La Ruta De Los Pueblos Negros por Dr_Jaus

La primavera estaba al llegar, y los días comenzaban a alargarse. Salir de Zaragoza por la A-2 como tantas otras veces, era diferente, como siempre. El atardecer teñía de un rojo imposible todo el horizonte que lograba ver a través de mi casco. Delante, Belén afrontaba los primeros kilómetros de autopista con esa mezcla de ilusión y temores que siempre tiene al iniciar las rutas. Allí al fondo, la silueta del Moncayo esperaba pacientemente a que cayera la noche.

Después de los más de 170 kilómetros de aburrida autovía, solamente quedaban veinte para llegar a Sigüenza, un viernes más nuestro campo base. La carretera serpentea ligeramente, y a pesar de ser noche cerrada, se agradecía después de tanta recta. Miré al retrovisor. El pequeño faro de la Derbi Terra negociaba con precisión y autoridad las curvas que nos vamos encontrando. No dejo de sorprenderme de lo que ha aprendido Belén en tan poco tiempo. Es una clara muestra de lo que podemos conseguir si realmente queremos conseguirlo. El castillo de Sigüenza, que domina en lo alto de una loma todo el pueblo, me sacó de mis pensamientos, y nos indicó el final del trayecto.

Nuevamente nos alojamos en La Casona de Lucía. La familiaridad del trato, así como unas instalaciones fantásticas, nos hicieron repetir. Manolo, su dueño, se preocupaba por nosotros como si fuéramos de su familia.

-¿Dónde habéis aparcado las motos?- nos pregunta.

-Al lado del container, estarán bien allí- respondo.

-No me gusta el sitio. El camión de la basura puede hacerles algo -se preocupa- Ahora iremos a verlas y os indicaré el mejor lugar. Pero casi mejor que las dejéis en el garaje que tengo no muy lejos de aquí.

-No se preocupe -dije- Las moveremos cuando vayamos a cenar.

Nos cambiamos rápidamente y salimos a reponer fuerzas. Manolo, como no, nos acompañó calle arriba para certificar que dejábamos las motos en buen sitio.

-¿Habéis cogido las llaves de la habitación?- preguntó con un tono paternalista.

La taberna Seguntina estaba completamente vacía. A pesar de ello, nos sentamos a cenar. Sopa castellana, pimientos del piquillo rellenos de carne y cabrito asado. No fue la mejor cena de nuestras vidas, seguramente no repetiremos sitio. Los tres camareros entraban del comedor por una puerta y salían por otra, observándonos y preguntándonos repetidamente por nuestra cena. Uno detrás de otro, como esas figuritas que salen de algunos relojes a la hora en punto.

De vuelta al hotel, recorriendo las silenciosas calles de Sigüenza, pensé que ni nos habíamos propuesto dar una vuelta por la plaza Mayor o la catedral. Las habíamos visto hace menos de tres meses. Y también el año pasado. Me sentí cómodo, vagando por calles ya conocidas, sin la presión autoimpuesta del turismo por el turismo. Mañana sería otra cosa. Visitaríamos los llamados pueblos Negros y Dorados de Guadalajara. Nunca había estado allí y me apetecía conocerlos, respirarlos, sentirlos. Y eso afortunadamente no es turismo.

Salimos de Sigüenza por la mañana inmersos en un día radiante. Los buitres trazaban círculos perfectos sobre nuestras cabezas, volando tan elegantemente que tenía que frenar las ganas de conducir mirando constantemente al cielo. A nuestro alrededor, campos marrones y verdes se extendían por las laderas de las pequeñas colinas, peinados como de domingo. Perfectamente arados, y algunos con los incipientes brotes de una nueva cosecha. Dejamos el castillo de Jadraque a la izquierda y seguimos hacia Cogolludo, que se esparce distraídamente por la ladera de la montaña. Camino de Campillejo, atravesando bosques a derecha e izquierda, el aire olía intensamente a pino. Las laderas rocosas mostraban una pizarra negra y elegante, anunciándonos que nos acercamos a los Pueblos Negros.

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En la comarca, son bien diferenciales los llamados Pueblos Negros, con casas construidas íntegramente de pizarra -de ahí su nombre- de los Pueblos Dorados, que utilizan cuarcita para su construcción, de un color más amarillento. Geográficamente están separados por la sierra del Ocejón, dejando los negros al oeste, y los dorados al este de esta frontera natural.

Majaelrayo es quizá el mayor exponente de pueblo negro. Para llegar hasta allí, dejando la sierra a nuestra derecha, pasamos por campos repletos de romero, que traspasaron completamente mis cinco sentidos. Pocas veces había notado esa bofetada de olores tan brutal. Pocas veces una bofetada como esa me había hecho sonreír. Majaelrayo está primorosamente conservado, excepto alguna que otra casa desvencijada. Un paseo por sus calles es siempre muy recomendable.

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Para visitar los pueblos dorados, tuvimos que volver hacia atrás unos cuantos kilómetros, volviendo a pasar por los campos de romero, los pinares y las curiosas formaciones rocosas de la ciudad encantada de Tamajón. Cuando volvimos a tomar rumbo norte, ahora con la sierra del Ocejón a nuestra izquierda, comenzamos a descubrir los Pueblos Dorados. Villaverde de los Arroyos es el alter ego de Majaelrayo, esta vez en tonos amarillentos. El pueblo es un punto de inicio de muchas excursiones por la sierra, por lo que los aparcamientos habilitados a la entrada suelen estar abarrotados. Nos tomamos nuestro fuet en la plaza del pueblo, y tras recorrerlo a pie salimos hacia Ayllón.

Puede que fuera la carretera, o puede que fuera la hora de la siesta. Pero las curvas se nos iban atragantando. Sin ritmo ni armonía alguna, y con un asfalto tirando a malo, era imposible prever el su radio y su cadencia. Atravesamos ese hora mala como pudimos hasta llegar a Ayllón, para ya entrar en la provincia de Segovia y encontrar mejores carreteras. La idea era recorrer los casi cien kilómetros que nos separaban de la ciudad del acueducto para pasar allí la noche.

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La primera parada fue precisamente en ese acueducto varias veces milenario. Belén quería la foto de rigor con su moto y su ya casi famoso salto, como quien recoge una pegatina a modo de trofeo de su ruta. Mientras, el acueducto, impertérrito, se dejó retratar. Toqué suavemente sus piedras. Hace mil años, cuando nosotros iniciábamos tímidamente la Reconquista, estos arcos ya tenían mil años. Da que pensar.

En Segovia elegimos El Sitio para la cena. Una estupenda ensalada de queso de cabra, unas patatas revolcones y una pierna de cordero rellena de boletus y patatas panaderas exquisitas. Un colofón espectacular a una buena ruta. Tras el festín, nos retiramos a nuestros aposentos casi faraónicos en el hotel Cándido, a las afueras de la ciudad. Muy buenos precios para un hotel casi de lujo. Recomendable si tienen ofertas.

Debíamos levantarnos relativamente pronto si queríamos llegar a Zaragoza a la hora de la comida. Nos quedaban 360 kilómetros de carreteras nacionales que nos llevarían por San Esteban de Gormaz, Soria y Tarazona. A nuestra derecha, la imponente Somosierra completamente nevada refulgía con los primeros rayos de sol. El ambiente era soleado, y nos permitió recorrer el camino casi sin enterarnos.

Al aparcar las motos, ya en Zaragoza, las acaricié en silencio. Monturas inanimadas, a pesar de que a veces hablamos con ellas. No saben el bien que nos hacen. No saben que la próxima ruta será en primavera, con toda la naturaleza en flor. Les da igual. Siguen ronroneando con nieve, viento, sol o lluvia, sirviendo a sus amos sin rechistar. Sonreí. Porque yo sí se que no hay nada más bonito que rodar en primavera.

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Puedes leer los pensamientos de Belén sobre esta ruta en su blog