TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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Cambiante. Esa es la palabra que llevo buscando durante toda la ruta de hoy para describir la meteorología. Había pensado en otras palabras más malsonantes para  la descripción, sobre todo cuando nos ha llovido, o cuando la temperatura ha bajado hasta los 7ºC. Pero he decidido que mejor escribir cambiante cuando el sol iba haciendo acto de presencia en pequeñas dosis.

Porque hoy todo ha sido a pequeñas dosis. Los fiordos del principio de ruta, con algo de sol, en realidad son pequeños pensando en los que nos esperan. Sus aguas son tan transparentes y de un verde esmeralda tan caribeño que despistan. Pero vamos, a ver… ¿No estábamos en el Círculo Polar Ártico? ¿Qué pinta ese agua verdosa aquí? ¡Como tras la siguiente curva me encuentre con una playa de arena blanca llena de cocoteros pido el libro de reclamaciones! Pero no. Tras la siguiente curva el paisaje se volvía más y más bonito. Era el mismo: montañas altas, cascadas en forma de hilos de plata y fiordo verdoso. Pero cada vez diferente. Y no soy capaz de describir las diferencias. Tendréis que venir a comprobarlas.

A medio camino, cerca de Narvik, y tras pasar una zona interior sin fiordos ni nada de nada -que se ha hecho algo pesada, por cierto- los aguaceros descargaban sobre las aguas ahora grises. Las cortinas de agua estaban milimétricamente delimitadas, al igual que nos pasaba a nosotros en la carretera: de una curva a otra podíamos pasar de la lluvia incesante al sol más cálido. Cambiante. ¿No os lo había dicho?

Y tras pasar el puente de Tjelsund dejamos la Noruega continental y nos adentramos en las islas más septentrionales del archipiélago de las Lofoten. Esa zona no es tan espectacular como la del sur, que veremos mañana. Hoy todo ha sido a pequeñas dosis, ya os lo he dicho. Pero aún así era flipante. Cada rincón de fiordo, rodeado de espectaculares montañas de roca, con algunas acumulaciones de nieve allá arriba, era único. Verdaderos circos montañosos, de puntiagudas crestas, que cercaban magníficos fiordos salpicados de pequeñas islitas donde algunos abetos acompañaban su suelo rocoso. El arco iris se mostraba, a pequeñas dosis, jugueteando entre las montañas, el mar y las nubes. Idílico. Cambiante.

Llegamos a Kabelvåg, un pequeño pueblo de pescadores muy cercita de Svolvær, la población más grande de las Lofoten.  Cuatro calles con casas antiguas de madera de vivos colores, un supermercado y un restaurante en el embarcadero, donde hemos saboreado un bacalao noruego excelente. Y nuestra humilde morada, con baño compartido pero a la orilla del mar, con dos pedazo de ventanales por donde a buen seguro el sol, que mañana sale a las 4 de la mañana, nos va a hacer madrugar, el muy jodido.

Postdata: el último, que apague las gaviotas, que tampoco me dejan dormir.

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Dios, en el séptimo día, descansó. Y a media tarde del domingo, aburrido pero descansado y lúcido, creó las Lofoten. Son una espectacular mezcla entre rías gallegas y Suiza. Paisajes completamente alpinos al borde del agua. Como mezclar chocolate con pulpo. Exquisiteces.

Las Lofoten son una suerte de islas montañosas desparramadas sin sentido aparente, bañadas por aguas extremadamente tranquilas, tanto que reflejan casi sin distorsiones el verde intenso de las escarpadas paredes que nacen desde la misma orilla.

Henningsvaer, con su pequeño puerto que divide la villa en dos, es especialmente acogedora. Las tranquilas aguas del muelle reflejan fielmente los vivos colores de las casas que se asoman a su orilla.

Para llegar a Unstad, se ha de atravesar un siniestro y tenebroso túnel, llegando finalmente a una tranquila y bella población a orillas de una cala donde se practica el surf.

Eggum, donde para llegar a su cabo hay que abonar -si vas en moto- 10 coronas noruegas. No hay cobrador, solamente una especie de buzón de hojalata. Ni que decir tiene que nadie pasa por ahí sin pagar.

La carretera que llega a Valberg es especialmente divertida -como casi todas las de la isla-. Negro asfalto recién puesto, quizá de hace pocos días. Sin baches, con curvas alegres que te invitan a pasarlas a ritmo, sin prisas pero disfrutando. Y con unas vistas sobrecogedoras de las demás islas montañosas del archipiélago.

Las carreteras van saltando de isla en isla mediante enormes puentes o en ocasiones, mediante espectaculares túneles que pasan por debajo del agua, adentrándose cientos de metros en la tierra para después volverlos a subir. Algunos de ellos pueden llegar a tener más de 9 kilómetros de largo!

Ballstad es otro pueblo de la ruta, que presenta un tranquilo puerto y un enorme almacén de pescado. Pero quizá el más encantador de todos es Reine, casi en el extremo oeste de las islas. Su maravillosa cala, sus casas de colores y sus barcos varados en las orillas son una valiosa recompensa para el viajero que haya osado llegar hasta aquí. Más allá solamente queda el pueblo de A (sí, así como suena… pero con un circulito encima de la A… realmente se pronuncia más parecido a nuestra “O” que a nuestra “A”). Pues A no tienen mucho que ver, pero solamente para decir que has estado vale la pena hacer los 10 kilómetros que lo separan de Reine.

Y una vez llegado hasta el final de las islas… decido volverme por donde he venido (no hay otra opción) e ir a dormir a Harstad, casi ya en tierra continental, donde llego a las 10 de la noche (pero aún con sol). Así mañana estaré más cerca de Tromso.

Y aquí tenéis otro video del viaje: El encanto de las Lofoten.


El encanto de las Lofoten
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Hoy he recorrido 569 kilómetros en 7 horas y 58 minutos, a una media de 71 km/h. El consumo ha sido de 4,4 l/100km. Ya hemos pasado el ecuador del viaje, llevamos 7071 kilómetros!

Y por supuesto, la ruta aquí:

The Long Way North. Day 12


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12.30 horas. Esa era la hora límite. El ferry que me llevaría a las Lofoten salía a esa hora a 360 kilómetros de donde me encontraba. Calculando con margen de seguridad, con que saliera a las 7.30 habría más que suficiente. Todos estos días el tiempo calculado por el google maps era sensiblemente superior al real. Hoy no tenía por qué ser diferente. Pero lo era. El GPS, mucho más fiable, me indicaba que llegaría al ferry a las… 12.10 siempre y cuando no hiciera ni una sola parada por el camino! Pues teniendo en cuenta que hay que repostar y que estaba lloviendo… muy justo lo veía. Y el siguiente ferry no salía hasta pasadas las 18.00!!

Así que sin más dilación me puse al tema. Arañando segundos al cronómetro, pero sin pasarme mucho de los márgenes legales. Así conseguí bajar hasta una hora de llegada de las 12.06; luego vinieron las obras (kilómetros y kilómetros de pista sin asfaltar… o sea, un auténtico barrizal).

Con muy poco tiempo para parar, pasé por los 66º 33’ de latitud; o lo que es lo mismo, el Círculo Polar Ártico! Solamente me daba para pararme al lado del cartel y hacer una foto testimonio… y a seguir, que aún hay que repostar!!

Los paisajes que rodean el Círculo Polar son extremadamente salvajes. Esas llanuras sin árboles, salpicadas de rocas enverdecidas por el musgo… Realmente un paraje desolador y muy acorde con la entrada al polo. Luego se fue suavizando,

hasta que volvieron a aparecer los árboles.

Y llegué al ferry a eso de las 12.10… con margen suficiente como para incluso tener que esperar un poco en la cola. Ataron la moto -esta vez son dos horas de ferry- y yo me subí a cubierta, donde incluso pude echar alguna cabezadita.

Las islas Lofoten comienzan a entrar en la categoría “SAVNVBA”: “Si Alguna Vez No Vuelvo, Búscame Allí”. Paisajes impresionantes, escarpados. Con montañas que llegan hasta más allá de los 1000 metros y que ascienden a pocos cientos de metros del agua., pero cubiertas por el velo blanco de las nubes que se amodorran entre las cumbres. Tranquilidad… El sitio ideal para perderse una temporada. Hoy solamente hice una pequeña aproximación, ya que la idea es visitarlas más en profundidad al día siguiente.

Me pierdo, conscientemente, por caminos sin asfaltar, en busca del embarcadero o de la casa de madera singular, fuera de las carreteras principales. Así llego a los pies de uno de los inmensos secaderos de bacalao que existen en la isla. Mientras, el sol intenta salir tímidamente, como bostezando y desperezándose, intentando apartar esa sábana de nubes que aún lo cubre.

Mi alojamiento está en una pequeña isla frente a Svolvaer. Es una pequeña habitación, pero para mí ya es mi casa. Y es que a todos nos hace falta tener raíces, no? Y si no las tienes cerca, arrelas donde mejor te sientas. Como en las Lofoten.

Hoy he recorrido 475 kilómetros en 5 horas y 59 minutos, a una media de 79 km/h. El consumo se ha disparado hoy, y ha sido de 4.8 l/100km. Llevamos 6502 kilómetros.

Y la ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 11


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Ver mapa más grande

Grandes dilemas han pasado por mi cabeza durante la planificación de esta parte del viaje, quizá la más importante. TheLongWayNorth no es simplemente un viaje en moto, de carreteras reviradas y experiencias moteras, sino que quiero compaginarlo con cierto contenido turístico y sobre todo fotográfico. Sé que es difícil contentar por igual a todas esas partes de mi: la motera, la fotógrafa y la viajera, pero he intentado llegar a un equilibrio, que si bien no es perfecto, creo que satisfará todas mis ambiciones.

Por eso la subida hasta Cabo Norte la realizaré por Noruega. Muchas ruteros prefieren subir lo más rápidamente posible, para cumplir el objetivo sin sorpresas, y bajar haciendo turismo por los fiordos. Pero mi regreso está previsto por otro lado, por los países del Este (es la parte que me falta planificar, y la que me entusiasma realmente… sin desmerecer los fiordos!),  así que mi viaje al norte será realmente largo y revirado, atravesando Noruega de sur a norte.
Oslo, Bergen, los fiordos del Sur, el glaciar Jostedalsbreen o las Islas Lofoten están dentro del trayecto. En total, desde Estocolmo serán -siempre que se cumpla la planificación, cosa que no tengo nada claro- 9 jornadas hasta Nordkapp. No hay descanso, excepto el día que pasaré en las Lofoten, en el que solamente recorreré unos 250 km. 
La jornada más larga serán casi 590 kilómetros de carreteras reviradas -ahora encontrar una autopista es misión imposible,… y aburrida-. Me he dado cuenta que en Noruega las jornadas no hay que planificarlas por kilómetros, sino por tiempo… ya que depende qué carreteras se tienen que recorrer extremadamente despacio, y además los ferrys te trastocan toda la programación. Así, tengo previsto una media de 8 horas diarias de conducción real, siendo alguna de ellas hasta de 9 horas y 45 minutos. Intentaré madrugar, sobre todo en estas etapas maratonianas, aunque la gran cantidad de horas de sol de las que dispongo en esta época del año seguro que me ayudarán a concluir alguna jornada que otra. A esto hay que sumarle que no tendré alojamientos reservados, y no es plan de buscarlos a eso de las 9 de la noche en un país escandinavo, donde supongo que los horarios no son como en España.
A decir verdad, lo que más me preocupa es aguantar día tras otro este ritmo… Pero sin dificultades,  los retos y las aventuras dejan de serlo. La satisfacción de realizarlos es directamente proporcional a las dificultades encontradas.
Como vengo haciendo, ahí arriba tenéis el mapa. Y aquí el rutómetro más detallado.
Por favor, si has estado por la zona y me quieres dar alguna recomendación en vistas de la ruta prevista, no dudes en dejar un comentario. Me irá de fábula!