TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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Bueno, vamos a ser breves. Comenzamos por el final. Bueno, casi voy a comenzar con la crónica de mañana. Mañana a las 9:15 cogemos un ferry a Fredrikshavn, que nos llevará nuevamente a Dinamarca. Por eso hemos de acostarnos pronto. Para madrugar. Que no me gusta mucho perder ferrys.

Ese es el motivo fundamental de la longitud más bien escasa de esta crónica. Ese y que hoy no han pasado muchas cosas. Hago un repaso rápido:

– No ha llovido. (Bueno, mentira, que algunas gotas han caído. De hecho algunas carreteras estaban mojadas. Qué coño! Sí ha llovido! Rectifico:

– Hoy hemos visto el sol. (Eso sí. Y cielos con algunos parches azules). Sí, añoraba el sol.

– Oslo no está pensado para circular en vehículo. Y además no hay mucho que ver. (No, no me gustan los parques con esculturas. La ópera mira, tiene su qué).

– En una gasolinera noruega me hacían pagar por ir al WC. ¡Y la chica me quería hacer creer que eso era así en todo el país! Se ve que no tiene ni idea de la de litros de gasofa que llevo echados en su país… Y de la de veces que he ido al baño en gasolineras de su país. Obviamente, no he ido al baño. Aunque he pensado en hacerlo en el surtidor, me ha parecido poco decoroso por mi parte.

– Hemos pillado atasco en la entrada de Gøteborg. (O Göteborg, O Gotemburgo). No, no añoraba los atascos.

– Hemos podido cenar algo que no sea embutido. Es la primera vez en varios días.

– Belén cada día va mejor en moto. Ya no la llevo en volandas, ahora viajo con ella.

Pues lo dicho. Resumen hecho. Mañana seguimos desde Dinamarca (me encanta Dinamarca).

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Bueno, seamos exactos: la ruta de hoy ha ido desde Bruvoll, a unos cuarenta kilómetros de Bergen, hasta Svene, a unos cuarenta kilómetros de Oslo. Pero cuarenta kilómetros arriba o abajo no creo que alteren mucho el producto final. Que sí, que no es lo mismo Bruvoll y su camping cutre (aunque nuestra cabaña no estaba mal) que Bergen y sus coloridas casas de madera del puerto. Y supongo que no será lo mismo Svene (aunque el hotel tampoco está mal) que Oslo. Pero vamos, que a mi, a estas alturas de viaje no me viene de cuarenta kilómetros.

El resumen culinario del día de hoy sería: muffin del Starbucks, sandwich de sardinas en tomate, sandwich de jamón serrano. Toma mezcla fusion. Fashion-cañí. Solo faltaba la tortilla de patatas. Pero a lo que me refiero es que eso es todo lo que hemos comido; error de cálculo en la hora de llegada final. Para una vez que cogemos un hotel con restaurante, va y llegamos cuando el restaurante ya ha cerrado. Pues la dueña, muy peripuesta ella, nos podría haber hecho una sopita o algo, que no le costaba nada… Aunque a mi, a estas alturas de viaje, no me viene de un sandwich más o menos.

En cuanto al parte meteorológico del día: cubierto todo el día, con cielos nublados en Bergen, y con posibilidad de algún chubasco por la tarde. Ni se te ocurra pensar en más de cinco minutos de sol en todo el día. Si acaso un par de arco iris de esos que hacen época y con eso te apañas. Y si no llueve, da igual: las carreteras te las dejo mojaditas para que mole más. Pero vamos, que comparado con el día de mierda de ayer, cualquier cosa que no sea llover todo el día ya me vale. A mi, a estas alturas de viaje, no me viene de cuatro gotas más o menos.

Pues con estas premisas hemos echado el día: la mañana en Bergen, paseando entre la historia de las casas de madera que desafían la verticalidad y esconden callejones de encanto entre ellas (hasta que llegan los turistas del crucero, que entonces eso se pone como las Ramblas en verano). Y luego carretera y manta. Sin saber muy bien dónde íbamos, porque entre las obras, túneles de pagos que no me salen en el navegador, ferrys que nos han salido gratis como los túneles de pago, y carreteras llenitas de curvas que molarían si no estuviera el asfalto mojado, hemos echado el resto del día. Así como al final, cuando el sol (bueno, la claridad que dejaban ver las nubes) comenzaba a apagarse, hemos llegado a la iglesia de madera de Heddal. Eran eso de las 0cho de la tarde, y en la iglesia no había ni Dios (añadir aquí unas risas, por favor) [festival del humor]. Pasear entre las lápidas del extenso cementerio que la rodea, buscando el mejor ángulo posible para fotografiarla daba hasta un poco de yuyu. Pero vamos, que a mi, a estas alturas de viaje, no me viene de cuatro lápidas más o menos.

Y los últimos cincuenta kilómetros hasta el hotel de Svene (que ya os he dicho que no estaba en Oslo), han sido de color de rosa. Porque esa claridad que se iba ocultando poco a poco (si, ya queda poco o nada de esos días eternos del círculo polar ártico… [snif]), teñía las nubes de malva. O rosa. O rosa palo, O salmón. Que para esto de los colores, los hombres somos un poco negados. Las nubes, y también los lagos cercanos de reflejos perfectos. Y la carretera, que seguía mojada. Pero vamos, que para Belén, el color era así como gris marengo tirando a negro azabache; un día que yo lo veo todo rosa, ella tiene seleccionada la gama de colores equivocada. Pero vamos, que a mi, a estas alturas de viaje, me parece hasta  normal que tenga un final de día negruzco.

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Miro por la ventana de la cabaña. No sé para qué. Llueve. Como cada día desde que tengo memoria. Hoy es el día épico del viaje. Trollstigen, fiordo Geiranger… Pero más que un día épico se presagia como un día de mierda. Con los ánimos un poco bajos nos disponemos a subir la escaleras de los Trolls. Es mi segunda vez, y la primera, hace 4 años, también fue en un día de mierda. La niebla no me dejaba ver ni la curva siguiente. Pero  hoy, al acercarnos nos damos cuenta de que llueve, pero que no hay nubes bajas. ¡Vemos toda la carretera! ¡Espectacular! Las lluvias  hacen que las cascadas que caen junto a la carretera estén a rebosar de agua, que se desparrama por todos los rincones. ¡Qué imágenes más brutales! ¡LA TROLLSTIGEN MOLA UN HUEVO! ¡AUNQUE LLUEVA! ¡ES LA PERA!. NATURALEZA EN ESTADO PURO. ¿THE ATLANTIC ROAD?, UNA MIEEEEEERDA COMPARADA CON LA TROLLSTIGEN. ¿EL STELVIO? OTRA MIEEEEERDA (pero menos que la Atlantic Road, ojo). HAS DE VER LA TROLLSTIGEN, Y SI LLUEVE MUCHO, MEJOR!!!!!

Los tornanti se suceden uno detrás de otro, mientras que impresionantes cascadas pasan rozando la carretera. ¡Qué digo rozando! CAEN sobre la carretera, en algunos puntos. Sin duda, a pesar de la lluvia, es uno de mis mejores momentos sobre una moto. Y si le añado el gusto de ver a Belén disfrutando como un auténtico Troll, ¡aún más!

Realmente hemos tenido suerte. Tras la visita a los nuevos miradores de arriba, y del pertinente desayuno, la niebla se ha cernido sobre la montaña y no se ha vuelto a ver un carajo. La Naturaleza nos ha regalado ese momento inolvidable. Pero debemos aligerar un poco, no llevamos más de treinta kilómetros de ruta y faltan más de cuatrocientos bajo la lluvia.

La siguiente parada es en el fiordo Geiranger. La joya de la corona, en cuanto a fiordos se refiere, el Marc Márquez de los fiordos.  Sigue lloviendo (ya lo he dicho, ¿no?), y algunas nubes bajas se adivinan en el hueco entre montañas donde debía estar el fiordo. Seguimos avanzando hasta otro mirador cercano y… Voilà! ¡El Geiranger en todo su esplendor! A lo lejos, muy abajo, el agua casi verde esmeralda circula sinuosamente entre las montañas, mientras que media docena de enormes cascadas van a morir ahí. Un par de cruceros, el Hurtigruten y algún ferry parecen cochecillos de Guisval, miniaturas en metal. Impresionante!!

Seguimos teniendo que aligerar. No llevamos más de 100 kilómetros y ya es más de mediodía. Y por esas carreteras, llenas de tornantis, lloviendo a todo llover, lo que menos tienes que hacer es ir con prisa. Así que un fiordo por aquí, un ferry por allá, un puerto por acullá, vamos gastando kilómetros. Y como dice la canción, pensé en relojes de arena, pensé en eclipses de sol, y tracé una gran línea recta imaginaria entre Bergen y yo… Pero en Noruega lo que no puedes hacer nunca es trazar una gran línea recta, ni que sea imaginaria. Así que a eso de las ocho y media de la tarde, hemos llegado a nuestro camping de hoy, a unos cuantos kilómetros de Bergen, después de muchas curvas, mucha agua y muchas sonrisas.

En definitiva, ha sido un día de mierda épico. Ojalá sean así todos mis días de mierda. Ojalá sean así todos mis días.

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Cambiante. Esa es la palabra que llevo buscando durante toda la ruta de hoy para describir la meteorología. Había pensado en otras palabras más malsonantes para  la descripción, sobre todo cuando nos ha llovido, o cuando la temperatura ha bajado hasta los 7ºC. Pero he decidido que mejor escribir cambiante cuando el sol iba haciendo acto de presencia en pequeñas dosis.

Porque hoy todo ha sido a pequeñas dosis. Los fiordos del principio de ruta, con algo de sol, en realidad son pequeños pensando en los que nos esperan. Sus aguas son tan transparentes y de un verde esmeralda tan caribeño que despistan. Pero vamos, a ver… ¿No estábamos en el Círculo Polar Ártico? ¿Qué pinta ese agua verdosa aquí? ¡Como tras la siguiente curva me encuentre con una playa de arena blanca llena de cocoteros pido el libro de reclamaciones! Pero no. Tras la siguiente curva el paisaje se volvía más y más bonito. Era el mismo: montañas altas, cascadas en forma de hilos de plata y fiordo verdoso. Pero cada vez diferente. Y no soy capaz de describir las diferencias. Tendréis que venir a comprobarlas.

A medio camino, cerca de Narvik, y tras pasar una zona interior sin fiordos ni nada de nada -que se ha hecho algo pesada, por cierto- los aguaceros descargaban sobre las aguas ahora grises. Las cortinas de agua estaban milimétricamente delimitadas, al igual que nos pasaba a nosotros en la carretera: de una curva a otra podíamos pasar de la lluvia incesante al sol más cálido. Cambiante. ¿No os lo había dicho?

Y tras pasar el puente de Tjelsund dejamos la Noruega continental y nos adentramos en las islas más septentrionales del archipiélago de las Lofoten. Esa zona no es tan espectacular como la del sur, que veremos mañana. Hoy todo ha sido a pequeñas dosis, ya os lo he dicho. Pero aún así era flipante. Cada rincón de fiordo, rodeado de espectaculares montañas de roca, con algunas acumulaciones de nieve allá arriba, era único. Verdaderos circos montañosos, de puntiagudas crestas, que cercaban magníficos fiordos salpicados de pequeñas islitas donde algunos abetos acompañaban su suelo rocoso. El arco iris se mostraba, a pequeñas dosis, jugueteando entre las montañas, el mar y las nubes. Idílico. Cambiante.

Llegamos a Kabelvåg, un pequeño pueblo de pescadores muy cercita de Svolvær, la población más grande de las Lofoten.  Cuatro calles con casas antiguas de madera de vivos colores, un supermercado y un restaurante en el embarcadero, donde hemos saboreado un bacalao noruego excelente. Y nuestra humilde morada, con baño compartido pero a la orilla del mar, con dos pedazo de ventanales por donde a buen seguro el sol, que mañana sale a las 4 de la mañana, nos va a hacer madrugar, el muy jodido.

Postdata: el último, que apague las gaviotas, que tampoco me dejan dormir.

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Vamos a ver, señores noruegos: bastante lío tenemos en ir a Nordkapp a ritmo de 125 en 24 días, como para que encima a ustedes les de por montar una vuelta ciclista justo cuando tenemos que salir de Nordkapp. Gracias a Jose Mijares, del Artico Ice Bar en Honningsvåg, pude saber los horarios de cierre de la carretera que llega a Nordkapp. Haciendo cálculos y casi algunas derivadas e integrales logré el número deseado: 06.45. O sea, que tocaban diana a las 7 menos cuarto para poder llegar a Skaidi antes de las 11, hora en la que cerraban esa carretera. 150 kilómetros. No había tiempo que perder.

Había amanecido pronto, a eso de las 2 de la mañana. De hecho no había dejado de clarear toda la noche. Señores noruegos, nuevamente: está muy bien que amen la luz del sol porque no la ven durante 6 meses al año. Pero no cuesta nada poner unas cortinas más gordas en las ventanas. Que es un consejo, ¿eh? Que  si no les va bien lo dejen así, que yo no soy quién para cambiarles ahora las costumbres. Fuera seguía lloviznando, y la niebla estaba bien presente. Arrancamos y recorrimos sin parar y en un pis pas de dos horas y media todo el camino a la inversa (Skarsvåg-Honningsvåg-Olderfjord) y luego la mítica carretera hacia Alta. En Skaidi, donde ya no cortaban la carretera, tocaba parar a desayunar. Una hamburguesa casera tal que la del McDonalds. Porque sí, porque nos apetecía… y porque no entendíamos otra cosa de la carta en noruego, que hamburguer se escribía igual.

Y desde allí a la mítica carretera de Alta. La que tantos quebraderos de cabeza nos dio a los de la Expedición Aurora Borealis hace dos inviernos, parados con las motos en la barrera. Hoy, esa barrera estaba abierta, mira tu por donde. Debe ser porque no había ni pizca de nieve. Afortunadamente, claro.

Y seguimos, y seguimos. Y como en un tiovivo, vamos viendo siempre las mismas caras en las paradas que hacemos. El largo, un italiano altísimo con una GTL1600. Los pringaos, con una Guzzi California repleta de macutos por todos lados, y el cabreado, otro italiano con cara de pocos amigos. Cuando uno paraba, el resto le pasábamos, y cuando éramos nosotros los que parábamos, el resto adelantaba. Incluso en alguna parada coincidíamos todos. Como para hacer una fiesta. O no, porque el cabreado no parecía estar muy de acuerdo. Que digo yo, que para hacer este pedazo de viaje y poner esta cara, quizá que se quede en casa haciendo macarrones, no?

Llegábamos a nuestro destino, 150 km antes de lo planeado, ya que el alojamiento en Tromsø está carísimo. Así que buscando, buscando, encontramos unos pequeños bungalows en un embarcadero de Løkvoll. Para llegar allí ya hemos tenido que superar unos cuantos fiordos. Cascadas que bajan hasta el agua como hilillos de plata en la distancia, aguas tranquilas que reflejan como un espejo las altas montañas que nos rodean, pequeñas embarcaciones que alegran con sus colores el paisaje. Embarcaderos de un rojo intenso… Un paraíso. Y hasta en algún momento dejó de llover y todo. Me encanta la cara de Belén al ver todo eso. A pesar del frío, se notaba que estaba disfrutando de lo lindo. Y de eso se trata.

Señores noruegos, les perdono todo lo anterior después de ver algunos de los recovecos del Lyngenfjord, el fiordo donde nos encontramos. ¡Qué cascadas, coño! Las nubes cortaban a media altura esas enormes moles verdes que parecen tan irreales como fantásticas. Señores noruegos, gracias por estos paisajes. Y sobre todo, gracias por conservarlos. En España, ya habríamos hecho alguna trastada.

Pues nada, os dejo metido en mi cabañita, con el fiordo mansamente reposando tras el cristal de la ventana, y cubierto con un tejado de hierba. Me siento casi un hobbit. Buenas noches.

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Existen dos tipos de auténticos moteros: los que han ido a Cabo Norte, y los que lo harán alguna vez. Yo ya pertenezco al primer grupo. Y así ha sido:

El día comenzó pronto, ya que tenía que retirar la moto antes de las 8 de la mañana de donde la tenía aparcada. No quería acumular más multas de estacionamiento. Sorprendentemente, a las 7:55h la moto estaba completamente sola, como estorbando en una calle de escaso tráfico. No había ni un triste coche acompañándola. Me cercioré que no tuviera ningún otro papelito amarillo e inicié la ruta desandando los 80 kilómetros finales del día anterior, pero con una niebla que nacía del fiordo, aunque por encima de ella se podían adivinar los cielos despejados. Hoy será un buen día.

Cuando llevaba unos 200 kilómetros, me adelantaron como una exhalación tres moteros italianos, una R1200GS, una Diversion 900 (creo) y una Varadero. Me uní a ellos sin pestañear y seguí su ritmo, que excedía en 20 o 30 km/h el límite de velocidad. Yo seguía preocupado por los radares y los renos, y después de 10 o 20 divertidos kilómetros a su rueda, cuando ví que también cruzaban las poblaciones a esa velocidad, decidí volver a mi ritmo algo más legal.

Comenzaba a hacer calor. Pero calor de verdad. Llegué a ver los 22ºC en el termómetro de la moto! Es aquí donde el traje Streetguard 3 de BMW, con su membrana climática comenzaron a trabajar. Nada de calor! Y nada de frío después, cuando en algún larguísimo túnel rocé los 7ºC.

Además de en determinadas gasolineras, existen baños en muchas de las frecuentes áreas de descanso de las carreteras noruegas. Una simple caseta de madera los aloja. Pero cuidado al entrar. Bajo un módulo de plástico con forma de water se esconde el más nauseabundo agujero que he visto -y olido- en mi vida. Por lo tanto, los baños son solo para usarlos en caso de extrema necesidad.

Era la hora de la comida, así que saqué el pan de molde y el salami y dí buena cuenta de ambos. Cuando ya recogía, se me acercó una amable señora alemana que había bajado de un autocar, y me ofreció un plato de sopa caliente. Entre el calor que hacía y que ya había comido, lo que menos me apetecía era sopa caliente. Cualquier otro día de este viaje lo hubiera aceptado encantado, pero hoy… Así que se lo agradecí, y me excusé. Pero la señora insistía, y hasta me cogía del brazo para que me reuniera con el resto de la expedición de jubilautas germanos.

– No gracias. He de irme, que si no, no llegaré a tiempo a Cabo Norte.- le dije.

– Ah! vas a Cabo Norte? Pues te queda un buen trecho! Nosotros venimos de allí! Ten mucho cuidado con los renos! Está plagado!

Y yo me quedé pensativo. Hace unos 5000 kilómetros que veo casi continuamente señales de precaución por los dichosos renos. De hecho, hay dos tipos de señales, unas que son renos, y otras que parecen alces, pero no había visto ni uno ni otro en todo este tiempo. Cuando te pasas tantas horas solo en la moto, tienes tiempo de pensar. Y mi teoría sobre los renos es que no existen. Ni uno. Desde hace años se extinguieron. Pero claro, es un atractivo turístico tan grande para el gobierno noruego que lo han tenido en secreto durante todo este tiempo. Y estaba seguro que cuando llegara a Cabo Norte estaría esperándome un agente del Gobierno que me daría 500 coronas para que guardara el secreto, así como unas cuantas fotos y videos en un pendrive para enseñar a los amigos. Así lo venían haciendo con todos los turistas desde hace más de 10 años. Seguro.

Así que lo que pensaba era cuánto tenía que haber pagado el agente estatal para sobornar a todo ese autocar alemán. Un pastón. Con esas reflexiones seguí ruta hacia el norte. El objetivo del viaje estaba a punto de hacerse realidad. En unas horas podría tocar “la bola” de Cabo Norte!

Y entonces los ví. Decenas de ellos. Salieron de la izquierda, sin avisar. Cruzaron la carretera y se pusieron a andar justo delante mío. Grandes, pequeños, marrones e incluso alguno blanco. Con sus enormes cornamentas aterciopeladas. Toda una auténtica manada de renos!! A partir de entonces mis ojos estuvieron más atentos a los arcenes y menos al GPS. Un segundo de despiste podría suponer un serio encontronazo con un reno. Es por ello que la mayoría de camiones con los que me crucé llevaban unas enormes rejillas paragolpes en su frontal. La teoría del secreto gubernamental sobre los renos se iba desmoronando curva a curva. Ahora un reno, ahora son dos… ahora una manada completa…

Y finalmente… Nordkapp. N71º10’21”. La carretera transitaba ya por la tundra, rala y sin árboles. Con verdes praderas donde los renos seguían pastando a sus anchas. Tras pagar la -cara- entrada, dejé la moto en el parking, mirando de reojo cómo llegaban los veloces italianos de esta mañana -¿dónde les habré adelantado?-. Y tras pasar el edificio del complejo turístico la ví. La bola. Enorme, más grande de lo que imaginaba. Entonces, un acúmulo de sensaciones y emociones me inundaron el pensamiento. 8000 kilómetros, 5 meses de preparación, horas y horas de ilusiones, amigos, familiares,… todo eso había sido metido en una coctelera y tras agitar había salido esa bola. Mágica…

Estuve varias horas en el recinto. Tras explorarlo concienzudamente, incluida la tienda de souvenirs y el magnífico documental en el cine panorámico -muy recomendable-, volvía irremediablemente con la bola, con “mi” bola… Tenía tal magnetismo que me arrastraba constantemente a su lado, como si no quisiera separarme de ella.

Y seguía pensando… Gente a la que quiero me dijo que había elegido un punto en el mapa, había clavado una chincheta en él y que había conseguido cumplir lo soñado. Nada más acertado. Clavé la chincheta y ésta se convirtió en bola. Y allí estaba yo, a su lado. Si algo he aprendido en este viaje es que el ser humano tiene capacidad de conseguir todo lo que se proponga. Y que independientemente de que lo consiga o no, la grandeza está en intentarlo.

Hoy es un gran día, así que haremos una fiesta. Aquí tenéis la galería de fotos de Nordkapp:

Y el vídeo:


Nordkapp N71º10'21"
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Hoy he recorrido 663 kilómetros en 8 horas y 4 minutos, a una media de 82 km/h. El consumo ha sido de 4,5 l/100km. Llevamos recorridos 8037 kilómetros y… ESTAMOS EN CABO NORTE!!

PD: Nunca sabréis si me encontré al agente del Gobierno noruego en Cabo Norte… No me hagáis hablar… cambiemos de tema. Aquí tenéis la ruta del día:

The Long Way North. Day 14


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Desde Harstad hasta Tromsø no hay mucho que contar. Como siempre por estas tierras las carreteras discurren por parajes de gran belleza natural; montañas nevadas, grandes y verdes valles, lagos que se convierten en fiordos… Aunque los fiordos de esta parte del país visten montañas de menos altura, comparados con sus hermanos del sur.

A eso de media ruta me he cruzado con un amigo twittero británico (@Gazaragi), que llegó a Nordkapp hace un par de días y que bajaba hoy hasta las Lofoten. Su inconfundible Hayabusha negra, poco apta para este tipo de viajes lo delataba. Nos saludamos, quizá sin saber que cada día ya lo hacíamos mediante Twitter. Yo tardé unos segundos en reaccionar, y a punto estuve de dar la vuelta. Pero yo lo hacía por otros parajes, equivocadamente. Y es que esto de las redes sociales te da sorpresas en los sitios más insospechados.

La entrada a Tromsø se realiza mediante un enorme puente que incluso permite la entrada al fiordo hasta a los mayores buques. Este tipo de puentes abunda cuando vas pasando de isla en isla, en el norte de las Lofoten, y al atravesar algún que otro fiordo.

Tromsø no tiene mucho, yo me esperaba más. Sorprende la cantidad de restaurantes -caros- de los de velitas en las mesas y platos que superan los 35 €. Seguramente se nutrirán de las hordas de turistas que desembarcan de los numerosos cruceros y ferrys que recalan en su puerto.

Nada más aparcar la moto en la acera frente al hotel, se me acercó un lugareño -algo ebrio- y me preguntó:

– Iceland?

– No, Spanish. España. -le digo. Incrédulo, vuelve a mirar la matrícula de la moto. Aún no sé cómo ha podido asociar la “E” con Islandia.

– Ohhhh -dice asintiendo con la cabeza. – ¿Cómosstass amiggo? De donnnde de Spannia?

– De Barcelona.

– Aaahhhhh. Barsselona number unno! Futttbol!

– Si, si… Barça! – le digo.

Y se despidió deseándome -en inglés- una buena estancia en su país. Me pareció curioso, pero me podía haber advertido que en su país estaba prohibido -como en algunas parroquias andorranas- aparcar en la acera. Porque al rato de estar en el hotel, y mirando por la ventana -desde donde divisaba la moto sin problemas- tenía un papelito amarillo enganchado al puño del gas. “Que sea propaganda!”- imploré. Pero no. Era una de 500 coronas noruegas (unos 65€). Maravilloso. Más de 7000 kilómetros sin una multa, y me la tienen que poner por estacionamiento prohibido. Genial.

Para reponerme del mal trago, acabé cenando en un local muy chillout, con buena música y buenos platos -interpretaciones noruegas a platos tradicionales de la cocina mundial: unos fetuccini carbonara con jamón de ballena, por ejemplo- y nada caro, para lo que se estila por aquí. Y con WiFi de mucha mejor calidad que el de mi hotel. El local se llama Amundsen, como el explorador.

Y aquí se acaba la historia de hoy. Mañana, si hay suerte, llegaré a lo más alto. Y luego solamente queda bajar. Os dejo con la galería de fotos de hoy.

Hoy he recorrido 303 kilómetros en 3 horas y 50 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo ha vueto a bajar a 3,9 l/100km. Llevamos 7374 kilómetros.

La ruta, si el WiFi del hotel lo tiene a bien, estará aquí debajo:

The Long Way North. Day 13


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Dios, en el séptimo día, descansó. Y a media tarde del domingo, aburrido pero descansado y lúcido, creó las Lofoten. Son una espectacular mezcla entre rías gallegas y Suiza. Paisajes completamente alpinos al borde del agua. Como mezclar chocolate con pulpo. Exquisiteces.

Las Lofoten son una suerte de islas montañosas desparramadas sin sentido aparente, bañadas por aguas extremadamente tranquilas, tanto que reflejan casi sin distorsiones el verde intenso de las escarpadas paredes que nacen desde la misma orilla.

Henningsvaer, con su pequeño puerto que divide la villa en dos, es especialmente acogedora. Las tranquilas aguas del muelle reflejan fielmente los vivos colores de las casas que se asoman a su orilla.

Para llegar a Unstad, se ha de atravesar un siniestro y tenebroso túnel, llegando finalmente a una tranquila y bella población a orillas de una cala donde se practica el surf.

Eggum, donde para llegar a su cabo hay que abonar -si vas en moto- 10 coronas noruegas. No hay cobrador, solamente una especie de buzón de hojalata. Ni que decir tiene que nadie pasa por ahí sin pagar.

La carretera que llega a Valberg es especialmente divertida -como casi todas las de la isla-. Negro asfalto recién puesto, quizá de hace pocos días. Sin baches, con curvas alegres que te invitan a pasarlas a ritmo, sin prisas pero disfrutando. Y con unas vistas sobrecogedoras de las demás islas montañosas del archipiélago.

Las carreteras van saltando de isla en isla mediante enormes puentes o en ocasiones, mediante espectaculares túneles que pasan por debajo del agua, adentrándose cientos de metros en la tierra para después volverlos a subir. Algunos de ellos pueden llegar a tener más de 9 kilómetros de largo!

Ballstad es otro pueblo de la ruta, que presenta un tranquilo puerto y un enorme almacén de pescado. Pero quizá el más encantador de todos es Reine, casi en el extremo oeste de las islas. Su maravillosa cala, sus casas de colores y sus barcos varados en las orillas son una valiosa recompensa para el viajero que haya osado llegar hasta aquí. Más allá solamente queda el pueblo de A (sí, así como suena… pero con un circulito encima de la A… realmente se pronuncia más parecido a nuestra “O” que a nuestra “A”). Pues A no tienen mucho que ver, pero solamente para decir que has estado vale la pena hacer los 10 kilómetros que lo separan de Reine.

Y una vez llegado hasta el final de las islas… decido volverme por donde he venido (no hay otra opción) e ir a dormir a Harstad, casi ya en tierra continental, donde llego a las 10 de la noche (pero aún con sol). Así mañana estaré más cerca de Tromso.

Y aquí tenéis otro video del viaje: El encanto de las Lofoten.


El encanto de las Lofoten
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Hoy he recorrido 569 kilómetros en 7 horas y 58 minutos, a una media de 71 km/h. El consumo ha sido de 4,4 l/100km. Ya hemos pasado el ecuador del viaje, llevamos 7071 kilómetros!

Y por supuesto, la ruta aquí:

The Long Way North. Day 12


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12.30 horas. Esa era la hora límite. El ferry que me llevaría a las Lofoten salía a esa hora a 360 kilómetros de donde me encontraba. Calculando con margen de seguridad, con que saliera a las 7.30 habría más que suficiente. Todos estos días el tiempo calculado por el google maps era sensiblemente superior al real. Hoy no tenía por qué ser diferente. Pero lo era. El GPS, mucho más fiable, me indicaba que llegaría al ferry a las… 12.10 siempre y cuando no hiciera ni una sola parada por el camino! Pues teniendo en cuenta que hay que repostar y que estaba lloviendo… muy justo lo veía. Y el siguiente ferry no salía hasta pasadas las 18.00!!

Así que sin más dilación me puse al tema. Arañando segundos al cronómetro, pero sin pasarme mucho de los márgenes legales. Así conseguí bajar hasta una hora de llegada de las 12.06; luego vinieron las obras (kilómetros y kilómetros de pista sin asfaltar… o sea, un auténtico barrizal).

Con muy poco tiempo para parar, pasé por los 66º 33’ de latitud; o lo que es lo mismo, el Círculo Polar Ártico! Solamente me daba para pararme al lado del cartel y hacer una foto testimonio… y a seguir, que aún hay que repostar!!

Los paisajes que rodean el Círculo Polar son extremadamente salvajes. Esas llanuras sin árboles, salpicadas de rocas enverdecidas por el musgo… Realmente un paraje desolador y muy acorde con la entrada al polo. Luego se fue suavizando,

hasta que volvieron a aparecer los árboles.

Y llegué al ferry a eso de las 12.10… con margen suficiente como para incluso tener que esperar un poco en la cola. Ataron la moto -esta vez son dos horas de ferry- y yo me subí a cubierta, donde incluso pude echar alguna cabezadita.

Las islas Lofoten comienzan a entrar en la categoría “SAVNVBA”: “Si Alguna Vez No Vuelvo, Búscame Allí”. Paisajes impresionantes, escarpados. Con montañas que llegan hasta más allá de los 1000 metros y que ascienden a pocos cientos de metros del agua., pero cubiertas por el velo blanco de las nubes que se amodorran entre las cumbres. Tranquilidad… El sitio ideal para perderse una temporada. Hoy solamente hice una pequeña aproximación, ya que la idea es visitarlas más en profundidad al día siguiente.

Me pierdo, conscientemente, por caminos sin asfaltar, en busca del embarcadero o de la casa de madera singular, fuera de las carreteras principales. Así llego a los pies de uno de los inmensos secaderos de bacalao que existen en la isla. Mientras, el sol intenta salir tímidamente, como bostezando y desperezándose, intentando apartar esa sábana de nubes que aún lo cubre.

Mi alojamiento está en una pequeña isla frente a Svolvaer. Es una pequeña habitación, pero para mí ya es mi casa. Y es que a todos nos hace falta tener raíces, no? Y si no las tienes cerca, arrelas donde mejor te sientas. Como en las Lofoten.

Hoy he recorrido 475 kilómetros en 5 horas y 59 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo se ha disparado hoy, y ha sido de 4.8 l/100km. Llevamos 6502 kilómetros.

Y la ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 11


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Ya ha comenzado el periodo, por otra parte común en los viajes más o menos largos- en el que pierdes la noción del tiempo. No recuerdas el hotel de hace 4 o 5 días o no sabes en qué día vives. Las jornadas empiezan a pasar más rápidamente, y no sabes cómo, vas quemando etapas. Los días, cuanto más al norte, se hacen más largos, pero los vives como si pasaran en un suspiro. Hoy he mirado mi reloj y resulta que era lunes… y yo ni idea. Ni falta que hacía.

La ruta de hoy ha sido completamente de transición. De traslado. Desde la zona de los fiordos hasta las islas Lofoten no esperaba encontarme nada, como así ha sido. La mayor parte del trayecto ha trascurrido por la carretera E6, la llamada “carretera del Cabo Norte”, ya que enfila el norte desde Oslo y no lo deja hasta llegar al punto más septentrional de Europa. No deja de ser una carretera normal, con sus paisajes que continúan siendo excepcionales -hoy me he movido entre bosques de abedules y de pinos, entre lagos y ríos y entre pueblitos de casas esparcidas- pero que la monotonía los hace vulgares. Es una idea que me va rondando por la cabeza entre curva y curva: ¿Los noruegos disfrutan tanto de su paisaje como nosotros? ¿O ya están acostumbrados? A tenor de sus -frecuentes- áreas de descanso en las carreteras, deben de estarlo, ya que no las ponen precisamente en el mejor lugar para admirar el paisaje.

A la hora de comer me he dado cuenta de que llevaba más de 4 horas con el casco puesto, y ni me había enterado. Estaba yo parado en un precioso lago solitario, alejado de la carretera principal comiendo galletas y con el casco puesto… Y es que ya forma parte de mí. El BMW System 6 me ha sorprendido. Para ser un convertible, tiene un peso ajustado -y si no lo es, no lo parece, posiblemente por su cuidada aerodinámica que lo hace comodísimo en marcha-, y sobre todo una sonoridad muy reducida. Me ha sorprendido sobre todo la manera que tiene de aislar completamente tu cabeza del viento gracias a la extensión de la mentonera realizada, igual que el resto del forro, en Alcantara. Ni con las temperaturas de 9ºC que he sufrido hoy necesitaba pasamontañas. Y otra cosa que me maravilla es el cierre rápido, mucho mejor conseguido que otros que he probado.

Las dos únicas concesiones que he hecho a la carretera E6 han sido para ver pueblos Sami (mal llamados Lapones). Tanto Snasa como Hattfjelldal me han parecido sosos, sin ningún tipo de interés, a no ser que mires el censo (son dos importantes asentamientos Sami del sur del país). El único aliciente es transitar por la carretera 73 que lleva a este último. Es solitaria, con unas curvas muy divertidas, pero que te obliga a estar alerta, ya que alguno de sus múltiples badenes y baches puede sacarte de la trayectoria. La curiosa estampa de ver una antigua pista de aterrizaje convertida en almacén de madera -ver foto del inicio- también me ha sorprendido.

El día acabó en Mo i Rana, a pocos kilómetros de la línea virtual del Círculo Polar Ártico, que mañana atravesaré.

REFLEXIONES NORUEGAS:

– ¿Por qué todos los perros van atados, aunque los estén paseando por el campo?

– ¿Por qué ponen tantas señales de los renos, si llevo miles de kilómetros sin ver ni uno? Esto me suena al cuento de Pedro y el lobo…

– ¿Por qué todas las bebidas de naranja al norte de los Pirineos saben a medicamentos?

Hoy he recorrido 556 kilómetros en 7 horas y 4 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo medio sigue siendo de 3,9 l/100km. Llevamos 6027 kilómetros de aventura. Y como siempre, la ruta aquí (por error está unida a la de ayer, perdonen las molestias. Ahora no lo voy a cambiar que mañana he de levantarme pronto para ver si llego al ferry de las 12.30, que está a 400 km de aquí).

The Long Way North. Day 10


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