómetros de Andorra. Me apetecía hacer unas pocas fotos de aviones en acción después de tantos meses. Pero eso, como suele pasar siempre, es lo de menos, una simple excusa para hacer unos cuantos kilómetros.

No voy a hacer una descripción más o menos barroca de los paisajes, en su mayoría muy conocidos, que me encontré hoy. Ni de las sensaciones que te provoca ese viento cálido del verano en la cara. Ni del placer de ir en moto por ir en moto. De hecho, no iba a escribir esta crónica. Los 350 kilómetros de hoy son como los que tantos y tantos moteros realizan cualquier fin de semana de peregrinaje a Andorra -donde acabé, como era de esperar, para comprar algunas cosillas de cara a #LaRutaDeOriente-. Pero rondan en mi cabeza algunas ideas que me gustaría expresar antes de que se desvanezcan entre mis pocas neuronas.

Una vez, cuando tenía 18 años, me fui a Andorra con una RD80 solamente a comprarme unas zapatillas deportivas. A las 5 de la tarde, ya estaba en casa nuevamente. El placer de conducir… El placer de curvas y más curvas mientras te acercas a las montañas del Pirineo… Hay tantos placeres en la carretera… Hoy esperaba encontrar lo mismo. Pero no fue así, al menos en parte.

¿Por qué la Administración se empeña en cortarnos las alas con la excusa de nuestra propia seguridad? Las curvas y más curvas que yo recordaba de niño -sí, he ido muchas más veces a Andorra, pero generalmente por rutas diferentes a la de esa primera vez… o a la de hoy-, no estaban allí. Túneles y más túneles dejan la antigua carretera a un lado, abandonada, con sus trazadas mustias y sus paisajes olvidados. Desaparecen allá, a derecha e izquierda, mirándote con tristeza mientras tú te adentras en la boca insulsa y aburrida de un nuevo túnel.

Los pocos tramos de curvas que aún perduran aparecen en su mayoría encerrados en líneas continuas que te impiden adelantar con ligereza -y siempre con prudencia- en zonas donde hace pocos años las alegres líneas discontinuas te invitaban a su fiesta. ¿Por qué no confía la DGT en nosotros, como lo hacía hace unos años? ¿Por qué no me deja poder de decidir cuándo adelantar? Creo que por unos cuantos inconscientes que adelantaron donde no debían estamos pagando todos el pato. Por favor, quiero recuperar mi presunción de inocencia y la confianza de que soy buen conductor. No?

Solamente el tramo que une Solsona con Oliana me arrancó una amplia sonrisa. Curvas trazadas para disfrutar, rápidas en su mayoría, tan peligrosas como tu miedo y tu prudencia te deje. Enlazarlas ha sido lo mejor del día. O casi.