Hoy hemos vuelto a cambiar la ruta. Hace unas semanas lo hicimos por primera vez, obligados por una errónea planificación y una mala elección del hotel. Pero hoy lo hemos hecho porque nos ha dado la gana. Una fugaz idea se me cruzó por la cabeza, cambiar el Lago di Como y Milán por Florencia y Pisa. ¿Difícil elección? Ya había estado en los dos sitios, pero tengo una especial predilección por la ciudad del Ponte Vecchio. Hoy dejé de mirar el rutómetro, puse un nuevo punto en el GPS y hacia allí nos hemos dirigido.

Quizá por un excesivo miedo a lo desconocido, quizá por la necesidad de planificar, y un poco por tener una fecha concreta para volver, el viaje está algo encorsetado. Me encantaría tener la libertad de poder salir en un momento dado de casa sin rumbo fijo, donde el destino te lleve. La vida es una sucesión de cruces de camino donde has de elegir hacia dónde quieres ir. O si lo prefieres, como diría Miquel Silvestre, es un millón de piedras que has de esquivar, conformando la ruta que vas a seguir. Esta mañana teníamos delante un cruce: o Milán o Florencia. Y hemos tenido la libertad de elegir el destino.

Casi quinientos kilómetros de monótona autopista, múltiples atascos tanto en Eslovenia -estamos ya casi acostumbrados- como en Italia. Y es que es sábado, el último de agosto. El trayecto transcurrió entre Bruce Springstee, Sting o Madonna, bajo un sol abrasador -también ya acostumbrados- y alguna tímida gota de lluvia, que fue la novedad del día.

La cúpula de las Flores, el Campanile, el Battisterio, la Piazza della Signoria… No es de extrañar que Sthendal se inventara aquí un síndrome. El Ponte Vecchio, la Signoria,… ¿qué mejor que todo eso para pasar una soleada tarde de verano? El viaje se va acabando, y es necesario disfrutar de cada segundo que nos queda. En Florencia, la palabra disfrutar se escribe en mayúsculas. Y elegir Florencia nunca puede ser una equivocación.

Etapa 18: De Ljubljana a Florencia


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