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La aventura de cada fin de semana

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Hemos pasado nuestro última mañana de viaje viendo aviones. Mira, soy así de friki. El museo Aeroscopia de Toulouse abrió sus puertas hace algo más de un año, y tenía muchas ganas de verlo. Sobre todo para admirar al Concorde, y los otros aviones que allí se exponen. Pero de eso ya hablaremos más adelante en otro blog.

Pues no, al final no hemos pillado el Concorde para volver a Zaragoza. Hemos ido por carretera y tal. Por cierto, menudo calorazo solo pasar el túnel de Bielsa! Hemos batido el récord del viaje, con 37,5ºC!! Y yo que temía por las temperaturas balcánicas!

Lo que sí me ha parecido supersónico es cómo se han pasado de rápidas estas cuatro semanas. Ha sido un viaje intenso y muy variado, casi día a día. Casi 10.000 kilómetros de ruta, catorce países y muchos recuerdos. Como el romanticismo de la Piazza San Marcos de Venecia, desde ahora siempre muy especial para nosotros. O el silencio incómodo en la base aérea abandonada de Zeljava, en Croacia. Me quedo con el encanto de Mostar y su puente, en Bosnia y Herzegovina. O la grandiosidad del Piva Canyon en Montenegro, el encanto de la puesta de sol en el lago Ohrid de Macedonia, o las montañas de Belogradchik de Bulgaria. Recordaré siempre los monasterios pintados de Rumanía y las vistas de la ribera del Danubio en Budapest, Hungría. O el paseo a media tarde por Bratislava en Eslovaquia, y la majestuosa plaza de Oloumoc. Y como no, Hallstatt, el pueblo de postal de Austria, los imponentes Dolomitas y el Passo San Boldo de Italia, o las imperdibles Gorges del Tarn en Francia. 

Hemos atravesado los Cárpatos dos veces, los Alpes, los Dolomitas y los Pirineos, y las motos no han dado ni una sola queja. Y por supuesto he de acordarme de la valentía de Belén, que como en otras ocasiones se ha lanzado a la aventura por países complicados para conducir como Albania, Bosnia o Rumanía. Además, ha tenido que aguantarme 28 días, y eso es de mucho mérito ya de normal. Así que imagínate lo que ha sido en mi estado. Porque no lo he dicho en ningún momento, pero una hernia discal me ha hecho la pascua durante todo el viaje, dejándome como un auténtico inválido en cuanto me bajaba de la moto. Por todo ello, gracias, Belén.


Y gracias a vosotros, que me habéis aguantado las crónicas, las fotos desde la habitación del hotel o los restaurantes al aire libre. De verdad, es duro ponerse a escribir a las once de la noche, pero es impresionante la fuerza que dáis para hacerlo y compartir lo que ha sido nuestro viaje. Gracias de verdad. 


Y ahora qué? Pues a hacer coladas. Que la lavadora ya está pidiendo que le saquemos la primera tanda de ropa sucia. Y en un par de días, el resumen estadístico y de gastos del viaje. En unos días, los vídeos del viaje. Y durante los próximos meses, toda la información turística que he recopilado la iré desgranando en el blog El Rutómetro de Jaus. Estáis invitados.

Y como decía aquél, vámonos a la cama que esta gente querrá irse a casa. Buenas noches!

Que no habéis ido nunca a las gargantas del Tarn? O mejor dicho, las Gorges du Tarn, que ahora ya he adoptado el francés como segunda lengua nativa. De hecho, he comprobado que el francés es idéntico al castellano pero hablado despacito. Así lo he hecho en el hotel y en la crepería y me han entendido perfectamente. Ye suis fransuas de la frans.


Pues a lo que iba, que me disperso. Las Gorges du Tarn son unos 70 kilómetros que no te puedes perder a poco que salgas de España. Que qué ofrecen? Pues a nivel de carretera, curvas suaves y buen asfalto. Y a nivel paisajístico, de todo: gargantas estrechas, paredes rocosas que llegan hasta donde la vista no te alcanza, un río de un color verde esmeralda que lo flipas, pueblitos de piedra que parecen estar en equilibrio precario sobre el abismo… Claro que todo eso es un gran inconveniente si vienes a disfrutar de la carretera, porque la vista no para quieta mirando de un lado para otro.


El momentazo del día? Pues la súper idea de Belén de irnos a comer al río. A la sombrita, con el agua fresca a tus pies (no, yo no me he quitado las botas, pero Belén no podía dejar de hacerlo) y una paz increíble a pesar de estar rodeados de gente. Porque esta zona está sorprendentemente poco transitada, pero la de piraguas que van bajando por el río! En definitiva, que había gente pero no agobiaba en absoluto. Por cierto, comprando la ración de tomates del día he visto que vendían bombonas para el hornillo. Adivináis de qué marca? CAMPINGAZZ!!!! Guillotine pour le vendedour del Decathlon!!


Y finalmente, Toulouse, tras doscientos kilómetros donde hemos combinado carreterita de curvas divertidas y bastante autovía, que nunca viene mal cuando estás deseando llegar y el termómetro está nuevamente en 36ºC. Curiosamente yo le tenía mucho miedo al calor balcánico que ya hemos sufrido en otros viajes y las mayores temperaturas las hemos sufrido en Francia, tanto a la ida como a la vuelta. Se la ví, mon amí.

La cena, a base de crêpes, como solemos hacer al menos una vez siempre que estamos por Francia. Y los de hoy estaban de muerte, en serio. No me preguntes qué llevaban, porque mi nivel de francés no ha llegado hasta ese punto, pero estaban de repetir. Y así lo habría hecho si no hubieran sido tan lentos. Porque a las 11 de la noche me cerraban la puerta del parking del hotel. Y las perfectas indicaciones del recepcionista no me convencían:

–No tienes más que marcar tu número de habitación y tu apellido– dijo el conserje pelirrojo con barba de hipster.

–¿Lo marco en el panel de al lado de la puerta?– repliqué.

–Sí, si. Ahí mismo.

Pero vamos a ver, Zanahorio: el panel de al lado de la puerta solamente tiene los números del 0 al 9. A ver cómo leches le meto ahí mi apellido. Esto último lo pensé, pero no se lo dije. Era extremadamente seguro que llegáramos antes de las 11… excepto en el improbable caso de que el de la crepería tardara lo indecible con los platos. Total, que hemos llegado a las 23:06. Afortunadamente, la puerta estaba abierta. Esto ya me suele pasar a menudo, que me preocupo de problemas que aún no son problemas y que la mayoría de las veces nunca llegan a serlo. Ye suí así, mon petit lector.

Y ya vale de interioridades que yo soy muy celoso de mi vida privada, por eso casi no cuelgo nada en redes sociales (ejem). Ale, circulen. Nosotros a descansar, que mañana toca un pequeño museo y un nuevo (o no tan nuevo) país. Buenas noches.

A ver, que hoy estoy reivindicativo. Se me ha pegado algo de la revolución francesa y hoy van a rodar cabezas. Pero comencemos por el principio. Y el principio no es otro que pasar a Francia desde Italia, rodeados por montañacas de esas que te quitan el aliento. Como vienen siendo los Alpes, vamos. 


Y a eso que sigues la carretera y te encuentras el desvío hacia el Galibier. Pues para allí que nos hemos ido, rodeados de glaciares con nieves perpetuas por carreteritas estrechas con un desnivel muy importante y sin quitamiedos. De esas que molan, vamos. 


Hemos seguido a Grenoble con algún que otro temor a que la carretera estuviera cortada, porque llevaba varios kilómetros viendo el cartel de Grenoble tachado. Al final solamente era un corte para los camiones y autocaravanas. Nosotros pasamos sin problemas. Y después a comer ensalada de tomate, que con el calor apetece más que los fideos esos de sobre. Además, se nos ha acabado el gas del hornillo. Y aquí rueda la primera cabeza: señor del Decathlon que me vendió la moto de que los hornillos Primus los encontraría más fácilmente en Europa que los de la marca CampinGaz, NO TIENE NI IDEA! En Austria e Italia me cansé de preguntar por los recambios de bombonas Primus, Y NI UNO TENÍA. En cambio de CampinGaz… A patadas! Menos mal que me gusta la ensalada de tomate. 


Tenía pensado pasar por las Gorges de la Bourne. De hecho hemos pasado por allí. Pero ha sido un lapsus mío, porque lo que realmente buscaba era Combe Laval. Y por mucho que seguía la ruta del GPS, el espectacular cañón no aparecía. He tenido que buscar y buscar para encontrarlo finalmente. Y es que pasar por ahí vale la pena.


La cosa ha sido que tras desviarnos unos míseros 18 kilómetros, los 120 que faltaban para destino se han convertido… en 200! A ver, señor Garmin: Si desde el punto A faltan 120 kilómetros, desde A+18 no pueden faltar 200km. Si hace falta, me hace usted dar la vuelta y vuelvo por donde he venido. Además, me ha calculado una hora de llegada que ni yendo en bicicleta. Guillotina también hoy para el GPS.


Y luego ha llegado la cena en Alès, que así se llama el pueblo donde estamos. Debe ser que nuestro idioma nativo italiano nos ha confundido, pero de 4 platos que hemos pedido (la carta estaba en francés, evidentment) NO HEMOS ACERTADO NI UNO! Eso sí, buenos estaban todos. Así que voy a pasarme la noche practicando. Lulú? Se mua.

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Vamos con brío que dentro de 8 hora nos tenemos que levantar. Levantar por última vez en el viaje. Porque se supone que mañana llegamos a Zaragoza. Que qué ha pasado hoy? Que le hemos comprado una cadenita nueva a la Derbi. Así tendremos únicamente la dosis justa de aventura, que tener que sufrir por si se rompe otra vez es un coñazo monumental. Ahora al menos en cuestión de transmisiones, estamos contentos.

El desayuno, en la casa de Chateauroux se hace en comuna. Me refiero que los dueños de la casa ponen todo en una gran mesa ovalada y todos los huéspedes se sientan -nos sentamos- alrededor. Para fomentar la charla y eso. Todos franceses. Los dueños también. Pero no franceses normales, no. Franceses de esos que hablan francés con acento francés. O sea, de los que no pillas ni una palabra. No es tan cerrado como el acento de Phillippe, pero lo entiendo igual de mal. Y venga a darme conversación. Y yo ahí disimulando que entiendo algo. Quería salir de ahí cuanto antes. En cambio Belén estaba en su salsa. No creo que entendiera la mitad de las cosas, pero mira, como le encanta hablar y escuchar, se lo pasa bien. Aunque sea en francés del bueno.

Y tras el desayuno y el cambio de cadena de la Derbi, hemos comenzado ruta. Y nos hemos puesto en modo aventura asfáltica. Sí, es cuando pones en el GPS “la ruta más corta”. Te mete por carreteras secundarias en una ruta supuestamente de más duración. Supuestamente, si no vas a ritmo de 125cc, que entonces te da igual que la carretera sea secundaria que general. Y así hemos descubierto muchos pueblecitos encantadores. Aunque la verdad es que hasta Montignac no había mucho que contar ni que encantar. En Montignac hemos comido. Pero eso no es lo más importante. Ni tampoco que tiene un río y un puente encantadores (ya os había avisado que desde aquí la ruta encantaba). Lo más importante es… QUE HACÍA CALOR! Un calor que te mueres. 28ºC. Una temperatura que ya tenía olvidada y arrinconada en las neuronas más escondidas de mi cerebro. Y entonces me he acordado de Noruega. Y de su fresquito… Mmmmmmhh.

La ruta pasaba por Les Eyzies de Tallac-Sireuil, un pueblo encastrado en una roca. Majo, sí. Y luego por el Chateau de Puymartin. Desde el parking ni se ve el castillo, así que no lo intentéis. Ahora, desde carreteras cercanas, sí que se puede ver una buena panorámica. Pero lo mejor ha sido Beynac, el pueblo que se creía cabra montés. Encaramado al peñasco, sus rampas eran irreales. Irreales e insufribles. Hemos acabado agotados. Y acalorados, porque el calor seguía apretando. ¡Qué ganas de volver para el norte! Y mira que después ha llovido y todo (qué? pensabais que no nos iba a seguir lloviendo? Es mi 15º día consecutivo bajo la lluvia.

Hasta el hotel, en Villeneuve s/. Lot (bueno, en una granja restaurada muyyyyyy a las afueras de Villeneuve) las carreteras eran de esas que puedes recorrer a ritmo, sin prisas y sin pausas, sin sorpresas ni curvas traicioneras. Así que nos hemos divertido y todo.

Y como en este hotel también hablan francés y los dueños se empeñan en dar conversación, y hemos quedado para desayunar a las 8 y media de la mañana, me he de ir pensando en acostar. Menos mal que a éstos les entiendo un poco más. O eso me parece.

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No, si ya lo decía yo. Me gusta el cardán. Cadena, caca. Mira que es un coñazo tensar y engrasar casi a diario. Pues no ha sido suficiente. La cadena de la Derbi de Belén ha dicho basta. Y se ha roto, la muy jodía. Así, como quien no quiere la cosa. Entre La Ferté-Saint-Cyr y Crouy-sur-Cosson. Vamos, en el culo del mundo francés conocido. Ahí estaba la Derbi, con la cadena colgando y yo que la miraba pensando… “Y se supone que yo ahora tengo que solucionar el marrón…” Menos mal que apareció Phillippe.

Phillippe trabaja en una granja. Bueno, no sé si era una granja, pero por ahí corrían un par de gallos que eran más grandes que Caponata (sí, ya tengo una edad…). Phillippe no habla nada de español. Ni de inglés. De hecho, dudo que hablara un correcto francés. Pero entendía de cadenas. Tras un corto diálogo ininteligible por ambas partes, ha cogido la cadena, ha separado el eslabón de cierre, que es el que se había partido, y ha dicho una laaaarga frase en francés. Pero un francés cerrado cerrado, oye. De esos que ni que afines el oído entiendes nada.

Pero como Phillippe asentía y ponía cara de que tenía la solución, afiné aún más el oído. Y entendí esto perfectamente:

– Mira, coge tu moto que funciona (porque la maravillosa BMW con cardán esa que llevas funciona, no?) y te vas a Muides-sur-Loire. Pasas el puente y llegas a Mer. Ahí sigues las indicaciones hacia la autopista, pasas la primera rotonda después del pueblo y giras a la derecha. La siguiente rotonda a la izquierda y tiras recto. Encontrarás un polígono con industrias. Ahí, antes de llegar al desvío de la autopista, giras a la izquierda. A la derecha no, a la izquierda. Verás que hay un tractor verde muy grande. Es una cosechadora, pero como se ve que tienes cara de no tener ni idea de cosas agrícolas, quédate con la idea de que es un tractor. Eso debes saber lo que es. Pues eso se llama Chesneau Agricol. Ahí te pueden vender un eslabón.

Bueno, no sé si dijo eso exactamente. Pero a mí me sirvió… Me sirvió para hacer turismo por todo el polígono de Mer. Calle arriba, calle abajo. Rotonda para arriba, rotonda para abajo… buscando un tractor verde. Y al final lo encontré. La nave tenía un enorme escudo verde con un ciervo amarillo. Era un concesionario de la marca de tractores John Deere. ¿Y aquí van a tener el eslabón de cierre de una cadena de una moto Derbi Terra Adventure 125?

Entré con cara de panoli. ¿Sabes cuando ves a uno de pueblo de esos que trabajan en una granja de pollos entrar en la FNAC? Pues eso pero al revés. Con mi cadena grasienta en la mano. Y se me acerca uno. Lo siento, pero a este no le pregunté el nombre. Pero tampoco hablaba español. Ni inglés. Solo el mismo francés cerrado del culo del mundo francés conocido. Le enseño la cadena diciéndole con la mirada:

– Cadena pupa. Arreglas bien?

O algo así. Es que no soy muy preciso diciendo cosas con la mirada, qué quieres. Y sin decir palabra, se lleva mi grasienta cadena (bueno, la de la Derbi de Belén) y vuelve al cabo de un rato (dos minutos) con la misma cadena grasienta pero que lucía un nuevo eslabón de cierre. Toma ya. Y gratis. ¡Viva John Deere! Y yo que era más de Massey Ferguson…

Total, que en hora y media, cadena arreglada y puesta, y seguimos ruta. Ah! ¿Que no os lo he dicho? La ruta de hoy iba de castillos del Loira. Chambord, Cheverny, Chenonceaux, Blois… Todo muy bonito. De hecho han pasado más cosas. Hasta un accidente (bueno, incidente) en París. Hoy todas las tortas se las ha llevado la Derbi de Belén, pobre. Pero para saber detalles del tema, tendréis que leer el post de Belén. Que a mi, Phillippe y John Deere me tienen robado el corazón.

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Habéis tenido suerte. Porque ha faltado muy poquito para que no pueda escribir hoy la crónica. Solo a mi se me ocurre, después de un día de perros, eso sí, dejar el Mac debajo del pantalón de la moto que estaba colgado en el armario del hotel. A la que me he querido dar cuenta, el armario parecía las cataratas del Niagara. Y debajo el Mac. Pobre. Sin rechistar. Y hasta esta tarde a la antena del Wifi le ha dado por no ir. Hasta esta tarde. Ahora ya va. Por eso digo, habéis tenido suerte. Vale, yo más.

Y es que lo que ayer parecía un día genial de moto, viendo allá en Bruselas el Atomium [que entre tú y yo, le da cien mil vueltas al Manneken Pis][bueno, hasta la Sirenita de Copenhague le da cien mil vueltas al Manneken Pis][bueno, de hecho casi cualquier cosa le da cien mil vueltas al Manneken Pis], se convirtió en el segundo Diluvio Universal. Creo que nunca he estado tanto tiempo bajo la lluvia como ayer: 11 horitas. Sin parar. De hecho, tuvimos que refugiarnos en un Leclerq a comer algo sin mojarnos.

Además, salir de Bruselas fue la pera de divertido. Porque tu quieres ir donde te dice el GPS y te encuentras que la calle está cortada. Vas por la que te indican como desvío y acabas en otras obras que también están cortadas. Al final pasas de todo, y tiras por una calle hasta que se acabe la ciudad. Y aún así, parece que a la ciudad le cuesta acabarse.

Y luego la risa son las carreteras belgas. A ver, señores belgas: a los noruegos ya les di en otro post unos consejillos, así que ustedes no van a ser menos: está bien usar el verano para hacer obras, todos los países lo hacen. Pero no puede ser que en los 10.000km que llevamos el 95% de las carreteras y calles cortadas los hayamos encontrado en Bélgica, con lo pequeña que es. Revisen ese punto.

Y otra cosa, señores belgas: si tienen una carretera donde van a poner semáforos, no la pongan de 90 km/h, que cuesta mucho parar desde esa velocidad. Por no decir lo de limitar el paso de algunas poblaciones a 70 por hora, mientras que en otras la cosa es ir a 30. ¿Pagan menos impuestos o algo? Y ya, si en lugar de esas planchas de cemento ponen asfalto en las carreteras, casi podríamos decir que habrán llegado al siglo XXI. Digo yo, eh?

Y por último, señores belgas, no se me ofendan, pero los coches de policía en blanco con cuatro líneas en tonos azul clarito queda un poco gay. Usen colores fuertes. El naranja queda más varonil. Pero es un consejo, eh? Que yo de colores, voy flojo.

Total, que nos ha caído el diluvio. Pero fuerte, fuerte. Vimos la catedral de Amiens con el casco puesto y el chubasquero. Preciosa, eso sí. Altísima, esbelta. Que le da mil vueltas a Notre Dame. Y eso bajo la lluvia. En seco debe ser la leche. ¡Vaya arbotantes y contrafuertes! ¡Qué vidrieras! Un diez, señores amientinos, tienen una catedral de 10. No como los belgas, con el Manneken Pis.

Y luego hicimos una pequeña paradita en Auvers. Bueno, Belén hizo la paradita algo mas heavy, que le dio por tirar la moto al suelo después de hacer la foto en la iglesia que inmortalizó Van Gogh. Pero nada, cero daños. ¡Ah!, ella tampoco se hizo nada. Y la iglesia, preciosa. Coqueta pero tímida. Antigua pero orgullosa. Delicada pero robusta.

Y bajo la cortina de agua y el velo de la noche, llegamos a París esquivando un accidente múltiple. Tendríais que ver a Belén pasando entre los coches, de noche. Aún me acuerdo hace justo un año, cuando practicaba en el polígono de al lado de casa… Porque a veces la miro encima de su Derbi y me parece mentira que venga de Nordkapp. Me sigue alucinando. Olé!

Lo primero que vimos al entrar en París fue el titileo hortera que hace la torre Eiffel en las horas en punto. Pero sonreí al verlo. Habíamos llegado a la ciudad de la luz. Casi sin duda, la jornada más dura del viaje, y ahí estábamos, atravesando la ciudad de norte a sur hasta nuestro hotel. Esa noche disfrutamos. Del descanso, digo. Hasta que sonó la alarma de incendios a las dos de la mañana. Debimos ser los únicos que no bajamos a recepción en zapatillas. Somos españoles. Así que tras un vistazo al rellano y cruzar una mirada con el turco de la habitación de enfrente, nos encogimos de hombros y volvimos a la cama. Lo más normal es que alguien se hiciera un cigarrito en la habitación. La cosa se repitió a las 8 y a las 8.30. Y es que hay gente que fuma mucho.

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Las tardes se alargan y alargan. Las temperaturas se atemperan. Llega la primavera y con ella aumentan las ganas de salir en moto. Curiosamente nunca dejamos de hacerlo durante el crudo invierno, pero cuando los campos comienzan a enverdecer y el sol tiene ese afán por colorearlo todo, el deseo de rodar a dos ruedas con la sonrisa en los labios, se incrementa exponencialmente.

La semana fue mala, muy mala. Tanto en lo profesional, con más trabajo de lo que desearía, como en lo personal. Sencillas cosas como finiquitar un libro se me atragantan más de la cuenta. El afán perfeccionista hace que siempre haya cosas que retocar, siempre inacabado como el tapiz de Penélope. Pero esa es otra historia, y merece de ser contada en otra ocasión. Y no a tardar mucho.

La cosa es que los campos de colza, sembrando ya de amarillos innumerables retales de la interminable ruta a Zaragoza, me alegraron la tarde. Rumbo al inicio de la Ruta de Bayonne, que se convertiría a la postre en una de las más bonitas hasta la fecha. Y eso que ya van unas cuantas.

Ya con Belén y su Derbi a mi frente, partimos rumbo a Pamplona. El Moncayo, aún vestido impecablemente con sus nieves invernales, nos quedaba a la espalda, mientras el día se iba acabando. De allí venía el viento, que azotaba y zarandeaba la moto de Belén, que se defendía con destreza, manteniéndola en el rumbo correcto cuando al viento le daba por soplar de lado. Cruzamos un Ebro ya desbordado por el deshielo a su paso por Tudela. Fue lo último que logramos ver antes de que cayera la noche.

Belén hablaba y hablaba sin parar. Yo prefiero que se concentre en la conducción y no se despiste, pero sé que los viernes necesita vaciar todas sus preocupaciones. Es una especie de aduana para entrar limpia al fin de semana. También es señal que está cómoda encima de la moto, así que la dejo hablar mientras yo vigilo por los dos. Quizá yo debería hacer lo mismo, pero prefiero dejarlo para la cena.

SMR_20140328_Bayonne_001Y Pamplona. El viento arreciaba al dejar las motos frente al hotel Zenit, situado a las afueras de la ciudad, en un centro comercial. Desencanto al ver su ubicación, pero alegría al ver su interior. Habitaciones muy correctas, propias de hotel de cuatro estrellas a precios muy contenidos. Con parking gratis. No se puede pedir más. La cena, de pintxos y vinos en la calle de la Estafeta, siguiendo con la mirada los adoquines que ven pasar a esa riada de gente delante de los toros cada principios de Julio. Acaba la noche, como en otras ocasiones, en el bar Iruña, en la Plaza del Castillo. Un cortado y una tarta. Buscando nuevamente la monotonía en las cosas extraordinarias.

Amaneció un día gris. Ni llovía, ni hacía sol. Parecía que el viento había amainado, y esa era la mejor noticia. Nos disponíamos a llegar a San Sebastián por el interior de Navarra. Un desvío muy acertado por Doneztebe y Goizueta. Verdes primerizos comenzaban a decorar los árboles que salían del letargo de los meses de invierno. El agua despertó y se desbordaba por cualquier pequeño rincón, cayendo a los pies de la carretera. Verde musgo, verde hierba… ¿Os he hablado alguna vez de los miles de verdes que habitan en Navarra?

Nos paramos en una curva, en la variante de la N-121, cerca de Almándoz, para evitar los túneles. Hacía justo cuatro años que no paraba ahí, en un recodo del camino donde hay una pequeña fuente y una coqueta cascada. Un coche estaba parado, pero no me molestó para la foto. De ese Renault antiguo salió un anciano ataviado con la típica txapela.

SMR_20140329_Bayonne_002-¡Vaya motos!- comenta. -Deben correr mucho.

-Pues la mía no tanto- puntualiza Belén.

El viejo miraba las motos con ojos de pasión. De una pasión escondida, o quizá dormida. Una pasión que hacía años, quizá demasiados, que no despertaba. Y de repente, despertó.

-Yo tenía una Ossa. De color azul- dijo.

-¿No sería de color verde? Las Ossas solían ser de color verde- puntualicé. Recordaba una foto de una Ossa verde que durante años decoró mi carpeta del colegio. El hombre dudó unos segundos.

-No, era azul. Y me costó veintisietemil pesetas.

Pensé que encantaría decir, dentro de cuarenta años, parado en un recodo de algún camino: “Yo tenía una BMW. Era de color blanco y me costó diecinuevemil euros”. Y seguir teniendo esa pasión en la mirada.

La carretera seguía rumbo norte, pasando por inmensas praderas salpicadas de pequeños rebaños de ovejas lanudas. A veces nos las encontrábamos en medio de la carretera, e iban corriendo asustadas unas decenas de metros, hasta encontrar un pequeño camino por el que huir. Me encanta Navarra. Y entramos en Euskadi como quien no quiere la cosa, sin el mínimo signo, exceptuando el de la carretera, que había habido un cambio. Y San Sebastián apareció esplendorosa. Visita obligada a la playa de la Concha y al Peine de los Vientos, que ese día soplaba y rugía poderoso como nunca.

SMR_20140329_Bayonne_009Se acercaba la hora de la comida. Habíamos comprado algunas cosas para tomar un tentempié en cualquier lugar. Y ese lugar tenía que ser Pasaia. Como si quisiera ocultarse, el camino para llegar a su frente marítimo, al otro lado de la ría, se nos resistía. Lo tenía ubicado en el GPS, y lo veíamos a lo lejos. Pero llevábamos tres intentos y aún no habíamos podido ni acercarnos. Era como un universo paralelo que solamente existía en mi imaginación. Hasta que de pronto, como si un ente superior nos permitiera finalmente el acceso, pudimos llegar. Al otro lado de la ría, las casas se agolpaban una al lado de la otra, a la orilla del mar, mientras que la colina se erigía verde y poderosa a su espalda. Sin duda, otro rincón al que os recomiendo asomaros.

Desde Pasaia a Hondarribia fuimos por la carretera del monte Jaizkibel. Espectaculares vistas, dejando un Cantábrico furioso allá, 450 metros más abajo. Largas colinas y algunos bosques tapizaban el paisaje hasta la costa. Atrás, unos tímidos rayos de sol se acercaban hasta casi acariciar Donostia. Estábamos en lo más alto del paraíso. En la bajada, la desembocadura del Bidasoa presidía algunas curvas. Hasta allí bajamos, pasando a Francia por Hendaya.

Y en Francia todo cambió. Seguía siendo País Vasco, sí… pero los franceses son muy franceses. Y se les nota. En todo. Vistiendo, decorando… Estábamos en la costa, que todo lo centraliza y desvirtúa. Saint-Jean-de-Luz es bonito, sí. Con sus callejones y coquetas casas vascas. Pero francés. Visitamos un decadente Biarritz que vive aún de sus años de esplendor en la época de su casino. Y ahora no difiere mucho de Salou o Benidorm. Y Bayonne destaca con sus castillos o su preciosa catedral. Pero ya no es el País Vasco verde que buscábamos. Cena a base de pato. Magret y confit. Delicioso. Al menos eso sí que lo tienen los franceses.

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Llegaba el domingo y había que volver. La ruta estaba planificada para hacerlo por Candanchú y Jaca, pero había alerta de viento. Lo mismo pasaba en Roncesvalles. Así que en el último momento cambiamos de planes y entramos en España por Ainhoa y Dantxarinea. Fue un acierto. La carretera desde Bayonne a Ainhoa es simplemente espectacular. Un tobogán lleno de subidas y bajadas, con la carretera primorosamente peraltada jugando con las praderas y los pastos donde caserones, pequeños bosques aún invernales y rebaños de ovejas daban el toque discordante a ese verde sempiterno. Es otro rincón más que recomendable. Belén, a todo esto, parecía volar en esa carretera. Notaba que había accedido a otro nivel en la conducción, donde las curvas parecen rendirse a nuestros pies y trazamos cada viraje como si de un lienzo virgen se tratara, pintando una armonía y componiendo una sinfonía con nuestra moto. Sonreí. Me acordé cuando a mí me pasó eso trazando las peligrosas curvas de la Rabassada, en Barcelona, hace… mil años. Seguro que tú también te acuerdas de cuando llegó ese momento, ¿verdad?

Llegamos a Pamplona con las nubes negras cerniéndose sobre nosotros. Quedaban más de ciento cincuenta kilómetros hasta Zaragoza, ya por carreteras más aburridas. Incluso alguna autovía. Pero no importaba. Veníamos con las pilas cargadas y la sonrisa puesta. A quince kilómetros de destino, Belén se da cuenta que algo no va bien. La moto se le mueve y no le responde. Al ver su rueda trasera bamboleando peligrosamente, le digo que se pare de inmediato. El rodamiento de su rueda trasera ha dicho basta. Pero lo cierto es que tampoco importaba. Mientras esperábamos a la grúa -que conducía otro enamorado de las motos- observaba a Belén. Su mirada había comenzado a irradiar esa pasión por viajar en moto. La misma que el viejo de la Ossa, que el motero que se paró a preguntar qué nos pasaba cuando paramos, o la de Tony el de la grúa cuando le dijimos de dónde veníamos. Esa mirada de pasión con toda seguridad llevará lejos a Belén, igual que nos ha llevado a muchos. Quizá, hasta el fin de Europa. Pero esa es otra historia que merece ser contada en otra ocasión, posiblemente a no mucho tardar.

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(vídeo al final)

La primera vez que atravesé una frontera en mi propia moto fue una sensación única. Para Belén y su Derbi esta iba a ser su primera vez. Y seguro que sería especial. Las matrículas desconocidas, las señales de tráfico ligeramente diferentes, y los nuevos paisajes, a pesar de ser ya conocidos, tienen un sabor especial cuando vas en tu propia moto. Todo eso y mucho más es lo que salimos a buscar en la penúltima ruta del 2013, La Ruta de la Camarga.

El sábado fue una jornada de desplazamiento puro y duro, aunque no fuimos por las resabidas autopistas que una y otra vez nos habían teletransportado a Francia. Este vez disfrutaríamos del slow roading, término que no sé si me acabo de inventar o ya alguien lo había acuñado anteriormente. Y es que viajar sin peajes a ritmo de 125cc tiene mucho encanto. Salimos pronto, pero no demasiado, para no soportar las gélidas temperaturas de la plana de Vic. Aún así, fueron 1 o 2ºC los que por allí soportamos. Autovía hasta Girona y N-II hasta La Jonquera, donde pasamos al país galo a través de las bonitas curvas de Le Perthus. Y en Francia no quedaba otra que avanzar rotonda tras rotonda, esperando la noche con resignación y paciencia. Y llegó la oscuridad, y con ella la lluvia, que vistió los últimos kilómetros de algo de aventura: Belén, que va delante, se “inventó” la carretera en algunos tramos. Y es que el faro de la Derbi Terra no da para mucho.

El hotel Marquis de la Baume está en pleno centro histórico de Nîmes, lo que dificulta mucho su localización, incluso ayudados por el GPS. El hotel aprovecha un antiquísimo edificio, laberinto de escaleras, pasadizos y patios interiores. La habitación, muy bien decorada y ambientada, pero con algunos déficits en el baño, como es costumbre en Francia. ¿Qué les costará poner una simple cortina en la bañera?

Con la lluvia fina que nos había acompañado los últimos kilómetros, nos dispusimos a callejear, en busca del famoso anfiteatro romano de Nîmes, hoy en día convertido en plaza de toros. Primorosamente iluminado, es todo un espectáculo disfrutar del programa especial de Navidad que se proyectaba en sus milenarias paredes. Cenamos en una brasería cercana, con muy buena comida pero nefasto servicio. Al salir, ya había dejado de llover, lo que nos permitió disfrutar del casco antiguo de la ciudad antes de reposar de los casi quinientos kilómetros recorridos.

P1030465La primera parada del domingo fue en el puente de Van Gogh, situado a las afueras de Arles. Un modesto puente levadizo de madera ayuda a salvar un pequeño canal de los muchos que hay en esta zona. Asombrosamente es un lugar con muy poco turismo, lo que ayudó a disfrutar más intensamente de la belleza del lugar. Apúntalo para una próxima salida. Muy recomendable.

Y después, camino del sur hacia la auténtica Camarga. Humedales, lagunas repletas de garzas y algún flamenco, inmensas planicies donde pastan los pequeños caballos de la región e incluso alguna manada de toros bravos, que nos miraron con sus larguísimos y enhiestos cuernos. Unos cuantos kilómetros más al sur de Port-Saint-Louis-du-Rhône se encuentra la playa de Napoleón. No sé qué relación tendrá la playa con el emperador francés, pero la visita vale la pena. Desérticas playas rodeadas de algunas lagunas y la mirada distraída de algunas aves acuáticas, hacen del paraje un lugar especial.

A pocos kilómetros se atraviesa el gran Rhône -lo que nosotros conocemos como Ródano, vamos- en una gran barcaza, que casi llega a la categoría de Ferry. Al igual que la primera frontera, el primer salto fluvial de Belén también la ilusionó pintándole la cara con una agradable sonrisa. Una vez en tierra, seguimos la Route de la Fielouse, que atraviesa la Camarga por su mismo centro, mostrándonosla en su más pura expresión. Caballos al trote, grandes rapaces posándose a nuestro lado, más toros bravos, más humedales… Pura delicia para los sentidos.

En Saintes-Maries-de-la-Mar, ya a orillas del Mediterráneo, el olor a gambas a la plancha nos hace parar y comer, mientras el sol parece definitivamente dispuesto a iluminarlo todo con tonos rojizos. Los juncos a los márgenes de la carretera, los puentes sobre los canales,… estábamos rodeados de una atmósfera natural, muy diferente a todo lo conocido. Cada recodo del camino es una nueva sorpresa. Las carreteras, fáciles y rectilíneas, te permiten disfrutar más del paisaje que de la propia conducción, que se convierte en un mero complemento de lujo.

P1030492Aigues-Mortes y sus murallas pondrán la guinda del pastel. Su calle central, atiborrada de tranquilos turistas, da a una placita serena pero bulliciosa, donde apetece pasear sin prisas. El sol comenzaba a pensar en retirarse, mientras ultimamos algunas fotos sobre el faro fortificado o los canales cercanos. Ya en la moto, observamos cómo sus últimos rayos se ocultaban allá a lo lejos, reflejándose en las marismas cercanas, y estallando en una sinfonía de colores que compusieron una de las más bellas puestas de sol que he contemplado. Pero la naturaleza aún nos tenía reservada otra sorpresa, alardeando de su potencia infinita como creadora de momentos especiales. En la penumbra, y a pocos metros de nosotros, un flamenco inició su pesado y laborioso vuelo sobrevolándonos de cerca, y mostrando sus alas de color rosa fluorescente, que resaltaban sobre un cielo aún rojizo. Un colofón a un día muy especial.

Llegamos a Arles de noche cerrada. El hotel Mas de la Chepelle es una casa de campo señorial, a la que se accede únicamente por estrechos caminos apenas asfaltados. Adentrándonos en la espesa niebla que ya se cernía sobre la zona, nos sumergimos en un ambiente del siglo XVIII, con estatuas y jarrones que le dibujaban un barroquismo extremo a la decoración. Una vez instalados, volvemos a una Arles desierta y casi fantasmagórica, paseando por su anfiteatro romano, o la Plaza del Fórum, inmortalizada como no por Van Gogh, en un ambiente que para nada recordaba al de hace unos cuantos veranos, pero que sirvió para avivar buenos recuerdos.

Nuestro hotel amaneció aún cubierto de niebla, con una atmósfera campestre que casi invitaba a salir a caballo a la caza del zorro. Y cogimos nuestras monturas y cabalgamos hacia casa, primero atravesando por última vez los humedales de la Camarga, luego desandando el camino de vuelta hasta La Jonquera. Y ya de noche, esquivando los peligros de la oscuridad y de los camiones asesinos, llegamos a casa teniendo la certeza de que ha sido una buena ruta a pesar de la brevedad y de la lucha constante de Belén con los peligros de la noche, únicamente armada con un pequeño faro que apenas alumbraba. Porque amigos lectores, las piedras del presente son las que forjan la experiencia del mañana. Y superar obstáculos es la única manera de avanzar y conseguir nuevos retos. Belén lo acaba de aprender y no creo que lo olvide. Y si lo hace, ya estoy yo aquí para recordárselo.


La Ruta de la Camarga por Dr_Jaus

Es difícil describir los paisajes que pudimos ver desde las pistas alpinas. Impresionantes valles, llenos de verdes pastos, de imponentes abetos o de grandes cascadas. También es difícil imaginar las sensaciones de poder llegar a lugares remotos a casi 3000 metros de altura. Lo mejor, es ver el vídeo. Espero que os guste.


AlpesOffRoad 2013 por Dr_Jaus

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Despertamos tarde en Sospel. El ritual del desayuno, vestimenta y carga de la moto es cada vez más lento y pesado. Nos quedan cincuenta kilómetros para el inicio de la Ligurische Grenzkammstrasse (LGKS para los amigos). Es una pista que transcurre entre la frontera de Italia y Francia que se proyectó en la Segunda Guerra Mundial para unir los diversos fuertes que vigilaban la zona.

Para llegar hasta allí circulamos por carreteritas imposibles, de esas en la que es posible encontrarse un pueblo con su campanile incluido colgados de la nada. Ese es el caso de Castel Vittorio. Casas apiñadas en un orden imposible y arremolinadas entorno a la iglesia. Después de unos ravioli de espinacas sublimes, iniciamos la LGKS o “Via del Sale“, como la llaman por aquí.

Al principio la pista no es difícil, aunque algunas piedras sueltas y los escarpadísimos barrancos obligan a tomar precauciones. El precipicio nos ayuda a observar la trayectoria de la pista, que va saltando de ladera en ladera, de valle en valle. Nos cruzamos con varios endureros muy preparados y diversos 4×4. Diferentes cordilleras se extienden como si fueran un acordeón, en un degradado tan perfecto como imposible.

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Tras una nueva bajada por unos tornanti realmente estrechos, llegamos a una barrera. La LGKS está cortada por obras. Hemos recorrido unos treinta de sus ochenta y cinco kilómetros, y ahora toca recular unos veinte, a una pista que nos llevará a La Brige por pistas entre bosques de abetos. Desde allí subimos a la Basse del Peyrefique, con un paisaje bastante más alpino donde los pastos y los riachuelos se van alternando el protagonismo. Podemos ver a lo lejos las ruinas del gran fuerte, justo encima del túnel de Tende. Allá abajo una carretera-pista asciende penosamente en una sucesión de rápidos tornanti, quizá los más seguidos que he visto en mi vida.

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La idea es acampar en el fuerte, pero eso mismo debieron pensar la cincuentena de campistas que ya preparaban la carne a la brasa. Ante tal aglomeración de gente, optamos por bajar hasta un hotelito de carretera en Limone Piemonte, a degustar los antipasti más exquisitos del mundo.

Al día siguiente realizamos el enlace hasta la siguiente pista, en un valle cercano a Castelmagno. Imponentes moles de roca nos rodean por todos lados, mientras La carretera discurre serpenteando entre verdes colinas, frescos arroyos y domingueros de mesa y mantel. Al llegar al inicio de la pista resulta que está prohibido transitarla los fines de semana de Agosto. Suerte tenemos de que tras varias jornadas de ruta, ya nos hemos olvidado de que hoy es domingo.

La pista es fácil, excepto por alguna piedra suelta. Va saltando de valle a valle, a cuál más espectacular. Paredes de montañas enteras están labradas a lascas, como enormes rebanadas que refulgen al sol como si fueran de plata.

Volvemos a la carretera. Si tenéis prisa, no os paréis a comer en San Damiano Macra. Allí la comida se puede alargar más de dos horas, gracias a la pausada velocidad del servicio. Es tiempo para observar, pensar y disfrutar del paso del tiempo mientras contemplo el campanario de la iglesia cercana.

La carretera hacia Sestriere se hace pesada. Los 35,5°C y la hora de la siesta tampoco ayudan. Nada más llegar, cogemos la pista. Pero la equivocada, la de mañana. Da igual, hemos de acampar por aquí. Pista fácil pero polvorienta que bordea diferentes valles. Las cordilleras cercanas siguen difuminándose en el horizonte y los pastos abundan cada vez más. Es la pista del Col de Asietta, que acaba en una pequeña y recoleta carreterita que asciende al Col de Finestres. Lo subimos, sabiendo que de allí baja una pista que nos puede proporcionar un buen lugar de acampada. La luz del día se extingue cuando llegamos a una zona de picnic con arroyo cercano. Será nuestra segunda noche bajo millones de estrellas.

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Despertamos al son de los cencerros de las vacas que pastan cercanas. Hoy vamos al Valle Argentiera, quizá uno de los más bonitos de la zona. Al principio, diversos turistas han montado su campamento al borde del río que parte el valle en dos, pero al poco la pista se hace cada vez más escarpada, llevándonos a parajes con preciosas cascadas y valles escondidos. Hasta llegar al final, donde una granja de vacas te impide el paso. La bajada es mucho más fácil de lo que imaginaba, demostrando por enésima vez que las dificultades residen principalmente en nuestras mentes.

Comemos en un restaurante olímpico -al menos el símbolo de los aros se muestra orgulloso en la fachada- antes de afrontar lo que a la postre será la parte más difícil del viaje. El Col de Sommeillier tiene su historia. Dice la leyenda que dos amigos moteros apostaron a ver cuál de ellos era capaz de subir en moto al sitio más alto de Europa. Uno decidió ir al Stelvio. El otro amigo ganó subiendo por las infernales pistas al Sommellier, que se eleva hasta los 3009 metros de altura. Cada año se celebra allí la concentración motera de la Stella Alpina.

El inicio de la pista ya es impresionante, con lagos del azul más verde que he visto en mi vida. Al poco el escenario es de una espectacularidad de difícil descripción. Es una verde planicie, rodeada de enormes masas de roca de donde caen a plomo un par de altísimas cascadas. El paraíso. La pista sigue ascendiendo por imposibles tornanti cada vez más estrechos. El infierno, comienza allí arriba.

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La pista está formada por enormes rocas sueltas de más de un palmo. Los tornanti son cada vez más complicados. La caída está asomando en cada esquina, con muchos metros de caída a uno de los lados. A unos trescientos metros de la cima, a unos 2900 metros de altura, nos encontramos con nuestro Destino.

Faltan únicamente tres curvas, y una enorme lengua de nieve tapa completamente uno de los tornanti. Fin. No se puede avanzar. Un trialero local que ha llegado hasta allí nos dice que en el Stella Alpina de este año nadie había podido coronar. La escena me recuerda mucho a cuando hace unos meses estábamos a trece kilómetros de Nordkapp en nuestra expedición invernal Aurora Borealis y el encargado del quitanieves nos impedía el paso. Al final el Destino quiso que pudiéramos llegar y tocar la gloria. Hoy, a trescientos metros de la cima, el Destino se ha cobrado su venganza. Esta vez ganas tú, pero que sepas que ahora estamos empatados.

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