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La aventura de cada fin de semana

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Es difícil describir los paisajes que pudimos ver desde las pistas alpinas. Impresionantes valles, llenos de verdes pastos, de imponentes abetos o de grandes cascadas. También es difícil imaginar las sensaciones de poder llegar a lugares remotos a casi 3000 metros de altura. Lo mejor, es ver el vídeo. Espero que os guste.


AlpesOffRoad 2013 por Dr_Jaus

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Despertamos tarde en Sospel. El ritual del desayuno, vestimenta y carga de la moto es cada vez más lento y pesado. Nos quedan cincuenta kilómetros para el inicio de la Ligurische Grenzkammstrasse (LGKS para los amigos). Es una pista que transcurre entre la frontera de Italia y Francia que se proyectó en la Segunda Guerra Mundial para unir los diversos fuertes que vigilaban la zona.

Para llegar hasta allí circulamos por carreteritas imposibles, de esas en la que es posible encontrarse un pueblo con su campanile incluido colgados de la nada. Ese es el caso de Castel Vittorio. Casas apiñadas en un orden imposible y arremolinadas entorno a la iglesia. Después de unos ravioli de espinacas sublimes, iniciamos la LGKS o “Via del Sale“, como la llaman por aquí.

Al principio la pista no es difícil, aunque algunas piedras sueltas y los escarpadísimos barrancos obligan a tomar precauciones. El precipicio nos ayuda a observar la trayectoria de la pista, que va saltando de ladera en ladera, de valle en valle. Nos cruzamos con varios endureros muy preparados y diversos 4×4. Diferentes cordilleras se extienden como si fueran un acordeón, en un degradado tan perfecto como imposible.

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Tras una nueva bajada por unos tornanti realmente estrechos, llegamos a una barrera. La LGKS está cortada por obras. Hemos recorrido unos treinta de sus ochenta y cinco kilómetros, y ahora toca recular unos veinte, a una pista que nos llevará a La Brige por pistas entre bosques de abetos. Desde allí subimos a la Basse del Peyrefique, con un paisaje bastante más alpino donde los pastos y los riachuelos se van alternando el protagonismo. Podemos ver a lo lejos las ruinas del gran fuerte, justo encima del túnel de Tende. Allá abajo una carretera-pista asciende penosamente en una sucesión de rápidos tornanti, quizá los más seguidos que he visto en mi vida.

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La idea es acampar en el fuerte, pero eso mismo debieron pensar la cincuentena de campistas que ya preparaban la carne a la brasa. Ante tal aglomeración de gente, optamos por bajar hasta un hotelito de carretera en Limone Piemonte, a degustar los antipasti más exquisitos del mundo.

Al día siguiente realizamos el enlace hasta la siguiente pista, en un valle cercano a Castelmagno. Imponentes moles de roca nos rodean por todos lados, mientras La carretera discurre serpenteando entre verdes colinas, frescos arroyos y domingueros de mesa y mantel. Al llegar al inicio de la pista resulta que está prohibido transitarla los fines de semana de Agosto. Suerte tenemos de que tras varias jornadas de ruta, ya nos hemos olvidado de que hoy es domingo.

La pista es fácil, excepto por alguna piedra suelta. Va saltando de valle a valle, a cuál más espectacular. Paredes de montañas enteras están labradas a lascas, como enormes rebanadas que refulgen al sol como si fueran de plata.

Volvemos a la carretera. Si tenéis prisa, no os paréis a comer en San Damiano Macra. Allí la comida se puede alargar más de dos horas, gracias a la pausada velocidad del servicio. Es tiempo para observar, pensar y disfrutar del paso del tiempo mientras contemplo el campanario de la iglesia cercana.

La carretera hacia Sestriere se hace pesada. Los 35,5°C y la hora de la siesta tampoco ayudan. Nada más llegar, cogemos la pista. Pero la equivocada, la de mañana. Da igual, hemos de acampar por aquí. Pista fácil pero polvorienta que bordea diferentes valles. Las cordilleras cercanas siguen difuminándose en el horizonte y los pastos abundan cada vez más. Es la pista del Col de Asietta, que acaba en una pequeña y recoleta carreterita que asciende al Col de Finestres. Lo subimos, sabiendo que de allí baja una pista que nos puede proporcionar un buen lugar de acampada. La luz del día se extingue cuando llegamos a una zona de picnic con arroyo cercano. Será nuestra segunda noche bajo millones de estrellas.

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Despertamos al son de los cencerros de las vacas que pastan cercanas. Hoy vamos al Valle Argentiera, quizá uno de los más bonitos de la zona. Al principio, diversos turistas han montado su campamento al borde del río que parte el valle en dos, pero al poco la pista se hace cada vez más escarpada, llevándonos a parajes con preciosas cascadas y valles escondidos. Hasta llegar al final, donde una granja de vacas te impide el paso. La bajada es mucho más fácil de lo que imaginaba, demostrando por enésima vez que las dificultades residen principalmente en nuestras mentes.

Comemos en un restaurante olímpico -al menos el símbolo de los aros se muestra orgulloso en la fachada- antes de afrontar lo que a la postre será la parte más difícil del viaje. El Col de Sommeillier tiene su historia. Dice la leyenda que dos amigos moteros apostaron a ver cuál de ellos era capaz de subir en moto al sitio más alto de Europa. Uno decidió ir al Stelvio. El otro amigo ganó subiendo por las infernales pistas al Sommellier, que se eleva hasta los 3009 metros de altura. Cada año se celebra allí la concentración motera de la Stella Alpina.

El inicio de la pista ya es impresionante, con lagos del azul más verde que he visto en mi vida. Al poco el escenario es de una espectacularidad de difícil descripción. Es una verde planicie, rodeada de enormes masas de roca de donde caen a plomo un par de altísimas cascadas. El paraíso. La pista sigue ascendiendo por imposibles tornanti cada vez más estrechos. El infierno, comienza allí arriba.

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La pista está formada por enormes rocas sueltas de más de un palmo. Los tornanti son cada vez más complicados. La caída está asomando en cada esquina, con muchos metros de caída a uno de los lados. A unos trescientos metros de la cima, a unos 2900 metros de altura, nos encontramos con nuestro Destino.

Faltan únicamente tres curvas, y una enorme lengua de nieve tapa completamente uno de los tornanti. Fin. No se puede avanzar. Un trialero local que ha llegado hasta allí nos dice que en el Stella Alpina de este año nadie había podido coronar. La escena me recuerda mucho a cuando hace unos meses estábamos a trece kilómetros de Nordkapp en nuestra expedición invernal Aurora Borealis y el encargado del quitanieves nos impedía el paso. Al final el Destino quiso que pudiéramos llegar y tocar la gloria. Hoy, a trescientos metros de la cima, el Destino se ha cobrado su venganza. Esta vez ganas tú, pero que sepas que ahora estamos empatados.

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Hace menos de una semana iba a hacer este viaje en solitario. Pero afortunadamente en el último momento se añadió el mejor compañero que podía tener, si exceptuamos por supuesto a Belén. Coco, compañero de aventuras boreales se venía a hacer el loco por las pistas de los Alpes. Con Coco y a lo loco.

Después de reunirnos a la salida del ferry que lo trae de Mallorca, nos adentramos en el caótico tráfico de Barcelona a las ocho de la tarde. Mi BMW y su Triumph Tiger, cargadas hasta los topes, avanzaban torpemente intentando salir de las garras de la gran ciudad. Aprovechamos la autopista a La Jonquera para ponernos al día de nuestras aventuras moteras.

Un personal sospechosamente amable nos atendió en un buffet casi en la frontera, más allá de las 11 de la noche. Curiosamente en mi, aún no hemos decidido hasta dónde llegar en esta jornada. Y es que ya sospechaba que este viaje iba a ser diferente a los demás. Aprovecharía para aprender a improvisar, a acampar con las estrellas sobre mi cabeza y a ir desviándonos de la ruta establecida en función de las necesidades. En definitiva, a subir un escalón más en mi bagaje viajero.

Decidimos tirar hasta Nimes, a casi 250 kilómetros de donde nos encontremos. Eso significa llegar más allá de las dos de la madrugada. La jornada de trabajo yel levantarme a las siete de la mañana empiezan a pesar. Las botas de enduro parecen ser de cemento y los bostezos me asaltan a traición. Pero estoy tranquilo porque sé que poco a poco los kilómetros van pasando, a pesar de llevar un ritmo bajo, por eso de conservar los tacos de los Tourance Karoo T. Cuatrocientos kilómetros después de salir de Barcelona, llegando a Nimes, nos da la bienvenida una luna muy menguada, pero no por ello menos bella. Allá al frente, roja y misteriosa, como mostrándonos el camino. Sin duda fue el momentazo del día. O de la noche.

Después de un reparador sueño, salimos a las once de la mañana con la ruta medio planificada. Improvisación controlada, me gusta. Cuarenta kilómetros de autopista nos llegan a Avignon, ya por carreteritas provenzales, entre viñedos y pueblos con encanto vestidos de piedras ocres y ventanas azules. Subimos al Mont Ventoux entre tupidos bosques y peraltadas curvas envueltas en el dulzón olor a pino. Vamos esquivando ciclistas que van sufriendo rampa a rampa. El final es “extraterréstrico”. Laderas de inertes piedras conforman los últimos caracoleos de la carretera hasta llegar a la cima. Desde allí, unas vistas espectaculares a lado y lado de todo lo que nos rodea.

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La bajada del Mont Ventoux la hacemos por preciosas carreteras que invitan a llevar la moto casi ronroneando, casi dormitando, entre abetos y curvas amables. Y de repente, casi sin avisar si no fuera por su intenso olor a limpio, los campos de lavanda. Hileras perfectamente rectilíneas de ese azul roto característico se esparcen por la colinas. Los olores nos abofetean casi en cada curva, mientras llegamos a Montbrun-les-Bains. El pueblo parece estar en equilibro imposible en la ladera de la montaña, con arcos de piedra que aguantan a duras penas las plazas y las torres-campanario. Estamos a los pies del Col de l’Homme Mort, que recorremos a un ritmo rápido y alegre, trazando curvas al unísono, como si de una coreografía se tratara…

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Y llegamos al lago de Serre-Ponçon. Enorme, lleno de veleros, de windsurfs y de katesurfers que navegan en un azul casi croata. En Savines-le-Lac paramos a avituallarnos. Al salir del supermercado nos espera la primera gran sorpresa de la ruta. Nuestro amigo Carlos A. Rodríguez, que pasaba por allí rumbo a Rumanía y más allá, nos reconoce y se para. Charlamos unos minutos mientras pienso en la grandeza de esta pasión, que es capaz de hacernos coincidir en el mismo pueblo y a la misma hora, todos con diferentes destinos pero con la misma ilusión en la mirada. ¡Buen viaje, Carlos!

Poco después de las cinco de la tarde comenzamos el track de la primera pista alpina, el Col de Parpaillon. El inicio es algo decepcionante, porque a pesar de las excelentes vistas, un también excelente asfalto nos ayuda a ascender más rápido de lo esperado. Vistas espectaculares en un valle cada vez más estrecho y sin solución aparente de continuidad. De pronto, el asfalto desaparece. Es hora de comenzar lo que hemos venido a hacer.

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Pista fácil, aunque con alguna piedra rota, ascendiendo por verdes colinas y prados donde las marmotas campan a sus anchas, y huyen alocadas en todas direcciones a nuestro paso. Llegamos al túnel de lo alto del Col de Parpaillon, donde paramos. 2645 metros de altura. Aprovechamos para bajar presiones de los neumáticos y para prepararnos para los más de 500 metros de oscuridad absoluta del estrecho túnel. Charcos, barro y piedras sueltas que sorteamos con menos dificultades de lo esperado. En la otra boca, el espectáculo es fantástico. Un valle totalmente tapizado de verde, con un arroyo que lo parte por la mitad, y la pista caracoleando hasta llegar a él. En este mismo momento, ya sabemos dónde vamos a acampar.

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Una vez abajo, elegimos el mejor lugar, junto al riachuelo. Nuestras motos a un lado, las dos tiendas a otro. Es fantástico. La claridad va desapareciendo. Los últimos vestigios del ocaso solamente son visibles en algunas de las altas cumbres que nos rodean. Respiro hondo consciente de hacer desde hace muchos meses algo diferente que sin duda cambiará mi manera de viajar. Estoy satisfecho.

Millones de estrellas titilan sobre nuestras cabezas en una oscuridad casi absoluta, únicamente perturbada por el suave arrullo de una cascada cercana que me acuna durante la noche.

Quien no se haya despertado en un valle de los Alpes rodeado de montañas tapizadas de un verde refulgente, no sabe lo que es despertarse. La luz alegre y vigorosa parece dar vitaminas a todo lo que toca. Sin plan estrictamente definido, damos pronta cuenta de lo que queda de pista. Después avanzamos por espectaculares carreteras hasta el Col de la Bonette, a la sazón el más alto de los Alpes, por mucho que se empeñe el Stelvio. 2802 metros de preciosas vistas.

El siguiente plato fuerte del día es el Col de Turini, con toda seguridad muy sobrevalorado. Quizá se salva la parte más cercana a Moulinet, con preciosos “lacetes” (los tornanti italianos o las paellas españolas) enlazados tras cortísimas rectas, y perfiladas con delicadas paredes de piedra. Los hicimos a buen ritmo, seguidos por dos motoristas locales con motos mucho más ligeras que las nuestras. De todas formas, durante muchos kilómetros les demostramos lo que podíamos llegar a hacer.

A las cinco de la tarde, y con una lata de Orangine en las manos, decidimos quedarnos en Sospel a dormir, a cincuenta escasos kilómetros del inicio de lo que será sin duda el plato fuerte de la ruta. Pero eso mejor contarlo en otra ocasión.

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Quizá por lo duro que fue, quizá por haber podido observar paisajes remotos. Sea por lo que sea, este vídeo me emociona. No se si lo habré transmitido, pero al menos lo he intentado. La desconocida Macedonia, el fantástico lago Ohrid, las pistas albanesas casi en el crepúsculo… No te lo pierdas!


La Ruta Balcánica (III). Macedonia y Albania por Dr_Jaus


La Ruta Balcánica (IV). El retorno. por Dr_Jaus


Carretera albania by sergiomorchon

-Vale, hagamos balance: Estoy bien, la moto también. En una hora y media se hará de noche y estoy en medio de las montañas en una pista infernal a 52 kilómetros de Tirana- pensé, mientras miraba fijamente el cartel que lo indicaba. -A una media de 30 kilómetros por hora, tengo tiempo suficiente de salir de este infierno – dije en voz alta, aunque sabía que nadie me escuchaba. Apreté los dientes, puse primera y salí dando gas montaña arriba.

Entrar en Albania costó más de lo previsto. Quizá el hecho de que fuera domingo y en una zona tan turística como el lago Ohrid tenía algo que ver. Unas cuantas minivans repletas de turistas enlentecían más si cabe los trámites. Ya en Albania, me tuve que adecuar a sus especiales normas de tráfico no escritas: Puedes ir por el sentido contrario cuando gustes, se adelanta en todos lados, ya que caben tres coches por la carretera, y cuando voy a parar, pongo el intermitente de la izquierda. Con estas tres cositas ya puedes circular por el país como un campeón.

Pero yo había venido a Albania a otra cosa. Tenía una asignatura pendiente del año pasado. Las carreteras comarcales. Las puedes ver dibujadas en la cartografía Michelin, o incluso en los carteles con el mapa de Albania a la entrada de las grandes ciudades. Pero en realidad, no existen. Al menos no como carreteras. Son, simplemente, caminos de cabras. Y ahí que me fui. Desde Maliq hasta Elbasan fueron casi 100 kilómetros de roca y piedra suelta. A mi izquierda, el espectacular valle que bajaba hasta el caudaloso río que iba saltando de roca en roca. O si lo quieres más claro: un barranco de cien metros de altura.

De pronto, cuando llevaba unas dos horas por esa pista, un “click” saltó en mi cabeza. Los miedos a la tierra y las piedras desaparecieron, y me sorprendí dando gas instintivamente cuando la moto se iba de delante, o cuando venían socavones o piedras sueltas. No es mérito mío, yo solamente tuve que creérmelo. La GS era la que hacía todo el trabajo. Estoy profundamente agradecido a sus modos “enduro” de la suspensión electrónica. En ese momento, ahí de pie en un bicho de más de 250 kilos, me sentía el dueño y señor de las pistas albanesas.

Fue una excavadora la que me devolvió los pies al suelo. Se acercaba el final de la pista, cerca de Elbasan. Estaban aplanándolo todo para -supongo- una futura capa de asfalto. Me hicieron pasar por el lado de las máquinas, donde la tierra estaba aún sin compactar. La rueda delantera se hundió, y la moto salió directa hacia la enorme rueda de la excavadora. Después de un rebote y una carambola paré. Había dejado una bonita marca de mi defensa y mi manillar en el enorme neumático. Pero mi GS y yo seguíamos en pie.

Para ir desde Elbasan hasta Tirana hay dos alternativas. Bueno, en realidad solamente hay una: la carretera nacional, que atravesando un puerto de montaña repleto de curvas con un asfalto tirando a regular, te deja en la capital en 50 kilómetros. Pero esa carretera ya la hice con Belén el año pasado. Este año venía a por cosas más heavies. Como la comarcal SH54. Unos 120 kilómetros de la pista más infernal que he visto nunca. Roca viva, piedras sueltas y barrancos de vértigo. Aún no se en qué estaría pensando cuando me metí en ella.

Llevaba casi dos horas de pista y me paré a descansar. Como casi siempre que paraba, y debido al tute que le estaba dando a la pobre GS, revisaba que todo estuviera en su sitio. Pero esta vez algo fallaba. El soporte de la maleta izquierda se había partido. Lo cierto es que no me sorprendió. Vacié la maleta, aseguré las cosas como pude en el transportín con un pulpo y fijé el soporte con un par de bridas. Y no había más que pensar! Seguir era la única opción, ya que más o menos suponía que estaba a mitad de camino. Así que seguí dando botes por la pista.

Cuando podía, miraba al horizonte contemplando uno de los más bellos paisajes de todo el viaje. Decenas de montañas, valles y desfiladeros se iban alternando frente a mis ojos. Lástima no poder parar a contemplarlo, ya que quedaban escasamente hora y media de luz y aún faltaban más de 50 kilómetros de pista para llegar a Tirana. Me faltaba agua. No en vano estábamos a 38ºC y sudaba como un verdadero puerco. Al menos las nubes de tormenta que amenazaban descargar decidieron no hacerlo. Solo faltaba eso. Afortunadamente encontré un par o tres de fuentes -más bien caños de donde salí agua- donde pude rellenar el botellín de plástico que siempre llevo.

La bolita azul del mapa del iPhone volvió hoy a ser mi salvador. No había ni una sola indicación. Había momentos en los que era imposible saber cuál era la carretera correcta. Fácilmente podía haber acabado veinte kilómetros después en una pequeña aldea sin salida. Eso hubiera sido mi perdición. Ya iba con el tiempo justo para no quedarme sin luz, como para perder el tiempo en 40 kilómetros estériles. En cuanto veía que la bola se alejaba del camino, sabía que no iba en la dirección correcta.

El sol ya se había puesto, prácticamente solo las montañas más altas tenían ese rojizo resplandor del ocaso. Y ahí estaba él. Negro, casi liso y casi sin socavones. Tras unos 120 kilómetros de verdadero infierno apareció el asfalto. Entraba en Tirana. Eran las ocho y media de la noche. Media hora más tarde llegaba al hotel. En ese momento me relajé. Suspiré. Y arranqué a llorar como un niño.

Belén, Albania no es lo mismo sin ti. Te echo tanto de menos…

Mamá, aunque en mis viajes soy yo el que disfruta y tú la que sufres, hoy hemos sufrido los dos.

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Balcanes 9


EveryTrail – Find trail maps for California and beyond

Volví a mirar el iPhone. Lo único que me mantenía ligado al control y la seguridad era esa bolita azul del mapa. Ese era yo, afortunadamente encima de una línea amarilla llamada “M5”, en teoría una de las carreteras principales de Macedonia. Sin dejar de sujetar fuertemente el manillar, miré a mi alrededor. Todo lo que veía era una pista llena de piedras sueltas. Ahí no había ni rastro de carretera.

Skopje resultó ser una ciudad caótica para salir de ella. Prácticamente ninguna indicación, y las que había estaban en macedonio. Sea como fuere, logré descifrar en una de ellas “Markov Monestir”, que era hacia donde me dirigía. Después de unos cuantos kilómetros, me di cuenta que con total seguridad me había pasado la salida hacia el monasterio. Pero daba igual. Me había dado cuenta de una cosa importante, y es que yo no viajo para ver cosas…

Hoy era el día de aventuras. En su momento, decidí que atravesaría Macedonia por una de esas carreteras que salen a duras penas en los mapas. El Michelín lo daba como una pista, Google Maps simplemente ni la contemplaba. Pero yo tenía fe. Después de algunas curvas en carreteras asfaltadas de milagro, por donde sería imposible cruzar dos coches, me encontré con una valla y lo que parecía ser una especie de reserva. Hice un poco de ruido hasta que salió el guarda, que me dijo que por ahí no se iba a ningún lado. Al menos, yo. Debía dar la vuelta, hasta casi el inicio de la ruta (pero… esto no me pasó ya ayer?). Bueno, “al mal tiempo buena cara”, pensé. Había viajado hasta aquí para disfrutar y no para enfurruñarme. Por lo menos tendría la oportunidad de buscar nuevamente la salida al Monasterio de Markov.

Pero el monasterio no apareció. Ni por asomo. En definitiva, hoy no era el día en el que yo debía visitar el dichoso monasterio. Llámalo karma, llámalo destino. Así que tracé un plan alternativo. Y ese no era otro que bajar por el este del país, cruzarlo por el centro, hacia el oeste y acabar el el lago Ohrid. Solo hacía falta repostar. En la gasolinera, cogí una maquinilla de afeitar, ya que la mía se me había olvidado en casa. Tras comentar con el de la caja mi viaje, la moto y cosas de esas, al irme a cobrar la maquinilla me miró extrañado.

– Pero, ¿tú no eres un aventurero? ¿Para qué quieres la maquinilla? Los aventureros no se afeitan.

Ante tan apabullante razonamiento no tuve otra opción que asentir, dejar la maquinilla y cogerme un RedBull…

La carretera alternativa se pasó unos cuantos kilómetros paralela a la autopista, pero no dejaba de ser una pista donde en algunos momentos se podía vislumbrar microscópicos restros de asfalto. La idea era llegar por pistas donde nadie puede llegar, no ir paralelos a una autopista de tres carriles, pero al menos iba disfrutando. Al llegar a Veles la cosa debía mejorar, ya que aquí la ruta a seguir era la M5. Mi experiencia me dice que cuantos menos números tenga la carretera, y sobre todo si van precedidos de una letra, mejor es. Pero en esta me equivoqué. A los pocos kilómetros literalmente el asfalto desapareció. La M5 se componía únicamente de grava suelta. Mucha grava. Y cuando no, arenilla. Mucha arenilla. Curiosamente hay que esperar a que la pista venga a ti, en lugar de salir tú a buscar la pista. Pero estaba tranquilo, ya que la bola azul del mapa me situaba encima de la M5, y la “carretera” no podía desaparecer. Otra cosa es que yo pudiera seguirla, pero estar, debía estar. Mientras me peleaba con el camino, oía el quejido de mis maletas, estremeciéndose con cada piedra. Oía el repiquetear de la grava pegando contra el cubrecárter. Y oía las sempiternas cigarras, que como si de un coro sinfónico se tratara, sonaban por todos los rincones del árido paisaje.

Y tras más de 40 km y casi hora y media, volvió el asfalto, justo al entrar en Prilep. A partir de ahí, las rectilíneas carreteras me hicieron volar atravesando la planicie central. Luego vendrían algunas curvas más, pero ya con el asfalto bajo mis Metzeler la cosa me importaba menos. El termómetro estaba cercano a los 39ºC, pero sabía que en pocos kilómetros refrescaría, al entrar en el Parque Natural de Mavrovo. Y los pinos y abetos me proporcionaron una buena sombra, aunque el parque me decepcionó un poco. Un embalse, algún proyecto de desfiladero, pero nada del otro mundo.

Comencé a sentir el cansancio. No había comido, y ya no eran horas de ponerse a ello, eran más de las cinco de la tarde. Solamente había parado para descansar ligeramente y beber agua. Pero no podía quejarme. Ya lo decía Thierry Sabine cuando algún piloto se desesperaba con la dureza del París-Dakar: “Lo siento, has pagado para esto”. Así que intenté poner la mejor de mis sonrisas, estaba ahí porque yo había querido. Seguí conduciendo esperando que el lago Ohrid fuera el broche de oro a una buena jornada motera.

El lago se hizo el remolón. Sabía que estaba ahí, pero no quería mostrarse. Observaba su silueta en el GPS, estaba a pocas decenas de metros, pero no alcanzaba verlo. Hasta que tras salir de Struga, pude contemplarlo. Era enorme. Al otro lado, las montañas albanesas lo cercaban por occidente. Dicen que tiene las aguas más transparentes del planeta. Al menos desde la orilla, lo parecía. Lo estaba recorriendo por el lado oriental -el macedonio- hasta llegar a la localidad de Ohrid, que no era más que un mini-Benidorm con olor a crema solar, gente con colchonetas y atascos monumentales. Salí de ahí huyendo lo más rápidamente posible. A mi derecha la puesta de sol creaba esos destellos dorados en la superficie del agua que te hechizan e hipnotizan. Era imposible apartar la mirada de esa puesta de sol. Así que no tuve más remedio que parar a inmortalizarla. Tan solo quedaban menos de diez kilómetros para acabar la jornada, me lo podía permitir.

Hoy confirmé algo a lo que le estaba dando vueltas desde hace unos días. En su día pensé en la frase de Kavafis sobre la importancia del destino y del camino en su viaje a Ítaca. Como muchos, yo la suscribía, ya que lo que realmente disfruto es del trayecto. Pero se me escapaban multitud de matices escondidos. En realidad, no viajo para disfrutar yendo en moto -que sí lo hago, y mucho-. No viajo para visitar cosas. En verdad viajo para que me pasen cosas. Es por ello que lo importante no es el destino. Es por ello que el camino tampoco es especialmente importante. Lo que realmente importa es lo que te encuentras en él. ¿Habré encontrado entonces mi Ítaca? Por si acaso, la seguiré buscando más allá de las fronteras.

Balcanes 8


EveryTrail – Find hiking trails in California and beyond

Imagina un atasco. Ahora imagina tres mil moteros en ese atasco con el chip de motero puesto, o sea activado lo de circular entre coches o cambiar de carril. Ahora pon a esos moteros dentro de tres mil coches. Eso es un atasco en Tirana.

Pitidos, cambios inesperados de carril, giros impredecibles… y todo esto a 30ºC sobre la moto. Nos dirigíamos al centro de la ciudad, a por el imán y el adhesivo del país correspondiente. Y es que poca gente debe de tener la pegatina de Albania en su moto! Encontramos de milagro un par de tiendas de souvenirs cerca de la plaza central de la ciudad, ahora en obras, como casi todo el país. Misión cumplida. Ahora solo toca atravesar Albania hacia el sur.

Vamos a imaginar otra vez. Imagina una carretera española muy bacheada. Multiplica los baches por diez. Quítale los arcenes. Déjala veinte años sin mantenimiento. Haz pasar por ella a diez mil trailers de gran tonelaje. Ahora quítale la mitad del asfalto así, como en socavones. Cada cinco o seis kilómetros haz obras quitando todo el asfalto y poniendo piedras sueltas. Ponle conductores suicidas al volante de Mercedes y BMW. Añádele algún que otro burro. Estás conduciendo en Albania.

Desde mi posición veo el amortiguador delantero de la BMW y me recuerda esas máquinas que prueban la resistencia de los cajones de los muebles de IKEA. Sube baja, sube baja… Buf!! Desde luego, hoy han trabajado. Ha habido tanto traqueteo que hasta se nos han soltado dos de los tres tornillos que aguantan el guardabarros trasero. Ahora lo llevamos atado con pulpos encima de una maleta.

Hemos comenzado a ver las extrañas “setas de cemento”, antiguos búnkers con forma de seta que salen como tales al lado de la carretera. Tienen medio metro de alto y un par de metros de diámetro, suficiente para que cupiera una persona con una ametralladora… Los hay a cientos.

Llegamos a Berat deshidratados. Echamos un vistazo al pueblo, sacamos dinero para tomarnos unas cocacolas acompañados de unas cuantas abejas y seguimos ruta. O lo intentamos, porque no consigo encontrar la carretera que nos llevaría a Këlcyrë.

– Esa carretera no es buena. Es de montaña- me indica un joven al preguntarle. -No puedes llegar hasta allí en moto. Te aconsejo que retrocedas hasta Fier y allí cojas la carretera de Kakavia. Los últimos cien kilómetros son de autopista.

Así que nos volvimos sobre nuestros pasos e hicimos lo que nos aconsejó el chaval. El calor apretaba… 37, 38,… hasta 39,5ºC sufrimos hoy. Pero iba refrescar. Y de golpe. Una tormenta corta pero muy intensa nos refrescó de golpe. No nos dio tiempo ni a ponernos las chaquetas. Imagina las carreteras de antes pero con litros y litros de agua. Los socavones se tornan enormes charcos, la tierra y piedra suelta en barro. El asfalto agrietado en una pista de patinaje. Esto es Albania!

Y así transcurrieron los más de 350 kilómetros por esas carreteras -aún estoy buscando la autopista que prometió el chico-, entre gasolineras abandonadas -las hay a cientos-, algún que otro raquítico pozo de petróleo, niños vendiendo moras a los pies de la carretera rodeados de pilas de basura infecta, terneros descuartizados en supuestas carnicerías y pilotos suicidas adelantando in extremis. Lo más curioso de todo es que comienzas a normalizar todo eso, como si ya formara parte de tu vida, y eso que llevamos escasas 36 horas en el país.

En la frontera con Grecia, ya pasadas las 7 de la tarde, y tras mostrar los documentos un par de veces, noto una cierta nostalgia al abandonar Albania. Un país que no tiene nada, pero que te da mucho. Te da la imagen de una Europa que no es tan Europa. La imagen de la última frontera dentro de la civilización. La imagen perfecta para valorar lo que tienes.

Un cambio de hora y una equivocación en la salida de la autopista nos dejan en el hotel de Kalampaka (Grecia), a los pies de los Monasterios de Meteora, a las once y cuarto de la noche, tras casi nueve horas de una dura jornada de moto para hacer menos de quinientos kilómetros. Y ya llevamos más de 4500.

La ruta de hoy la tenéis aquí:

 

Etapa 9: El sur de Albania y Meteora


EveryTrail – Find trail maps for California and beyond

No logro quitarme de la cabeza la cara de la señora Sonne -la dueña de la casa donde pasamos noche en Dubrovnik- cuando le dije que hoy viajábamos hasta Albania. “Malas carreteras, muy malas” me dijo. De hecho era una información que ya conocía, pero que te la diga alguien de la zona, y sobre todo que ponga cara de circunstancias, asusta un poco. Ahora sé que Frau Sonne nos lo estaba pintando tirando a suave.

Desde Trsteno donde nos alójábamos, hasta la frontera con Montenegro, volveríamos a pasar por Dubrovnik, así que aprovechamos para hacer la típica foto de postal. Paramos posteriormente en Cavtat, cerca del aeropuerto. Una visita que es completamente prescindible, a no ser que tengas un yate de más de 50 pies.

En pocos minutos entramos en Montenegro, tras pasar la frontera sin grandes complicaciones. La costa montenegrina es parecida a la croata, aunque menos masificada. Quizá lo mejor es rodear el pequeño lago de Kotor, que no es lago, sino una entrada de mar. Se puede coger un ferry para saltárselo, pero realmente vale la pena hacer algunos kilómetros de más para observar sus pueblecitos costeros con sus diminutas iglesias -incluso hay una en medio del lago-. Lo que sí es muy recomendable es llegar hasta Cetinje. La estrechísima y mal asfaltada carretera que sale de Kotor va ascendiendo penosamente entre paellas y más paellas, ascendiendo a más de mil metros de altura sobre el lago. Las vistas son de las que quitan el hipo. Hay que tener cuidado porque los autocares -muchos- que circulan por allí tienen problemas para trazar los más de 25 tornantis (o serpentinas, que los llaman por aquí). Durante la ascensión, incluso llegaron a caer algunas gotas de lluvia, a pesar de que el sol seguía brillando con fuerza.

La bajada hasta Cetinje es sinuosa, pero no tan espectacular. El calor comenzó a apretar de verdad, llegando a ver los 38,5ºC. Ni que decir tiene que con estos calores, y a pesar de lo que la lógica motera te dicta, hace un par de días que las chaquetas de cordura van en un pulpo encima de una maleta. Quizá sea más peligroso caerse por culpa de un golpe de calor.

Al llegar a Podgorica comenzamos a ver los primeros minaretes de las mezquitas que asomaban de entre los árboles. De todas maneras, las iglesias siguen también bien presentes. En las ciudades, la circulación comienza a complicarse, los coches hacen giros imposibles y bruscos, y en cualquier momento te puede adelantar una camioneta, ya sea por la derecha o por la izquierda.

La carretera que lleva hasta la frontera albanesa estaba cortada, como así nos lo hace saber una pareja de franceses entraditos en años que viajan en una BMW K100. Con ellos seguimos las indicaciones por carreteras secundarias llenas de baches hasta encontrarnos con la aduana. Como ya pasó el año pasado en los países nórdicos, al señor de la aduana le hizo mucha gracia mi nombre. -Sergio Ramos, como el jugador de fútbol- me dijo. Sonreí y asentí, pasando por alto que había ignorado mi verdadero apellido. Mejor tener al aduanero contentito y divertido.

Nada más entrar en Albania nos chocamos de lleno con la realidad del país. La carretera, por llamarla de alguna manera, no es más que una ancha pista de tierra plagada de socavones. En muchas partes están simulando que la asfaltan, cosa que es hasta peor, ya que ambos sentidos hemos de compartir la mitad de la pista. Así transitamos unos 40 kilómetros, que recorrimos en más de una hora, hasta llegar a Shkodër, una de las ciudades más importantes del país. Me acordé -y mucho- de la cara de la señora Sonne.

A partir de ahí, la carretera mejora, ganándose su nombre. Pero a medida que aparecía el asfalto, los conductores albaneses empeoraban. Adelantamientos suicidas, burros, carretas, BMW y Mercedes a todo trapo… como dijo Miquel Silvestre, Albania es el último reducto de aventura en Europa. Incluso en las carreteras nacionales. Si en Croacia el negocio floreciente eran los apartamentos, que te ofrecían cada pocos metros durante toda la costa, aquí eran los chamizos donde poder lavar el coche, y quitarle todo el polvo que se había acumulado en los kilómetros de pista. Los hay por todos lados, con carteles cutres hechos a mano anunciando “Lavazh”.

Así, tras más seis horas de moto, que ni de largo se hicieron tan pesadas como en días anteriores, llegamos al hotel en Tirana. Un moderno hotel a las afueras, aunque creo que toda la ciudad son “afueras”. Lo que más necesitábamos era una ducha, para desincrustarnos el polvo del camino y volver a ser persona.

Después de la cena, suculenta y baratísima, le preguntamos al chico del hotel -chico para todo, que igual es camarero, como recepcionista- los puntos de interés en Tirana. Intentaba explicárnoslo en un mapa del país completo, por lo que al final opto por sacar el iPhone para que me indique. Fueron diez minutos con el chaval jugando a ampliar y reducir el mapa, a mover y volver a mover las imágenes de la pequeña pantalla sin sacar nada en claro. Mañana, antes de irnos a los Monasterios de la griega Meteora, nos daremos un garbeo por el centro.

La ruta del día, como viene siendo costumbre, la tenéis aquí:

Etapa 8: De Dubrovnik a Tirana


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