TheLongWayNorth

La aventura de cada fin de semana

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Que sí. Que me dijeron que mi bisabuelo dejó de estudiar geografía hasta que los países no cambiaran al menos en 10 años. Y lo que hoy han sido tres países hace unos años habrían sido dos. Y hace muchos más quizá uno. Sé como sea, hoy hemos desayunado en Hungría, comido en Eslovaquia y cenado en la República Checa. No es ningún récord, pero mola.


Hemos comenzado en Szentendre, un pueblecito al lado de Budapest y a orillas del Danubio que se las da de pueblo con encanto. Y no es que esté mal, pero es que viniendo de Budapest, todo queda un poco deslucido. Menos mal que hemos llegado cuando aún no habían desembarcado las hordas de turistas, y los comerciantes recién abrían sus tiendecitas. Porque otra cosa no, pero tiendas de souvenirs habían un rato. 

En Esztergom está el templo católico más grande de Hungría. Pero vamos, que no mata. Hoy era el día de las cosas que no mataban. Y lo curioso es que sin darnos cuenta, hemos atravesado un puente sobre el Danubio y hemos pasado a Eslovaquia. Y mira que teníamos florines húngaros para gastar! Así que media vuelta y hemos vuelto a pasar la frontera. La cosa es que se ve que en Hungría es fiesta y estaba todo cerrado. Hemos usado el comodín de la gasolinera y… Bingo! Los fideos esos yatekomo o komosequieranllamar los teníamos en el primer estante que hemos mirado. Hemos triunfado. Media vuelta y para Eslovaquia de nuevo.


En Bratislava nos hemos tomado un helado. Y poco más. Vueltecita por el centro, repleto de turistas. Compra de la pegatina preceptiva y a la carretera de nuevo. Y en poco más de una hora estábamos en la República Checa. Y qué hacemos aquí? Pues que yo he visto que por aquí está la región de Moravia, y me mola el nombre. Así que para allá que nos hemos ido. Seguro que Belén os contará que todos los caminos conducen a Brno, pero nosotros hemos intentado evitarlos, que mañana por aquí hay Gran Premio de MotoGP y seguro que todo está a petar. Hemos recalado en Oloumoc, un fantástico pueblo con unas enormes plazas monumentales. Allí hemos olvidado la caca de perro que había en el ascensor del hotel (no me preguntéis, que no tengo más datos) con unas magníficas carrilleras al vino y un carpaccio que quita el hipo.

Mañana dan lluvias, a ver si son pocas porque tenemos que volver a cambiar de país. Buenas noches.


Quien no ha estado en Budapest de noche, no tiene ni idea de lo que es una ciudad monumental. Mira, que se quiten las demás. Y eso que hay. Que si París, que si Roma, que si Barcelona… Pero llegar a Budapest en la hora azul, atravesar el Puente de las Cadenas y quedarse sin habla al contemplar ese Parlamento a los pies del Danubio es… simplemente mágico. Y eso que no era mi primera vez.

Esa sensación sobre todo te la llevas cuando unas horas antes, simplemente unas horas antes, estabas en medio de las montañas de Maramures observando cómo el modus vivendi del 99% de la gente era coger la guadaña y el rastrillo, montarte en tu carro tirado por un caballo e irte con tu falda de flores y tus calcetines gruesos a cultivar tu huerto. Doscientos kilómetros y una frontera más allá, te encuentras con Budapest y su glamour de ciudad imperial. Contrastes. Esos contrastes maravillosos que te da la vida y te enseña que en la diversidad está la sorpresa. La búsqueda de esa diferencia debería ser el motor de todo viajero. 


Perdonad que me ponga filosófico, pero es así. A las 11 de la mañana estábamos en una iglesia de madera del siglo XVII en la zona más rural de Rumanía. Y esta tarde, admirábamos un Parlamento húngaro de finales del XIX. Mucho más que unas pocas horas, dos siglos y una frontera de diferencia. 

Y es que el día tampoco ha dado mucho más de sí. Una carretera muy recomendable la que va desde Mara hasta Satu Mare, con muchos tramos recién asfaltados y otros tantos que lo estarán en breve. Apuntadlo para futuros viajes. Y luego, tras la tediosa frontera húngara, autopista. Allí nos hemos encontrado a Javier, un intrépido motero que se va a los Tatras. Con él hemos conversado un buen rato mientras comíamos en un área de descanso. Y finalmente la gloriosa llegada a Budapest. Porque, os he dicho ya lo hermosa que es? Mañana la admiraremos incansablemente durante todo el día. Ahora, mejor os doy las buenas noches.

Estaba realmente harto de las carreteras y de los conductores polacos. No aguantaba su manera de conducir, parecida a la hindú pero 100 km/h más rápida. Afortunadamente en pocos kilómetros saldría del país hacia Eslovaquia. Pero la carretera que tenía que coger para atravesar los Cárpatos estaba cortada. Como casi siempre en la vida, ante un problema solamente cabe una dirección, solucionarlo. Así que tocó sacar el mapa y estudiar alternativas. Y como casi siempre en la vida, a veces las cosas inesperadas suelen ser más interesantes que las programadas (si, ya sé… tomo nota mental). Porque la carreterita comarcal -o similar- que me llevó a Zywiec, aún en Polonia, me descubrió los encantos del Lago Miedzybrodzkie y sus curvas. (Note el lector la complejidad de los topónimos de la zona, y hágase cargo de lo que supone encontrar rutas improvisadas intentando aprenderse los nombres de memoria).

Y finalmente las autopistas eslovacas. No pensaba yo que deseara tanto encontrarme una autopista como las de toda la vida, sin radares ignorados, sin cruces, sin semáforos, sin vendedores de setas… pero sí. Antes de eso, me paré en el primer establecimiento tras la frontera eslovaca que anunciaba “Vignette” (la pegatina obligatoria para circular por determinadas carreteras del país). Con la experiencia lituana, pregunté a la dependienta del establecimiento (que era una enorme licorería, donde los polacos se acercaban a hacer sus compras), que no supo decirme si necesitaba o no el adhesivo. Así que decidí seguir hacia delante, total en unas horas habría salido del país.

Bratislava, esa gran desconocida. Qué calor hacía! Nota mental: para el siguiente viaje he de idear un sistema para poder dejar la chaqueta en la moto. El casco antiguo de la ciudad se resistía a dejarse ver, solamente podía adivinar el enorme castillo que se alzaba en alto sobre la ciudad. Tuve que bregar con los múltiples tranvías de la ciudad (todo un clásico en esta parte del mundo) haciendo giros imposibles hasta poder encontrar esas callejuelas de edificios señoriales que buscaba. Resultó -a pesar del calor- un agradable paseo.

En pocos kilómetros crucé la frontera húngara. Y en una especie de estación de peaje sí que me cobraron tres euros por la viñeta magiar. Bueno… por un papel que dice que he comprado la viñeta, porque a las motos no se la dan. Luego me volveré loco para encontrar la pegatina preceptiva del país para ponerla en la maleta.

Tras otros 200 kilómetros de autopista -sí, ya me estoy cansando otra vez de autopistas- pude descubrir las maneras de los conductores húngaros, similares a las nuestras: tres camiones allá a lo lejos a 90 km/h por la derecha, y cincuenta coches a 110 km/h por la izquierda, sin apartarse. Santa paciencia…

Y finalmente llegué a Budapest, que me abofeteó vilmente y por sorpresa. ¿Por qué nadie me avisó de lo bella que es la ciudad? Edificios señoriales por todas partes, no sabía dónde mirar… Cubistas, modernistas, rococós… Y de pronto… un puente. Pasaba de Buda a Pest o de Pest a Buda… da igual. Preciosos puentes, tan bellos que no me dí cuenta si el Danubio era realmente azul.

El paseo nocturno me descubrió el Palacio Real plenamente iluminado, allá a lo lejos sobre el río, y el Parlamente, no tan iluminado, justo a mi lado. Una cena a orillas del Danubio -suena bien, eh?- lástima que en solitario, me ayudó a reponer fuerzas, unas fuerzas que ya iban escaseando, y es que los días comenzaban a pesar. La cuenta atrás estaba tocando a su fin.

Hoy han sido 606 kilómetros en 7 horas y 20 minutos, a una media de 83 kim/h. EL consumo ha sido de 4,9 l/100km. Llevamos 12.062 kilómetros recorridos. La ruta de hoy, aquí:

The Long Way North. Day 21


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Retorno épico. Los días se acortan cuanto más al sur me encuentre… Y sobre el mapa esos días se me antojan cortos, aunque el contador de kilómetros diarios me da vértigo. 
Ya tengo fecha de salida, el sábado 24 de julio. Y eso quiere decir, que con toda la ruta programada, tendría que tener fecha de regreso: 18 de agosto. 26 días encima de la moto. Para quererla o para odiarla, eso está por ver. Serán unos 14.000 kilómetros, 2.000 más de los previstos, a una media de 590 kilómetros diarios, si descuento el par de días de descanso (previstos en Helsinki y en Tallinn). Demasiados? El tiempo lo dirá. Despliego el mapa y observo: De Barcelona a Bali en línea recta no llegan a 13.000… Bufffff…. Las comparaciones son odiosas…
Los Países del Este bien merecerían un viaje para ellos solos, y si mi relación con mi querida BMW no se trunca tras tantos kilómetros con ella, podría ser un próximo destino. Pero ahora el tiempo apremia y el turismo ya está hecho en Noruega. Así que (con ligeras licencias) este será un retorno a tiro hecho.  He planificado paradas indispensables en las capitales bálticas, en Cracovia, Bratislava y Budapest. Así, recorreré Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Eslovenia, Italia y Francia, para regresar nuevamente a España. Junto con los países de la ida, serán 16. Un buen ramillete. Me cabrán todos los escudos pegados en las maletas?