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La aventura de cada fin de semana

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Hace menos de una semana iba a hacer este viaje en solitario. Pero afortunadamente en el último momento se añadió el mejor compañero que podía tener, si exceptuamos por supuesto a Belén. Coco, compañero de aventuras boreales se venía a hacer el loco por las pistas de los Alpes. Con Coco y a lo loco.

Después de reunirnos a la salida del ferry que lo trae de Mallorca, nos adentramos en el caótico tráfico de Barcelona a las ocho de la tarde. Mi BMW y su Triumph Tiger, cargadas hasta los topes, avanzaban torpemente intentando salir de las garras de la gran ciudad. Aprovechamos la autopista a La Jonquera para ponernos al día de nuestras aventuras moteras.

Un personal sospechosamente amable nos atendió en un buffet casi en la frontera, más allá de las 11 de la noche. Curiosamente en mi, aún no hemos decidido hasta dónde llegar en esta jornada. Y es que ya sospechaba que este viaje iba a ser diferente a los demás. Aprovecharía para aprender a improvisar, a acampar con las estrellas sobre mi cabeza y a ir desviándonos de la ruta establecida en función de las necesidades. En definitiva, a subir un escalón más en mi bagaje viajero.

Decidimos tirar hasta Nimes, a casi 250 kilómetros de donde nos encontremos. Eso significa llegar más allá de las dos de la madrugada. La jornada de trabajo yel levantarme a las siete de la mañana empiezan a pesar. Las botas de enduro parecen ser de cemento y los bostezos me asaltan a traición. Pero estoy tranquilo porque sé que poco a poco los kilómetros van pasando, a pesar de llevar un ritmo bajo, por eso de conservar los tacos de los Tourance Karoo T. Cuatrocientos kilómetros después de salir de Barcelona, llegando a Nimes, nos da la bienvenida una luna muy menguada, pero no por ello menos bella. Allá al frente, roja y misteriosa, como mostrándonos el camino. Sin duda fue el momentazo del día. O de la noche.

Después de un reparador sueño, salimos a las once de la mañana con la ruta medio planificada. Improvisación controlada, me gusta. Cuarenta kilómetros de autopista nos llegan a Avignon, ya por carreteritas provenzales, entre viñedos y pueblos con encanto vestidos de piedras ocres y ventanas azules. Subimos al Mont Ventoux entre tupidos bosques y peraltadas curvas envueltas en el dulzón olor a pino. Vamos esquivando ciclistas que van sufriendo rampa a rampa. El final es “extraterréstrico”. Laderas de inertes piedras conforman los últimos caracoleos de la carretera hasta llegar a la cima. Desde allí, unas vistas espectaculares a lado y lado de todo lo que nos rodea.

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La bajada del Mont Ventoux la hacemos por preciosas carreteras que invitan a llevar la moto casi ronroneando, casi dormitando, entre abetos y curvas amables. Y de repente, casi sin avisar si no fuera por su intenso olor a limpio, los campos de lavanda. Hileras perfectamente rectilíneas de ese azul roto característico se esparcen por la colinas. Los olores nos abofetean casi en cada curva, mientras llegamos a Montbrun-les-Bains. El pueblo parece estar en equilibro imposible en la ladera de la montaña, con arcos de piedra que aguantan a duras penas las plazas y las torres-campanario. Estamos a los pies del Col de l’Homme Mort, que recorremos a un ritmo rápido y alegre, trazando curvas al unísono, como si de una coreografía se tratara…

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Y llegamos al lago de Serre-Ponçon. Enorme, lleno de veleros, de windsurfs y de katesurfers que navegan en un azul casi croata. En Savines-le-Lac paramos a avituallarnos. Al salir del supermercado nos espera la primera gran sorpresa de la ruta. Nuestro amigo Carlos A. Rodríguez, que pasaba por allí rumbo a Rumanía y más allá, nos reconoce y se para. Charlamos unos minutos mientras pienso en la grandeza de esta pasión, que es capaz de hacernos coincidir en el mismo pueblo y a la misma hora, todos con diferentes destinos pero con la misma ilusión en la mirada. ¡Buen viaje, Carlos!

Poco después de las cinco de la tarde comenzamos el track de la primera pista alpina, el Col de Parpaillon. El inicio es algo decepcionante, porque a pesar de las excelentes vistas, un también excelente asfalto nos ayuda a ascender más rápido de lo esperado. Vistas espectaculares en un valle cada vez más estrecho y sin solución aparente de continuidad. De pronto, el asfalto desaparece. Es hora de comenzar lo que hemos venido a hacer.

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Pista fácil, aunque con alguna piedra rota, ascendiendo por verdes colinas y prados donde las marmotas campan a sus anchas, y huyen alocadas en todas direcciones a nuestro paso. Llegamos al túnel de lo alto del Col de Parpaillon, donde paramos. 2645 metros de altura. Aprovechamos para bajar presiones de los neumáticos y para prepararnos para los más de 500 metros de oscuridad absoluta del estrecho túnel. Charcos, barro y piedras sueltas que sorteamos con menos dificultades de lo esperado. En la otra boca, el espectáculo es fantástico. Un valle totalmente tapizado de verde, con un arroyo que lo parte por la mitad, y la pista caracoleando hasta llegar a él. En este mismo momento, ya sabemos dónde vamos a acampar.

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Una vez abajo, elegimos el mejor lugar, junto al riachuelo. Nuestras motos a un lado, las dos tiendas a otro. Es fantástico. La claridad va desapareciendo. Los últimos vestigios del ocaso solamente son visibles en algunas de las altas cumbres que nos rodean. Respiro hondo consciente de hacer desde hace muchos meses algo diferente que sin duda cambiará mi manera de viajar. Estoy satisfecho.

Millones de estrellas titilan sobre nuestras cabezas en una oscuridad casi absoluta, únicamente perturbada por el suave arrullo de una cascada cercana que me acuna durante la noche.

Quien no se haya despertado en un valle de los Alpes rodeado de montañas tapizadas de un verde refulgente, no sabe lo que es despertarse. La luz alegre y vigorosa parece dar vitaminas a todo lo que toca. Sin plan estrictamente definido, damos pronta cuenta de lo que queda de pista. Después avanzamos por espectaculares carreteras hasta el Col de la Bonette, a la sazón el más alto de los Alpes, por mucho que se empeñe el Stelvio. 2802 metros de preciosas vistas.

El siguiente plato fuerte del día es el Col de Turini, con toda seguridad muy sobrevalorado. Quizá se salva la parte más cercana a Moulinet, con preciosos “lacetes” (los tornanti italianos o las paellas españolas) enlazados tras cortísimas rectas, y perfiladas con delicadas paredes de piedra. Los hicimos a buen ritmo, seguidos por dos motoristas locales con motos mucho más ligeras que las nuestras. De todas formas, durante muchos kilómetros les demostramos lo que podíamos llegar a hacer.

A las cinco de la tarde, y con una lata de Orangine en las manos, decidimos quedarnos en Sospel a dormir, a cincuenta escasos kilómetros del inicio de lo que será sin duda el plato fuerte de la ruta. Pero eso mejor contarlo en otra ocasión.

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Click! Un leve giro a la llave de contacto y el motor de la BMW dejó de ronronear. Silencio, solamente ese lejano pitido que se te queda en los oídos tras unas cuantas horas en moto. El cuadro de mandos se apagó y me pareció ver cómo la GS cerraba los ojos para descansar. Habíamos llegado a casa.

Rutinas. Esta mañana fue la última vez que cargábamos el equipaje en la moto. No hacía falta decir nada. Los dos sabíamos qué había que hacer y en qué orden. Como en la natación sincronizada, mientras uno ataba el pulpo el otro cerraba la maleta. Un acto que los primeros días nos llevaba cierto tiempo ahora lo acabábamos en minutos. Cerré con llave la última maleta sabiendo que la próxima vez que la abriera la Ruta Polaca habría finalizado.

Los kilómetros iban pasando e intentaba no aburrirme con algún tonto pasatiempo como mirar las matrículas de los coches que iban a nuestro lado. Alemania, Bélgica, Polonia, Holanda… Sonreí. Habíamos pasado por todos esos países. Ya los tenemos casi todos… También jugué a los colores, como suele hacer Belén. Recuerdo el blanco de los acantilados de Etretat, el verde de los pastos del Tirol, el azul del Lago di Como, el rojo de las montañas de las Gorges de Daluis, el amarillo de los campos de girasoles polacos y también el negro del alma de Auschwitz. Ese es el arco iris que me llevo de esta ruta.

Rutinas. Paramos a comer un crepe en Colliure, como solemos hacer siempre que podemos al acabar una gran ruta. Es otra de nuestras rutinas y me encanta. Es el parón que necesitamos para cambiar el chip. Desde allí solo nos queda hora y media y todo habrá acabado. Es el último respiro.

La moto reposa ya en el parking, casi con lo ojos cerrados. En un mes la he llevado por sitios alucinantes, la he metido por caminos ponzoñosos, la he exprimido en autopistas alemanas y he hecho que bailara en miles de tornantis italianos. Y no se ha quejado ni una sola vez. Esta noche tiene el descanso merecido. Mañana por la mañana volveremos a la rutina. Pero algo será diferente. La arrancaré para irme a trabajar y comenzará una nueva aventura. Porque la aventura no hay que ir a buscarla. La aventura es una actitud que se encuentra día a día.

Muchísimas gracias a todos.

Roca rojiza a la derecha. Un precipicio descomunal a la izquierda. Una estrecha carretera al frente. No para correr, no es éste el lugar para ello. De pronto, el asfalto se bifurca, y nuestro carril se introduce en las entrañas de la montaña por un angosto y oscuro túnel, mientras que el carril contrario rodea el peñasco perfilando milimétricamente el barranco. Son las Gorges de Daluis.

Eran más de las once de la mañana y aún no habíamos cargado la moto. Es lo que tiene improvisar la ruta del día. Habíamos cambiado el retorno a casa por un día más de nuestra particular aventura. Nos apetecía pasar por algunas carreteras de la Provenza francesa que ya conocíamos, así que alargamos el regreso. Pero un regreso sigue siendo triste, a pesar de llevar días intentando mentalizarme de lo contrario. Supongo que por eso remoloneaba tanto a la hora de partir.

En realidad, los primeros doscientos kilómetros de autopista se pasaron volando. Fue un visto y no visto. Luego vino una carretera con tráfico y sin ningún interés hasta llegar a Demonte . A partir de allí la carretera se encabrita con curvas rapidísimas y ciegas, de esas que ponen a prueba el valor. Durante un tiempo llevé yo el ritmo, pero finalmente preferí que otros moteros locales con más conocimiento de la ruta y menos peso en la moto se pusieran delante.

De camino a Francia la carretera es estrecha, de esas que no caben dos GS con maletas. Tornantis ajustados nos iban subiendo por la falda de la imponente montaña mientas el valle se iba abriendo lentamente a nuestro paso. 1800… 1900… 2000 metros de altura y seguíamos subiendo. Allí encontré otro de mis valles escondidos. Enorme, lleno de pastos, de abetos y de riachuelos que saltaban entre las rocas. Y al final, un lago tranquilo y coqueto donde parar a descansar unos minutos. Luego la bajada hacia Isola, ya en Francia. Se acabaron los tornanti y las chorradas. Ahora tocaban curvas enlazadas, bonitas y amables, de esas que adivinas cómo va a ser la siguiente. Si ayer bailamos vals y rock and roll, hoy tocaba una buena sesión de jazz! Con las de hoy, a buen seguro completé todos los cromos de mi álbum de curvas.

En el parque de Mercantour seguimos haciendo curvas de todo tipo a un ritmo bastante rápido. Comenzamos a subir montañas de un rojo imposible hasta llegar a Guillaumes. Estaban en fiestas, banda de música incluida. Lo que buscábamos era una gasolinera, ya que habíamos llegado hasta allí casi secos. Finalmente encontramos el pequeño surtidor, lo teníamos enfrente de nuestras narices y no habíamos reparado en ella. Desde allí bajaríamos por las maravillosas Gorges de Daluis.

Quien no conozca las Gorges de Daluis ha de ir a recorrerlas en moto. Junto con las de Verdon y otras carreteras de la zona, son de lo mejorcito que he recorrido. Asfalto impecable, buenas vistas y trazados perfectos. Pero las de Daluis no son para correr. Son para contemplar. Piedra roja, gargantas angostas e inverosímiles, estrechos túneles y precipicios de vértigo. Cada curva, cada salida del túnel hace que una cara de sorpresa se dibuje en tu rostro. Y eso que ya las recorrimos en un viaje anterior muy especial…

Luego volvieron las carreteras para disfrutar, enlazar curvas y sentir cómo la GS hace al instante lo que le ordenas, a pesar de los muchos kilos de equipaje. Insinuar un cambio de trayectoria significa una respuesta segura y automática. Sin duda, es la máquina perfecta para disfrutar de las maravillosas carreteras de la Provenza francesa. Me fascina que sea la misma moto que me sacaba hace apenas unas semanas de las más infectas pistas de piedras de Albania. Sí, me gusta mi BMW, qué le voy a hacer!

Finalmente los quinientos kilómetros del día comenzaron a pasar factura, y durante la última hora, con un asfalto ya bastante peor, solo pensábamos en sobrevivir más que en disfrutar. Botes, rebotes y el sol de frente. Ese era el escenario. Los campos de lavanda a la espera de su particular explosión de color, o ese intenso olor a hinojo nos dieron las últimas energías que necesitábamos para llegar a Manosque, final de la etapa del día.

Las Gorges de Daluis despertaron muchos recuerdos. Hace poco más de dos años realizaba con Belén lo que sería su primer viaje largo. Un fin de semana por la Provenza y la Costa Azul mientras realizaba un reportaje para Solo Moto en una enorme Kawa GTR 1400. Nos encantaron estas gargantas, por eso quisimos volver allí hoy. Nos paramos en los mismos lugares y nos encantó hacer las mismas fotos. Esos recuerdos me hacen ahora sonreír, viendo dónde hemos llegado desde entonces. Yo llegué al Cabo Norte y recorrí los Balcanes. Con Belén llegamos a Estambul y también a la lejana Polonia. Hoy volvemos a estar aquí, recordando lo realizado los últimos años, y soñando con lo que habremos conseguido en los siguientes. Y todo comenzó aquí, contemplando los rojizos desfiladeros de Daluis.

Podía oír mi respiración amplificada dentro del casco. Andando detrás de Belén, ambos vestidos de motorista y con el casco puesto deberíamos causar una interesante impresión a la gente que nos rodeaba. Pero lo cierto es que nadie nos miraba. No suelo andar así vestido, pero la ocasión lo requería. En ese momento la tormenta descargaba con mucha fuerza, y era la mejor manera de refugiarse de ella. Levanté la vista buscando algún sitio donde guarecernos, pero lo único que vi era hierba mojada. Una gran explanada de hierba con infinidad de cruces de mármol blanco puestas en línea con una precisión obsesiva. Estaba diluviando en el cementerio americano de Normandía.

Las obras nos impidieron salir de Nantes con rapidez. Una y otra vez jugábamos al gato y al ratón con los desvíos, que aparecían y desaparecían a la que menos te lo esperabas. Este juego del escondite nos permitió ver la catedral y el castillo, que la noche anterior se nos mostraron esquivos. Finalmente pudimos salir hacia Rennes por autovía. Y de allí hasta el Mont Saint Michel.

La abadía sigue ahí, como flotando en medio de la nada desde hace siglos. Los enormes parkings impedían acercarse al camino de acceso para tomar la pertinente foto, pero un escondido acceso a unas obras nos solucionó la papeleta. La ruta seguía hacia Normandía, pasando por carreteras olvidadas que enlazaban pueblecitos limpios, antiguos, cuidados y coloristas. Las casas de piedra con los porticones primorosamente pintados de colores, o la infinidad de hortensias, geranios y otras flores le daban un toque acogedor a los pequeños pueblos de la campiña francesa.

Desde la mañana las nubes amenazaban con descargar. Y así lo hicieron de manera intermitente. No tuvimos más remedio que ser los espectadores de excepción de ese juego caprichoso que se llevaban la lluvia y el sol, ahora mojando los campos, ahora iluminándolos para que luzcan resplandecientes. Y el arco iris, que aparecía y desaparecía siguiéndonos al lado camino de las costas de Normandía. Parecía tan cercano… En algunos momentos me pareció verlo delante de alguno de los bosques que recortaban el horizonte, casi al alcance de la mano.

Omaha Beach, la playa más famosa del desembarco de Normandía, se encontraba en marea baja. La gran extensión de fina arena albergaba a algunos niños jugando a volar cometas o hacer castillos. Nada de sombrillas, chiringuitos o tufillo a crema solar. Sí, ya se que el día no acompañaba a ir a la playa, pero me pareció respirar un aroma a profundo respeto por lo que allí aconteció.

Entrando en el cementerio americano comenzó a diluviar. Paseamos en silencio bordeando las miles de cruces de mármol blanco mientras la lluvia lo empapaba todo una vez más. Las cruces de los vencedores. Triste balance. Haciendo algunas fotos, buscando la simetría cambiante de las hileras de lápidas, me di cuenta que no estaba asociando cada una de ellas con una historia, una vida y una familia destrozada. Quizá el lugar es demasiado bonito. O quizá me estaba quedando en lo superficial una vez más.

Atravesamos el espectacular Puente de Normandía para llegar a Le Havre. Colosal, moderno y casi hipnotizador, cuando los tirantes de acero fueron pasando por la derecha y por la izquierda, de manera rítmica, acompasada y casi relajante. Seguía lloviendo.

Y finalmente llegamos a Etretat. Como dijo Belén, abrimos las páginas de un cuento y nos metimos en él. Casitas de madera, algunas con vigas vistas, otras con tejados de madera,… todas con encanto. El cuento de hadas continuó cuando llegamos a la playa y vimos sus espectaculares acantilados blancos. El sol se escondía tras las nubes dejando regueros escarlatas que teñían el horizonte. Las gaviotas graznaban a nuestro alrededor mientras se acercaba la hora de la cena. Una cena con sabor a mejillones y crepes.

Hoy me he dado cuenta de una cosa. A pesar del frío, la lluvia o mil incomodidades, si tienes paciencia acaba saliendo un arco iris o una inolvidable puesta de sol. A pesar de recorrer miles de kilómetros para buscarlos, los arco iris están mucho más cerca de lo que parece. Incluso a veces, están siempre a tu lado.

Polonia 02


EveryTrail – Find hiking trails in California and beyond

853………. 854………. 855………. Los kilómetros avanzaban con una lentitud exasperante. En ese momento me preguntaba por qué extraña y estúpida razón el primer día de ruta me daba por planificar semejante kilometrada. Seguramente porque de las tres premisas olímpicas -más alto, más fuerte, más lejos- a mi siempre me ha gustado la última. Comenzaba a estar cansado y aún quedaban unos cincuenta kilómetros para acabar la jornada. Y entonces, se puso a llover.

Salir de Zaragoza le dio un aire nuevo a las rutas. A pesar de que los primeros setecientos kilómetros transcurrieron por autopista, los paisajes eran diferentes a las acostumbrados. Pudimos observar en Tudela los molinos de viento prácticamente aún dormidos mientras la escasa brisa les soplaba suavemente para despertarlos. Y al altivo Moncayo desperezándose entre la neblina matinal mientras enfilábamos ya el norte, camino de San Sebastián. Nos divertimos en una autopista loca que sorteaba como podía los montes vascos, siempre misteriosos.

Ya en Francia nos esperaban los viñedos de las ilustres zonas de Bordeaux y Cognac en miles de hileras verdes con los racimos ya madurándose al sol del verano. Y así transcurrió el día hasta llegar a La Rochelle. Su elegante puerto viejo se mostraba vivo y lleno de gente que paseaba entre las embarcaciones de recreo. Al fondo destacaban las dos enormes torres de piedra que vigilan desde hace siglos la entrada del muelle. Después de estirar un poco las piernas con un pequeño paseo, intentamos localizar la antigua base de submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Pudimos ver el edificio gris y envejecido desde lejos, pero fue imposible acercarse más debido a que las múltiples entradas al puerto comercial tenían el paso prohibido. Así que finalmente desistimos y nos adentramos en el cercano Marais Poitevin, una suerte de laberinto de canales donde las barcas a remo se adentran entre los bosques o cruzan los pequeños pueblecitos franceses.

Nos íbamos acercando a Nantes por carreteras locales, atravesando pequeñas localidades que parecían recién liberadas por las tropas aliadas: las casas con fachadas de piedra, persianas de colores y cientos de flores por todos lados. Esperaba que en cualquier momento apareciera un soldado americano alertándome de la presencia de un batallón alemán en las proximidades. El tañer de las campanas de las iglesias que tocaban lánguidamente las horas me sacó de mi fantasía. La séptima campanada nos indicaba que la primera tarde de agosto se estaba agotando. El cielo llevaba horas de un plomizo de esos que no presagia nada bueno, pero se mantenía sereno. Ya llevábamos muchos kilómetros y muchas horas como para poder disfrutar de los juegos de luces que provocaban diversos jirones en las nubes. De pronto se ponía a llover como salía el sol dejando un intenso color vede flúor en los campos de cereales, y un desenfadado amarillo en los de girasoles. Incluso se atrevió a salir algún tímido arco iris. Pero a Nantes parecía costarle llegar.

Curiosamente inicio todas las rutas con una gran kilometrada. Sí, la excusa es que estás descansado y todo eso. Pero ahora pienso en que existe otro motivo oculto. Las ganas de alejarse de casa. Las ganas de encontrarse con paisajes diferentes, extraños y sorprendentes lo antes posible. Las ganas de decir que ya estás lejos. Las ansias de aventura.

Polonia 01


EveryTrail – Find trail maps for California and beyond

Mil y pico kilómetros de aburrida autopista, de esa que ya te conoces por haberla recorrido cien veces, se supone que dan para reflexionar. Eso pensaba yo esta mañana mientras daba cuenta de la exigua tostada del pobre desayuno. Sería el momento de reflexionar lo vivido y sacar todo el jugo que me ha regalado este viaje.

Pensaba que en estas horas volvería a recordar el intenso azul del Adriático. Sí, ese azul “istriónico” que descubrí los primeros días de viaje. Pero no. Estaba demasiado ocupado en mantenerme a unos legales 130 km/h. No quería sorpresas de último día.

Creí que volvería a notar los fantasmas de la guerra que sentí en mi paso por Bosnia. Sí, esos balazos en cada una de las viejas casas que aún siguen habitadas. Pero tampoco. Estaba demasiado pendiente de no olvidarme de coger ninguno de los tickets de los peajes italianos.

Estaba seguro que recordaría a los niños de la frontera de Kosovo. Sus sonrisas subidos encima de la BMW y cómo desaparecieron mis miedos a cruzar esa frontera. Pero no. Estaba concentrado en pasar entre los coches en los múltiples atascos franceses.

Pensaba que se me saltarían las lágrimas recordando la durísima pista albanesa que me hizo atravesar las montañas y que consiguió que me creyera capaz de todo lo que me propusiese. Pero mi cabeza no podía pensar en otra cosa que en calcular las paradas para repostar.

No dudaba que recordaría el espectacular verde de los lagos de Plitvice, ese que podría catalogarse como uno de los verdes más bonitos que existen. Pero era incapaz de recordarlo mientras veía los restos negruzcos y cenizos del devastador incendio de La Jonquera.

Estaba seguro que me abandonaría a la emoción al entrar en el parking de mi casa, una vez concluida esta fenomenal Ruta Balcánica. Nada de eso. Solamente podía pensar en la ansiada ducha, en preparar la cena y en la fantástica cerveza que me merecía.

Y es que el pasado es eso, pasado. Los recuerdos y las emociones no hay que olvidarlas, sin duda. Pero no para deleitarse con ese rancio recuerdo de un pasado añorado, sino como experiencia y complemento al futuro. Los azules, los fantasmas, los niños, las piedras, o los verdes por supuesto que serán el mejor bagaje posible para disfrutar con más intensidad si cabe del próximo reto. La Ruta Polaca comienza en menos de cuatro días. ¿Te lo vas a perder?

Balcanes 14


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El retrovisor del lado izquierdo comenzó a moverse. Primero tímidamente, pero luego decidió ir dando bandazos a diestro y siniestro. No me lo podía creer. Tras más de diez mil kilómetros sin prácticamente ningún problema mecánico, se me afloja el retrovisor a menos de cien kilómetros de casa. Hay que joderse.

Ocho y media de la mañana. Como tantas otras veces, toca la ardua labor de meter todo en la maleta. Enchufes, ropa sucia, ordenador… Todo encaja como si fuera un tetris. Se que cerrará a la perfección, a pesar de que en un primer vistazo pueda pensarse que explotará por alguna de sus costuras. Pero no, las costuras siguen allí. Pero a pesar de esa rutina diaria, hoy es especial. Es la última vez que la hago. Cuando casi todo lo que llevas en la maleta es ropa sucia, maloliente y casi roñosa, sabes que ha llegado el momento de regresar.

El retorno transcurrió plácidamente por autopista, sin más emoción que la de encontrar el carril donde hubiera menos cola en el peaje. Era tiempo para recordar. Entre canción y canción recordé las primeras curvas del Col d’Isére del primer día, las grandes curvas del Grand San Bernard por donde entramos en Suiza o el relajante paseo por el florido puente de Lucerna. Recordé los paisajes alpinos del maravilloso Kausenpass o la subida nocturna al Stelvio, prácticamente agotados. Las alegres carreteras secundarias alemanas acudieron a mi mente, así como llegar a Oberdrauburg en medio de un concierto de la banda del pueblo. El castillo de Predjama, la cambiante costa croata o las empinadas calles de Dubrovnik,… Recuerdo las durísimas carreteras de Albania o los sorprendentes monasterios de Meteora. Me parece oír las llamadas a la oración de las decenas de mezquitas de Estambul y los rezos ortodoxos de los monasterios búlgaros. Siento nuevamente el traqueteo de los baches al inicio de la Transfagarasan Road o la emoción de entrar en el castillo de Bran, en Transilvania. Recuerdo los infinitos campos serbios o los agujeros de bala en los edificios de Sarajevo. Sonrío pensando en la maravillosa cena en una terraza de Ljubljana, o la cara de sorpresa de Belén al ver el Campanile de Florencia. Recuerdo la blancura de la Torre de Pisa o las parejas de ricachones franceses paseando frente al Carlton de Cannes. Cierro los ojos y doy gracias. Gracias por poder tener todos esos recuerdos, que alimentarán nuestra sed de aventuras al menos otro año más.

Collioure no podía faltar en la ruta. Allí hicimos Belén y yo nuestro primer viaje en moto juntos, y por allí debía pasar la ruta de nuestra primera gran aventura, a orillas del Mediterráneo, con la torre del reloj mirándonos mientras degustamos un maravilloso crépe de queso, miel y bacon.

Última parada a cien kilómetros de casa, para ajustar el maldito retrovisor, que también quería ser protagonista en esta aventura, al menos durante un rato. Mientras busco la llave fija del 12 para apretarlo, pienso en esos locos maravillosos que se dedican a dar la vuelta al mundo en moto. ¿Son unos pirados, inconscientes e inmaduros que dejan toda la estabilidad que tienen asegurada en su casa para jugar a las aventuras? Hace días que me lo vengo preguntando, pero ahora se la respuesta. Estos personajes son personas como tú o como yo, que en un momento dado tuvieron la valentía suficiente como para dar un manotazo encima de la mesa, decir basta a una vida vacía y emprender otra nueva, más acorde con sus deseos. Quizá haga falta una crisis, un cruce de caminos o un millón de piedras que esquivar para poder dar ese paso. Tras veintiún días fuera de casa y miles de kilómetros a nuestras espaldas, solamente puedo decir: Fabián, Miquel, Fernando, Charlie, Alicia… Ole vuestros huevos, valientes!! A mí aún me quedan algunas piedras -pocas- que saltar.

Ya solamente me queda daros las gracias. Gracias por haberme soportado todos estos días. Algunas veces habrá sido divertido, otras un auténtico coñazo. Es duro llegar tras más de nueve horas de moto, cansado, con ganas de una ducha, una cena y meterme en la cama, y tener que ponerme a escribir una crónica y colgar algunas fotos. A veces me han dado las dos de la madrugada. Pero la recompensa estaba ahí a la mañana siguiente, con vuestros comentarios. Gracias de verdad.

Hemos conquistado Oriente. Hemos llegado a Estambul. Hemos recorrido quince países. Diez mil kilómetros en veinte días. Ha sido una gran aventura. La Ruta de Oriente ha terminado. Hoy mismo comenzamos a preparar el próximo desafío.

Etapa 20: De Cannes a Terrassa


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Cuando piensas en Pisa piensas en la torre inclinada. Si no estuviera inclinada, seguro que no tendría la fama que tiene. Y es una pena. Porque todo el conjunto del Campo dei Miracoli (Battisterio, Iglesia y Campanario) es de una belleza extrema. Pero no. Aquí hay que venir a hacerse la foto aguantando la torre. De hecho, la explanada entera parece una concentración de gente haciendo Tai Chi, con los brazos en extrañas poses haciendo ver que aguantan la gran torre de mármol. Sea como fuere, no nos fuimos de allí sin hacernos nosotros la foto. Dicen que allá donde fueres, haz lo que vieres…

“Gire a la derecha en 150 metros”. Y yo, giro a la derecha. “Gire a la izquierda”. Y lo hago. Seguía a pies juntillas las indicaciones del GPS. La idea era salirnos de la autopista en Génova para hacer un repaso rápido a la ciudad y comer por ahí. Aún no sé cómo acabé nuevamente en la autopista dirección Milán. Quería dar la vuelta, pero el Garmin no hacía más que darme indicaciones aparentemente sin sentido. Las flechas de su pantalla parecían nudos de corbata intentando guiarme por las infinitas salidas de la autopista. Al final no pudimos hacer una visita rápida a al puerto italiano al pie de las montañas, donde vivía nuestro amigo Marco. Tuvimos que pagar dos veces el mismo tramo de autopista para acabar finalmente saliendo de la ciudad en la dirección correcta.

Las autopistas italianas merecen un párrafo aparte. Túneles y más túneles, enormes puentes sustentados en altísimas columnas sobre verdes valles que acaban desparramándose cerca del mar. Curvas donde poner a prueba tu sangre fría mirando el quitamiedos que da más miedo que otra cosa. Y los límites de velocidad… Aún no he visto ninguna señal donde te indique ese límite. Y mira que la he buscado. En ninguna parte. Solamente en algunas curvas peligrosas o a la entrada de los túneles puedes ver un tímido “110”.

A lo tonto a lo tonto, y tras casi quinientos kilómetros de autopista, llegamos a Cannes. Menos de cinco horas para la misma distancia que otros días nos había costado casi diez. Pero desde luego bastante más aburrido. Cannes nos abofetea con su glamour, sus yates, sus sesentones con el cuello del polo subido y sus cincuentonas con minifalda y doce centímetros de tacón. Qué lejos quedan las calles de Albania o las carreteras bosnias. Qué cerca queda el final del viaje y la rutina del día a día. Hoy no tenemos que buscar hotel para mañana. Porque mañana dormimos en casa.

Etapa 19: De Florencia a Cannes


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Se supone que debería comenzar los relatos de esta nueva ruta de Oriente con unos textos vivos, mordaces, frescos e ingeniosos. Pero después de 950 kilómetros y casi diez horas encima de la moto, creo que el ingenio y la frescura quedaron atrás, quizá perdidos entre las mil y una curvas del Col de l’Iseran. Sea como sea, vamos a intentar llevar a buen puerto esta primera crónica comenzando por el principio.

Seis de la mañana. El despertador se empeña en despertarnos incluso antes de que lo haga el sol. La noche ha transcurrido en un auténtico suspiro, un visto y no visto que se antoja a todas luces insuficiente para soportar el intenso día que nos espera. Los trastos están listos en la moto desde anoche, por lo que en poco más de una hora estamos en ruta. La autopista hacia La Jonquera se desliza silenciosa por su habitual recorrido. Los primeros momentos van sucediéndose entre pensamientos tristones y desalentadores. Quizá sea un exceso de responsabilidad -esta vez no voy solo, no puedo pretender que mi viaje ideal sea el mismo que el de Belén-, quizá el temor a la dura jornada que tenemos por delante… Sea como fuere, hasta que no retumbaron en mi casco esos ritmos activadores de las canciones de mi iPhone no pude esbozar una sonrisa. Café con leche en La Jonquera, junto con los últimos tweets con 3G. A partir de ahora, solamente dependeremos de la benevolencia de los wifis foráneos.

Como suele pasar en los primeros kilómetros franceses, el viento arrecia desde el oeste, haciendo la conducción algo pesada e incómoda. Y así estuvo hasta bastante más allá de Montpellier. Pensando en otras rutas de otros viajes, se que el secreto es ir dejando pasar los kilómetros de autopista uno tras otro, sin mirar en exceso esa ventanita del GPS que va indicando lo que falta.

Pasado Grenoble, la autopista comienza a ascender, y el frío empieza a hacerse notar. Los desvíos se van sucediendo entre nombres de míticas etapas del Tour de Francia. Croix de Fer, Galibiers,… y al poco rato, el Col de l’Iseran, donde nos desviamos. La carretera asciende por las verdes laderas, casi sin molestarlas, pidiendo permiso. Curva aquí y pendiente allá, vamos ascendiendo hasta la cima, a 2770 metros. Allí nos recibe un fuerte viento y un frío de órdago, sobre todo si vas con la equipación de verano. Hago las pocas fotos que me permiten mis entumecidos dedos, y hago cola entre otros moteros y ciclistas para hacerla en el preceptivo cartel indicador, mientras el termómetro de la BMW marca los 4,5ºC.

La bajada hacia Val d’Isère nos va devolviendo algún grado más de temperatura, mientras nos cruzamos con multitud de motoristas. La moto parece rugir con fuerza en los múltiples túneles de la carretera, mientras las nieves perpetuas coquetean con los grises nubarrones que de momento no se atreven a descargar.

El Piccolo San Bernardo sería el puerto de montaña que nos llevaría hasta Italia. Un sinfín de paellas -o tornanti, como les llaman los italianos- dan a la carretera el aspecto de un acordeón. En su cima, una gran estatua del pobre santo, que tiene que cargar con la pena de ser confundido con un perro con un barril de whisky cada vez que se le nombra. De hecho, la estatua de San Bernardo también compite con un perrazo de cartón piedra que sin duda es el preferido para las fotos de los que por allí pasan.

Finalmente el Valle de Aosta. Preferimos hacer los últimos cuarenta kilómetros por la autopista, plagada de túneles “perpetrados” en las laderas del valle en aras de una mejora en la comunicación del valle con el exterior. El hotel se encuentra pared con pared del aeropuerto donde de manera casi incesante, van despegando y aterrizando helicópteros, incluso ya en la negrura de la noche. A nosotros solamente nos queda cenar en el bonito pueblo alpino y regresar al hotel a reponer fuerzas.

La ruta del día la podéis ver aquí:

Etapa 1: Terrassa – Aosta


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Estos son los algunos de los pedacitos de imágenes que nos llevamos de recuerdo en el Viaje a los Pirineos.


La Ruta de Los Pirineos por Dr_Jaus