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La aventura de cada fin de semana

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La ruleta francesa tiene 36 casillas, la mitad roja y la otra mitad negra. La probabilidad de ganar un pleno apostando a un solo número es de 1 de cada 37 veces. Yo no estaba dispuesto a arriesgar tanto. Un viaje de más de 1700 kilómetros a Mónaco y la Costa Azul con la Kawasaki GTR 1400 era una apuesta segura. Prefiero siempre apostar a ganar

Afortunadamente comienzo a acostumbrarme a pilotar otras motos que no son la mía para hacer ciertos viajes. Los 1700 kilómetros de este fin de semana los haría con una devoradora de kilómetros. Así sí que se pueden hacer las cosas! Gracias nuevamente a Solo Moto por brindarme la oportunidad de probar esta gran moto en su salsa!

Salir de Barcelona el primer fin de semana de Julio tiene algunos inconvenientes. Caravanas kilométricas y un sol de justicia, que afortunadamente iban disipándose conforme transcurrían los minutos. En un primer momento pensé que el volumen de la GTR sería un lastre importante de cara a evolucionar entre el laberinto de coches que se dirigía hacia las playas de la Costa Brava, pero no fue así. La agilidad -relativa, estamos hablando de una Gran Turismo-  de la moto y su elástico motor, con una respuesta en bajos extasiante facilitaron la tarea en gran medida.

Hasta el precioso pueblo de Collioure, primer enclave francés de la costa, fueron 2 horas deliciosas, tomando contacto con la moto, con su motor lleno de par y con su maravillosa cúpula variable, que permite hacer cruceros de vértigo sin despeinarse, literalmente. Llegar al pueblo costero en la hora azul, con sus calles animadas y su pequeña cala amurallada pusieron el broche de oro a la jornada. Una crêpe (que aquí llaman galette) de bacon y mozarella a orillas del mar, observando pasar los minutos en el reloj de la torre, sirvieron para reponer las pocas fuerzas gastadas hasta el momento.

El sábado fue el día fuerte. Los más de 700 kilómetros programados comenzaban con 350 de autopistas francesas, donde los conductores están mucho más acostumbrados que nosotros a conducir por la derecha. Tienen un gran respeto por los motoristas y no dudan en dejarte sitio para adelatarlos en cuanto es posible. El inicio de la ruta la compartimos con sendas BMW Adventure inglesa y francesa, como si fuera el comienzo de un chiste malo, “un francés, un inglés y un español…” Y es que era de chiste ver la sombrilla a rayas amarillas y blancas que portaba el inglés entre sus maletas.

A un buen ritmo, cobijados tras las enormes protecciones de la Kawa, fueron transcurriendo cómodamente los kilómetros. El calor apretaba, y el ir vestido de romano -siempre aconsejable- no favorecía la refrigeración en absoluto. Perpignan, Narbonne, Nîmes, Arles, Aix-en-Provence iban quedando atrás mientras la GTR 1400 ronroneaba plácidamente a medio régimen. La temperatura seguía aumentando, ya a más de 32ºC y los trajes y la pantalla no dejaban pasar ni una brizna de aire, por otro lado excesivamente caliente como para refrescar. Varias paradas para repostar (se me antoja algo escaso el depósito de combustible que a pesar de presentar una autonomía de más de 300 kilómetros, se agota antes que piloto y pasajero) y finalmente salimos de la autopista en busca de las carreteras más extasiantes de la Provenza francesa.

Las de las Gorges du Verdon fueron las primeras curvas que aparecieron en el camino. Buen asfalto, fuimos enlazando curvas poco a poco. Muchísimos moteros aparecieron por todos lados, pero sin locuras. Parece que todos hemos venido a bailar con las curvas, y no a pelearnos con ellas. A plena carga y con pasajero, el renovado sistema K-ACT de freno coactivo hace que detener esa cantidad de kilos es casi un juego de niños. Además, apurar frenadas nunca me ha parecido tan fácil sabiendo que tienes toda la electrónica de los sistemas de seguridad activa (ABS incluido) protegiéndote.

Seguimos hasta Castellane y posteriormente hacia Entrevaux, pueblo de imprescindible visita para los ruteros que visiten la zona (además cuenta con un pequeño museo de la moto). El asfalto en mal estado y las curvas reviradas que vinieron a continuación me hicieron trabajar algo más. Y es que el tarado de las suspensiones, que endurecí por el peso ahora pasaba factura. En aquel momento no pensé en ablandarlas ligeramente desde el cómodo pomo que aparece por un lateral de la moto. En esas circunstancias, el término “negociar la curva” adquiere su máxima expresión: realmente es una negociación a tres bandas: la moto, la curva y el piloto. Afortunadamente aposté bien y gané en todas las curvas. Y es que parece que estoy en racha!

Murphy decía que las cosas siempre pueden empeorar. Y casi siempre tiene razón. Las carreteras reviradas y con mal asfalto se tornaron casi impracticables, repletas de gravilla y socavones durante algunas decenas de kilómetros. En estas circunstancias, el control de tracción KTRC y el ABS de la Kawasaki GTR 1400 fueron los auténticos protagonistas, y acabaron dándole una buena lección al señor Murphy.

Espectaculares las Gorges du Daluis. Piedra rojiza, alucinantes acantilados y paisajes que hacían que disfrutar de la carretera sea de lo menos importante (y de verdad que se disfruta!). Desdoblamientos imposibles, donde un carril se introduce en un lúgubre y estrecho túnel mientras que el otro juega a entrelazarse con el acantilado, en equilibrio con los cortantes que cortan hasta el hipo, mientras el sol baña las rocas con la cálida luz del atardecer. Todo es tan idílico que los 300 kilómetros de curvas ininterrumpidas (sumados a los 350 de autopista) hacen que un día aparentemente durísimo sea tan agradable. Y en parte se lo debo a la GTR, que minimiza de manera increíble las distancias, que solamente se notan en el cuentakilómetros.  En pocos kilómetros llegaremos a la Costa Azul, donde el lujo y el glamour nos deslumbrarían.

Cenar en una terraza en los boxes de uno de los circuitos más famosos del mundo es algo que solamente se puede hacer en Mónaco. Dar unas cuantas vueltas a su circuito urbano disfrutando del frescor nocturno es el penúltimo placer del día, aunque no seas amante de la Fórmula 1. Las curvas de Santa Devota, el Casino, Loewe, el mismísimo Túnel o la Rascasse van cayendo una tras otra. A la tercera vuelta, aún esperando una indicación en la pizarra desde los boxes, intento parar en la puerta del Casino para inmortalizar el viaje, pero la caravana de Ferraris, Porsches o Bentleys de los que descienden vertiginosos tacones, minúsculas minifaldas y grandes calvas con pantalones de lino y carteras repletas me impiden aparcar la Kawa GTR. Así que decido parar en otro lugar mítico, la curva más lenta de toda la Fórmula 1, que continúa con sus pianos que han vivido y sentido más de 1000 batallas.

El retorno al hotel vino presidido por la pérdida del GPS en una de las curvas saliendo de Mónaco. Nota mental para el viaje a Cabo Norte: Apretar fuertemente el velcro del GPS es fundamental! A pesar de su aparentemente buen estado, el Garmin ha dejado de funcionar.

El domingo era el día de regreso. Visita relámpago a Cannes y su auditorium, cuya alfombra roja han recorrido cientos de glamourosos actores de Hollywood. Y a pocos kilómetros Grasse, la cuna mundial del perfume. Esperaba encontrar campos repletos de flores multicolores pero no los busquéis: no están allí; sí encontraréis callejuelas estrechas formadas por casas que casi se besan, y sobre todo museos y tiendas de todos los perfumes imaginables.

Y después… autopista directa hacia Barcelona. Los 800 kilómetros totales del día anterior (y los 200 del viernes) no pesan en absoluto. La posición de la GTR es muy relajada y permite grandes distancias sin problemas, aunque preferiría un manillar algo más elevado, será que estoy acostumbrado a las trail… Pero su mullido asiento, con la firmeza justa, no lo cambio por nada. Ni la pantalla, claro!

En algunos momentos decido activar el modo ECO, que baja ligeramente las prestaciones (hay suficiente potencia como para que no se note en exceso) y reduce ostensiblemente el consumo. Las gasolineras de las autopistas francesas están en general algo más alejadas entre ellas que en nuestro país, por lo que en algún repostaje tuve que apurar algo más de la cuenta pero sin mayores problemas. La suerte sigue de mi lado.

Calor… Ha sido el fin de semana del calor. A la altura de Montpelllier cayó algo de agua proviniente de la tormenta que llevaba tiempo acechando desde el horizonte. Se agradeció el olor a tierra mojada y la leve disminución de la temperatura, que por otra parte fue momentánea.

Ya de noche y en España, quedaba el último escollo que salvar. La impresionante caravana que se formó a 60 kilómetros de Barcelona, por otra parte previsible en las noches de domingo veraniegas. Nuevamente el volumen de la Kawa quedó minimizado por una más que sorprendente agilidad para pasar entre coches, como si fuera un gran luchador de sumo bailando grácilmente una pieza de Tchaikowski. Sus anchos retrovisores sirven de referencia: si pasan, las maletas también pasarán sin problemas. Y así llegamos hasta el final de la ruta, cansados pero satisfechos de haber compartido un fin de semana con una rutera de verdad.

EPÍLOGO: 1730 kilómetros en dos días y medio no pesaron en absoluto a la hora de madrugar el lunes para ir al trabajo. Ni una agujeta. Genial. Bajo al parking y la veo allí. La GTR me espera para otra aventura diaria. Y es que con ella aposté a ganar… y acerté!

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Como era de esperar, una ligera llovizna riega Biarritz a primera hora de la mañana. Me preparo para la jornada motera, que se prevé muy divertida pero cansada. El desayuno quizá fue demasiado justito como para aguantar lo que me espera. Antes de partir toca cargar el miniequipaje en la Z1000 y poner en marcha el GPS, que se resiste a enseñarme la ruta hacia donde quiero ir. Tras un tira y afloja con los electrones, nos ponemos ambos de acuerdo.

Hacia Pau y Lourdes, sin pisar autopista. Esa es mi idea, disfrutar las carreteras francesas con ese asfalto en buen estado, los pueblos pintados con flores de colores y los conductores locales con esa educación. Pero no contaba yo con las rotondas. Los franceses aman las rotondas… seguro. En algunos momentos pienso que la carretera no es más que una serie de rotondas conectadas por unos pocos cientos de metros de asfalto.

A pesar de las rotondas, la ruta hacia Lourdes está plagada de pequeños pueblecitos que albergan rancios palacetes y castillos, flores hasta la saciedad y ríos caudalosos que atravesar por cuidados puentes de piedra. Y qué decir de los frondosos y fornidos plátanos que enmarcan la carretera hasta muy arriba, como si entraras en la nave de una inmensa catedral gótica vegetal. Este estallido de color verde se repetía frecuentemente a la entrada o salida de los pueblos.

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Y Lourdes, justo cuando al fin deja de llover. Y es que la lluvia y el sol continúan echando su pulso desde ayer. Y por ahora siguen empatados. Las calles céntricas de Lourdes, todas llenas de puestos de souvenirs y locales para comer, no me hacen pansar que estoy en uno de los mayores centros de peregrinaje del mundo. Mirando detenidamente los souvenirs que venden, te das cuenta que el merchandising religioso está en pleno auge en la ciudad. Obviamente no podía salir de ahí sin la virgen-cantimplora que Fabián compró cuando salió a dar una vuelta hace unas semanas.

Y desde allí, parto hacia el sur para rememorar esas tardes de Julio cuando mientras me echaba la siesta veía el Tour de Francia por el rabillo del ojo. El Tourmalet, mítico puerto de montaña, de más de 2.100 metros fue mi siguiente objetivo. Asfalto seco y bueno al inicio de la ascensión. Me encuentro a un grupo de moteros españoles que también fueron cautivados por la llamada del célebre puerto. La Z1000 va abriéndose paso uno a uno… y es que esta es una moto pensado para eso… curvas y más curvas… enlazándolas a buen ritmo. Da igual que sean rápidas o lentas, la Kawa es una auténtica devoradora de curvas… y también de las rectas que las unen… porque sacando toda su caballería, las rectas simplemente desaparecen. Mientras ascendemos, comienza a llover (no es que la lluvia venga hacia nosotros, sino que con la ascensión hemos penetrado en la propia nube). El asfalto comienza ya a estar bastante mal, tanto por los baches como por el agua, por lo que toca aflojar el ritmo, y pararse a hacer alguna que otra foto. Y es que no había podido desviar la mirada de la carretera, pero yendo más lento es posible apreciar la belleza del paraje pirenaico. Este era un viaje de ruta,… pero es muy difícil escaparse de la llamada de la Z1000 que te embauca con su aullido atroz más allá de las 7000 rpm. cual canto de sirenas.

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Uno de los problemas que me voy encontrando es el de las gasolineras. Los domingos la mayoría no tienen personal, y se pagan automáticamente mediante tarjeta de crédito. El problema es que solamente admiten tarjetas francesas. Ni la Visa Oro me salvó. La Z1000 no se caracteriza precisamente por sus espartanos consumos, y el depósito, aunque es voluminoso a primera vista, no es demasiado grande. Así que después de dos intentos frustrados de repostar, he de marchar hacia la frontera española sufriendo por encontrar alguna gasolinera. Tras pasar la abandonada línea fronteriza, encuentro la primera gasolinera española, donde le cupieron 15,7 litros… cuando la cifra declarada de capacidad del depósito era de 15 justos… Vamos que llegué seco seco!

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Recorrer la Vall d’Aran fue un tremendo gustazo. Curvas rápidas, asfalto impecable, y una moto potente pero dulce, estable pero ágil… En estas circunstancias la Kawa Z1000 es una moto que roza la perfección. Desde allí hasta Tremp las carreteras son simplemente magníficas. Llevaba más de 400 kilómetros a mis espaldas, pero estaba disfrutando como un enano. Tumbadas de vértigo, apuradas de frenada, aceleraciones extasiantes… Yo iba a hacer ruta, no? Se supone que tendría que tomarme las cosas con tranquilidad, no? Imposible con esta moto.

Mi cara de satisfacción acabó en cuanto descargó el nubarrón que me perseguía. Un tremendo aguacero me hacía intuir la carretera, más que verla. Así que cambiamos el chip y pasamos al modo de conducción segura, que a la postre me llevaría sin más contratiempos hasta casa. Antes tocaba bajar hacia la autovía A2 para merendarme los últimos 120 kilómetros, ya sin lluvia pero con unos fantásticos arcoiris que dibujaban el camino a casa. Finalmente llegué tras más de 8 horas y media encima de la moto, que se mostró mucho más cómoda de lo que pensaba, con un asiento fantástico pero con unas suspensiones muy duras… Y es que no se puede tener de todo!

En resumen, un viaje de 1508 kilómetros, donde he podido constatar que el rutero es el piloto. La moto solamente es la herramienta. Algunas están pensadas para devorar kilómetros. Otras simplemente te llevan. La Kawasaki Z1000 ha salido aprobada con nota en casi todos los terrenos. Porque la autopista no está hecha para ella. Ni para el rutero. Pero en el resto…. Gasssss!

Es un lujo tener amigos. Pero lo es más si son capaces de posibilitarte fines de semana como éste. En mi afán por hacer kilómetros y kilómetros de prueba de cara al TheLongWayNorth, desde la revista Solo Moto me facilitaron una moto como la Kawasaki Z1000 del 2010. La idea era realizar un viaje de fin de semana, totalmente rutero, con una moto que de por sí no es que sea muy rutera. Obviamente no pude negarme!

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Como suele pasar siempre que sales de Barcelona, los primeros kilómetros transcurren por autopista. Autovía en este caso, hacia Zaragoza. No es el mejor medio para que se desenvuelva una naked, pero me sorprendió gratamente lo que puede llegar a proteger la minicúpula que lleva… siempre que te muevas en velocidades estrictamente legales. Durante esos 300 km la emoción la puso el sol, jugando con la lluvia caprichosamente: ahora hace sol, ahora diluvia… ahora vuelve a hacer sol. Afortunadamente llevaba conmigo los guantes de invierno -impermeables- y los usé… vaya si los usé! Los negros nubarrones intentaban acallar al sol kilómetro a kilómetro, pero éste siempre encontraba una pequeña rendija para colarse e iluminar todo ese paisaje empapado.
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El trayecto desde Zaragoza hacia el norte tampoco estuvo exento de lluvia y de nubes. Los campos peinados con esas pequeñas colinas vírgenes salpicadas aquí y allá forman el paisaje maño. Halcones en la carretera intentando cazar su presa a pie de arcén, el olor a tierra mojada y los campos de cultivo tímidamente bañados por el sol configuran el escenario que me voy encontrando. En las carreteras con curvas rápidas y buen asfalto es donde la Z1000 se encuentra en su salsa. Acelerar esos más de 130 caballos entre curva y curva es de lo más gratificante. Cuando la carretera se arruga, como desperezándose y querer despegarse del suelo, es cuando peor lo pasa la Kawa: sus suspensiones relativamente rígidas hacen que la moto se aguante de fábula en curvas rápidas, pero penaliza cuando hay socavones en la carretera. Y así fueron pasando los kilómetros, mientras el sol y las nubes continuaban con su particular orgía: ahora lluvia, ahora sol, ahora calma…

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Riglos, Jaca, Sabiñánigo, Bielsa y Panticosa, antes de entrar en Francia. Los últimos metros españoles, ahora sin lluvia, fueron de lo más deliciosos. Una vez en Francia pude disfrutar de sus carreteras nacionales, con buen asfalto y mejores conductores, que automáticamente se apartaban a mi paso. Adelantar con la Z1000 en sexta a golpe de gas hacía las cosas mucho más fáciles.

Finalmente llegué a Biarritz, la población glamourosa de la costa atlántica francesa. Muchos surferos, muchos turistas y un casino (bastante feo, por cierto). El sol había ganado finalmente la batalla e iluminaba la ciudad con esos tintes rojizos de las últimas horas del atardecer. Una pequeña escapada a Zarautz (65 km) para hacer unas fotos que me habían encargado, y vuelta a Biarritz a cenar y a descansar.

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