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La aventura de cada fin de semana

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En mis más de trescientos mil kilómetros de moto no había visto nada igual. Con un desnivel exagerado las galerías, los túneles y los tornanti se iban sucediendo uno tras otro. A veces incluso se solapaban y encontrabas un tornante dentro de una galería. Tras cuatro curvas estábamos exactamente en el mismo punto, pero treinta metros más abajo. ¡Es una carretera de locos!

Amaneció soleado. Bueno, supongo. Porque siempre nos levantamos unas horas después de que amanezca. De hecho generalmente somos los últimos en desayunar en el hotel, y es que entre escribir crónica, editar fotos o preparar la ruta del día siguiente siempre nos acostamos a las tantas. El hecho es que hacía sol, y eso es una novedad. Hoy pisaríamos cinco países. Nunca había hecho nada parecido en un solo día. Comenzaríamos por Alemania, donde nos encontrábamos. En pocos kilómetros pasaríamos a Austria, luego a Liechtenstein, a Suiza y finalmente a Italia. Si, hoy iba a ser un gran día!

Los Alpes nunca defraudan. Aunque los hayas recorrido mil veces, siempre te quedarás con la boca abierta admirando sus enormes montañas, sus espectaculares valles y sus radiantes praderas verdes, de un verde que hace palidecer cualquier otro color. Mires donde mires siempre habrá algo que te impresione, ya sea el paisaje, la carretera o los delicados frescos que tienen las fachadas de los pueblecitos del Tirol austríaco. Muy bien cuidados, con tejados elaborados y asombrosos dibujos en sus paredes.

Liechtenstein no es que tenga excesivos atractivos turísticos, a excepción del castillo, que preside desde lo alto a la capital, Vaduz o el ayuntamiento, recargado y rococó. La capital no es más que una carretera que transcurre al lado de una pequeña calle peatonal donde se agolpan los negocios. Y lo que les sobra a los países con una sola carretera principal, llámese Andorra o Liechtenstein, son atascos. En estas latitudes comienza a apretar el calor, y transitar detrás de un autobús a veinte por hora a pleno sol deja de ser agradable. ¡Casi añoramos el frío de otras latitudes! (bueno, quizá no…).

En Suiza paramos a comer en la placita de un pequeño pueblo. Un anciano se acercó, saludó y se puso a nuestro lado a mirar cómo pasaba la vida delante de sus envejecidos ojos. A veces nos miraba casi a escondidas. Puede que me lo invente, pero me pareció ver un brillo de ilusión en esas miradas cortas pero intensas. Una mirada de envidia, admiración y aceptación. Acabamos nuestra ensaladísima y continuamos ruta para buscar uno de los platos fuertes de la jornada: el Splügenpass.

De todos los puertos de montaña alpinos que he recorrido -y han sido unos cuantos- no he encontrado unos tornanti más fotogénicos que los del Splügenpass. No son muchos kilómetros, pero son perfectos, simétricos y coquetos como el lateral de una Comtessa o como las formas que describe la miel al echarla sobre la cuajada. Y todo eso enmarcado en el constante verde de los veranos alpinos. ¿Se puede pedir más? Y así llegamos a Italia, quinto y último país del día.

La bajada del Splügenpass hacia Chiavenna es de locos. No concibo que el ingeniero que la haya diseñado esté cuerdo. O eso o es un genio. Por segundo año consecutivo recorrimos esos kilómetros de galerías, de túneles de tornantis imposibles que se retuercen sobre sí mismos, a veces suspendidos en endebles columnas, a veces metidos dentro de la montaña en oscuros túneles. Y por segundo año consecutivo me pasé riendo a carcajadas todo lo que duró, sorprendiéndome curva tras curva. Si subiendo el Splügen bailas un vals con las curvas, este tramo es puro rock and roll! Es sin duda mi recorrido alpino favorito. Y no por las vistas, para eso ya hay otros puertos excepcionales. En éste los paisajes no son nada del otro mundo. Bueno, en realidad no lo sé, porque es imposible despegar la mirada de la cinta de asfalto que se contorsiona en dibujos inviables.

El lago di Como apareció abriéndose lentamente entre las montañas. En un primer momento me resultó chabacano, con cientos de turistas acarreando sombrillas, colchonetas de playa y toallas. Cuanto más al sur, lo ordinario deja paso al glamour. Las impresionantes villas italianas, con sus cuidados jardines se van alternando con pequeños pueblecitos con preciosos y delicados campanarios. Los hoteles de lujo con los descapotables en la puerta están a la orden del día. Pero de principio a fin, durante los más de sesenta kilómetros, el lago di Como es un auténtico caos circulatorio. Es un atasco continuo en el que no hay lugares para adelantar. Algo malo debía tener.

Y finalmente, Milán. La ciudad del Duomo más impresionante, afiligranado y puntiagudo que existe. La ciudad de las grandes galerías comerciales, de las enormes avenidas y de las largas calles repletas de vías de tranvía y adoquines. Una cena normalita -aunque en Italia hasta lo normalito está exquisito- y un sablazo en el precio no podrían borrar esta jornada de mi memoria. Me miro al espejo y veo a un viajero cansado, veo las casi cuatro semanas de moto, los catorce mil kilómetros recorridos y los veintisiete post colgados de manera ininterrumpida. Pero también veo la misma mirada que el anciano de la comida. Una mirada que rebosa ilusión. Y la ilusión -no tengo la menor duda- es la mejor de las gasolinas.

Mil y pico kilómetros de aburrida autopista, de esa que ya te conoces por haberla recorrido cien veces, se supone que dan para reflexionar. Eso pensaba yo esta mañana mientras daba cuenta de la exigua tostada del pobre desayuno. Sería el momento de reflexionar lo vivido y sacar todo el jugo que me ha regalado este viaje.

Pensaba que en estas horas volvería a recordar el intenso azul del Adriático. Sí, ese azul “istriónico” que descubrí los primeros días de viaje. Pero no. Estaba demasiado ocupado en mantenerme a unos legales 130 km/h. No quería sorpresas de último día.

Creí que volvería a notar los fantasmas de la guerra que sentí en mi paso por Bosnia. Sí, esos balazos en cada una de las viejas casas que aún siguen habitadas. Pero tampoco. Estaba demasiado pendiente de no olvidarme de coger ninguno de los tickets de los peajes italianos.

Estaba seguro que recordaría a los niños de la frontera de Kosovo. Sus sonrisas subidos encima de la BMW y cómo desaparecieron mis miedos a cruzar esa frontera. Pero no. Estaba concentrado en pasar entre los coches en los múltiples atascos franceses.

Pensaba que se me saltarían las lágrimas recordando la durísima pista albanesa que me hizo atravesar las montañas y que consiguió que me creyera capaz de todo lo que me propusiese. Pero mi cabeza no podía pensar en otra cosa que en calcular las paradas para repostar.

No dudaba que recordaría el espectacular verde de los lagos de Plitvice, ese que podría catalogarse como uno de los verdes más bonitos que existen. Pero era incapaz de recordarlo mientras veía los restos negruzcos y cenizos del devastador incendio de La Jonquera.

Estaba seguro que me abandonaría a la emoción al entrar en el parking de mi casa, una vez concluida esta fenomenal Ruta Balcánica. Nada de eso. Solamente podía pensar en la ansiada ducha, en preparar la cena y en la fantástica cerveza que me merecía.

Y es que el pasado es eso, pasado. Los recuerdos y las emociones no hay que olvidarlas, sin duda. Pero no para deleitarse con ese rancio recuerdo de un pasado añorado, sino como experiencia y complemento al futuro. Los azules, los fantasmas, los niños, las piedras, o los verdes por supuesto que serán el mejor bagaje posible para disfrutar con más intensidad si cabe del próximo reto. La Ruta Polaca comienza en menos de cuatro días. ¿Te lo vas a perder?

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Llevaba casi quinientos kilómetros de curvas y más curvas por los Dolomitas. El GPS marcaba menos de veinte para el destino, Bérgamo. Pero aún debía superar un puerto más, el Passo Tonale. Se me hacía pesado, pero era un último esfuerzo. Unas cuantas curvas de subida, unos cuantos “tornanti” de bajada y… Bérgamo no aparecía por ningún sitio. Comenzaba a hacerse de noche. Paré en el arcén a intentar entender qué cojones me indicaba el GPS… Ahí no había ningún hotel. De hecho por no haber no había ni ciudad. Introduzco una nueva búsqueda en el aparatito y… Mierda! La indicación era clara: “Hora estimada de llegada: 22:20”. Aún quedan ciento cincuenta kilómetros más para Bérgamo.

Los pocos kilómetros por carreteras secundarias de Eslovenia me supieron a poco. Siempre le había tenido especial manía a las carreteras eslovenas -no a su capital Ljubljana, que me parece preciosa y coqueta-, ya que las dos veces que he cruzado el país he tenido que aguantar caravanas kilométricas. Claro, que era por autopista. Esta vez, al hacerlo por carreteras locales, no pude hacer otra cosa que apuntar Eslovenia en mi lista de “lugares por redescubrir”.

Y por fin, los Dolomitas, una de las asignaturas que aún tenía pendiente. Había visto sus imponentes y afiladas torres rocosas en la distancia varias veces, pero nunca me había aventurado a recorrerlos. Ésta era la ocasión perfecta. Teniendo el modo “distancia más corta” en el GPS te puedes encontrar sorpresas agradables. En uno de esos desvíos a primera vista inútiles, conseguí descubrir una pequeña carreterita a duras penas asfaltada, que ascendía entre montañas y bosques, con “tornanti” imposibles y desniveles de vértigo. Desde ahí se podían disfrutar unas vistas magníficas de los valles vecinos. Al final para volver a la misma carretera por donde iba, pero lo cierto es que fue de lo más gratificante. Para mi. El freno trasero de la BMW igual no opina lo mismo, ya que dejó de funcionar a media bajada, presa de un sobrecalentón momentáneo.

Llegando a Cortina d’Ampezzo el espectáculo visual era indescriptible. Mirara por donde mirara, gigantescas moles de roca caliza ocultaban buena parte del cielo, subiendo en paredes casi verticales hasta casi tocar las nubes. Estaban por todos lados, y la perspectiva iba cambiando a cada giro de la carretera. Era imposible no mirar hacia arriba en lugar de a los magníficos trazados de las carreteras de montaña italianas. Son mucho más brutales que los Alpes, que a pesar de ser también impresionantes, no muestran esa rotundidad y brutalidad hecha roca.

Mi amigo Coco me había recomendado un círculo de puertos de montaña indispensables en los Dolomitas. Desde Arabba a Gardena y vuelta por el otro lado, rodeando el impresionante macizo de Piz Boé, siempre por encima de los 1700 metros de altura. El Passo Campolungo, con sus delicados y suaves “tornanti”; el Gardena, flanqueado a ambos lados por dos gigantescas moles de roca caliza; el más discreto Sella y finalmente el majestuoso Passo Pordoi, con sus veintisiete “tornanti”, muchos de ellos primorosamente enlazados, como haciendo encaje de bolillos. Llevaba ya más de trescientos kilómetros, comenzaba a estar cansado. Pero este recorrido por los Dolomitas había valido la pena. No solamente por la belleza de los trazados, sino por el grandioso espectáculo de sus paisajes.

Y ahí estaba yo, con cara de tonto mirando un GPS que me indicaba que además de lo ya hecho -que era mucho- aún me quedaban dos horas para llegar al hotel. En un momento se esfumaron esos spaghetti alle vongole con esa cerveza bien fría que me venía imaginando desde hacía bastantes curvas: a esas horas es difícil cenar en Italia a no ser que sea en un inapropiado McDonalds. Hoy tocaría acabarse una de las últimas ensaladísimas Isabel y un buen trozo de salami al ajo que compré en Arabba en una cochambrosa habitación de un ruidoso hotel. Porque la tecnología es lo que tiene: es capaz de regalarte rutas alucinantes imposibles de planificar, y también capaz de aguarte la cena. Ay, ¡cómo echo de menos mi roadbook! Pero hacer las cosas sin planificar es lo que tiene. Sobre todo cuando no le haces caso al mensaje “error al calcular la ruta” que salió por la mañana en el GPS. Han sido más de seiscientos kilómetros de curvas y casi once horas en marcha encima de la moto. Pero como ya sabéis, de cosas como ésta se forja la aventura.

 

 

Balcanes 13


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Era una gran incertidumbre, si. Han sido los 16 kilómetros más largos de lo que llevo de viaje. Yo hice lo que tenía que hacer. Si al entrar en la autopista la máquina no te da ticket, le das al botón de “ayuda”, no? Pues eso hice. Con lo que no contaba es con que se abriera la barrera. Así, de improviso, invitándome a seguir el viaje. Y ahí estaba yo, esperando a llegar a la siguiente salida, esperando con temor la garita del peaje.

La noche fue larga y penosa. Mi espalda no estaba para muchos trotes y el estado de ese colchón blando y viejuno no aportaron nada bueno. Con dificultad pude arrastrarme hasta el bar para desayunar. Afortunadamente fue mejorando ostensiblemente conforme iba transcurriendo la jornada. Y la jornada transcurría a las mil maravillas, con el “método McBauman” para encontrar carreteritas y rincones escondidos. Fueron algunos “por aquí no era”, pero en general fui avanzando a buen ritmo.

En Parma utilicé el “método Silvestre” cuando me encontré con la zona peatonal. Sí, ese de no preguntar nunca y seguir avanzando. Y así me colé hasta la cocina. En plena plaza con el Duomo y el Babtisterio. Hasta allí llegamos. Lo más destacado ha sido el interior de la catedral, completamente recubierta de unos bellísimos frescos. Lo peor, que a pesar de los 10 minutos de conversación con la señorita de Movistar, que me reiteraba que estaba solucionado, sigo sin 3G.

Continuaba el olor a heno por las carreteras camino de Padua. Y yo que pensaba que el heno donde mejor se olía era en Pravia… La ruta finalmente se fue convertido en una sosez, aunque por algún pueblecito interesante he pasado. Cuanto más me acercaba a Venecia, más se parecían los campanarios a los de esa ciudad. Es lo interesante de viajar en moto, que todo son difuminados y transiciones, las cosas van apareciendo poco a poco, como pidiendo permiso. Y eso incrementa la sensación de no tener prisa. Y eso me gusta.

Una cocacola rápida en el McDonads (a la postre lo único que he bebido hasta que he llegado a Trieste), aproveché para ponerme al día de las redes sociales y… oh! Solo hay wifi gratis para los móviles italianos… Esto comenzaba a ser ya signo inequívoco de venganza por lo de la Eurocopa… Es el precio que hay que pagar por ser campeones!

Pero yo seguía disfrutando de los palacetes y campanarios de los pequeños pueblos como Cologna, las vides emparradas que formaban todo un toldo verde en los campos vecinos, o los maravillosos túneles vegetales a modo de bienvenida de los acogedores pueblecitos.

Padua tiene un casco viejo plagado de palacios, iglesias y edificios de estilo señorial, algo recargados pero elegantes. Muy burgués, en definitiva. Ahí me di cuenta que, como los franceses, a los italianos tampoco les gusta mi VISA a la hora de repostar. Pero al menos aquí puedes pagar en efectivo en las máquinas automáticas, lo que me salvó de un buen marrón!

Y sin comerlo ni beberlo, ahí me encontré yo en la autopista. Y eso que le tengo dicho al GPS que de autopistas nada. “Autopista, caca!”, le dije. Pero no me hizo ni puto caso. Dieciséis kilómetros de angustia e incertidumbre. Hasta que encontré la primera salida…

Sesenta euros. Ni uno más ni uno menos. Eso es lo que quería el señor del garito del peaje. Y con razón. Todo el mundo sabe que si no tienes ticket te cobran el trayecto más caro. Y eso son sesenta euros.

– Pero es que a mi me han abierto la barrera!!! – me disculpaba.

– Es la ley – decía Franco (que así se llamaba el buen hombre) intentando convencerme.

Después de una buena media hora de discusiones, de una cola kilométrica en mi garita, y de pasar a un despacho para formular un “autocertificado”, la cosa parece que no pasó a mayores. Pagué solamente los 3,40 euros correspondientes, aunque he de confirmar esa “autocertificazione” por fax, en el que yo he de jurar y perjurar que entré en la autopista en la entrada de Venezia Este, y no en Roma o en Nápoles…

Comenzaba a caer la tarde, y aún quedaban 120 kilómetros hasta Trieste. Es zona vinícola, así que todo el paisaje circundante eran viñedos y más viñedos… Y ahí, a lo lejos, unos imponentes y escarpados picos parecían llamarme. Porque lo bueno de planificar el viaje es poder desplanificarlo. En ese momento, decidí que el retorno lo haría por los Dolomitas.

Divisando Trieste desde las montañas, parado encima de mi moto reflexioné sobre lo acontecido a lo largo del día. Y me di cuenta que el “método RideToRoots” es el correcto. Volver hacia lo básico y fundamental. Nos hemos acostumbrado a una serie de lujos banales e innecesarios, pero que no están aseguradas al 100%. Y que cuando no los tienes te parecen un problemón insalvable. Puede que no te funcione internet, puede que tu pin de la VISA sea inválido, puede que el GPS te meta en la autopista sin quererlo, y puede que la máquina no te de el correspondiente ticket. Quizá tengamos que volver a matar jabalíes a puñetazo, hacer fuego con dos palos o contar el tiempo con las fases de la luna y dejarnos ya de tantas tonterías absurdas.

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Lo noté como una bofetada. Una bofetada amable y cariñosa. El mar se batía en duelo con la playa unos cientos de metros más abajo, a mi derecha. El cielo parecía darme tregua, aunque al frente amenazaba lluvia. Pero lo que ocupaba todos mis sentidos en ese momento era el intenso olor a albahaca, desparramándose por todas mis neuronas, atontándolas, emborrachándolas y dejándolas prácticamente anuladas.

Salir de casa solamente con media hora de retraso ha sido todo un logro. Conseguí levantarme a la hora, y es que a pesar de no estar nervioso, no conseguí dormir bien la noche anterior. Pero soy especialista en probar las cosas en el último momento, así que me tocó inventar a la hora de colocar todo el equipaje. Pero vamos, eso ya es marca de la casa.

En el trayecto de hoy me ha dado tiempo a pensar en muchas cosas. Entre ellas, en cómo iba a redactar esta crónica. Mi empeño en escribir a diario a veces me juega malas pasadas. Qué voy a decir de mil kilómetros de autopistas? Pues la verdad que poca cosa. Mis miedos a no conseguir el nivel de otros viajes se acrecentaban con cada kilómetro. Y como cada año, al final dejo que sean mis dedos los que escriban, dejando mi cerebro en standby, una especie de trance mientras digiero la pizza de la cena. Así que estad preparados para cualquier cosa!

Francia… Buff. cada vez odio más ese trozo de autopista. Viento fuerte a la altura de Montpellier, colas y más colas en los peajes franceses… vamos, lo de cada año. En una parada para repostar me encuentro a Karl, un alemán ataviado con una sudadera y unos vaqueros, que vuelve a su país a bordo de su vetusta ZX-10. Al explicarle mis planes me dice que estuvo en Albania hace unos años, camino de Grecia. Me habló de carreteras inexistentes, pistas polvorientas y gente amable. Le dejé hablar. No era momento de decirle que ya estuve el año pasado. O sí, pero no lo hice. Pensé que ese era su momento, no todo el mundo ha estado en Albania. Asentí interesado y le agradecí la información.

Entrar en Italia con ese olor a albahaca fresca ha sido lo mejor del día. Ya no importaban los 36ºC de Francia, ni el viento de la Camarga. Inundar mis sentidos con ese olor ha sido una gran recompensa. Y es que si España huele a ajo, Italia huele a albahaca. En esos pensamientos me hallaba sin apercibirme de los negros nubarrones que se cernían delante mío. Rayos, truenos y oscuridad me esperaban a la salida del túnel. El asfalto se convirtió en piscina. Los coches despedían verdaderos tsunamis hacia los lados, mientras yo intentaba sortearlos con mayor o menor fortuna. El apocalipsis apareció en menos de un minuto.

Y tal como vino, se fue. Reapareció el sol, el asfalto comenzó a secarse y la tierra mojada y el heno húmedo reemplazaron a la albahaca. Sea como fuere, Italia está llena de olores agradables. A poco de llegar, me encontré con una señal que indicaba que estaba cruzando el paralelo 45. “Vaya tontería”, replico en voz alta. Que me señalen el ecuador, el círculo polar ártico o el meridiano de Greenwich lo encuentro lógico, pero el paralelo 45? Aunque puestos a pensar, resulta que en ese preciso momento me encontraba a la misma distancia del ecuador que del polo norte. Anda, pues quieras o no… Mola!

La lluvia volvió a aparecer a pocos kilómetros de Piacenza, una ciudad con un par de plazas interesantes y poco más. Pero una ciudad que me dio la bienvenida con un incipiente y tímido arcoiris, quizá un buen presagio para el primer día de ruta.

Y llegué al peaje. Desde que cogí el ticket al entrar en Italia, unos cuantos kilómetros antes de Génova, no había pagado. Y me encuentro una señal pintada en el suelo que parecía invitar a los motoristas a pasar por el lado de la corta barrera. Paré la moto. Dudé un instante mientras miraba fijamente a la cámara que apuntaba directamente al frontal de mi moto. Al frontal? Apunta al frontal? No había nada que pensar. Gas y hasta luego, Lucas!


Algunos pensarán que estoy loco. Mil kilómetros, algo más de ocho horas encima de la moto, soportando calores agobiantes, lluvia torrencial niebla e incluso frío. Pero yo miro al coche del carril de al lado, encerrado en su burbuja protectora, sin percibir ese calor, esa lluvia y perderse esos olores a albahaca y a heno fresco. Entonces, ¿quién es el loco? Porque señores, viajar en moto es eso. Viajar en moto no es observar el paisaje sino sentirlo. No es disfrutar de un precioso atardecer sino ser parte de él. ¿Entonces a qué estás esperando? Coge la moto y sal ahí fuera. VIVE!!

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Poco a poco vamos procesando todo el material que nos trajimos de La Ruta de Oriente. Tras las crónicas, vienen las fotos y los vídeos. Y aquí tenéis el primer vídeo. Cuatro días por los Alpes, de sur a norte y de oeste a este. Más de mil kilómetros por carreteras de montaña. Belleza insuperable por los cuatro costados. Son poco menos de cuatro minutos que simbolizan una pequeña parte de lo que sentimos allí. Porque en moto, los Alpes hay que sentirlos.
Dentro video!


En ruta por los Alpes por Dr_Jaus

Cuando piensas en Pisa piensas en la torre inclinada. Si no estuviera inclinada, seguro que no tendría la fama que tiene. Y es una pena. Porque todo el conjunto del Campo dei Miracoli (Battisterio, Iglesia y Campanario) es de una belleza extrema. Pero no. Aquí hay que venir a hacerse la foto aguantando la torre. De hecho, la explanada entera parece una concentración de gente haciendo Tai Chi, con los brazos en extrañas poses haciendo ver que aguantan la gran torre de mármol. Sea como fuere, no nos fuimos de allí sin hacernos nosotros la foto. Dicen que allá donde fueres, haz lo que vieres…

“Gire a la derecha en 150 metros”. Y yo, giro a la derecha. “Gire a la izquierda”. Y lo hago. Seguía a pies juntillas las indicaciones del GPS. La idea era salirnos de la autopista en Génova para hacer un repaso rápido a la ciudad y comer por ahí. Aún no sé cómo acabé nuevamente en la autopista dirección Milán. Quería dar la vuelta, pero el Garmin no hacía más que darme indicaciones aparentemente sin sentido. Las flechas de su pantalla parecían nudos de corbata intentando guiarme por las infinitas salidas de la autopista. Al final no pudimos hacer una visita rápida a al puerto italiano al pie de las montañas, donde vivía nuestro amigo Marco. Tuvimos que pagar dos veces el mismo tramo de autopista para acabar finalmente saliendo de la ciudad en la dirección correcta.

Las autopistas italianas merecen un párrafo aparte. Túneles y más túneles, enormes puentes sustentados en altísimas columnas sobre verdes valles que acaban desparramándose cerca del mar. Curvas donde poner a prueba tu sangre fría mirando el quitamiedos que da más miedo que otra cosa. Y los límites de velocidad… Aún no he visto ninguna señal donde te indique ese límite. Y mira que la he buscado. En ninguna parte. Solamente en algunas curvas peligrosas o a la entrada de los túneles puedes ver un tímido “110”.

A lo tonto a lo tonto, y tras casi quinientos kilómetros de autopista, llegamos a Cannes. Menos de cinco horas para la misma distancia que otros días nos había costado casi diez. Pero desde luego bastante más aburrido. Cannes nos abofetea con su glamour, sus yates, sus sesentones con el cuello del polo subido y sus cincuentonas con minifalda y doce centímetros de tacón. Qué lejos quedan las calles de Albania o las carreteras bosnias. Qué cerca queda el final del viaje y la rutina del día a día. Hoy no tenemos que buscar hotel para mañana. Porque mañana dormimos en casa.

Etapa 19: De Florencia a Cannes


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Hoy hemos vuelto a cambiar la ruta. Hace unas semanas lo hicimos por primera vez, obligados por una errónea planificación y una mala elección del hotel. Pero hoy lo hemos hecho porque nos ha dado la gana. Una fugaz idea se me cruzó por la cabeza, cambiar el Lago di Como y Milán por Florencia y Pisa. ¿Difícil elección? Ya había estado en los dos sitios, pero tengo una especial predilección por la ciudad del Ponte Vecchio. Hoy dejé de mirar el rutómetro, puse un nuevo punto en el GPS y hacia allí nos hemos dirigido.

Quizá por un excesivo miedo a lo desconocido, quizá por la necesidad de planificar, y un poco por tener una fecha concreta para volver, el viaje está algo encorsetado. Me encantaría tener la libertad de poder salir en un momento dado de casa sin rumbo fijo, donde el destino te lleve. La vida es una sucesión de cruces de camino donde has de elegir hacia dónde quieres ir. O si lo prefieres, como diría Miquel Silvestre, es un millón de piedras que has de esquivar, conformando la ruta que vas a seguir. Esta mañana teníamos delante un cruce: o Milán o Florencia. Y hemos tenido la libertad de elegir el destino.

Casi quinientos kilómetros de monótona autopista, múltiples atascos tanto en Eslovenia -estamos ya casi acostumbrados- como en Italia. Y es que es sábado, el último de agosto. El trayecto transcurrió entre Bruce Springstee, Sting o Madonna, bajo un sol abrasador -también ya acostumbrados- y alguna tímida gota de lluvia, que fue la novedad del día.

La cúpula de las Flores, el Campanile, el Battisterio, la Piazza della Signoria… No es de extrañar que Sthendal se inventara aquí un síndrome. El Ponte Vecchio, la Signoria,… ¿qué mejor que todo eso para pasar una soleada tarde de verano? El viaje se va acabando, y es necesario disfrutar de cada segundo que nos queda. En Florencia, la palabra disfrutar se escribe en mayúsculas. Y elegir Florencia nunca puede ser una equivocación.

Etapa 18: De Ljubljana a Florencia


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“10 tornanti”. Eso rezaba la señal. Si ya es duro de por si meter los 300 kilos de moto en esas curvas de primera y embrague, más lo era de noche. Agotado, o más bien extenuado, la tarea de negociar esas diez endiabladas curvas se me antojaba imposible. Llevábamos más de nueve horas y media encima de la moto, setecientos kilómetros de curvas alpinas a nuestras espaldas. Eran más de las diez de la noche y estábamos subiendo el Stelvio.

Hoy ha sido un gran día, de esos que recuerdas toda la vida. Las aventuras han de ser duras para ser recordadas, y la de hoy lo ha sido. No voy a comentar en esta crónica los pormenores de la ruta, lo que pasó aquí y allí, o dónde desayunamos o pusimos gasolina. Solamente quiero dejar constancia de lo que hicimos o de lo que sentimos. Será tema de otro post, quizá ya en casa, analizar uno por uno todos los puertos de montaña por los que hemos pasado. 

A pesar de que puede parecer que acabamos de llegar del infierno, la verdad es que hoy hemos visitado el paraíso. Los paisajes, las montañas, los valles y los bosques me han hecho incluso derramar alguna que otra lagrimita. Estábamos en el mejor lugar del mundo! En ocasiones, los caprichosos bucles, curvas, contracurvas o galerías de las carreteras nos han hecho reír. En definitiva, Cabo Norte ha de ser visitado alguna vez en la vida, pero quien recorre los Alpes en moto dudo que se conforme con una sola visita.

Kausenpass, Sustenpass, Grimselpass, Furkapass, St. Gothard Pass, Passo de San Bernardino, Splügenpass, Malojapass, Berninapass, Passo del Foscagno y Paso del Stelvio, casi todos ellos de más de 2000 metros de altura. Todos estarían en el carnet de baile de un motorista que quiera pasar una semana por la zona. Pues nosotros los hemos hecho en un solo día. Las hazañas se forjan con sufrimiento, y este ha sido el nuestro. Si para mi ha sido duro, no puedo ni imaginar cómo ha sido para Belén, que ha aguantado estoicamente todos esos puertos. Hoy ha nacido una heroína. @MaryPomppins se ha licenciado como motera. Cum Laude. 

 

La ruta de hoy:

Etapa 3: De Zurich a Stelvio


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Se supone que debería comenzar los relatos de esta nueva ruta de Oriente con unos textos vivos, mordaces, frescos e ingeniosos. Pero después de 950 kilómetros y casi diez horas encima de la moto, creo que el ingenio y la frescura quedaron atrás, quizá perdidos entre las mil y una curvas del Col de l’Iseran. Sea como sea, vamos a intentar llevar a buen puerto esta primera crónica comenzando por el principio.

Seis de la mañana. El despertador se empeña en despertarnos incluso antes de que lo haga el sol. La noche ha transcurrido en un auténtico suspiro, un visto y no visto que se antoja a todas luces insuficiente para soportar el intenso día que nos espera. Los trastos están listos en la moto desde anoche, por lo que en poco más de una hora estamos en ruta. La autopista hacia La Jonquera se desliza silenciosa por su habitual recorrido. Los primeros momentos van sucediéndose entre pensamientos tristones y desalentadores. Quizá sea un exceso de responsabilidad -esta vez no voy solo, no puedo pretender que mi viaje ideal sea el mismo que el de Belén-, quizá el temor a la dura jornada que tenemos por delante… Sea como fuere, hasta que no retumbaron en mi casco esos ritmos activadores de las canciones de mi iPhone no pude esbozar una sonrisa. Café con leche en La Jonquera, junto con los últimos tweets con 3G. A partir de ahora, solamente dependeremos de la benevolencia de los wifis foráneos.

Como suele pasar en los primeros kilómetros franceses, el viento arrecia desde el oeste, haciendo la conducción algo pesada e incómoda. Y así estuvo hasta bastante más allá de Montpellier. Pensando en otras rutas de otros viajes, se que el secreto es ir dejando pasar los kilómetros de autopista uno tras otro, sin mirar en exceso esa ventanita del GPS que va indicando lo que falta.

Pasado Grenoble, la autopista comienza a ascender, y el frío empieza a hacerse notar. Los desvíos se van sucediendo entre nombres de míticas etapas del Tour de Francia. Croix de Fer, Galibiers,… y al poco rato, el Col de l’Iseran, donde nos desviamos. La carretera asciende por las verdes laderas, casi sin molestarlas, pidiendo permiso. Curva aquí y pendiente allá, vamos ascendiendo hasta la cima, a 2770 metros. Allí nos recibe un fuerte viento y un frío de órdago, sobre todo si vas con la equipación de verano. Hago las pocas fotos que me permiten mis entumecidos dedos, y hago cola entre otros moteros y ciclistas para hacerla en el preceptivo cartel indicador, mientras el termómetro de la BMW marca los 4,5ºC.

La bajada hacia Val d’Isère nos va devolviendo algún grado más de temperatura, mientras nos cruzamos con multitud de motoristas. La moto parece rugir con fuerza en los múltiples túneles de la carretera, mientras las nieves perpetuas coquetean con los grises nubarrones que de momento no se atreven a descargar.

El Piccolo San Bernardo sería el puerto de montaña que nos llevaría hasta Italia. Un sinfín de paellas -o tornanti, como les llaman los italianos- dan a la carretera el aspecto de un acordeón. En su cima, una gran estatua del pobre santo, que tiene que cargar con la pena de ser confundido con un perro con un barril de whisky cada vez que se le nombra. De hecho, la estatua de San Bernardo también compite con un perrazo de cartón piedra que sin duda es el preferido para las fotos de los que por allí pasan.

Finalmente el Valle de Aosta. Preferimos hacer los últimos cuarenta kilómetros por la autopista, plagada de túneles “perpetrados” en las laderas del valle en aras de una mejora en la comunicación del valle con el exterior. El hotel se encuentra pared con pared del aeropuerto donde de manera casi incesante, van despegando y aterrizando helicópteros, incluso ya en la negrura de la noche. A nosotros solamente nos queda cenar en el bonito pueblo alpino y regresar al hotel a reponer fuerzas.

La ruta del día la podéis ver aquí:

Etapa 1: Terrassa – Aosta


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