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La aventura de cada fin de semana

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Pues me he tomado mi tiempo, pero aquí está la primera parte del vídeo de la ruta Retorno al Este que hicimos este verano. En este primer capítulo recorremos el norte de Italia y nos adentramos en los Balcanes por Croacia hasta Mostar. Próximamente los siguientes capítulos.

 


A ver, que me encanta Italia. Y no solo por el dominio natural del idioma del que hablamos ayer, sino por todo. Lo latinos que son, los paisajes cambiantes, los monumentos, la comida,… Todo. Pero qué quieres que te diga? Lo de poner casi todas las gasolineras automáticas me parece una muy mala idea. Y mira que en los países nórdicos son así y nunca tuve ningún problema. Pero la cosa es que en Italia no hago más que tener problemas con las tarjetas. Dos VISAs que llevo, pues ninguna vale, oye. Al final has de hacer cuentas sobre los litros que nos cabrán, porque tampoco tenía cambio. O te toca pagar en el LIDL con un billete de 50 eurazos para pagar un par de tomates y así tener cambio. Lo dicho, que no me mola. Además, carísima. Punto negativo.


Por lo demás, hoy descubrimos Bérgamo. Aunque casi me pierdo. Y mira que me oriento, pero fue bajarme de la moto en la Città Alta, echarle un vistazo al GPS y tenerlo todo controlado. Y a los 10 metros, las cosas no me cuadraban. Tras unos momentos marronáceos de bloqueo, al final decido volver a la moto a por el GPS. Y mira que me fastidia depender del cacharrillo, pero va bien el jodido.


De Bérgamo me quedo, sin dudarlo, con los techos de Santa María Maggiore. Son realmente espectaculares cómo puedes ver en todas las fotos que cuelgo hoy. Y mira que llevamos techos en este viaje! Pues estos estarían dentro del top 5. Y también sorprende que en una misma plaza coexistan dos templos tan grandes como el Duomo y Santa María. Pero bueno, Italia siempre ha sido un desparrame. Que hay que poner una iglesia? Pues toma dos! Que hay que poner un lavacoches? Pues que tenga para veinte coches a la vez! Exageración a tope. 

El resto del día, un coñazo. Carreteritas, rotonda, carreteritas… Y así hasta el infinito pasando por los suburbios de Milán -que no hemos parado porque ya la conocemos- y Turín. Y a partir de ahí, lo mejor: nuevamente el abrazo de los Alpes. Se nos iban acercando por derecha e izquierda hasta casi dejarnos sin puesta de sol. Pedazo picos! Lo que decíamos: desparrame! 

Hoy dormimos a más de 1000 metros de altura en Oulx, a tiro de piedra de Sestriere. Así que mañana entramos en Francia. Pero tranquilos, que aún nos queda mucho viaje. Buenas noches!

Los regresos nunca tienen que ser regresos sino descubrimientos en sentido contrario. Y este retorno al oeste, lo está siendo, sin duda. Hemos comenzado hoy con un plato contundente, el Passo San Boldo. Déjate de Stelvios y otras mandangas que serán muy bonitas y fotogénicas. El -relativamente- poco conocido San Boldo te dejará con la boca abierta. Sí, ya sé que muchos lo buscaréis en Google si no lo habéis hecho ya. Y -como yo- os sabréis las fotos al dedillo. Pero es que por muchas fotos que veáis, os va a impresionar igual. Pedazo obra de ingeniería de principios del siglo XX. ¿Habéis hecho tornanti en túnel uno detrás de otro? Pues los mejores son estos y los de la bajada a Chiavenna (el lado italiano del Splugenpass) que también es de locos.

Y luego el día se ha ido por el lado más delicado. Hemos comenzado en Asolo, un bonito pueblo medieval rodeado de viñedos donde las uvas maduran a la espera de convertirse en prosecco, una especie de champán típico del Véneto. El pueblo no mata, pero tampoco está mal. De hecho, está considerado (en esas listas que seguro que entras pagando) como uno de los pueblos más bonitos de Italia. 


Vicenza también tenía una parada. Su Piazza dei Signori es tan alargada como bonita. Hay alguna otra lista que la pone como la más bonita del país. Discrepo profundamente. Así a bote pronto se me ocurren la del Campo en Siena, la de la Signoria en Florencia o la de San Marcos en Venecia. Pero si te tomas un helado de nocciole sentado en unas escalinatas escuchando un acordeón que toca a Sinatra, la cosa cambia. 


Y Verona, la ciudad de Romeo y Julieta. Famoso es el balcón de la casa de Julieta (que se ve que lo pusieron hace menos de un siglo), pero me quedo con la Piazza delle Erbe. También alargada, pero con media docena de edificios de lo más interesante.


Con todo esto, hemos acabado en Brescia, otra ciudad que yo recordaba desierta pero con encanto, y que nos ha recibido con el mismo encanto, pero con banda de rock y multitud de gente disfrutando de la apacible noche. Pero lo mejor de todo el día, ha sido cómo hemos mejorado nuestro italiano. Casi a nivel nativo. Así que os despidi a tutti esperandi que la notti sea apacibili comi per noi. Buoni seri signorini.

Pues sí, hoy nos hemos hecho con un poker de ases. Si empezamos por el Grossglockner, y seguimos por el Passo Gardena, el Sella y el Pordoi, tenemos ganancia asegurada. Y con un día tan espectacular como el de hoy, más aún. Y mira que hemos empezado con mis dudas ya habituales cuando la ruta no está definida. Que si van a a ser muchos kilómetros, que si son muchas curvas, etc. Todo para conseguir el beneplácito de Belén, que sin rechistar dijo “si” a esto también. Pero comencemos por el principio.


El principio fue el paseo matinal por Salzburgo. Tras recorrerlo ayer por la noche casi al trote buscando dónde cenar, decidimos darle un tiempo esta mañana. Total, hoy solamente teníamos que atravesar los Alpes, así que teníamos tiempo de sobra. Y lo cierto es que me gustó más ayer noche que esta mañana. Los edificios iluminados y eso le dan un toque mucho más bonito que los camiones haciendo el reparto de esta mañana. De todo, me quedo con la cúpula de la catedral.


El Grossglockner, a pesar de costar 25€ por moto, vale la pena a la primera curva. Los verdes valles te rodean por todos lados, con los picos aún nevados en lo alto. Las nubes se van formando caprichosamente en las laderas de las montañas y todo es extremadamente bello. El tráfico era fluido a pesar de la gran afluencia de motos, coches y bicicletas. Pero allí nadie va rápido, intentado saborear el paisaje cambiante en cada curva. Es, sin duda muy recomendable. 


Y tras regocijarnos en él, seguimos ruta hacia el sur para encontrarnos con los Dolomitas. Enormes paredes de piedra van surgiendo como setas entre las altísimas montañas repletas de abetos. Cuando parecías haber rodeado una de esas paredes gigantescas, aparecía otra de mayores dimensiones tras la curva. El Gardena sobre todo, pero después el Passo Sella y el Pordoi nos han dado una excelente visión de conjunto de esta zona de los Alpes, quizá de las más recomendables. 


Y con eso que comienza a caer la noche y aún nos quedan más de 60 kilómetros para nuestra pensión. Menos mal que tenía la aprobación matinal de Belén, porque si no, me hubiera caído un rapapolvo como la del Stelvio hace cinco años, donde acabamos subiéndolo de noche tras 700km de puertos de montaña suizos. Belén aún me lo recuerda. Así que cansados pero siguiendo a buen ritmo, finalmente hemos acabado en nuestra habitación. Del temor a preparar una ruta con excesivas curvas ha salido un día excepcional. Excepto por los últimos kilómetros. Supongo que tampoco estaba tan mal planificado. 

Y es que cada día se aprende. Hoy hemos aprendido que a veces temes a las grandes piedras, pero son las pequeñas las que te pueden hacer caer. Lo mejor de todo, es que si te lo propones, siempre acabas levantándote. 

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Que sí, que hacerse por autopista nada más y nada menos que 975km para acabar cenando unos spaghetti igual suena como raro. Pero eso es porque no habéis probado los spaghetti alle vongole de la Trattoria da Pasquale, que desde 1937 viene dando fuerte con sus sabores inigualables.

Pero todo comenzó por la mañana, como suelen comenzar las cosas a diario. Una vez eliminados los nervios habituales al ver que todo un overflander como yo ni tan siquiera ha podido restringir el equipaje para que quepa en una maleta… Aish…

Y atravesar Francia, con sus peajes y sus 36ºC tampoco es que ayuda a calmar los nervios. “Haber ido en ferry hasta Génova”, diréis alguno. Sí, pero qué quieres… A mí me gusta la moto hasta por la autopista francesa.

Las autopistas italianas, con sus túneles y curvas tampoco ayudan a tranquilizarme. Sobre todo mirando por el rabillo del ojo cómo Belén progresa adecuadamente a mi rebufo sin rechistar ni un solo adelantamiento a los enormes camiones que casi se comen enteros los carriles.

A poco de llegar a Piacenza, las autopistas se vuelven más normales y podemos darle algo al puño, para que de una vez por todas los kilómetros vuelen en el contador.

Y tras casi diez horas sobre la moto, llegamos a destino. En Piacenza me reencuentro con la maravillosa Piazza dei Cavalli y el Duomo. Pero el gran descubrimiento son esos spaghetti repletos de vongole por todos lados. Un sabor intenso y ligeramente picante, de esos que se mantienen en tu boca durante horas y en tu memoria durante años. Porque ahora sí que puedo decir que valió la pena haber venido hasta aquí. Casi me podría volver a casa satisfecho. Pero no. Las cosas memorables no han hecho nada más que empezar.

Piazza del Cavalli

Es difícil describir los paisajes que pudimos ver desde las pistas alpinas. Impresionantes valles, llenos de verdes pastos, de imponentes abetos o de grandes cascadas. También es difícil imaginar las sensaciones de poder llegar a lugares remotos a casi 3000 metros de altura. Lo mejor, es ver el vídeo. Espero que os guste.


AlpesOffRoad 2013 por Dr_Jaus

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Despertamos tarde en Sospel. El ritual del desayuno, vestimenta y carga de la moto es cada vez más lento y pesado. Nos quedan cincuenta kilómetros para el inicio de la Ligurische Grenzkammstrasse (LGKS para los amigos). Es una pista que transcurre entre la frontera de Italia y Francia que se proyectó en la Segunda Guerra Mundial para unir los diversos fuertes que vigilaban la zona.

Para llegar hasta allí circulamos por carreteritas imposibles, de esas en la que es posible encontrarse un pueblo con su campanile incluido colgados de la nada. Ese es el caso de Castel Vittorio. Casas apiñadas en un orden imposible y arremolinadas entorno a la iglesia. Después de unos ravioli de espinacas sublimes, iniciamos la LGKS o “Via del Sale“, como la llaman por aquí.

Al principio la pista no es difícil, aunque algunas piedras sueltas y los escarpadísimos barrancos obligan a tomar precauciones. El precipicio nos ayuda a observar la trayectoria de la pista, que va saltando de ladera en ladera, de valle en valle. Nos cruzamos con varios endureros muy preparados y diversos 4×4. Diferentes cordilleras se extienden como si fueran un acordeón, en un degradado tan perfecto como imposible.

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Tras una nueva bajada por unos tornanti realmente estrechos, llegamos a una barrera. La LGKS está cortada por obras. Hemos recorrido unos treinta de sus ochenta y cinco kilómetros, y ahora toca recular unos veinte, a una pista que nos llevará a La Brige por pistas entre bosques de abetos. Desde allí subimos a la Basse del Peyrefique, con un paisaje bastante más alpino donde los pastos y los riachuelos se van alternando el protagonismo. Podemos ver a lo lejos las ruinas del gran fuerte, justo encima del túnel de Tende. Allá abajo una carretera-pista asciende penosamente en una sucesión de rápidos tornanti, quizá los más seguidos que he visto en mi vida.

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La idea es acampar en el fuerte, pero eso mismo debieron pensar la cincuentena de campistas que ya preparaban la carne a la brasa. Ante tal aglomeración de gente, optamos por bajar hasta un hotelito de carretera en Limone Piemonte, a degustar los antipasti más exquisitos del mundo.

Al día siguiente realizamos el enlace hasta la siguiente pista, en un valle cercano a Castelmagno. Imponentes moles de roca nos rodean por todos lados, mientras La carretera discurre serpenteando entre verdes colinas, frescos arroyos y domingueros de mesa y mantel. Al llegar al inicio de la pista resulta que está prohibido transitarla los fines de semana de Agosto. Suerte tenemos de que tras varias jornadas de ruta, ya nos hemos olvidado de que hoy es domingo.

La pista es fácil, excepto por alguna piedra suelta. Va saltando de valle a valle, a cuál más espectacular. Paredes de montañas enteras están labradas a lascas, como enormes rebanadas que refulgen al sol como si fueran de plata.

Volvemos a la carretera. Si tenéis prisa, no os paréis a comer en San Damiano Macra. Allí la comida se puede alargar más de dos horas, gracias a la pausada velocidad del servicio. Es tiempo para observar, pensar y disfrutar del paso del tiempo mientras contemplo el campanario de la iglesia cercana.

La carretera hacia Sestriere se hace pesada. Los 35,5°C y la hora de la siesta tampoco ayudan. Nada más llegar, cogemos la pista. Pero la equivocada, la de mañana. Da igual, hemos de acampar por aquí. Pista fácil pero polvorienta que bordea diferentes valles. Las cordilleras cercanas siguen difuminándose en el horizonte y los pastos abundan cada vez más. Es la pista del Col de Asietta, que acaba en una pequeña y recoleta carreterita que asciende al Col de Finestres. Lo subimos, sabiendo que de allí baja una pista que nos puede proporcionar un buen lugar de acampada. La luz del día se extingue cuando llegamos a una zona de picnic con arroyo cercano. Será nuestra segunda noche bajo millones de estrellas.

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Despertamos al son de los cencerros de las vacas que pastan cercanas. Hoy vamos al Valle Argentiera, quizá uno de los más bonitos de la zona. Al principio, diversos turistas han montado su campamento al borde del río que parte el valle en dos, pero al poco la pista se hace cada vez más escarpada, llevándonos a parajes con preciosas cascadas y valles escondidos. Hasta llegar al final, donde una granja de vacas te impide el paso. La bajada es mucho más fácil de lo que imaginaba, demostrando por enésima vez que las dificultades residen principalmente en nuestras mentes.

Comemos en un restaurante olímpico -al menos el símbolo de los aros se muestra orgulloso en la fachada- antes de afrontar lo que a la postre será la parte más difícil del viaje. El Col de Sommeillier tiene su historia. Dice la leyenda que dos amigos moteros apostaron a ver cuál de ellos era capaz de subir en moto al sitio más alto de Europa. Uno decidió ir al Stelvio. El otro amigo ganó subiendo por las infernales pistas al Sommellier, que se eleva hasta los 3009 metros de altura. Cada año se celebra allí la concentración motera de la Stella Alpina.

El inicio de la pista ya es impresionante, con lagos del azul más verde que he visto en mi vida. Al poco el escenario es de una espectacularidad de difícil descripción. Es una verde planicie, rodeada de enormes masas de roca de donde caen a plomo un par de altísimas cascadas. El paraíso. La pista sigue ascendiendo por imposibles tornanti cada vez más estrechos. El infierno, comienza allí arriba.

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La pista está formada por enormes rocas sueltas de más de un palmo. Los tornanti son cada vez más complicados. La caída está asomando en cada esquina, con muchos metros de caída a uno de los lados. A unos trescientos metros de la cima, a unos 2900 metros de altura, nos encontramos con nuestro Destino.

Faltan únicamente tres curvas, y una enorme lengua de nieve tapa completamente uno de los tornanti. Fin. No se puede avanzar. Un trialero local que ha llegado hasta allí nos dice que en el Stella Alpina de este año nadie había podido coronar. La escena me recuerda mucho a cuando hace unos meses estábamos a trece kilómetros de Nordkapp en nuestra expedición invernal Aurora Borealis y el encargado del quitanieves nos impedía el paso. Al final el Destino quiso que pudiéramos llegar y tocar la gloria. Hoy, a trescientos metros de la cima, el Destino se ha cobrado su venganza. Esta vez ganas tú, pero que sepas que ahora estamos empatados.

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Hace menos de una semana iba a hacer este viaje en solitario. Pero afortunadamente en el último momento se añadió el mejor compañero que podía tener, si exceptuamos por supuesto a Belén. Coco, compañero de aventuras boreales se venía a hacer el loco por las pistas de los Alpes. Con Coco y a lo loco.

Después de reunirnos a la salida del ferry que lo trae de Mallorca, nos adentramos en el caótico tráfico de Barcelona a las ocho de la tarde. Mi BMW y su Triumph Tiger, cargadas hasta los topes, avanzaban torpemente intentando salir de las garras de la gran ciudad. Aprovechamos la autopista a La Jonquera para ponernos al día de nuestras aventuras moteras.

Un personal sospechosamente amable nos atendió en un buffet casi en la frontera, más allá de las 11 de la noche. Curiosamente en mi, aún no hemos decidido hasta dónde llegar en esta jornada. Y es que ya sospechaba que este viaje iba a ser diferente a los demás. Aprovecharía para aprender a improvisar, a acampar con las estrellas sobre mi cabeza y a ir desviándonos de la ruta establecida en función de las necesidades. En definitiva, a subir un escalón más en mi bagaje viajero.

Decidimos tirar hasta Nimes, a casi 250 kilómetros de donde nos encontremos. Eso significa llegar más allá de las dos de la madrugada. La jornada de trabajo yel levantarme a las siete de la mañana empiezan a pesar. Las botas de enduro parecen ser de cemento y los bostezos me asaltan a traición. Pero estoy tranquilo porque sé que poco a poco los kilómetros van pasando, a pesar de llevar un ritmo bajo, por eso de conservar los tacos de los Tourance Karoo T. Cuatrocientos kilómetros después de salir de Barcelona, llegando a Nimes, nos da la bienvenida una luna muy menguada, pero no por ello menos bella. Allá al frente, roja y misteriosa, como mostrándonos el camino. Sin duda fue el momentazo del día. O de la noche.

Después de un reparador sueño, salimos a las once de la mañana con la ruta medio planificada. Improvisación controlada, me gusta. Cuarenta kilómetros de autopista nos llegan a Avignon, ya por carreteritas provenzales, entre viñedos y pueblos con encanto vestidos de piedras ocres y ventanas azules. Subimos al Mont Ventoux entre tupidos bosques y peraltadas curvas envueltas en el dulzón olor a pino. Vamos esquivando ciclistas que van sufriendo rampa a rampa. El final es “extraterréstrico”. Laderas de inertes piedras conforman los últimos caracoleos de la carretera hasta llegar a la cima. Desde allí, unas vistas espectaculares a lado y lado de todo lo que nos rodea.

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La bajada del Mont Ventoux la hacemos por preciosas carreteras que invitan a llevar la moto casi ronroneando, casi dormitando, entre abetos y curvas amables. Y de repente, casi sin avisar si no fuera por su intenso olor a limpio, los campos de lavanda. Hileras perfectamente rectilíneas de ese azul roto característico se esparcen por la colinas. Los olores nos abofetean casi en cada curva, mientras llegamos a Montbrun-les-Bains. El pueblo parece estar en equilibro imposible en la ladera de la montaña, con arcos de piedra que aguantan a duras penas las plazas y las torres-campanario. Estamos a los pies del Col de l’Homme Mort, que recorremos a un ritmo rápido y alegre, trazando curvas al unísono, como si de una coreografía se tratara…

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Y llegamos al lago de Serre-Ponçon. Enorme, lleno de veleros, de windsurfs y de katesurfers que navegan en un azul casi croata. En Savines-le-Lac paramos a avituallarnos. Al salir del supermercado nos espera la primera gran sorpresa de la ruta. Nuestro amigo Carlos A. Rodríguez, que pasaba por allí rumbo a Rumanía y más allá, nos reconoce y se para. Charlamos unos minutos mientras pienso en la grandeza de esta pasión, que es capaz de hacernos coincidir en el mismo pueblo y a la misma hora, todos con diferentes destinos pero con la misma ilusión en la mirada. ¡Buen viaje, Carlos!

Poco después de las cinco de la tarde comenzamos el track de la primera pista alpina, el Col de Parpaillon. El inicio es algo decepcionante, porque a pesar de las excelentes vistas, un también excelente asfalto nos ayuda a ascender más rápido de lo esperado. Vistas espectaculares en un valle cada vez más estrecho y sin solución aparente de continuidad. De pronto, el asfalto desaparece. Es hora de comenzar lo que hemos venido a hacer.

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Pista fácil, aunque con alguna piedra rota, ascendiendo por verdes colinas y prados donde las marmotas campan a sus anchas, y huyen alocadas en todas direcciones a nuestro paso. Llegamos al túnel de lo alto del Col de Parpaillon, donde paramos. 2645 metros de altura. Aprovechamos para bajar presiones de los neumáticos y para prepararnos para los más de 500 metros de oscuridad absoluta del estrecho túnel. Charcos, barro y piedras sueltas que sorteamos con menos dificultades de lo esperado. En la otra boca, el espectáculo es fantástico. Un valle totalmente tapizado de verde, con un arroyo que lo parte por la mitad, y la pista caracoleando hasta llegar a él. En este mismo momento, ya sabemos dónde vamos a acampar.

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Una vez abajo, elegimos el mejor lugar, junto al riachuelo. Nuestras motos a un lado, las dos tiendas a otro. Es fantástico. La claridad va desapareciendo. Los últimos vestigios del ocaso solamente son visibles en algunas de las altas cumbres que nos rodean. Respiro hondo consciente de hacer desde hace muchos meses algo diferente que sin duda cambiará mi manera de viajar. Estoy satisfecho.

Millones de estrellas titilan sobre nuestras cabezas en una oscuridad casi absoluta, únicamente perturbada por el suave arrullo de una cascada cercana que me acuna durante la noche.

Quien no se haya despertado en un valle de los Alpes rodeado de montañas tapizadas de un verde refulgente, no sabe lo que es despertarse. La luz alegre y vigorosa parece dar vitaminas a todo lo que toca. Sin plan estrictamente definido, damos pronta cuenta de lo que queda de pista. Después avanzamos por espectaculares carreteras hasta el Col de la Bonette, a la sazón el más alto de los Alpes, por mucho que se empeñe el Stelvio. 2802 metros de preciosas vistas.

El siguiente plato fuerte del día es el Col de Turini, con toda seguridad muy sobrevalorado. Quizá se salva la parte más cercana a Moulinet, con preciosos “lacetes” (los tornanti italianos o las paellas españolas) enlazados tras cortísimas rectas, y perfiladas con delicadas paredes de piedra. Los hicimos a buen ritmo, seguidos por dos motoristas locales con motos mucho más ligeras que las nuestras. De todas formas, durante muchos kilómetros les demostramos lo que podíamos llegar a hacer.

A las cinco de la tarde, y con una lata de Orangine en las manos, decidimos quedarnos en Sospel a dormir, a cincuenta escasos kilómetros del inicio de lo que será sin duda el plato fuerte de la ruta. Pero eso mejor contarlo en otra ocasión.

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El viaje hasta los Balcanes pasando por Italia, liándola en la autopista, recorriendo la península de Istria y encontrando valles escondidos en Croacia. Este es el primero de una serie de vídeos que intentan plasmar mi Ruta Balcánica.


La Ruta Balcánica (I) De Barcelona a Croacia por Dr_Jaus

Roca rojiza a la derecha. Un precipicio descomunal a la izquierda. Una estrecha carretera al frente. No para correr, no es éste el lugar para ello. De pronto, el asfalto se bifurca, y nuestro carril se introduce en las entrañas de la montaña por un angosto y oscuro túnel, mientras que el carril contrario rodea el peñasco perfilando milimétricamente el barranco. Son las Gorges de Daluis.

Eran más de las once de la mañana y aún no habíamos cargado la moto. Es lo que tiene improvisar la ruta del día. Habíamos cambiado el retorno a casa por un día más de nuestra particular aventura. Nos apetecía pasar por algunas carreteras de la Provenza francesa que ya conocíamos, así que alargamos el regreso. Pero un regreso sigue siendo triste, a pesar de llevar días intentando mentalizarme de lo contrario. Supongo que por eso remoloneaba tanto a la hora de partir.

En realidad, los primeros doscientos kilómetros de autopista se pasaron volando. Fue un visto y no visto. Luego vino una carretera con tráfico y sin ningún interés hasta llegar a Demonte . A partir de allí la carretera se encabrita con curvas rapidísimas y ciegas, de esas que ponen a prueba el valor. Durante un tiempo llevé yo el ritmo, pero finalmente preferí que otros moteros locales con más conocimiento de la ruta y menos peso en la moto se pusieran delante.

De camino a Francia la carretera es estrecha, de esas que no caben dos GS con maletas. Tornantis ajustados nos iban subiendo por la falda de la imponente montaña mientas el valle se iba abriendo lentamente a nuestro paso. 1800… 1900… 2000 metros de altura y seguíamos subiendo. Allí encontré otro de mis valles escondidos. Enorme, lleno de pastos, de abetos y de riachuelos que saltaban entre las rocas. Y al final, un lago tranquilo y coqueto donde parar a descansar unos minutos. Luego la bajada hacia Isola, ya en Francia. Se acabaron los tornanti y las chorradas. Ahora tocaban curvas enlazadas, bonitas y amables, de esas que adivinas cómo va a ser la siguiente. Si ayer bailamos vals y rock and roll, hoy tocaba una buena sesión de jazz! Con las de hoy, a buen seguro completé todos los cromos de mi álbum de curvas.

En el parque de Mercantour seguimos haciendo curvas de todo tipo a un ritmo bastante rápido. Comenzamos a subir montañas de un rojo imposible hasta llegar a Guillaumes. Estaban en fiestas, banda de música incluida. Lo que buscábamos era una gasolinera, ya que habíamos llegado hasta allí casi secos. Finalmente encontramos el pequeño surtidor, lo teníamos enfrente de nuestras narices y no habíamos reparado en ella. Desde allí bajaríamos por las maravillosas Gorges de Daluis.

Quien no conozca las Gorges de Daluis ha de ir a recorrerlas en moto. Junto con las de Verdon y otras carreteras de la zona, son de lo mejorcito que he recorrido. Asfalto impecable, buenas vistas y trazados perfectos. Pero las de Daluis no son para correr. Son para contemplar. Piedra roja, gargantas angostas e inverosímiles, estrechos túneles y precipicios de vértigo. Cada curva, cada salida del túnel hace que una cara de sorpresa se dibuje en tu rostro. Y eso que ya las recorrimos en un viaje anterior muy especial…

Luego volvieron las carreteras para disfrutar, enlazar curvas y sentir cómo la GS hace al instante lo que le ordenas, a pesar de los muchos kilos de equipaje. Insinuar un cambio de trayectoria significa una respuesta segura y automática. Sin duda, es la máquina perfecta para disfrutar de las maravillosas carreteras de la Provenza francesa. Me fascina que sea la misma moto que me sacaba hace apenas unas semanas de las más infectas pistas de piedras de Albania. Sí, me gusta mi BMW, qué le voy a hacer!

Finalmente los quinientos kilómetros del día comenzaron a pasar factura, y durante la última hora, con un asfalto ya bastante peor, solo pensábamos en sobrevivir más que en disfrutar. Botes, rebotes y el sol de frente. Ese era el escenario. Los campos de lavanda a la espera de su particular explosión de color, o ese intenso olor a hinojo nos dieron las últimas energías que necesitábamos para llegar a Manosque, final de la etapa del día.

Las Gorges de Daluis despertaron muchos recuerdos. Hace poco más de dos años realizaba con Belén lo que sería su primer viaje largo. Un fin de semana por la Provenza y la Costa Azul mientras realizaba un reportaje para Solo Moto en una enorme Kawa GTR 1400. Nos encantaron estas gargantas, por eso quisimos volver allí hoy. Nos paramos en los mismos lugares y nos encantó hacer las mismas fotos. Esos recuerdos me hacen ahora sonreír, viendo dónde hemos llegado desde entonces. Yo llegué al Cabo Norte y recorrí los Balcanes. Con Belén llegamos a Estambul y también a la lejana Polonia. Hoy volvemos a estar aquí, recordando lo realizado los últimos años, y soñando con lo que habremos conseguido en los siguientes. Y todo comenzó aquí, contemplando los rojizos desfiladeros de Daluis.