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La aventura de cada fin de semana

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El día amanece gris en Marrakech. Incluso caen algunas gotas. Recogemos la moto de su presidio en el parking público rodeado de coches polvorientos y salimos del caos de la ciudad. Sigue lloviendo, cada vez con más fuerza. El paisaje ha cambiado a este lado del Atlas. Verdes laderas y suaves colinas. Incluso algún conato de bosque, todo mucho más mediterráneo.

En lugar de seguir por la general N8 hasta Fez, decidimos desviarnos por carreteras secundarias buscando las cascadas de Ouzoud. Esas carreteras suelen dar mucho mejor resultado. El asfalto aún es aceptable y tiene un gran trasiego de niños yendo y viniendo del colegio a todas horas. Algunos permanecen ociosos, como mirando al infinito al pie de la carretera, saludándote a tu paso. Y otros acompañan a los mayores pastoreando los rebaños. Lo cierto es que Marruecos está lleno de niños por todos lados.

Las cataratas de Ouzoud requieren una negociación con el guía que rápidamente se acerca. Le decimos que solamente queremos una vista general, y por la mitad de dinero que nos proponía en un primer momento, acordamos la visita. Lo cierto es que son más espectaculares de lo que pensaba. Sus ciento veinte metros de altura impresionan, sobre todo si los miras justo desde el lugar donde caen, tranquilas sobre el cortado barranco de arcilla. Sus paredes marronáceas, casi completamente tapizadas de musgo verde, están completamente excavadas por mil y un recovecos, parecidos a los grabados de las escayolas de los palacios marroquíes.

Seguimos la ruta ya por carreteras en bastante peor estado, entre montañas boscosas y escarpadas grietas formadas por el lecho del río. El paisaje es espectacular, con esas colinas verdes tapizadas de miles de flores amarillas, o salteadas de rojos puntitos de amapolas. La primavera lo invade todo.

Entramos en un estrecho y poco profundo valle, completamente verde, de laderas suaves al principio y más escarpadas después. Ascendemos por una carretera con múltiples tornantis, que bien podría competir por trazado y paisaje con alguno de los puertos de alta montaña suizo. Pero como suele pasar, éste quedará en el olvido. Cruzamos las montañas para encontrarnos, allá abajo, con las enormes planicies de este lado del Atlas. El color verde sigue predominando, solamente interrumpido por el rojizo de alguna antigua kasbah ya en ruinas, o algún que otro pueblo enladrillado.

A unos cincuenta kilómetros de Khenifra, nuestro destino del día, paramos en una gasolinera y tomamos un té a la menta en su desproporcionado bar. Cientos de metros cuadrados con unas cuantas mesas donde algún grupo de marroquíes ven la televisión sin mucho afán. Al poco, se nos acerca un señor entrado en años y en carnes, vestido con un traje y un curioso sombrero.

– ¡Hola, amigos! ¿Cómo estáis?- nos habla en su perfecto inglés con extraño acento, posiblemente debido a la casi total ausencia de dientes superiores. Nos comenta que trabajó para una compañía aérea británica en Mauritania. Nosotros respondemos a varias de las preguntas típicas (¿De dónde venís?¿A dónde váis?…) y finalmente nos deja saborear nuestro té.

Al salir del bar, el hombre del traje nos vuelve a llamar.

– Está a punto de caer una tormenta, si queréis podéis alojados en mi casa. Os haré un buen cuscús -dice. Nosotros, como viajeros aún poco curtidos en conocer y fiarnos de gente local, declinamos cortésmente la oferta.

– Eres muy guapa- dice dirigiéndose a Belén. -¡Y tú también!- apunta mirándome a mí. Ups. Creo que tenemos que salir de ahí lo más rápidamente posible. Nos despedimos con un apretón de manos y arranco la BMW con la velocidad del rayo.

Un lago rodeado de verdes y suaves colinas nos sorprende tras una curva. Enfrente, el cielo parece a punto de romperse en mil cortinas de lluvia, mientras un tímido arco iris parece querer salir de entre los grises nubarrones. Miramos hacia atrás para ver cómo el sol aún es capaz de filtrar cientos de sus rayos entre las nubes, iluminando con esa luz celestial parte del asombroso lago. Sonrío pensando que estoy en Marruecos, aunque bien podría estar en Asturias o en Escocia. Sin lugar a dudas, este país es el de los mil contrastes.

Ya de noche, con un asfalto resbaladizo y empapado, intentamos localizar sin éxito el hotel en Khenifra. Cientos de personas abarrotan las improvisadas terrazas de los bares donde se han instalado pantallas de televisión. El fútbol y la Champions son los reyes. Conseguimos preguntar a algunos de los pocos que no están interesados en el partido, y nos indican la dirección del hotel.

Entre montañas, aislado de todo, se encuentra nuestro hotel. Al contrario de lo que pasaba con el resto de hoteles donde hemos estado, éste está regentado por marroquíes, y parece pensado para marroquíes. Sin estilo, sin encanto. Con lo mínimo o menos. Servicio amable, pero en un ambiente que no es acogedor. Una cena inmejorable, eso sí. De hecho es muy difícil comer mal en Marruecos. Una cama purísima, un minibar vacío que no es más que una pequeña nevera instalada al lado de un radiador eléctrico que se cae de viejo y unas sábanas lilas de dudoso gusto.

***

La noche es larga y lluviosa. La tormenta repiquetea en nuestra ventana y el viento aúlla con fuerza. Al levantarnos sigue lloviendo y fuera todo está completamente empapado. Las rieras no dan a basto e inundan parte de la carretera hacia Fez. Hace frío, y sigue lloviendo con fuerza al subir uno de los puertos. Supuestamente estamos rodeados por un precioso bosque de cedros, pero la niebla nos impide ver más allá de diez metros a nuestra redonda. 2ºC, comparados con los 32ºC de Merzouga. ¿No os decía que Marruecos es un país de contrastes?

Llegando a Fez, sale el sol tímidamente, pero unos negros nubarrones nos presagian que nos volveremos a mojar. Y así es. Afortunadamente la lluvia espanta a varias mobylettes que nos querían hacer de guía nada más entrar a la ciudad. Como viene siendo habitual, nos cuesta encontrar el hotel, a pesar de llevarlo perfectamente localizado en el GPS. Una entrada desvencijada, sin ninguna señalización y que casi da miedo, da lugar a un precioso patio luminoso, completamente decorado con coloristas azulejos y grandes columnas. Contrastes.

Contratamos un guía para adentrarnos en la inmensa y enrevesada medina de Fez. Comparado con ésta, la de Marrakech es de juguete. Quizá más colorista y vistosa para el turista, pero la de Fez tiene el encanto de lo auténtico. Multitud de artesanos trabajan sin ofrecer sus productos, cosa que le resta colorido y le suma encanto.

Tras subir a la terraza de una de las múltiples tiendas de cuero, veo la imagen que quería llevarme de la ciudad. Los inmensos huecos de arcilla llenos de mil y un colores donde las pieles se curten y se tiñen. Rojos, amarillos y azules completamente puros. Rodeando todas esas piscinas, viejas casas amontonadas una sobre otra. Y más arriba, el cielo que por fin vuelve a ser azul.

La visita es corta, pero suficiente para tomarle el pulso a esta medina. Es una ciudad en sí misma, con más de mil años de antigüedad. Y lo mejor de todo, es que la vida transcurre en ella casi sin variaciones después de tantos siglos. Como si estuviéramos en la época medieval. Me pregunto cuánto tiempo podrá resistir así. Me alegro de haberlo vivido antes de que cambie.

El sol ya calienta y las calles de Ouarzazate están animadas desde primera hora. Nos damos una vuelta con la moto, localizando los estudios cinematográficos donde se rodaron unas cuantas películas. Aunque el objetivo principal es comprar una crema de protección solar en una de las mil farmacias que vemos.

Nada más salir de la ciudad, el árido desierto de roca y piedra ennegrecida se apodera del paisaje. Solamente algunos cordones verdes de palmerales y verdes veredas logran zafarse del monótono mundo ocre. Y junto a ellos, viejos pueblos desordenados de rojizo adobe.

Aït Ben Haddou es parada obligada. Aunque aún no entiendo muy bien por qué. El viejo pueblo se encarama al risco que tiene detrás, ocupando una posición preferente sobre el río. No es más bonito que otros muchos del camino. Quizá algo más grande. Pero seguramente su fama le llega de haber sido el escenario de la película Gladiator. Efímera fama.

Decidimos seguir por esa carretera hasta Telouet. No estamos muy convencidos, ya que es una carretera local. A veces la vida te regala momentos inolvidables. Y ese fue uno de ellos. Sin duda. La carretera P1506 avanza hacia el norte dibujando curvas y más curvas al son de las montañas. De repente a nuestra derecha aparece un enorme cortado, como si la tierra se hubiera abierto en una herida sin cerrar. Y allá abajo, al fondo, estrechos palmerales intentan escapar de la oscuridad. Los pueblos surgen uno detrás de otro, en precario equilibrio sobre el precipicio. De lejos parecen abandonados, apenas unas cuantas paredes rojizas. Pero al acercarse, la vida te da en la cara de bruces. Niños yendo a la escuela, hombres trabajando en la puerta de su negocio o mujeres acarreando pesados fardos de leña. Donde no darías ni un duro por encontrar a nadie, resulta ser un pueblo lleno de vida. Curiosidades de este mundo loco.

El asfalto es cada vez más estrecho, apenas un carril por el que se ha de luchar cuando aparece un coche de frente: el que no se aparta se queda con él. En algunos tramos incluso llega a desaparecer y se convierte en una hacheada y pedregosa pista. A ambos lados, las montañas de consistencia arcillosa adquieren diferentes colores. Rojos, amarillos e incluso verdes nos sorprenden detrás de cada curva.

Unos pocos kilómetros después de Telouet, la carretera contacta con la nacional. Allí se acaba una de esas joyas escondidas de Marruecos, pero no las emociones. Nos quedan casi cien kilómetros de curvas de todo tipo. El puerto de Tizi-N’Tichka es larguísimo, y me atrevería a decir que todas sus curvas son diferentes. Más de 2000 metros de altura para atravesar el Atlas. Montañas nevadas cercanas y un trazado muy divertido, aunque el asfalto no pasa de correcto. En algunas curvas la gente local ha montado su chiringuito de recuerdos, enseñándote geodas de colores brillantes y atrayentes. Pero lo que quiero es llegar ya a la mágica ciudad de Marrakech.

El tráfico se intensifica, sobre todo al llegar a la ciudad. Nuestro hotel se encuentra en pleno meollo, en el centro de la Medina. Allí no entran los coches, solamente las omnipresentes mobylettes. Y yo con ellas. Estrechísimas calles llenas de gente, de comercios y de mobylettes. Intento hacer caso al GPS, y voy caracoleando entre puestos de especias, de babuchas o de lámparas maravillosas. Finalmente la Medina puede conmigo y debemos dejar la moto. Después de preguntar unas cuantas veces, conseguimos llegar a nuestro Riad. La moto, quedará aparcada rodeada de sucios coches en una pequeña placita, a la que tienen la osadía de llamar “parking”.

La Plaza Djemma el-Fna es el corazón de Marrakech. Cuando se pone el sol, riadas de gente, tanto turistas como locales, acuden a ella. Cuentacuentos, encantadores de serpientes, música, puestos de comida con cuscús recién hecho de donde salen insinuantes columnas de humo y aromas,… Es el encanto de la ciudad. Decidimos comer en uno de los puestecitos, de esos sin mantel donde no existe el lujo pero sí el encanto. Uno de esos sitios que recuerdas para siempre.

***

Desayunamos con tranquilidad en la terraza de nuestro hotel. Esperaba mejores vistas, pero no las hay. Plantas y blanquísima sábanas tendidas. El cielo azul sobre nuestras cabezas y aromas árabes nos arropan. Hoy es día de visitas a pie. Así que GPS en mano, nos volvemos a perder por las intrincadas calles de la Medina. La Madrasa de Ben Youseff y el Palacio de El Bahía son nuestros primeros objetivos. Por fuera no difieren nada de las casas adyacentes. Y dentro tampoco son especialmente vistosos. Estancias decoradas con estupendos artesonados y mosaicos de colores, rodean a patios donde una fuente refresca el ambiente. Me doy cuenta de que en medio del caos de la Medina, el verdadero lujo palaciego es el espacio.

Salimos del centro para dirigirnos a los jardines de La Menara. Tras más de una hora andando por aburridas y desérticas avenidas, llegamos a lo que no es más que un huerto de olivos y un estanque marronáceo donde parejas de enamorados y excursiones colegiales tiran pan a los pobres peces que no deben ver más allá de sus narices. Quizá el único aliciente de La Menara es hacer la típica foto del lago intentando reflejar sin éxito la pequeña construcción de tejados verdes, con el nevado Atlas al fondo.

Para la vuelta preferimos coger un taxi, que por poco menos de 3 euros nos planta nuevamente en la Djemma el-Fna. Comemos en un restaurante con terraza y vistas a la plaza. La vida cotidiana fluye a nuestros pies. Ancianos convalecientes que vuelven a casa montados en un carro, vendedores asediando a turistas o burros cargados con mil vasijas de barro. Mientras, los olores de Marrakech nos inundan. Olor a menta, a azahar, a cilantro o azafrán. Miro a Belén. No digo nada. Solamente quiero disfrutar del momento. Estamos en el centro de un universo muy diferente al nuestro. Tengo la certeza de que cuando regresemos a nuestras vidas cotidianas recordaremos estos aromas y nos trasladarán nuevamente a Marrakech en una esponjosa y colorida alfombra mágica.